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Una idea para incentivar las zonas más necesitadas de EEUU: trasladar algunas agencias federales fuera de Washington DC

Una manera relativamente sencilla de abordar la desigualdad del país sería llevar las operaciones del gobierno federal a las ciudades más pequeñas alrededor del país.
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El asunto que define nuestros tiempos no es sólo la desigualdad económica sino también la creciente desigualdad espacial. La brecha entre ciudades ricas y pobres está creciendo y contribuye a nuestro entorno político cada vez más dividido y disfuncional.

Es ciertamente un problema difícil de contrarrestar, dado que este patrón de aglomeración económica es una característica fundamental de la economía de conocimiento de hoy y de la geografía en que el lugar ganador se lo lleva todo. Pero eso no ha impedido a la gente de imaginar una mejor manera de abordar el asunto. Ross Douhat del New York Times ha argumentado —si bien de manera un poco osada— que ya es ahora de descomponer a la ciudad liberal al obligar a las universidades élite y a las empresas de medios a establecer oficinas satélites en lugares como Buffalo y Flint. Es bien sabido que Steve Case —cofundador de AOL— ha abogado por el “ auge del resto” al respaldar a los innovadores ecosistemas startup que quedaban fuera de los centros establecidos en las costas del país.

Sin embargo, quizás haya una manera más sencilla, más fácil de lograr y que presagia unos beneficios más inmediatos: trasladar grandes partes del gobierno federal fuera de Washington DC.


El gobierno federal está masivamente concentrado en el área metropolitana de Washington. A pesar de su crecimiento reciente como un centro para las industrias de tecnología y de medios, Washington DC, sigue dominado por el gobierno federal. Unas 467,000 personas son empleadas directamente por el gobierno federal en el área metropolitana de Washington y ocupan aproximadamente un 14% de los empleos del área. Además, 800,000 de los 3.2 millones de trabajadores en el área —un cuarto de la fuerza laboral de la región— tienen empleos financiados por el gobierno federal o son contratistas independientes del mismo. Y eso es sin contar las industrias secundarias como el lobby y los medios, ni tampoco el ejército de trabajadores de servicio que mantienen andando a la región.

Trasladar grandes partes del gobierno federal fuera de Washington DC beneficiaría a las ciudades y a las áreas metropolitanas a lo largo del país que son más pequeñas, menos costosas y más necesitadas económicamente. Esto generaría empleo e inversiones en esos lugares y potencialmente hasta formaría nuevas aglomeraciones industriales.

También beneficiaría a Washington DC, aliviando la presión en sus mercados de bienes raíces tanto comerciales como residenciales, y abriendo espacio para nuevas personas y usos. Washington DC ya no es un pueblo del gobierno: tiene una economía de medio billón de dólares, la quinta en tamaño en todo EEUU y de tamaño equivalente a las economías de Suecia y Taiwán. Trasladar algunas funciones gubernamentales no dañaría a su economía. En cambio, le ayudaría a crecer como un centro de tecnología, conocimiento y de medios. Además, podría formar parte de un cambio muy necesitado de actividad económica y del poder político, una evolución desde el sistema sumamente centralizado que tenemos hoy en día a un sistema más devuelto y más descentralizado que invista de poder a las ciudades y a las áreas metropolitanas.

La idea no es tan improbable como parece. Comentaristas de derecha e izquierda están empezando a aceptar el concepto. Douthat —un columnista de derecha— aboga la estrategia como una manera de descomponer a la ciudad liberal y vencer nuestra división política y cultural. Matt Yglesias —comentarista de izquierda— lo ve como una forma de estimular el desarrollo económico en las ciudades necesitadas del Cinturón de Óxido, la apesumbrada región de EEUU que se extiende hacia oeste desde Nueva York hasta Wisconsin en el Medio Oeste. El cambio encaja con la agenda de gobierno pequeño de las fuerzas conservadoras en el Congreso, algunas de las cuales ya lo ven como una manera de drenar el pantano proverbial del que habló tanto Trump. También encaja con los incentivos políticos de los congresistas de ambos partidos, quienes podrían ganarse bastante aprobación política en sus distritos al conseguir agencias federales para sus distritos.

Por supuesto, no se debe trasladar todo fuera de Washington DC. La Casa Blanca y las funciones estratégicas clave del poder ejecutivo se quedarían. También se quedarían el Congreso y la Corte Suprema. Agencias clave que contribuyen al crecimiento de Washington DC como un vibrante centro tecnológico —como los Institutos Nacionales de la Salud en Bethesda— probablemente también deben quedarse, ya que tiene poco sentido a nivel local o nacional desintegrar una aglomeración tecnológica de talla mundial.

Pero muchas más agencias federales pueden y deben trasladarse. El Servicio Nacional del Tiempo podría trasladar a sus 5,000 empleados en el área de Washington DC a Nueva Orleans o al sur de Florida, lugares que corren peligro de sufrir huracanes, inundaciones y cambio climático. El Departamento de Agricultura podría trasladar a muchas de sus operaciones basadas en Washington DC a las áreas necesitadas en la región granjera del país. El Servicio Geológico de EEUU podría trasladar sus operaciones al oeste, donde es más probable que haya terremotos. Hay un sinnúmero de otros ejemplos.

Después de todo, a los Centros para el Control y la Prevención les va de lo más bien en Atlanta, donde se ubican. Y algunas de las agencias federales más populares —como el Servicio Nacional de Parques y el Correo Estadounidense— son las que tienen una presencia ampliamente distribuida a lo largo del país. A lo largo más o menos de la ultima década, el Departamento de Defensa creó una Unidad de Innovación de Defensas con oficinas en el Silicon Valley y en Boston para mantener vínculos más profundos con esos centros tecnológicos principales. Trasladar agencias federales clave fuera de Washington DC podría servir para estimular la creación de nuevas aglomeraciones de industrias en otras partes del país.

A los gobiernos locales se les podría pedir que aboguen para atraer a las agencias federales que más quisieran tener en sus ciudades y que mejor encajarían en ellas. Más de 200 ciudades hicieron propuestas para ser la segunda sede principal de Amazon (HQ2), pero probablemente habrá un solo ganador en ese caso. Por contraste, docenas y docenas de comunidades podrían salir ganando de la descentralización federal.

Descentralizar al gobierno federal no sólo sería bueno para nuestra economía, también beneficiaría a nuestra cultura política. Primero, acercará más a las agencias federales y las personas y comunidades a lo largo del país. Es menos probable que la gente viera al gobierno federal como fuera de foco si una agencia clave estuviera arraigada en sus comunidades y empleando a sus amigos y vecinos.

Esto podría ser todavía más potente si se combinara con una iniciativa amplia para transferir el poder desde el gobierno federal y devolverlo a los gobiernos locales y al pueblo. Tal como he argumentado en otra nota, no existe una solución o enfoque unitalla para la multitud de ciudades, suburbios y áreas rurales. Los gobiernos locales saben cómo mejor abordar sus propias oportunidades y retos.

De hecho, David Fontana —profesor de Derecho y académico especializado en la Ley Constitucional en George Washington University— argumenta que la descentralización federal realmente es un requisito constitucional. Observa que los fundadores del país trataron de mantener al poder federal distribuido de acuerdo con nuestro sistema federalista de gobernación. Cuando la capital fue trasladada de Filadelfia a Washington, muchas funciones gubernamentales clave se mantuvieron fuera de la capital, entre ellas la oficina del Procurador General. Luego, el sistema federal de tribunales y los bancos de la Reserva Federal fueron distribuidas a lo largo del país para mejor atender a las comunidades locales diversas.

Aunque la concentración del gobierno federal en Washington tuvo sentido a medida que EEUU se industrializó, trató de integrar las partes de un país creciente y asumió su papel como un superpoder global, existe una larga tradición no partidista que ha temido a la concentración excesiva del poder político en Washington D.C. y que intermitentemente ha propugnado la transferencia del poder a lugares fuera de Washington DC.

Trasladar secciones significativas del gobierno federal fuera de Washington DC hoy podría ayudar a estimular el crecimiento en otras partes del país, liberar espacio para otras actividades más valiosas a nivel económico dentro de la misma ciudad y quizás hasta ayudar a vencer a nuestra desigualdad espacial creciente y a nuestras divisiones económicas y políticas cada vez más amplias.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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