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CityLab Medio Ambiente

Los huertos urbanos como solución a los desiertos alimentarios de Detroit

Gran parte de la población de la ciudad no tiene acceso fácil a frutas y verduras frescas y deliciosas, pero las granjas urbanas están intentado solucionar este problema.
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23 Sep 2016 – 10:07 AM EDT

DETROIT, Mich. —En el ocaso de un día en junio, el cantar de pájaros domina los sonidos que se oyen en la calle Pine, en el barrio Corktown de Detroit. Un petirrojo anda por hierba que llega a los tobillos, ladeando la cabeza. Una familia de faisanes va pasando cerca en una calle llena de baches.

Sólo entonces te das cuenta del zumbido de autos acelerando por los seis carriles de la carretera Fisher al final de la cuadra. Más allá de la carretera está la fachada de Michigan Central Station y dos millas más allá de esta cerrada estación de trenes están las letras rojas del puente Ambassador que conecta Detroit con la ciudad de Windsor, en Canadá. Hay una gasolinera y en la distancia se ven luces de un casino. Mientras que se pone el sol, se va escondiendo detrás de árboles y postes telefónicos. A dichos postes, alguien ha clavado un letrero que dice “Favor de no cosechar las verduras. Gracias”.

Esta es la pradera urbana y también es donde Ryan Anderson, copropietario de la granja ACRE, está organizado su primera venta pública de la temporada de sus productos agrícolas. Echa porotos verdes en cestas de mimbre y rocía rábanos con agua para que se vean vivos y fresquitos. Revuelve limonada hecha de lavanda y apila jarros de miel.

ACRE es uno de las múltiples granjas urbanas en Detroit que distribuyen localmente lo que cultivan. Por ejemplo, Earthworks Urban Farm cultiva alimentos para Capuchin, un comedor para indigentes. Lafayette Greens queda cerca del centro de la ciudad y cada martes prepara manojos de verduras frescas de hojas verdes y otras hortalizas para distribuirlas gratuitamente. Los voluntarios organizan los alimentos en porciones para que la primera persona que llegue no se lo lleve todo, pero aparte de eso no hay otras estipulaciones. “Es realmente justicia alimentaria”, dice Romondo Woods II, el gerente de la granja.

Anderson muestra parte de su cosecha en el mercado de agricultores de ACRE (Jessica Leigh Hester/CityLab).

Estas organizaciones se están esforzando para crear un puente que atraviese un abismo considerable en cuanto al acceso. A lo largo de la ciudad, donde escasea el transporte y casi un tercio de residentes no tienen un auto, muchos residentes tienen dificultades para conseguir nutritivas frutas y verduras regularmente. En todo el condado, se calcula que casi un 23% de los residentes tienen inseguridad alimenticia. Investigaciones del Centro Nacional del Estudio de Pobreza encontró que en el área metropolitana de Detroit la recesión había empeorado la inseguridad alimenticia y afectó de manera desproporcionada a las familias de raza negra. Y, según una encuesta llevada a cabo por la Universidad de Michigan, dichos efectos fueron particularmente pronunciados entre familias con facturas morosas u otras deudas.

Cuando existen frutas y verduras disponibles para la compra en la zona, con frecuencia son de peor calidad de los que las que podrían encontrar en vecindarios de mayores ingresos, tales como los suburbios al norte de la ciudad, afirma Malik Yakini, cofundador del Detroit Black Community Food Security Network, En estudio realizado en 2012 del sistema alimenticio de la ciudad, se encontró que las tiendas de Detroit que sí vendían frutas y verduras con frecuencia lo hacían bajo condiciones antihigiénicas o poco apetitosas. De los 207 vendedores de alimentos que los investigadores examinaron, casi un cuarto estaba vendiendo productos cárnicos caducos. La misma cantidad estaba vendiendo frutas y verduras que se estaban echando a perder. Las violaciones del código sanitario fueron particularmente frecuentes —y más atroces— en las áreas con los niveles más altos de pobreza y de mayor concentración de residentes afroestadounidense y latinos.

A lo mejor la solución a estos problemas se pueda sacar de las vibrantes granjas urbanas de la ciudad. Los 1,400 agricultores urbanos de Detroit están produciendo un montón de frutas y verduras: según algunas estimaciones, podría ser hasta 400,000 libras al año. Un grupo de granjeros, organizaciones sin fines de lucro y empresarios pequeños esperan aprovechar esa abundancia para ayudar a reparar a un sistema alimenticio que según ellos está roto.

Hacer que los alimentos locales se distribuyan localmente

En Brightmoor —un vecindario en el lado noroeste de Detroit— los niños cultivan y venden frutas y verduras a través de jardines locales de jóvenes y puestos. Un puesto al borde de la calle lleva un letrero que dice “Este jardín hecho por niños y para niños. Favor de respetar nuestras ganancias: ¡mira, no coge!”.

Sin embargo, con frecuencia la comida cultivada en la ciudad se va rápidamente de ella rumbo a los mercados más cercanos de los suburbios. Los niños están cultivando los alimentos pero no necesariamente obteniendo beneficios nutricionales. A lo largo del condado Wayne, más de 102,000 niños viven en casas con inseguridad alimenticia, según un reporte publicado en 2015 por la organización Feeding America. “Saben cómo preparar un espacio y cultivar una berenjena… ¿pero se han comido una?”, pregunta Brittany Bradd, una voluntaria de 24 años de Americorps quien vive y trabaja en el área.

Investigaciones anteriores han producido revelaciones turbias sobre cómo solucionar el problema de los llamados “desiertos alimenticios”. Cuando se trata de alentar costumbres alimenticias sanas en áreas que no tienen opciones frescas, la disponibilidad es sólo parte de la ecuación: el acceso a frutas y verduras no necesariamente se traduce en comerlas.

Para salvar la distancia entre producción y consumo, Bradd está colaborando con Brightmoor Artisans Collective —la Cooperativa de Artesanos de Brightmoor, una organización local sin fines de lucro— para abrir una cocina comunitaria. El espacio ofrecerá clases de nutrición y cocina, así como estaciones de trabajo para elaborar productos de valor agregado como los encurtidos y las mermeladas. Una subvención del Departamento de Agricultura de los EEUU le permitió a la organización a comprar deshidratadores y otros equipos. Los productos finales extenderán las vidas útiles de frutas y verduras cosechadas del Farmway, un conjunto vibrante de jardines urbanos en el vecindario. Los productos de valor agregado pueden ayudar a los granjeros y sus vecinos a estirar la cosecha a lo largo del año.

En Brightmoor, una cocina comunitaria les brindará comidas asequibles y saludables a los residentes y también oportunidades para procesar verduras y frutas frescas para elaborar artículos empacados con vidas útiles más largas . (Brightmoor Artisans Collective).

Según explica Bradd, aunque hay unas cuantas bodegas locales que venden algunas cositas, la tienda de comestibles más cercana queda a dos millas de distancia. Entonces al lado de la cocina inaugurarán un espacio comunitario que ofrecerá sopa y sándwiches por consignación: un vecino podrá cocinar una olla de sopa, dejarla en la cocina y la cocina la venderá por taza.

Aceptarán transferencias de prestaciones electrónicas del gobierno (EBT por sus siglas en inglés) y también probarán un sistema de trabajo y canje, bajo el cual los voluntarios reciben monedas para canjear para así alquilar un espacio de ventas en el mercado o un espacio de trabajo en la cocina. Según dice Bradd, la instalación es diseñada por y para la gente del vecindario con el fin de “ayudarlos a adorar el espacio de cualquier forma en que se pueda”.

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Kiki Louya y Rohani Foulkes han recorrido a docenas de granjas, a veces visitando hasta ocho en una semana. Están tratando de crear relaciones con granjeros locales, cuyos productos venderán por consignación en su nuevo mercado, The Farmer’s Hand, en el vecindario de Corktown en Detroit. Los agricultores locales pueden poner el precio que quieran a sus productos y les llegará un 70% de las ganancias.

Este barrio queda cerca de la Michigan Central Station, una antigua estación de trenes ya abandonada. Cuenta con bastantes jardines, kioscos montados para vender hortalizas cada semana y organizaciones de agricultura sostenida por la comunidad como la de Anderson. Sin embargo, una carretera ataja al barrio y actualmente no hay ningún lugar adonde ir para conseguir alimentos frescos. “El mercado estaba gritando por una tienda de comestibles”, me dijo Louya mientras que tomamos café en Ponyride, una incubadora empresarial ubicada en un almacén antiguo. Louya y Foulkes esperan entretejer su negocio con la red de granjas urbanas cercanas. Tendrán en existencia algo de los cultivos de la granja ACRE de Anderson, así como algo de los cultivos de Greg Willerer de Brother Nature Produce. “Queremos coexistir y complementar uno al otro”, dice Louya.

Una manera en que tratarán de lograr eso es al servir de unificador de productores y consumidores, lo cual dejará a los granjeros libres a concentrarse en sus tierras. Muchos agricultores tienen compromisos con un puñado de restaurantes y mercados. “¿Cuánto tiempo te queda para cultivar?”, pregunta Louya. “Esperamos que nuestro modelo pueda ayudar un poco (…) podemos ser ese vehículo de mercadeo y plataforma minorista para ellos y así sacarles un paso de su proceso”.

El mercado se inaugurará en un vecindario que cuenta tanto con residentes viejos como con gente recién llegada. En el vecindario se encuentran una pizca de tiendas de discos, bares y tiendas de cosas antiguas, pero también hay una comunidad de vivienda para personas de bajos ingresos frente al sitio de mercado (el cual antes fue ocupado por otro mercado que cerró hace muchos años). Los dueños se dan cuenta de la necesidad de tener en existencia unos productos que sean accesibles para tanto los residentes establecidos como para los recién llegados que tienen mayores ingresos.

Ese malabarismo refleja un reto que muchos startups locales en Detroit están tratando de abordar, dice Devita Devison, coordinadora de mercadeo en FoodLab Detroit, un programa incubador para negocios alimenticios locales. Los alimentos cultivados en Detroit viajan desde los productores a los empacadores, pero no necesariamente a los consumidores locales. Para obtener una ganancia, algunas empresas pequeñas quizás compren frutas y verduras de granjas locales, pero luego la procesan para convertirla en mermelada o en encurtidos que a lo mejor sean demasiado caros para los bolsillos de residentes locales.

“¿Pueden competir con un frasco de Smuckers de 99 centavos? La gente pobre y subempleada no pueden costear un frasco de mermelada que cueste $5.99”, dice Davison. Insistir en la fabricación local podría ser una solución, según expresa Davison. Incluso si los lugareños no son necesariamente el público objetivo para los productos, “las empresas podrían emplear a un residente de Detroit quien pueda ganarse un sueldo base justo y sustentarse”, dice Davison.

En el Farmer’s Hand, Louya y Foulkes esperan evitar esta tensión al reducir el tamaño de algunos productos para volverlos disponibles a precios más bajos. Y van a experimentar con productos vendidos a granel o sueltos para que los clientes puedan pesar precisamente la cantidad que quisieran comprar.

También esperan desacoplarse de palabras como “artesanal”, de una asociación con cualquier grupo socioeconómico en particular. Lo que sucede es que términos como “artesanal” puede dar la impresión de que los productos son de lujo, según nota Foukles, pero no tiene ser así. Para Louya, tales palabras señalan “comida de buena calidad preparada lentamente… y las ganancias regresan directamente a los granjeros que quizás [hasta] vivan enfrente”.

Desde la pradera urbana de Detroit se puede ver el Michigan Central Station (Jessica Leigh Hester/CityLab).

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“Entiendo que en el vecindario en que estaremos vendiendo, la gente no va a llegar en busca de quinoa orgánica o chips hechos de col rizada”, dice Malik Yakini. “Queremos encontrarnos con la gente donde están y proveer las cosas a las que está acostumbrada pero también aportar otras opciones”.

Junto con sus colegas, Yakini opera D-Town Farm, una de las fincas urbanas más grandes de la ciudad. Está colaborando con Detroit Black Community Food Security Network para abrir el Detroit People’s Food Co-Op (Cooperativa Alimenticia de la Gente de Detroit). Se trata de una tienda de comestibles de 7,500 pies cuadrados, un café de 50 asientos y una cocina comercial con licencia. La cooperativa se encontrará en Woodward Avenue cerca de Gran Boulevard. En parte los cargos pagados por acciones financiarán al proyecto, cuyo costo total será 8 millones de dólares. Se espera recaudar 240,000 dólares de los miembros; cada uno de ellos pagará 200 dólares. Una de sus metas es capturar más de las ganancias de retener, procesar y circular productos agrícolas cultivados localmente dentro de la comunidad.

Aunque Yakini es un vegano y come alimentos orgánicos, dice que la cooperativa tendrá en existencia una mezcla de artículos que sean accesibles tanto cultural como económicamente. Según dice Yakini, un sistema alimenticio justo les requiere a los dueños de negocios a interactuar con la comunidad. “Eso podría [consistir en] cultivar un porcentaje grande de las frutas y verduras que consumimos localmente; crear la infraestructura para procesar [estas hortalizas] para elaborar productos alimenticios [listos para consumir], localmente; y capturar el valor económico que se genera como resultado de la venta y distribución de esos productos”, dice. Para Yakini, la cooperativa representa un paso hacia el desmantelamiento de un sistema que es disfuncional de arriba abajo.

Conectar a productores con más recursos

Alrededor de las 9 am un sábado en la mañana, los puestos de Eastern Market ya están llenos de clientes revisando tinas de lechugas o examinando manojos de rábanos. Durante los fines de semanas ocupados hasta 80,000 compradores deambulan por este histórico mercado de agricultores. Tal tráfico de clientes puede traducirse en muchas ventas potenciales; un granjero me dijo que puede ganarse hasta $1,000 trabajando en un solo turno en el mercado. Y la cantidad de clientes podría estar a punto de incrementar, ya que ahora la agencia de transporte público de la ciudad está considerando expandir las rutas de autobús para llevar a los residentes desde seis vecindarios al mercado. Denominadas en conjunto el “ Fresh Wagon” (Carretera Fresca), estas rutas podrían estrenarse este otoño.

Pero para los granjeros urbanos que trabajan a pequeña escala, puede haber barreras pragmáticas y financieras que les impiden aprovechar la oportunidad de vender en el Eastern Market: cada hora que un agricultor pasa vendiendo en el mercado es una en que no puede ocuparse de sus cultivos. Además, para reservar un kiosco allí, los granjeros necesitan tener 1 millón de dólares en seguro de responsabilidad. Para muchos, simplemente no resulta factible ir a vender solos.

La cooperativa Grown in Detroit (Cultivado en Detroit) ofrece una manera de hacer que las operaciones pequeñas lleven sus productos al mercado. Grown in Detroit provee seguro y se encarga de tener personas vendiendo en el kiosco. Cuando yo llegué, los granjeros estaban sacando lechugas de las bolsas que habían usado para transportarlas desde su granjas y luego arreglando las hojas de las lechugas en cestas de mimbre sobre manteles de colores vivos. Las lechugas formaron parte de una selección de varias hortalizas en la mesa, entre ellas bok choy, tallos de ruibarbo y algunas de las primeras fresas de la temporada. Los agricultores pueden planear de manera colectivamente al principio de la temporada o bien simplemente traer lo que esté fresco cada semana. Es un arreglo bastante formal, según explica Eitan Sussman, el coordinador de ventas al por mayor. “Podemos anticipar lo que viene, pero no 1, 2, 3, X, Y, Z”, dice. Anualmente unos 60 granjeros participan en el consorcio. Algunos lo hacen unas cuantas veces al mes, otros solamente una dos veces al año.

En los días en que esta abierto el mercado, los kioscos de Eastern Market están llenos de consumidores buscando frutas y verduras frescas (Danielle Walquist Lynch/Flickr).

Mirando hacia el futuro, los arquitectos del plan 2025 de Eastern Market —una iniciativa de desarrollo para expandir la presencia y el alcance de la organización— sugieran que la fabricación en sitio podría ser el tejido conectivo entre los agricultores y los consumidores. Según afirma Davison, para propulsar sus negocios para que lleguen a una base más amplia de consumidores y así aumentar las ganancias, los negocios de pequeña escala necesitan opciones que se extiendan más allá de lo que puedan ofrecer sótanos de iglesias y otros espacios prestados.

Las granjas y jardines de Detroit cumplen con muchos propósitos. Según afirma Davison, son terrenos verdes en que los vecinos pueden conversar y promover el espíritu comunitario; enseñan a los niños sobre cómo alimentarse saludablemente; y también pueden ser fuentes de ingresos. Además, pueden ser una solución local para el problema de las tiendas de comestibles desaparecidas y la proliferación de restaurantes de comida rápida y bodegas. Dice Davision: “Simplemente crecer es un acto de resistencia”. Y cuando esos productos agrícolas alimentan a bocas locales, esa resistencia vuelve al principio.

Esta historia es la última en una serie de tres sobre la agricultura urbana en Detroit. La primera nota examinó el cultivo de tierra somos una medida de resistencia; la segunda se centró en la manera en que la agricultura local coexiste con esfuerzos de reurbanización.

Estos artículos se publicaron originalmente en inglés en CityLab.com.

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