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CityLab Política

El problema de dejar entrar solo a los 'buenos' inmigrantes

Es difícil determinar quién estaría en esta categoría sin caer en estereotipos.
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17 Oct 2016 – 12:00 AM EDT

En la cultura estadounidense, arraigadas con mucha fuerza, hay diversas narrativas psicológicas acerca de cómo funciona la inmigración o, al menos, de cómo debería. Está la versión de Estados Unidos que la presenta como un glorioso “crisol cultural”, como un benevolente refugio para los más necesitados, para los más pobres.

Está, por otro lado, la visión de un país (Estados Unidos) amenazado por los nuevos que llegan, típicamente inmigrantes no blancos, cuyas culturas tienden a ser inferiorizadas: “estúpidos” y “morenos” advenedizos, como Ben Franklin escribiera alguna vez de los alemanes.

Aunque la retórica ha evolucionado a través de los siglos, el debate sobre la inmigración hacia Estados Unidos a menudo se ha reducido a esto: un lado habla de cómo la inmigración beneficia a todos, mientras que el otro pone el acento en cómo esta perjudica a los trabajadores estadounidenses y a los contribuyentes. Se puede decir que encontrar a alguien cuya opinión no se adscriba a uno de estos bandos es harto difícil.

George Borjas, profesor de Economía y Políticas Sociales en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, sostiene sabiamente que la verdad es un poco de todo esto. En su nuevo libro, We Wanted Workers: Unraveling the Immigration Narrative, Borjas apunta que, al tiempo que algunos estadounidenses se beneficiarán, otros, por el contrario, se verán afectados por la inmigración hacia la tierra de Lincoln.

Entre aquellos que obtendrán las mayores recompensas están los empleadores y las grandes empresas, de acuerdo con Borjas, debido a la simple ley de oferta y demanda: mientras más trabajadores compiten por los mismos trabajos, los empleadores entonces pueden pagar menos a quienes contraten. Ahora bien, los más perjudicados con la inmigración serían los obreros, pues el enorme influjo de inmigrantes no calificados ha llevado a aquellos a competir ferozmente por una porción cada vez menor de trabajos que, si bien no requieren experticia alguna, son bien remunerados.

Este argumento no es nuevo, aunque la mayoría de los economistas arguyen que, en sentido general, la inmigración no afecta a la fuerza de trabajo en Estados Unidos. Estiman que, como promedio, el trabajo inmigrante potencia el crecimiento de las empresas y, con él, el de la oferta de trabajo, pese a que existe cierto desacuerdo sobre si la inmigración trae consigo salarios más bajos para los trabajadores estadounidenses poco calificados.


Un nuevo informe de la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina analizó la investigación de 14 relevantes economistas, incluyendo a Borjas, y encontró que existe “poco o ningún efecto negativo en el salario medio general y, a largo plazo, en el empleo de los trabajadores nativos”. Que los obreros luchen hoy día no es el resultado de la inmigración, sino de otras dinámicas más poderosas en la economía, tales como la globalización, la preeminencia de los accionistas, y la débil política antimonopolios.

El mensaje de Borjas es que Estados Unidos está atrayendo no solo lo mejor de entre los potenciales inmigrantes de todo el mundo: también está recibiendo un gran número de inmigrantes pobres, con pocos años de educación y falta de calificación, quienes, según él, son más un problema para la economía nacional que un beneficio. Limitar la inmigración a solo aquellos que estén altamente calificados, repone Borjas, es la mejor solución si el propósito de la ley de inmigración fuera producir un mayor bienestar para los estadounidenses. “Los inmigrantes altamente calificados compartirían el costo del estado de bienestar y ayudarían a pagar todas las deudas que tendrán que ser financiadas mientras envejecemos”, escribe.

Aunque Borjas insiste en que su análisis es meramente económico, de él se desprenden consecuencias raciales. Desde luego, es cierto que no todos los grupos de inmigrantes son igualmente exitosos en Estados Unidos, pero Borjas construye una simplista jerarquía que criba entre mejores y peores recién llegados. Él sostiene que los inmigrantes mexicanos, no porque sean mexicanos, se ubican en el fondo de la lista, ya que, supuestamente, tienden a ser poco calificados y nada cultos. Según Borjas, el hecho de que haya disímiles barrios mexicanos en el país dificulta para ellos la posibilidad de ser asimilados y de prosperar: en este sentido, cita las cifras del Censo, indicando que, en 2010, los nuevos inmigrantes de México y República Dominicana ganaban un 50% menos que los estadounidenses, mientras que los llegados de Alemania o Canadá percibían cerca de 70% más. “No sería excesivo afirmar que el más preclaro indicador del desempeño de un inmigrante en Estados Unidos es su país de origen”, acota.

Borjas intenta diferenciar entre las circunstancias económicas de un cierto grupo y su nacionalidad. Añade que el relativamente lento ascenso socioeconómico de los mexicanos “no tiene nada que ver con que sean mexicanos, sino con lo que saben hacer y el contexto en que se insertan”. Pero también sugiere que algunos grupos pagan los platos rotos por unos “pocos”. “Algunos de esos refugiados (procedentes de países del Medio Oriente) traen rencores y conflictos, los cuales, muchas veces, ellos quisieran reavivar; mientras que otros importan, a los países de acogida, costumbres y formas de cultura que pudieran socavar la estabilidad social y política”, reseña.

Comentarios como estos corren el riesgo de generalizar a todo un grupo como peligroso, cuando, en los hechos, la inmensa mayoría de la gente que viene a Estados Unidos emprende luego pacíficas y productivas vidas.

Básicamente, la jerarquía propuesta por Borjas, separando a los inmigrantes en deseables e indeseables, no es más que una reminiscencia de la historia xenofóbica de Estados Unidos. Julie Greene, profesora de Historia y codirectora del Centro de Estudios de la Migración Mundial en la Universidad de Maryland, añade que si bien es crucial darse cuenta de que no todos los inmigrantes son iguales, es nociva la práctica de encasillarlos con rigidez en grupos definidos. “Desde el principio de nuestra historia, hubo un énfasis clasista y también racial en determinar a quiénes se les debería permitir como ciudadanos y a quiénes no”, dijo.

Y es que el racismo siempre ha sido un factor conformador de la política migratoria de Estados Unidos, incluso desde la fundación del país. La Ley de Naturalización estadounidense de 1790 primero estableció que solo los inmigrantes blancos y libres podían devenir ciudadanos de EEUU. En 1882, el Congreso aprobó la Ley de Exclusión de Chinos para poner coto a la inmigración de trabajadores de ese país durante la Fiebre del Oro (la Ley también convertía en ilegal para los inmigrantes del gigante asiático el casarse con blancos o negros en la nueva tierra). Tiempo después, la Ley Migratoria de 1917 restringió la inmigración también desde otras partes de Asia, como fue el caso de la India.

Así las cosas, la subsiguiente plataforma legal de 1924 visó estrictas regulaciones para la inmigración procedente de Europa del Este y del Sur, específicamente para los grupos que entonces eran burlonamente llamados “ P.I.G.S.”: gente de Polonia, Italia, Grecia y los países eslavos. Asimismo, constreñía el flujo de judíos y africanos, y abiertamente prohibía a los árabes mudarse hasta aquí. No fue hasta 1965, con la adopción de la Ley de Inmigración y Nacionalidad, que Estados Unidos dejó de tener en cuenta el origen nacional (y, por tanto, racial), abriendo sus puertas a personas de más países con menor cantidad de ciudadanos blancos.


El candidato presidencial Republicano Donald Trump parece que quiere hacer regresar al país en el tiempo, confiriendo a la raza y la religión una preponderancia determinante. De ahí que no extraña su repugnante descripción de los mexicanos, ni que abogue por prohibir la entrada de musulmanes al país. El argumento de Borjas no llega a este extremo, pero sí dice que lo mejor para Estados Unidos es limitar la inmigración de personas de ciertas culturas y clases. A pesar de que afirma que sus conclusiones son fundamentalmente económicas, y no raciales, no parece –o no quiere- percatarse de cuán difícil es separar estas dos.

Sin embargo, es saludable poner en duda la premisa de que parte su indagación. El sistema de inmigración estadounidense existe no solamente como un motor para el crecimiento económico. Hay otras razones para impulsar y mantener políticas migratorias liberales, tales como el deseo humanitario de darle refugio a la gente que proviene de regímenes opresores, independientemente del costo económico que dichas políticas impongan. El mismo Borjas admite que Estados Unidos debería continuar dando la bienvenida a algunos inmigrantes incultos y poco calificados, porque, según aduce, “Eso es lo correcto”. Y esa debería ser una razón suficiente.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.


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