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CityLab Política

Las ciudades tienen la llave para revertir la actual crisis de desconfianza entre los estadounidenses

Pese a la creciente polarización política a lo largo y ancho del país, las instituciones locales se mantienen firmes, y sus actores, dispuestos a desempeñar un papel clave.
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20 Dic 2017 – 12:33 PM EST

En la era de Trump, Estados Unidos afronta un serio problema de desconfianza.

La fe en nuestras instituciones registra un mínimo histórico, mientras se ha disparado la polarización política. Este momento, de una marcada división social, puede sentirse como un efecto directo de la presidencia de Donald Trump. A un año de su elección, el presidente ha usado prácticamente todo: desde monumentos de la Guerra Civil hasta protestas de jugadores de la NFL, para ensanchar las divisiones entre los estadounidenses.

Pero la actual situación no es un hecho aislado, la tendencia sigue: la confianza pública –en líderes políticos, medios de comunicación, grandes negocios, e, incluso, en el otro– ha ido en declive. De acuerdo con el Proyecto Capital Social del Comité Económico Conjunto, la confianza en que el gobierno federal “haría lo correcto” varió, desde 1972, de un 53% a un 22%. Con respecto a los medios de comunicación, disminuyó de un 68% a un 32%. Al mismo tiempo, confiamos cada vez menos en nosotros: el porcentaje de adultos que opinó que “se podía confiar en los demás” osciló de un 46% a un 31%.

Naturalmente, es importante restablecer esa confianza: es el cimiento sobre el cual descansa el funcionamiento de las instituciones, las que a su vez operan pautando lo que deben hacer las sociedades y las entidades que las gobiernan. Cuando perdemos la fe en las instituciones, se torna difícil ayudar a los individuos y a las comunidades para que se adapten a un mundo que cambia a gran velocidad. Es un círculo vicioso que solo continúa erosionando la propia confianza.

Hay, sin embargo, destellos de optimismo. El único lugar donde la confianza ha permanecido aceptablemente alta es al interior de las comunidades locales. De hecho, las expectativas positivas en relación con los gobiernos locales han aumentado durante las últimas décadas, y los estadounidenses siguen muy satisfechos con sus amistades y sus vínculos sociales.

¿Por qué? Los vínculos con el terruño pueden unir a los electores con sus funcionarios locales más que los vínculos a un partido u otro, dando paso a una menor polarización a esos niveles. Una y otra vez, los estadounidenses han optado por comunidades que reflejan sus preferencias culturales e ideológicas. Es más probable que desarrollemos mayor afinidad por aquellas instituciones y líderes cuya influencia nos es más cercana.


Incluso haciendo esta salvedad geográfica, las divisiones económicas y sociales significativas permanecen dentro de las ciudades y regiones. Entre 2010 y 2015, solo ocho de las principales 100 áreas metropolitanas del país tuvieron éxito en lograr un crecimiento inclusivo, es decir, añadieron empleos, aumentaron la productividad y los salarios medios, y redujeron las tasas de pobreza entre blancos y negros. Y si bien el país, en términos raciales y étnicos, es hoy más diverso, la raza y la clase todavía funcionan como obstáculos poderosos que perpetúan la discriminación en los vecindarios y las escuelas.

El único lugar donde la confianza ha permanecido aceptablemente alta es al interior de las comunidades locales. De hecho, las expectativas positivas en relación con los gobiernos locales han aumentado durante las últimas décadas.

Estas disparidades motivaron que el Laboratorio de Desarrollo Económico Inclusivo, afiliado a la Institución Brookings, tratara de resolver los desafíos económicos y sociales. Yo mismo fui parte de un equipo de trabajo que colaboró con un grupo de actores locales –grupos de desarrollo económico– en Indianápolis, Nashville, y San Diego. Reflexionando sobre esa experiencia, advertí al menos dos razones por las cuales los grupos de liderazgo empresarial –y el sector privado en general– tienen un importante papel en potenciar tanto el crecimiento inclusivo como la cohesión social que deriva en confianza.


En primer lugar, en medio del galopante escepticismo acerca de la prosperidad económica que el capitalismo moderno puede brindar, corresponde a los grupos de liderazgo empresarial reconocer las desigualdades que pueda haber en sus predios. Si bien parece simple, realizarlo es un importante paso para conservar (o restablecer) la confianza en otras partes interesadas que han tratado de eliminar las inequidades sociales por décadas.

En segundo lugar, solucionar el problema requerirá la intervención de coaliciones regionales con los recursos suficientes para estimular la creación de empleos, la capacitación de los trabajadores en lo concerniente a las habilidades que necesitan y la garantía de que todas las comunidades tengan acceso a verdaderas oportunidades. El sector privado, de manera fundamental, está llamado a sumarse a ese esfuerzo, pero ganarlo para tal cometido ha de requerir un cambio en la narrativa regional que reestructure el desafío. Los grupos de desarrollo económico regional y las cámaras de comercio tienen una posición privilegiada para ello, utilizando su plataforma de liderazgo, la aceptación del sector privado, y la capacidad investigativa a fin de establecer por qué la exclusión económica es tanto un retroceso moral como una tara para el crecimiento y las oportunidades.

Por ejemplo, el rápido ascenso de Nashville en tanto “it city” ha dado pie a que líderes empresariales afirmen que el crecimiento económico continuo no es sostenible sin mejorar las oportunidades para todos. Sus homólogos de San Diego están advirtiendo que las desigualdades en las habilidades raciales y la crisis de asequibilidad de la vivienda inhiben la innovación empresarial local, algo que fue una ventaja allí por mucho tiempo. Y en Indianápolis, la Indy Chamber ha identificado ciertas trabas comunitarias al empleo que disminuyen el potencial de trabajadores y empresas: desde deficientes habilidades o capacidades, hasta los antecedentes penales y el acceso al transporte.


Valiéndose de estas narrativas y basándose sobre todo en hechos, los grupos de liderazgo empresarial en estas regiones –cuyas juntas y membresía están, típicamente, compuestas de hombres, blancos y conservadores– han sido cautelosamente recibidos por activistas pro-igualdad y organizaciones vecinales que, históricamente, han buscado vías de solución a las disparidades de todo tipo.

Juntos, estos grupos pueden configurar poderosas coaliciones locales que generen condiciones para la prosperidad. Su activación también funciona como síntoma inequívoco de una comunidad saludable y de fiar. Meditando sobre cómo el Fondo para nuestro Futuro Económico, radicado en Cleveland, contribuyó a organizar los negocios, la filantropía, y el gobierno, de la mano de inversiones de alcance regional en la creación de empleos, desarrollo de la fuerza laboral y planificación espacial en el Noreste de Ohio, Chris Thompson –exdirector de compromiso regional del Fondo– escribió que “la colaboración se mueve al compás de la confianza”.

Lo cierto es que la gente desconfía mucho de Washington. Francamente, Washington no tiene fe en Washington. Y conforme entramos en el segundo año de la presidencia de Trump, es difícil imaginar cómo podríamos revertir este patrón. De momento, para superar nuestra crisis de confianza nacional, quizá deberíamos atacar primero el problema desde abajo.

Este artículo fue originalmente publicado en inglés en CityLab.com

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