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CityLab Delincuencia

Policía en Río sería responsable de 8,000 muertes en los últimos diez años

En la sede de los Juegos Olímpicos de 2016, Human Rights Watch ha descubierto pruebas condenatorias sobre ajusticiamientos y asesinatos policíacos.
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13 Jul 2016 – 11:35 AM EDT

La tensión y la violencia entre la policía y las comunidades de minorías es un problema bien documentado en Estados Unidos, pero no es un problema únicamente estadounidense. Un nuevo reporte de la organización Human Rights Watch que se publicó la semana pasada revela el impresionante alcance de la impunidad que tiene el cuerpo policíaco en el estado de Río de Janeiro, en Brasil. Se calcula que la Policía Militar ha matado a más de 8,000 personas a lo largo de la última década. También se calcula que un 70% de las personas asesinadas por la policía fueron de raza negra.

“Río es la situación [policíaca] más peligrosa de Brasil y está entre las peores de Latinoamérica”, dice César Muñoz, un investigador sénior en Brasil para Human Rights Watch. “Y después de bajar durante varios años, [el índice de] asesinatos por policías ahora de nuevo está aumentando”.

El reporte resume una sombría realidad en una las regiones más pobladas de Brasil y en la ciudad que será la sede de los Juegos Olímpicos este verano. Mediante entrevistas extensas con policías, autoridades policíacas y testigos, junto con registros públicos y reportes de autopsias, Human Rights Watch pudo identificar 64 casos en que hay pruebas creíbles de que policías encubrieron asesinatos ilegales. En estos casos murieron unas 116 personas, entre ellas por lo menos 24 niños.

El reporte también halló que el problema se extiende mucho más allá que estos casos; las autoridades locales entrevistadas por Human Rights Watch le dijeron a la organización que muchos de los “tiroteos” registrados por la policía en años recientes en realidad fueron ejecuciones.


Así lo explica el reporte:

En la mayoría de los 64 casos que examinamos, los recuentos de los policías sobre los tiroteos parecían ser incompatibles con las autopsias o los otros reportes forenses. En por lo menos 20 casos, los reportes de autopsias detallaron patrones de residuos de pólvora que son consistentes con la víctima recibiendo un disparo a quemarropa. En otros casos, testimonio de testigos u otras pruebas indicaron que no hubo un tiroteo.

Por ejemplo, en junio 2015 la policía militar reportó que había herido a un hombre en un tiroteo en la favela Morro da Coroa. La policía llevó el hombre al hospital, donde murió. Sin embargo, una autopsia demostró que le habían disparado siete veces y, por lo menos, una vez a quemarropa. Y un testigo en la escena reportó que vio la victima herida, pero viva en el piso y que luego oyó una ráfaga de disparos poco después de que llego la policía. Tres horas después, el testigo vio a la policía llevarse al cuerpo inerte de la víctima.

Los recuentos personales de los policías cuentan una historia parecida. Varios de los 30 policías entrevistados reconocieron que tuvieron complicidad o participaron directamente en asesinatos extrajudiciales. Uno de los policías describió coordinar una emboscada para pandilleros con otros policías, matándolos mientras huían y luego colocándoles armas mientras que yacían en el piso, lesionados o muertos. “Desde el principio el objetivo de esa emboscada fue matar, no arrestar”, dice Muñoz, quien realizó las entrevistas para este reporte. Aquel oficial de policía también describió su participación en la tortura y en un secuestro; también dijo que recibía sobornos de delincuentes.

La raza y la historia de las relaciones entre razas en Brasil desempeñan un papel fundamental en determinar quién se lleva la peor parte de esta violencia. Al igual que los Estados Unidos, Brasil sigue luchando con su larga historia de esclavitud, la cual no fue abolida ahí hasta 1888, después que cualquier otro país en las Américas. Muchos afrobrasileños en el país viven en regiones pobres concentradas y conforman la mayoría de la población en las favelas, barrios informales que no son incorporados y que con frecuencia son asolados por el delito. Es en las favelas donde se concentran las tácticas brutales policíacas.

“Creo que en Río hay ecos de la situación que uno ve en muchas ciudades de EEUU”, dice Robert Muggah, un experto en seguridad, violencia y desarrollo en el Instituto Igarapé, en Brasil. “Si se revisan las estadísticas, sin lugar a dudas es cierto que existe una representación sumamente desproporcionada de hombres jóvenes negros desempleados en encuentros con la policía, lo cual incluye asesinatos policíacos”.

Justo antes de la Copa Mundial en 2014, en uno de varios casos que desde entonces se convirtió en una noticia muy difundida en Brasil, tres adolescentes afrobrasileños en Rio fueron secuestrados por la policía. Los llevaron a una zona remota en las lomas ubicadas arriba de la ciudad. Mataron a dos de ellos a disparos, uno en la cabeza, el otro en la pierna y en la espalda. Uno de los tres logró escapar. Los policías dejaron encendidas sus cámaras de patrulla y en el video se les puede oír reprendiendo a los muchachos antes de matar a dos de ellos. Los tres tenían 14 años de edad.

La violencia es la principal causa de muerte entre los varones afrobrasileños. Ésta reduce su expectativa de vida en más de diez años menos del promedio nacional. En un tiempo en que la violencia letal contra los blancos ha estado descendiendo continuamente en Brasil, tal violencia letal prácticamente se ha duplicado entre los afrobrasileños a lo largo de la última década, dice Muggah.

Con los Juegos Olímpicos del verano de 2016 a punto de comenzar en Río, el influjo masivo de atletas y turistas de todo el mundo presentará un reto masivo logístico y de seguridad para una ciudad que ya tiene problemas. Las zonas cercanas a los recintos olímpicos y las carreteras serán patrulladas por casi siete veces la cantidad usual de policías militares, junto con seguridad privada, guardias sin armas y agentes de cuerpos policíacos de todo el país.

A pesar de toda esta seguridad adicional, Muggah dice que l as zonas más pobres de la ciudad en realidad podrían experimentar una falta de recursos policíacos durante los juegos a medida que se desvían recursos de seguridad a los sitios olímpicos y zonas turísticas.

“Algunas personas en las favelas van a sentir alivio porque le temen a la policía”, dice Muggah. “Pero es probable que una cantidad mayor está sintiendo una sensación inminente de pavor a medida que se acercan las Olimpiadas”.

Antes del incremento reciente durante los últimos 18 a 24 meses en los asesinatos en que la policía ha estado involucrada, la región experimentó varios años de descensos en violencia policíaca gracias a un intento verdadero de fomentar la confianza entre la comunidad mediante un programa llamado Unidades Policíacas Pacificadoras (UPP). La policía también creó una unidad de la fiscalía llamada la GAESP cuyo fin específico era investigar los abusos de la policía y en las prisiones.

Las UPP se instalan directamente dentro de las favelas, donde la actividad de las pandillas y de los carteles narcotraficantes está más descontrolada. Su presencia continua inicialmente redujo el crimen de manera significativa en estas zonas y aún cumple con ese propósito en algunas favelas. Pero la creciente desconfianza de la policía ha disminuido en gran parte la credibilidad de las UPP; se han convertido en una fuerza de ocupación que se percibe como la verdadera fuente de peligro, incluso si reducen delitos relacionados con las pandillas.

Muggah dice que el programa de UPP empezó a perder fuerza gracias a un solo evento decisivo en Río: la desaparición en 2013 de Amarildo de Souza, un albañil de 43 años que vivía en la favela Rocinha. Policías de la UPP lo trajeron para una interrogación sobre el narcotráfico y nunca más se supo nada de él. Las cámaras de la UPP lo demostraron entrando al edificio de la misma pero no estaban funcionando durante el tiempo en que supuestamente fue liberado. Su desaparición provocó una furia generalizada en la favela Rocinha y en todo Río.

“Esto fue como un punto de inflexión que causó una reacción eléctrica. Para muchos esto confirmó que el [programa de la UPP] era una cortina de humo y generó mucha ansiedad y frustración que señalaron cómo la sociedad se puso en contra del programa de pacificación”, dice Muggah.

Aquel evento —junto con una avalancha de otros asesinatos, entre ellos de los de niños por balas perdidas o durante redadas policíacas— ha aumentado aún más la desconfianza de los policías, así como la delincuencia y violencia en general en la ciudad. Además, la prolongada recesión económica que ha sufrido Río ha contribuido a esta tensión.

Mientras tanto, los policías buenos pagan un precio alto por los delitos de sus homólogos, según indica el reporte de Human Rights Watch.

“Una cosa que me sorprendió fue el gran miedo entre policías de los demás policías”, dice Muñoz. “Cuando eres un policía que trata de hacer las cosas bien y uno de tus compañeros mata a alguien, ¿qué debes hacer? Si lo denuncias, corres el riesgo de también ser asesinado”.

Este artículo apareció originalmente en inglés en CityLab.com.

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