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CityLab Política

Las cinco características que marcarán a las metrópolis en la era populista

Las ciudades diversas y abiertas tendrán una dura batalla en los años que vienen.
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13 Ene 2017 – 04:30 PM EST
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Una protesta en Seattle, en noviembre de 2016. Crédito: JASON REDMOND/AFP/Getty Images

El verano pasado, conforme Donald Trump se comprometía a hacer de Estados Unidos un gran país nuevamente mediante aranceles y un 'gran muro' a lo largo de la frontera sur de Estados Unidos, la campaña en apoyo a la salida del Reino Unido de la Unión Europea instaba a los británicos a ‘retomar el control’ de su país votando en su favor de la separación. Aunque muchos de los electores urbanos de ambos países rechazaron dichas ideas, éstas terminaron ganando en las urnas.

La marea populista que sacó a Gran Bretaña de la UE y puso a Donald Trump en la Casa Blanca ha puesto a la deriva el status quo en ambos países. En los Países Bajos, Francia y Alemania, los principales candidatos en las elecciones nacionales de este año amenazan con seguir perturbando el orden internacional con llamados y políticas nativistas que podrían restringir aun más la inmigración, cerrar las fronteras y profundizar las fisuras dentro de la UE.

Para las ciudades, el impacto se podría describir como existencial. El sentimiento anticomercio y antiinmigración que alimenta el movimiento populista es una reprensión a la apertura y la diversidad que define la metrópolis global moderna.

¿Cómo se desarrollará esta erupción política y económica en las ciudades de todo el mundo? Inspirados por la clasificación de ciudades míticas en la novela de Italo Calvino Las Ciudades invisibles, proponemos que las ciudades estadounidenses y europeas, en diversos grados, asumirán cinco identidades conforme reaccionan tanto a cambios políticos como a las fuerzas demográficas y del mercado presentes en nuestras sociedades.

La ciudad sitiada

Las ciudades han sido blanco de asedios durante miles de años, aunque hoy en día los recortes presupuestarios y las revocaciones de reglamentación han reemplazado los asedios y los bombardeos.

Las instituciones políticas y económicas en casi todas partes están estructuradas de modo que las ciudades dependan de los gobiernos centrales. El principal inversionista en una ciudad es a menudo el gobierno nacional, que actúa a través de un conjunto de programas que, entre otras cosas, proporcionan una red de seguridad para los más desfavorecidos, desarrollan la ciencia e incentivan la inversión privada. Las naciones también establecen las reglas del juego en cuestiones tan diversas como la definición de las líneas de las fronteras y la ciudadanía, la calidad del aire y del agua, las fuentes de energía y los derechos de los trabajadores, los consumidores y las poblaciones minoritarias.

Los recortes en la financiación y los cambios en las normativas nacionales tendrán consecuencias reales y dramáticas en la vida diaria de las ciudades. Los gobiernos nacionales pueden, por ejemplo, recortar los fondos para programas que abordan retos urgentes como la vivienda, el desamparo, la salud y la seguridad pública. Sin embargo, las ciudades no pueden darse el lujo de ignorar los problemas que son altamente visibles y afectan la vida cotidiana de los residentes urbanos.

Especialmente en Estados Unidos, las ciudades tendrán que pasar por un doloroso proceso de triaje, cambiar el rumbo y generar recursos públicos, privados, y cívicos para responder a las necesidades inmediatas.

La ciudad de la oposición

Las grandes ciudades se han convertido en actores clave en la oposición a los esfuerzos anticomerciales y antiinmigrantes de los gobiernos nacionales. En Estados Unidos, los alcaldes de Nueva York, Los Ángeles, Chicago y otras ciudades han declarado el estatus de ciudad santuario, señalando su intención de luchar contra la deportación masiva de inmigrantes. El alcalde de Londres está estudiando la legalidad de visas sólo para Londres para mantener la libre movilidad de la mano de obra en la principal capital financiera del mundo.

Conforme avance este año 2017, las ciudades estarán a la vanguardia de la oposición a los esfuerzos nacionales para debilitar la seguridad sanitaria, las protecciones contra el cambio climático, y las protecciones al consumidor. La oposición tendrá múltiples formas. Debemos esperar campañas agresivas para movilizar a los ciudadanos, aplicar presión política, y repeler las reformas legislativas.

La ciudad progresista

Las ciudades están haciendo algo más que oponerse a las políticas nacionales antiurbanas; están persiguiendo activamente sus propios programas progresistas para mejorar la vida de los residentes. En todo Estados Unidos y en toda Europa, las ciudades encabezan los esfuerzos para reducir las emisiones de carbono, aumentar la eficiencia energética y acelerar la transición a las energías renovables.

En Estados Unidos, ciudades como Seattle y Washington DC han promulgado ordenanzas de salario digno, en muchos casos duplicando el salario mínimo fijado por el gobierno federal. En Alemania, ciudades incluyendo Hamburgo y Berlín encabezan los esfuerzos para integrar a refugiados sirios y de otros países mediante iniciativas imaginativas de vivienda, educación y creación de habilidades.

La capacidad de los niveles superiores de gobierno para socavar estos esfuerzos progresistas es mixta. En Estados Unidos se les ha prestado mucha atención a los esfuerzos de estados como Alabama por obstaculizar la capacidad de las ciudades para promulgar ordenanzas de salario digno. Sin embargo, muchos de los esfuerzos progresistas en las ciudades tienen mucho apoyo empresarial y filantrópico, por lo que las políticas de supremacía estatal no son tan simples.

La ciudad próspera

La capacidad de las principales ciudades para actuar con propósito e intención depende de su poderío económico y relevancia en el mercado. La reestructuración económica y las preferencias demográficas de los trabajadores talentosos han revaluado la proximidad, densidad, diversidad y vitalidad—en una palabra, el ‘carácter de ciudad’—sobre la desconcentración y la descentralización.

El acelerado ritmo de la innovación ha reforzado los beneficios de la aglomeración urbana y la proximidad. Esto le ha permitido, por ejemplo, a Pittsburgh —hogar de dos instituciones de investigación avanzada, la Carnegie Mellon University y la Universidad de Pittsburgh—ser pionera en la nueva generación de tecnologías tales como vehículos autónomos y robótica.

A medida que los gobiernos recortan gastos, debemos esperar que las inversiones e iniciativas privadas y cívicas aumenten. El hecho es que las grandes fuerzas demográficas y del mercado han alterado fundamentalmente la geografía espacial de la innovación en el mundo y a menudo operan sin tener mucho en cuenta la política del gobierno.

Las ciudades también aprenderán a cómo utilizar mejor sus posiciones en el mercado a efectos fiscales. Copenhague y Lyon, Francia, están utilizando el valor de activos públicos incluidos terrenos y edificios —y nuevas empresas públicas de gestión privada— para invertir a gran escala en infraestructura y estimular la amplia regeneración de puertos y zonas urbanas. Al igual que otras innovaciones urbanas, debemos esperar que estos nuevos modelos de gestión y finanzas de la ciudad se propaguen rápidamente.

La ciudad interconectada

El poder de las ciudades radica en el hecho de que no son gobiernos, sino redes de instituciones públicas, privadas, cívicas, universitarias y comunitarias. Los gobiernos pueden ser secuestrados por el partidismo; las redes, por el contrario, incentivan la acción pragmática.

En las ciudades estadounidenses medianas como Indianapolis y San Diego, redes de líderes están colaborando para utilizar el capital privado y cívico y la pericia para alimentar el crecimiento inclusivo. La colaboración entre múltiples ciudades está en aumento, así como la capacidad de los partidos nacionales para trabajar juntos está desapareciendo. Las ciudades colaborarán no sólo para informar los debates políticos, sino para influir en el crecimiento económico y el progreso social, creando nuevos tipos de instrumentos financieros como los bonos de impacto social y los bonos verdes, apoyando la vivienda asequible, la infraestructura ecológica y la educación preescolar.

En 2017, independientemente de si la marea populista aumenta o retrocede, las ciudades seguirán siendo arrastradas por las oscilaciones de la política nacional y se verán motivadas a convertirse en agentes de sus propios destinos. Observar cómo estas fuerzas chocan y se repelen nos dirá mucho sobre el futuro del compromiso mundial.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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