null: nullpx
CityLab Política

En medio de la crisis política, las organizaciones comunitarias se ganan la confianza de los vecinos

En algunos zonas de bajos ingresos, estas instituciones son vistas como representantes de los residentes, en detrimento de los políticos tradicionales.
Logo CityLab small
18 Nov 2016 – 12:25 PM EST

En septiembre de 2011, una asamblea tuvo lugar en el contexto de un proyecto de vivienda pública en el barrio Four Corners, perteneciente al distrito bostoniano de Dorchester. El tema: ¿Debería City Growers, una compañía agrícola lucrativa, tener permiso para convertir dos terrenos contiguos sobre Glenway Street en una granja urbana?


La sesión, que empezó sin demora a las 6:00 pm, estuvo moderada por los líderes de Four Corners United, una organización comunitaria. Los funcionarios de la ciudad se sentaron en primera fila. Los representantes de la compañía y cerca de 30 residentes del barrio, entre ellos varios afroestadounidenses y caribeños, también asistieron. Charles Yancey, concejal por 15 períodos, llegó alrededor de las 6:45 pm, e hizo la primera pregunta una vez iniciada la ronda de intercambios. Jeremy Levine, sociólogo de la Universidad de Michigan, estaba allí también, y contó lo sucedido después en un reciente artículo de blog para LSE.


“El proyecto fue impuesto a la comunidad”, declaró Yancey, “de forma vertical”.

Tras un lapso de unos minutos, explicó Levine en el blog, Marvin Martin, director de la organización sin fines de lucro que moderaba el panel, se acercó a Yancey. Tocó al concejal por sobre el hombro y comenzó a susurrarle al oído. Cuando acabó, el concejal Yancey se sentó abruptamente. “Me han informado de que me he quedado por mucho tiempo”, anunció. “En mi propio distrito”.


Para Levine, el incidente demuestra algo que él ha venido analizando durante cuatro años y que concierne a las interacciones entre organizaciones sin fines de lucro, los funcionarios de la ciudad y las empresas privadas en Boston. Basado en sus observaciones, él sostiene en la revista American Sociological Review que el papel de las entidades sin ánimos de lucro, en los barrios más desfavorecidos, ha venido cambiando. Han dejado de ser ramificaciones del estado o defensores velados de grupos de intereses. Son “legítimos representantes de barrios urbanos pobres”, y en muchos casos, “suplantan” a los funcionarios electos.


Desde la llamada War on Poverty (Guerra contra la pobreza) de 1960, las organizaciones locales han brindado varios servicios en la ciudad, entre ellos, de educación, de adiestramiento para el empleo, de acceso a la vivienda, etc. Pero el hecho de que, desde entonces, estas entidades hayan venido detentando cada vez más poder, se debe a numerosos “cambios estructurales”, como los llama Levine.


“Estos cambios estructurales –la dependencia continua del gobierno de las organizaciones comunitarias (CBO, por sus siglas en inglés) en medio de la disminución del financiamiento público, el crecimiento de los financiadores privados, y la búsqueda de asociaciones- reorganizan las piezas del rompecabezas gubernamental, creando espacio para que las CBOs acuñen a los políticos distritales como los presuntos representantes de los barrios menos favorecidos”, escribe.


Lo que sucede ahora es que estas organizaciones están negociando directamente los recursos de las entidades privadas y públicas que controlan el presupuesto. Han devenido voces autorizadas, a menudo vistas tanto por las compañías privadas, como por burócratas, como representantes investidos y profundos conocedores de los barrios. “Los funcionarios distritales elegidos en Boston solían asistir a las ceremonias de inauguración, pero estuvieron largamente ausentes de las sustantivas discusiones acerca de la reurbanización”, escribe Levine.


Que el fenómeno ataña a las comunidades de bajos ingresos tiene una clara explicación: estas tienen necesidades muy específicas que cubrir. Pero además, estos son lugares donde las voces de los residentes pueden ser fácilmente pasadas por alto por los políticos.


Un ejemplo de esto son los vecindarios de Detroit, abandonados a su suerte durante los peores días de la ciudad. Son las organizaciones comunitarias, justamente, las que los están transformando en espacios habitables. En Flint, donde las preocupaciones de los residentes sobre el agua contaminada fueron esencialmente ignoradas por muchísimo tiempo, son estas mismas entidades sin fines de lucro las que avanzan en una solución para el daño ocurrido. “Hay una plaza política vacante, para este tipo de organizaciones, en los barrios pobres”.


Que quede claro que estas instituciones comunitarias no están programando barrer con los políticos, sostienen sus líderes. “Nos esforzamos en no suplantar el papel de los gobiernos locales. En su lugar, tratamos de trabajar de conjunto con ellos para fortalecer la comunicación entre los residentes y los funcionarios oficiales”, indica Brittany Bradd, directora ejecutiva de Brightmoor Artisans Collective, una organización comunitaria de Detroit. “A veces, es necesario llenar vacíos de poder, sobre todo cuando el gobierno es incapaz de proveer lo que es necesario”.


Si bien el alcance del artículo de Levine queda limitado a Boston, él también notó este cambio en su viaje a New York, Los Ángeles, Filadelfia y Pittsburgh. Y los trabajos de investigadores políticos como Clarence Stone y Robert Stoker y del sociólogo Nicole P. Marwell vienen a avalar la pesquisa de Levine. “Se está dando un cambio general en el país y en sus ciudades, un cambio asociado al importante papel de las organizaciones sin fines de lucro y las organizaciones comunitarias. La diferencia se da en el grado de implicación”, aduce. "Boston, por ejemplo, podría estar particularmente involucrada; En Chicago, por su parte, [estas organizaciones] pueden tener un papel más importante de lo que habían tenido antes; pero sin tener que haber expulsado -o suplantado- a políticos elegidos”.

Obviamente, este fenómeno comporta un sinfín de aspectos positivos. Digamos, es una “victoria de la motivación de la guerra contra la pobreza”, señala Levine. Empoderar a las organizaciones locales significa, en cierta forma, levantar un frente contra el desalojo, el racismo, y la desigualdad en el transporte público. Ellas pueden trabajar de hecho con mayor coherencia que los funcionarios oficiales, porque no sufren remplazos políticos. Aunque los resultados serían mejores si estas organizaciones supieran qué es lo que el barrio en su totalidad realmente necesita. A veces, no lo saben. Y, en esos casos, no es posible votar por que ellas dejen de decidir por todos o porque permanezcan como responsables. Si una organización sin fines de lucro se disuelve, es difícil rearmar sus piezas con rapidez, pues la infraestructura para una nueva organización tiene que ser construida desde cero.


El futuro de este tipo de gobierno de facto, a día de hoy, es difícil de dilucidar. Dos de las organizaciones que Levine estudió fueron beneficiarias de promesas federales y de subvenciones vecinales, como parte de una colaboración entre agencias para revitalizar los barrios urbanos en la administración Obama. No queda claro si la administración Trump deseará seguir destinando presupuesto a estos programas, lo que quiere decir que la influencia actual de estas organizaciones pudiera decaer. Y los grandes financiadores privados, quienes ya juegan un papel meridiano a nivel de estado (piense en las fundaciones de la familia Koch), pudieran llenar ese vacío. Si eso ocurriera, es posible que los residentes más vulnerables de las ciudades vuelvan a quedar a la buena de Dios.


Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

Publicidad