La incertidumbre dio paso a un vacío en el estómago que no se llena con nada, un temor constante que invade la esperanza cada vez que la pantalla del teléfono celular se ilumina con un mensaje que no es la noticia esperada. Para Marle Josefina, el tiempo dejó de medirse en horas desde el pasado 24 de junio; se mide en el latido frenético del corazón cada vez que suena el móvil o reciben una notificación, en la agonía de mirar una fotografía y preguntarse si sus padres, hermanos o seres queridos están vivos en una ciudad devastada llamada La Guaira, Venezuela.
Rastros entre las ruinas: la angustia de buscar a familiares a cientos de kilómetros
Desde el 24 de junio, la angustia consume a las familias de La Guaira buscando desesperadamente a sus seres queridos entre los escombros. Cada llamada y mensaje es esperanza ante la ausencia de información de las autoridades. La búsqueda se ha extenido a condominios, hospitales y edificios gubernamentales donde no hay respuesta de las autoridades
La angustia es interminable. Marle Josefina está a cientos de kilómetros de distancia del epicentro de la tragedia con las manos atadas, sintiendo que cada segundo consume la vida de sus familiares mientras el silencio de las autoridades destaca por su ausencia. Al paso de los días, e l miedo surge como un analgésico para negar lo inevitable. Pero la esperanza y la fe las mantienen vivas.
La familia de Marle
Marle Josefina, desde Ecuador, vive una agonía digital. Hace ocho años salió de Venezuela, pero su corazón sigue anclado en el edificio Ritasol Plus, en Los Corales de la Catia. Allí, estaban siete personas que conforman el centro de su universo: sus primas Edilce Arellano, Alba y Jenny. También la pequeña Angelina, Nicolás y los esposos de sus primas. La última vez que tuvo noticias de su familia fue a través de un estado publicado por su sobrina a las 2:40 de la tarde del 24 de junio, horas antes de los dos sismos que transformaron la zona norte-central de Venezuela.
“ Edilce Arellano, Alba Arellano, Jenny Arellano,la niña Angelina de Abreu y falta Nicolás Arellano. Faltan cinco familiares, más los dos esposos de mis primas, faltan siete; están allí. Unos estaban en el piso dos y las otras vivían en el piso nueve”, comenta en entrevista con N+ Univisión.
Desde entonces, el teléfono es el único puente que alarga la agonía. Sus primos, que viajaron al lugar del desastre apenas un día después, son los ojos y oídos de una búsqueda que el gobierno ha cargado a los residentes y equipos de rescate de otros países. La indiferencia dejó en el limbo a mujeres y hombres que lo perdieron todo, y mantiene a sus familiares en agonía.
“Mi familia está allá, pero llegaron unos rescatistas esta mañana y ellos comenzaron a mover escombros, pero ahorita nos informan que los rescatistas suspendieron la búsqueda porque no hay maquinaria pesada para mover los escombros. Entonces, nadie nos quiere ayudar porque no hay máquina y mi familia está allí abajo”, narra.
Marle Josefina, confía en pronto tener conocimiento de sus familiares. Mientras la fe se lo permita, ella confía en poder reencontrarse con ello e iniciar un nuevo camino.
Lo que estas familias viven es una lección de crueldad. Los rescatistas oficiales, superados por una magnitud que el Estado no quiere reconocer, se mueven con lentitud. En el Ritasol Plus, los familiares tuvieron que detener el tráfico y rogar a un equipo de rescate que pasaba por la avenida para que subieran a ayudar.
Fue gracias a la insistencia de ellos, y no a un protocolo gubernamental, que pudieron rescatar con vida a un niño llamado José. Sin embargo, poco después, la maquinaria se detuvo. El argumento fue que los canes rastreadores no detectaban señales, ignorando que el bullicio de los helicópteros y la maquinaria pesada impedían escuchar cualquier rastro. La respuesta fue el retiro, el abandono, dejando a las familias solas frente a una montaña de escombros que, según dicen, solo una grúa de alto alcance podría mover.
La calle se ha convertido en el único espacio de reconocimiento. Donde antes había tránsito, ahora solo hay grupos de vecinos hablando en voz baja, compartiendo fotografías desgastadas y nombres escritos en pedazos de papel. La magnitud de la tragedia es tan vasta que supera cualquier capacidad de respuesta: más de 1.400 fallecidos y 50.000 desaparecidos son cifras que se quedan cortas ante la realidad de un Estado ausente.

