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CityLab Política

La razón por la que los aeropuertos que le gustan a Trump son tan "increíbles"

Los megaproyectos citados en el debate fueron construidos en contextos donde los petrodólares sobran y el respeto por las leyes laborales es débil.
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28 Sep 2016 – 12:18 PM EDT

Hubo un indisputado ganador del debate presidencial del lunes en la noche: el Aeropuerto Internacional de Dubái. El candidato republicano Donald Trump alabó el edificio, al mismo tiempo que criticó duramente la infraestructura aeroportuaria de Estados Unidos.

“Nuestros aeropuertos se parecen a los de un país del Tercer Mundo”, dijo (haciendo eco de los comentarios del vicepresidente Joe Biden en 2014). “Tú aterrizas en LaGuardia, aterrizas en Kennedy, aterrizas en LAX, aterrizas en Newark y luego vas a Dubái y a Catar y ves estos increíbles lugares, o vas a China y ves estos increíbles aeropuertos… Nos hemos transformado en un país del Tercer Mundo”.

Este fue uno de los pocos momentos de claridad factual en 90 minutos que estuvieron marcados por una ensalada de frases lanzadas por Trump y la cara de póker de su oponente, la candidata demócrata Hillary Clinton. De hecho, el Aeropuerto Internacional de Dubái es un lugar muy muy pomposo. Se estima que 1 de cada 20 hogares en Dubái es millonario, un hecho que las autoridades del aeropuerto de 7,000 acres tienen en consideración. La instalación acaba de abrir su cuarto terminal a principios de este año y pasó a Londres Heathrow como el tercer aeropuerto con más flujo de pasajeros.


En vez de Cinnabons, un quiosco en uno de sus terminales vende oro por la onza. Los terminales incluyen cascadas y jardines interiores, el comercio libre de impuestos más grande del mundo y servicio de conserjería que permite a los usuarios más ricos áreas VIP para salidas y llegadas. Mientras tanto, el antiguo LaGuardia, que actualmente está pasando por una compleja remodelación de 8,000 millones de dólares, goza de los peores atrasos del país.

Pero hay razones obvias por las que los aeropuertos de Estados Unidos son tan odiables, mientras los del Golfo Pérsico están a un nivel sideral. Los primeros están gobernados por una maraña de instituciones de transporte locales y directorios operativos semiprivados. Cualquier esfuerzo por mejorarlos o expandirlos pasa por complejos intereses políticos, discusión sobre impuestos y la difícil búsqueda de fondos que todos los grandes proyectos en EEUU enfrentan.

Por otro lado, países como Emiratos Árabes Unidos y Catar están gobernados por petro-monarquías (en el caso de China, un régimen autoritario-capitalista que ha tenido mucho interés en construir aeropuertos de lujo de cero), con aparentemente ningún límite de capitales, los que permiten agradar a plutócratas estadounidenses que planean construir campos de golf (ok, en realidad sí tienen límites: Dubái debió crear una tarifa para los pasajeros por primera vez para pagar por la nueva expansión, lo que refleja los menores ingresos por petróleo que están teniendo).

Estos países también construyen estos salones de juego millonarios utilizando prácticas laborales inhumanas. En los Emiratos Árabes Unidos, de acuerdo a un estudio de la Universidad Harvard, los migrantes constituyen un 90% de la fuerza laboral. Están legalmente obligados a trabajar sólo para el empleador que los patrocina, sin ninguna protección de salario mínimo. Por años, los empleados han protestado que el aeropuerto experimento retrasos en sus sueldos.

Otro reflejo de estas condiciones se vio en los al menos 600 obreros que han fallecido cada año construyendo las instalaciones para el mundial deCatar, aunque es muy difícil establecer los índices de accidentes y muertes laborales en el Golfo. En Dubái, se estima que cada semana dos trabajadores indios se suicidan. China, por su parte, tiene leyes laborales que rutinariamente su gobierno no logra fiscalizar o cumplir.

No hay dudas, Trump ha tenido numerosas oportunidades para disfrutar de los aeropuertos de Dubái, Doha y del este de Asia. Parte de la fortuna que no ha transparentado la debe a sociedades con compañías e individuos en el Golfo Pérsico, entre sus canchas de golf, hoteles y su oficina en Manhattan que, de acuerdo a reportes, arrienda a Qatar Airways.

Sus vestimentas y souvenirs son fabricados en China y los millonarios de HongKong lo rescataron de la quiebra en los noventa, así que por lo tanto también conoce bien su aeropuerto, el más grande del mundo cuando se inauguró, construido en una isla artificial.

Como un hombre que no ha escondido su amor por las dictaduras, Trump naturalmente ve estas antiguas infraestructuras como un ejemplo apropiado para mostrar los problemas institucionales de los edificios estadounidenses. Y, por supuesto, otros gobiernos no represivos pueden construir aeropuertos de calidad, también, así como EEUU y sus autoridades ciertamente podrían mejorar lo existente. Pero bajo la administración Trump, parece ser que el progreso viene bajo el costo de comprometer la democracia ( con sus problemas, pero democracia al fin y al cabo) que justamente que permite que volemos libremente.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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