Canal de Panamá

Coco Solo: la paradoja de vivir en la pobreza a orillas del Canal de Panamá

Solo una calle sobrevive en esta barriada. En los 16 destartalados edificios que la flanquean pareciera que no vive nadie. Pero el ‘bum, bum, bum’ de una radio a todo volumen y unas bombillas encendidas avisan que allí aún hay gente.
24 Jun 2016 – 2:04 PM EDT

Por las calles que rodean a Coco Solo corren millones de dólares. La antigua base militar estadounidense —donde nació el excandidato presidencial John McCain— es un minúsculo punto dentro de los vastos puertos que manejan la mercancía que llega al Canal de Panamá.

Pero en sus endebles estructuras, un puñado de familias vive en la pobreza. Son ajenos al acelerado crecimiento económico del país que sigue siendo, sin embargo, el quinto más desigual de América Latina.


En fotos: Coco Solo, el barrio pobre justo al lado de los prósperos puertos en el Canal de Panamá

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Al norte, la enorme instalación portuaria Colon Container Terminal. Al sur, el mayor puerto de contenedores de la región, Manzanillo. Al oeste, la avenida Randolph con decenas de esas enormes cajas metálicas apiladas una sobre otra.

Y en la única calle que sobrevive de la barriada, 16 edificios en los que pareciera que no vive nadie.

Ventanas y techos rotos. Maleza y agua empozada cortan el paso. Solo el ‘bum, bum, bum’ de una radio a todo volumen y unas bombillas encendidas avisan que en Coco Solo aún hay gente.

–Aquí no se vive. Aquí se sobrevive— asegura Georgina Providence, una mujer de 52 años que llegó al lugar por tres meses pero se ha quedado por 19 años.

–Estamos rodeados de millones de dólares, porque aquí hay tres puertos, y nosotros vivimos en miseria. Esto es miseria. Esto es miseria. Por más que uno intente acomodar su espacio, esto es miseria— repite haciendo énfasis en esa última palabra.



Sentada en la cama del cuarto que tiene casi clausurado para aislar la música del vecino, dice que el canal es irrelevante para ellos porque no reciben nada de los 1,000 millones de dólares que deja al fisco panameño.

–Pregúntale a los chiquillos qué es el canal. Ni saben, ni les interesa.

Sin embargo, el canal y los bienes que pasan por él han sido en ocasiones la única arma de negociación en Coco Solo.

–Un tiempo cerramos la calle 27 horas. Cuántos millones de dólares perdió la Evergreen. Algunos trabajadores tuvieron que coger una lancha para poder seguir moviendo algunas cosas.

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Evergreen es la empresa dueña de la terminal portuaria de Colón. Sus enormes grúas azules y contenedores verdes rodean desde 1997 a las casi cien familias que quedan en las ruinas de la base militar. Estados Unidos abandonó el lugar al entrar en vigor el acuerdo con el que los presidentes Jimmy Carter y Martín Torrijos pasaron el canal a manos del Gobierno de Panamá.

La empresa naviera remodeló hace ocho años el complejo para poder recibir los megabarcos Post-Panamax que desde el 26 de junio cruzarán las nuevas esclusas del canal.

Y necesita más espacio. Es también dueña del terreno donde está la destartalada base, un lugar clave pues queda en la entrada en el Atlántico del Canal de Panamá.

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–Quiero sacar a mis nietos de aquí. No pueden crecer aquí— dice Ludis Cevallos, la residente con mayor tiempo en la barriada, donde viven hasta nueve niños por cada adulto.

Llegó en 1986. Es una de las pocas en Coco Solo que presenció desde su ventana cómo las tropas estadounidenses invadieron la nación en 1989 para derrocar al dictador Manuel Noriega.



–Estábamos custodiados por los gringos. Había tanquetas adelante y tanquetas atrás. Lo único que nos dijeron fue: ‘Nadie sale’— recuerda, mientras enseña las picaduras de los mosquitos que plagan su balcón.

No tiene baño ni cocina. Los mismos pobladores, afirma, dañaron las tuberías al extraer el cobre y el hierro que tenían dentro para sacar algunos dólares.

–La gente piensa que en Coco Solo no vive nadie. Pero es que estamos bien solos, como dice su nombre. Le digo a la gente del Ministerio de Vivienda: ‘Por lo menos vayan a hacer una visita para que vean como están los perros que viven en Coco Solo’. Porque así nos tratan, como unos perros.

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A algunos, principalmente a los que no tienen trabajo, los ha consumido la desidia. Viven prácticamente enclaustrados en la barriada que queda a unos tres kilómetros de la carretera más cercana.

Se justifican diciendo que no quieren emplearlos. Pero Cevallos y Providence aseguran que varios de ellos han desperdiciado las oportunidades laborales en los puertos aledaños.

–Los ‘pelaos’ (jóvenes) se portan mal. Empiezan a robar. Hay varios que no pueden entrar allá atrás porque los botaron— cuenta Cevallos, apuntando hacia la parte de atrás de su edificio, donde está la terminal de Colón.

A otros, como Luis Alberto Roger simplemente los liquidaron. Dun Dun, como le dicen los vecinos, trabajó hasta hace unos meses en el puerto de Manzanillo. Ahora se las arregla día a día para darle de comer a sus cuatro hijos, de entre 8 y 2 años.



Mientras les prepara el desayuno —té rojo con pan— muestra las paredes de la casa que ha remendado con palos y tablas de madera, rogando para que no cedan. El hombre de 32 años intenta relativizar sus condiciones de vida. Asegura que donde vivía antes era peor, en la cercana ciudad de Colón.

–Era una calle peligrosa. A diario mataban a una persona. Era más terrible que aquí.

Sin embargo, reconoce que quiere alejar a sus hijos de Coco Solo. Diariamente tienen que defecar en bolsas que lanzan a la maleza y compartir una ducha a la intemperie con todo el edificio.

Pronto podrá hacerlo.

A fines de junio, cuentan en la barriada, se concretará un plan del Gobierno con dinero de la empresa Evergreen para mudarlos a todos a una urbanización que queda a una media hora en auto. Su nueva vida se llamará Buena Vista.

Con el cambio, Roger espera que sus niños dejen de ser parte de ese 25% de panameños agobiado por la pobreza a pesar de las fuertes tasas de crecimiento económico.

Lo mismo espera hacer Cevallos con sus cuatro nietos.

–Coco Solo dejará de existir. Todo el mundo se va— dice la señora de 63 años con un dejo de nostalgia.

La barriada ahora sí tiene las horas contadas.

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