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El nuevo parque que Nueva York está construyendo donde alguna vez hubo 150 millones de toneladas de basura

El parque Freshkills está avanzando poco a poco y lo que alguna vez fue un enorme vertedero ya está comenzando a recibir nueva flora y fauna. Pero, ¿qué sucederá cuando la gente comience a visitar esta nueva área verde?
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22 Feb 2017 – 3:33 PM EST

Veinte minutos más allá del puente Verrazano-Narrows, el que lleva a Staten Island, ya se sentía el olor. Cait Field se crió en la cercana Long Island y se acuerda de esto de los viajes que hacía en auto durante su infancia, de cómo sus padres subían las ventanas y encendían el botón del aire acondicionado mientras que pasaban acres tras acres de hedionda basura casera. Por sí solo el olor señalaba que el vertedero Freshkills era donde las cosas iban a pudrirse, no a vivir. La excepción eran las miles de gaviotas dándose un banquete.

Pero el recuerdo de Freshkills tiene sorprendentemente poco que ver con su presente. En un frígido Día de los Enamorados de cielos azules, Field —ahora una científica de 33 años— se para encima de uno de aquellos montículos gigantescos de basura. A la distancia se puede ver la silueta de edificios en Manhattan, pero ni un pedazo de basura. Las manadas de gaviotas hambrientas ya se fueron, aunque Field sí nota un solo halcón volando arriba. Debajo de sus pies están unos 150 millones de toneladas de desperdicios neoyorquinos, todas inmovilizadas, cubiertas y tapadas con capas de tierra espesa, plástico impermeable y cañería para contener gases. Encima de estas capas crecen hierbas nativas que ha sido cortadas bajitas para el invierno. El único olor es la humedad en la brisa que silba contra con la gruesa chaqueta marrón de Field.

“Este es el área que les gustan mucho a los gorriones sabaneros pechileonados”, dice Fields al mover las hierbas secas con su bota. En otro montículo enseña cómo las plantas terrenales estaban más gruesas porque se había sembrado años antes que las plantas en otros montículos. “Fíjate cómo aquí tenemos una cubierta mucho más fina [de plantas]… estamos tratando de determinar cómo podemos mantenerlo así”, dice.

Al voltearse para regresar a su Prius del Departamento de Parques, observa un grupo de huellas en un pedazo endurecido de nieve. Cuando se ven de cerca, se nota que éstas son huellas de ganso y no de un ser humano como pensó al verlas de lejos.

Lo que antes era el vertedero más grande del mundo poco a poco se está transformando en un nuevo parque emblemático para la ciudad de Nueva York. Con un área de 2,200 acres, el parque Freshkills tendrá casi tres veces el tamaño del Central Park cuando abra totalmente en 2036. Pero desde ya su topografía suave y montañosa —con cada elevación formada por basura —es el hogar de cientos de especies de plantas y animales.

Como la gerente del programa de investigaciones en Freshkills, el trabajo de Field es asegurar que los nuevos residentes estén llegando y que se queden a largo plazo. Lleva a cabo sus propias investigaciones de las poblaciones de pescado del parque, coordina un grupo variado de científicos visitantes y ayuda a desarrollar un plan de administración de vida silvestre. Es un trabajo inusual, por decir lo menos. Como na pradera construida por humanos desde cero —y dentro de la ciudad de Nueva York—, en cierta forma Freshkills es el sueño de un científico. Cada cambio en el ecosistema se puede rastrear de un nivel base: el punto en que los montones de basura fueron cubiertos y cultivados por primera vez. Cada aumento o baja en la población de especies o su salud se puede correlacionar fácilmente a esos cambios que se pueden rastrear.

Ahora bien, nadie realmente sabe dónde pararán esos cambios. Freshkills no es una historia de ‘restauración’ ambiental: más de 50 años de uso como vertedero significa que esta tierra nunca regresará a lo que era antes. Pero con un liderazgo suave y sin demasiada interferencia, Field y su equipo esperan que Freshkills volverá a vivir como un ecosistema floreciente. Quizás sea un modelo para otros lugares —incluso el mismo planeta— que han sido cambiado irrevocablemente por la conducta humana pero que aún pueden hacer sitio para la vida en un espacio que antes era desperdiciado.

El lugar que pudo ser concreto y que terminó siendo un basural

“Se hubiera construido sobre todo esto si no hubiese sido un vertedero”, dice Field mientras que su Prius traquetea por una curva en horquilla que corre al lado del riachuelo principal de Freshkills. “Es difícil saber cuál hubiera sido el peor de los dos males”.

Esa es una de las múltiples tensiones entre naturaleza y artificio que se encuentran en la esencia de la historia de Freshkills. Colonos holandeses del siglo XVII le pusieron este nombre debido a las ‘aguas frescas’ que admiraron aquí. Freshkills se extiende por las orillas de un estuario en el lado oeste de Staten Island. Una vez consistía en humedales costeros donde vivían aves zancudas, cangrejos azules, tortugas acuáticas y una diversidad de hierbas florecientes. Estos ecosistemas filtraban pedazos de desperdicios en el agua y actuaban como barreras absorbentes de inundaciones, lo cual era esencial durante la temporada de ciclones (los pocos humedales que quedan en Freshkills absorbieron una cantidad heroica de marejadas ciclónicas durante el Ciclón Sandy).


Un gráfico del Departamento de Parques que explica el proceso de cubrir vertederos (New York City Parks Department).

Sin embargo, para los planificadores urbanos del siglo XX, los humedales esponjosos de Staten Island no parecían tener valor. Bajo el todopoderoso ‘constructor maestro’ Robert Moses (¿quién más pudiera haber sido?), la ciudad de Nueva York convirtió esta extensión en un vertedero en 1948.

Se suponía que la basura se iba llevar a Freshkills durante sólo tres años, suficiente tiempo para formar la fundación de una nueva urbanización residencial de uso mixto. Pero las necesidades de la creciente ciudad descartaron esos planes. Pese a la oposición ardiente de los residentes de Staten Island, Fresh Kills se mantuvo abierto y se convirtió en el vertedero más grande del mundo para mediados de los años 50. En su apogeo recibió casi 30,000 toneladas de basura todos los días de los cinco condados de Nueva York. El ecosistema histórico de pantano de marea quedó totalmente enterrado bajo empaques plásticos, desperdicios alimenticios, productos electrónicos filtrando líquidos y todo tipo de basura municipal habida y por haber.

Finalmente, en 1996 las preocupaciones ambientales y la política local impulsaron al alcalde Rudy Giuliani y al gobernador estatal George Pataki a firmar una orden judicial para cerrar el sitio. Se inició el proceso intensivo de cubrir los montículos de manera permanente. Tres de cada cuatro de ellos ya están terminados, lo que tuvo un costo de 600 millones de dólares. Mientras tanto, la basura de la ciudad se envía a vertederos en Nueva Jersey, Pennsylvania y otros lugares.

Las autoridades del parque insisten que el proceso retiene completamente todos los derivados dañinos de los desperdicios y que el sitio es seguro para humanos, mamíferos, aves y peces, tal como lo regula el Departamento de Conservación Ambiental de Nueva York. Según dicen, el barro duro en el fondo del sitio hace un trabajo inusualmente bueno de prevenir que el lixiviado (agua residual producida por el vertedero) se filtre en las vías navegables. El último envío de basura al vertedero se hizo en 2001: un millón de toneladas de desechos de las caídas torres del World Trade Center.

Las aves vuelven a vivir en Freshkills

Cait Field, gerente del programa investigativo en Freshkills en su hábitat profesional (Laura Bliss/CityLab).

Ya para el tiempo que Freshkills dejó de recibir desechos, la época de esta planificación urbana intensiva también estaba muerta y enterrada. Las actitudes públicas hacia los impactos ambientes de vertederos habían cambiado decididamente. James Corner Field Operations —una empresa de arquitectura de paisajes conocida por su trabajo en el Highline y otros proyectos de ‘reutilización adaptiva’ para crear parques— ganó una competencia de diseño que fue patrocinada por la ciudad para convertir a Freshkills en un floreciente espacio público al aire libre.

En lugar de aplanar la tierra para crear algo más pulido, que se vería como un parque típico, la visión de la empresa es trabajar con lo que hay ahí. Se construirán millas de senderos multiusos, zonas de picnic, tarimas para actuaciones, muelles para kayaks y canchas de pelota en espacios permitidos por las praderas formadas por basura. “Empiezas con nada y mediante administración vas cultivando una ecología más diversa”, le dijo James Corner —arquitecto fundador de la empresa— a la revista New York en 2008. Se trata de una filosofía de diseño anti-Moses, si es que alguna vez hubo alguna.

Field y los planificadores de Freshkills están empleando un enfoque análogo con la vida silvestre del parque. “No sabemos qué va a pasar en cuanto al retorno de la vida silvestre y lo que vendrá porque no tenemos un punto en el tiempo al cual estamos tratando de ‘restaurar’ [Freshkills]”, dice Field. A diferencia de proyectos que tratan de retrasar el reloj de la destrucción humana —como puede ocurrir con un bosque con muchos árboles cortados por la industria maderera o una isla bien pisoteada por turistas en Hawái— sólo secciones pequeñas de Freshkills que nunca se usaron como vertedero podrían ser ‘restauradas’ para ser los humedales de agua salada que alguna vez prosperaron allí. Por otra parte, la mayor parte del parque tiene que ser suavemente impulsada para servir de algo muy diferente: un hábitat abierto de pradera, el cual es un entorno natural que está en grave peligro de extinción en todo EEUU. Hasta ahora la pradera le ha dado la bienvenida a una diversidad de aves rapaces, gorriones, lechuzas, roedores, murciélagos, mariposas y un montón de otras especies locales.

Con antecedentes académicos en la conducta de animales (sus investigaciones para obtener su doctorado involucraron comunicación entre peces) Field piensa detenidamente sobre cómo el parque puede aprender de los animales acudiendo en masa a Freshkills y lo que están ‘diciendo’ a medida que las secciones y comodidades del parque van emergiendo lentamente con cada gota de financiamiento (es casi imposible calcular el costo total del parque debido a lo enmarañado que está en el proceso bajo mandato de cubrir vertederos). Mientras que sus colegas en la ciudad les piden a residentes de vecindarios aledaños sus aportes en cuanto a comodidades y diseño, “mis sesiones de visualización comunitaria son con los gorriones sabaneros pechileonados”, bromea.

Hay una ventaja en colaborar con ellos en lugar de humanos. “Las aves no saben que aquí hay un vertedero debajo”, dice Field. “No les importa. No hay ningún asunto de percepción para ellos”.

Y los gorriones sabaneros pechileonados sí están ayudando al parque a tomar decisiones clave. Dick Veit —un ornitólogo veterano en el College of Staten Island que ha estado estudiando aves en Freshkills desde los años 90— quedó asombrado al encontrar 40 parejas de pequeñas aves que hacen nidos en la tierra. Tales aves están listadas como una especie de preocupación particular por el estado de Nueva York y Veit las encontró mayormente concentradas en el East Mound (Montículo del Este) en 2015. “Fue simplemente excepcional”, dice. “Normalmente si colonizan una nueva área es con una pareja a la vez. Pero avanzamos de 0 a 40 parejas en un año”.

Sin embargo, en 2016 hubo muchos menos gorriones. Veit no está seguro de por qué es así o por qué las aves prefirieron el East Mound (el cual fue cubierto más recientemente) a otros montículos. Estos son los tipos de preguntas que él y Field están tratando de contestar y quizás analicen diferentes tipos de hierbas para entender lo que está pasando.

Lo mismo aplica a los animales que viven en los arroyos, riachuelos y estanques que fluyen por todo el parque. Desde hace mucho tiempo, Seth Wollney del College of Staten Island y Eugenia Naro-Maciel de la New York University han estudiado poblaciones de tortugas en hábitats de agua fresca en todo Staten Island. Han encontrado que el tamaño y la salud de las especies de tortugas y microorganismos colonizaron los estanques de Freshkills —los cuales se construyeron como cuencas de aguas de lluvia para recibir la escorrentía de los montículos de basura— son prácticamente iguales a los que se observan en estanques naturales en Staten Island. “Es un gran argumento a favor de la restauración pasiva”, dice Wollney. Lo que es artificial se ha vuelto más o menos ‘natural’”.

Un parque que también es un experimento de conservación


El reto para Field y el grupo de científicos que están trabajando en el sitio es mantener funcionando lo que está funcionando y vigilar de cerca lo que quizás esté faltando. Si menos halcones aparecen en un año dado, quizás sea necesario una entrega adicional de presas mamíferas pequeñas al parque. Si las tortugas no llegan a reproducirse, quizás sea necesario ajustar su hábitat. Estas preguntas requerirán años de estudio a largo plazo con un monitoreo cuidadoso de las condiciones. Pero la ventaja de estar en un ambiente como el de Freshkills es que si bien no saben exactamente a donde van, los científicos conocen las condiciones exactas de donde partieron.

Después de todo, se supone que la naturaleza esté guiando al parque, por lo menos por ahora. Veit, Wollney y los otros ecólogos tienen preocupaciones sobre qué tan viable se mantendrá Freshkills como hábitat para la vida silvestre en cuanto se empiece con la construcción de más comodidades para el parque y las personas empiecen a usarlas. El progreso de este proyecto masivo es lento: 16 años después de que se anunció la competencia de diseño, las únicas secciones disponibles para el público son unos cuantos campos de béisbol y un sendero verde en los bordes exteriores. Pasarán años antes de que el primer área interior abra sus puertas.

Pero los planes de construir un sistema de vías públicamente accesibles por el parque han hecho que Veit se preocupe de que se altere el área —alrededor de 100 acres continuos— y comprometa la restauración de las poblaciones de aves. Ya ha visto representaciones con árboles para dar sombra que se sembrarán justo en el perímetro de los montículos herbosos, lo cual se ven bien para las personas, pero podría dañar los esfuerzos de conservar las praderas. “La gente del Departamento de Parques sigue diciendo que no hay forma de que tendremos el dinero para hacer todas estas cosas, entonces eso favorece la parte de la conservación”, dice Veit. “Pero algunos de los bocetos tienen muchos elementos en ellos”.

Mientras tanto, a Wollney le preocupa el impacto de los paseos en bote en algunos de los hábitats de riachuelos de marea e —irónicamente— que la gente tire basura en los estanques.

A lo mejor la redención de Freshkills nunca será completa, por lo menos desde el punto de vista de la vida silvestre que cuidadosamente está tratando de atraer (y sin duda no estará completo mientras la xiudad de Nueva York siga exportando su basura a vertederos en otros estados). Si la bien la tensión no es tan marcada como lo que era en la época destructiva de Moses, dicha tensión entre los deseos de los humanos y las necesidades de la naturaleza siempre estarán en el núcleo de Freshkills. Y quizás eso sea adecuado, ya que a estas alturas la gente sin duda también merece consideración.

“Vecindarios completos sufrieron aquí durante 50 años. ¿Cómo se reconcilia eso?”, dice Tatiana Choulika, diseñadora principal del proyecto Freshkills para James Corner Field Operations. “Sean cuales sean las preocupaciones de los ecólogos, este espacio nunca será cerrado al público. Ese no es el propósito de un gran parque de ciudad como este”.

Una cosa sí es cierta: el futuro del ecosistema construido por humanos en Freshkills se ve muchísimo mejor de lo que se veía en su pasado reciente. Es loable que la ciudad haya hecho que el equilibrio ecológico fuera una prioridad en lo absoluto: los intereses ambientales pudieran haber sido descartados a favor de un parque más tradicional centrado en las personas. Ahora se trata de equilibrar las necesidades de todas las diversas criaturas que están clamando por aire fresco y hierba limpia en un paisaje intensamente urbanizado.

Lo que está sucediendo en Freshkills también puede servir de casa de prueba para otros proyectos de restauración de hábitat, ya sean vertederos, aeropuertos, pasos por debajo de carreteras o islas de tráfico. El espacio desperdiciado de un humano quizás sea el paraíso de apareamiento para tortugas. Y, según expresa Fields, de algunas formas el ejemplo de Freshkills hace eco de algunas de las preguntas más difíciles en la ciencia climática: si no se puede restaurar la tierra a lo que era antes, ¿entonces qué se hace?

"Obviamente, sería mejor si no hubiéramos puesto basura aquí”, dice al sacar el Prius de Freshkills y dirigirlo de vuelta a la ciudad de Nueva York. “Pero ahora tenemos este nuevo ecosistema. Vamos a ver qué sucede con él”.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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