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Améxica

Carta de amor a Tijuana

Te empecé a frecuentar hasta que te mataron. Pero luego, al igual que un famoso zombie de la biblia, resucitaste.
10 Jul 2016 – 10:02 PM EDT


Tijuana, ¿recuerdas la primera vez que nos conocimos? Fue en los noventas, cuando la avenida Revolución todavía estaba repleta de gringos en atuendos de Tommy Hilfiger. Ay, mi amor, tu fama era toda una leyenda: "Un lugar donde se puede hacer y consumir de todo – y sin ningún remordimiento". Así te pintó una amiga que me dio mi primer paseo por tus entrañas. Vi tantas discotecas, vicios, perdición. Seguramente tenías otras cualidades que no tenían nada que ver con la decadencia, pero para un adolescente, como lo era yo en aquel entonces, lo primero era lo primero. ¡Cuanta vida! Te empecé a frecuentar hasta que, viéndolo figuradamente, te mataron. Pero luego, al igual que un famoso zombie de la biblia, resucitaste. Tú te tardaste más de tres días, pero ahora vuelves a ser una de las ciudades más interesantes de todo el continente.

¿Quién te mató? Tengo algunas teorías bastante bobas, pero creo que Estados Unidos clavó la primera daga después del “9-11”, cuando se intensificó la xenófobia de aquel país e hizo que el gobierno de Estados Unidos implementara unos protocolos excesivamente estrictos para ingresar a su territorio. Sucedió que ir a ti desde California, donde yo vivía, seguía siendo bastante fácil, pero regresar a Hamburguesalandia (“cruzar la línea”, dicen coloquialmente quienes te concurren) se convertía en un odisea de varias horas. Ese detalle empezó a desanimar los viajes de las miles de personas que te visitaban caprichosamente.

La segunda puñalada fue un regalo de la casa; gracias a la “guerra contra el narcotráfico” que implementó un ilustre señor llamado Felipe Calderón, los criminales que normalmente –aunque no siempre– hacían de las suyas “allá en lo oscurito”, se volvieron aún más violentos cuando se les atacó públicamente. Siendo que la cobertura de los medios locales e internacionales no hizo ningún favor de imágen –ni a ti, mi querida Tijey, ni a ninguna otra ciudad fronteriza o costera– muchos turistas pasaron de sentir curiosidad por tus atracciones a percibir inseguridad por tu existencia.


Fue con estas puñaladas que tu economía y turismo sufrieron heridas mortales –bueno, al menos eso pienso yo, pero no me hagas mucho caso porque en realidad no sé nada. “Haiga sido como haiga sido”, diría Don Calderón, la “Revo”, tu avenida más alegre y frecuentada de toda la vida –sobretodo por los gringos que buscaban emborracharse y bailar en las decenas de bares que te adornaban– pasó de ser un Mardi Gras permanente durante los noventas, a una kermés de dos pesos en los dosmiles.

Pero no, querida mía, yo no tengo la grotesca costumbre que tienen otras personas de reducir tus encantos a ser poco más que una ciudad con zonkeys, un trampolín “pa’ brincar al otro lado”, el curioso lugar donde se inventó la ensalada césar, o la farmacia por excelencia de todo pocho californiano (“allá no piden receta, mijou”). Y mucho menos después de que, ya a finales de los dosmiles, tus hijos tomaron cartas en el asunto y montaron varios restaurantes, galerías, y bares, pero esta vez con la intención de entretenerse a ellos mismos, no a los extranjeros.

En realidad tú siempre amamantaste ciertos lugares “curados” ( cool) que no eran para los frat boys de San Diego (véase el Club A & Porky’s Place de antaño, La Estrella, Las Pulgas, por nombrar algunos), pero fue a principios de esta década que la Sexta, tu calle que cruza con Revolución, vio florecer una nueva ola de lugares como La Mezcalera, “una fantasía de borracho melancólico” en donde “Chavela Vargas y Miss Piggy podrían compartir una mesa y tomarse un mezcal”. Poniendo su granito de arena –sobre todo para revivir a la moribunda “Revo”– el Black Box, por donde han pasado Javiera Mena, Peaches, y Crystal Castles, se plantó firmemente en plena avenida. Mous Tache bar, El Tinieblo, entre otros, también se unieron al argüende, luego El Tropic’s y Chip’s Bar rápidamente se convirtieron en los afters de preferencia.

La vida nocturna no es lo único que ha cambiado. A mi normalmente no me convencen de comer otra cosa que no sean los “ tacos varios” callejeros, o las tostadas de La Corriente Cevichería Nais, pero la última vez pasé por tus lares me tocó conocer el nuevo Foodgarden, una “terraza gastronómica” (varios puestos de comida agrupados en un mismo espacio) donde se surtía de todo: pasta, pizza, crepas, chilaquiles, tacos, ceviche, café, aguas frescas, cervezas –bueno, todo. Me faltó saborear el menú de Oryx Capital, un restaurante moderno que ofrece mixología, pero fue porque decidí probar la gastronomía del All My Friends, un festival de música independiente que se montó en Rosarito.

Tijuana, de cuando te conocí a como estás ahora ya pareces otra, pero no me desagrada. De hecho, tienes más actitud, carácter y diversidad que antes, y esa magia o... je ne sais quoi que pocas veces siento en otras ciudades. Mira que volver a la vida con tanta gracia después de sufrir semejantes heridas no lo logra cualquiera. Sólo tú, aquel mítico hijastro de un carpintero –ah, y El Muertho.

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