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Cita 16: El club del gin

Probablemente, las citas con cruda (resaca) no son tan malas, son un poco más honestas
1 Abr 2016 – 3:29 PM EDT

¿Alguna vez han tenido una primera cita con resaca? Seguramente sí, o tal vez ustedes son decentes y tratan de dar siempre una buena impresión. Debo admitir que lo he hecho un par de veces. Aunque creo que es una de las peores cosas que alguien puede hacer en un primer encuentro, donde hay que mostrar la mejor cara y sentido del humor.

A Julián, el Tinderboy siete, lo conocí después de una noche de mezcales y cervezas que me hicieron no recordar cómo había llegado a casa o que había estado acosando a una de mis mejores amigas lesbianas para que me diera un beso.

En fin, suelo hacer cosas vergonzosas durante la borrachera, pero ese no es el tema de este post.



Por suerte, había agendado la cita con Alejandro, el Tinderboy 16, con mucha antelación y varias cancelaciones previas, por lo que era demasiado descortés volver a decir que siempre no.

El encuentro con Alejandro fue más bien uno de esos que uno hace por inercia, más que por deseo sexual o intuición de encontrar el amor a su lado. Por aquellos días, lo único que me importaba era completar las 20 citas para ponerme a escribir sobre el resultado del experimento.

Quienes han hecho maratones, sabrán que los últimos kilómetros son terribles: los pies tienen ampollas, los pezones sangran y la deshidratación es brutal. Así es tener 20 citas por encargo... Por inercia llegué a 23.

Todo iba bien…

En fin, resulta que Alejandro se dedicaba al cine y había trabajado en un par de películas de fama local. Incluso mi roomie lo conocía por algún festival de cine. Días antes de la cita, él me había advertido de lo incierto de sus preferencias sexuales. ”Yo creo que es gay, me activó el radar”, dijo.

Quedamos de vernos en MOG, uno de los restaurantes que más me gustan en la Ciudad de México y donde siempre ordeno lo mismo. Cuando lo vi, fue un caso más para ’Misterios sin resolver de la fotogenia tinderiana‘. No era tan bajo, pero tampoco era alto. No era gordo, pero tampoco tenía cuerpo de lápiz ni mucho menos atlético como Mr. Músculo. Era un hombre promedio: gafas de pasta, cabello rizado e incipiente barba.

Nos caímos bien, o eso me pareció. Nuestra charla fue más o menos amena, salvo cuando comenzaba a alardear sobre su trabajo —sus grandes éxitos en el cine y los retos para hacerlo posible—, así como de lo volátil de sus finanzas. A ratos yo me distraía de la conversación, pensando en la resaca, en la fiesta de las mujeres desnudas con sushi, en Julián, en el agua de jengibre o en el spicy magurodon que me estaba comiendo.

Creo que ese día, pese al maquillaje y a mi intento por ser amable, tenía cara de mapache y actitud de oso perezoso. Sin embargo, el Tinderboy creyó que valía la pena prolongar la cita e ir por unos cocteles a Limantour.

Cuando llegamos, comenzó a tomarle fotos a la carta.

—Estoy tomando ideas para la próxima reunión con el ’club del gin‘.
—¿Ah, sí? ¿Eso qué es?
—Es el grupo de amigos con los que me reúno para preparar cocteles de ginebra e inhalar cocaína.
—Suena muy interesante —dije por compromiso.

Seguimos hablando del ’club del gin‘, de cine y música, hasta que decidí contarle sobre el ’proyecto Tinder‘. Me pidió que fuera gentil al contar su historia y me pidió que le avisara cuando estuviera publicada.

No bebimos mucho. Sólo un par de cócteles con yerbitas y frutas. Antes pedí un carajillo para ver si me animaba un poco. No funcionó del todo y los bostezos eran inevitables. Quizá eso lo motivó a dar por terminada la cita.

Pagó la cuenta sin aceptar que yo pusiera la mitad de la cuenta. No sólo eso, cuando estaba por llamar un taxi —no había Uber en ese entonces—, se ofreció a llevarme a casa. Subimos a su auto y condujo hasta mi casa, que no quedaba demasiado lejos del bar. Al llegar, nos despedimos con un abrazo y un ”espero verte pronto” amable, pero quizá de compromiso.

—Espero que tu ’reunión del gin‘ salga de maravilla.
—Espero lo mismo con tu artículo.

Ni una ni otra cosa

No había pensado, salvo ahora que hablo de esta cita, que quizá la amabilidad y caballerosidad se debió al miedo de quedar exhibido como un indeseable. No lo es, pero tampoco es un hombre que despertara mi parte guarra de Barney Stinson o a mi ñoño Ted Mosby en busca del amor.

Nuestra cita confirmó algo que ya tenía en mente y de lo que ya he hablado en estos textos: cuando ponen a una persona frente a la cámara, es difícil que alguien no se intimide y actúe distinto. Lo mismo pasa cuando la gente sabe que un periodista escribirá sobre ellos.

En mi trabajo anterior solía entrevistar a importantes ejecutivos y personas de negocios. Todos trataban de mostrar su mejor cara, de hablar sobre lo buenos que eran con sus empleados y con la gente. En algunos casos me he llevado buenas sorpresas al encontrarlos en la calle y ver que son como decían. A otros los acaba delatando el discurso acartonado y las frases hechas.

De alguna manera así somos todos en las primeras citas, con nuestro maquillaje, peinado y vestuario especial (salvo cuando la resaca nos hace mostrar quiénes somos realmente).

Probablemente, las citas con cruda (resaca) no son tan malas, son un poco más honestas.

Cuando llegué a casa, mi roomie me esperaba despierto para que le contara sobre la cita. ” Yo pensaba que era gay y le tiré la onda en un festival”, dijo decepcionado. ”No estoy tan segura de que sea 100% buga“, le contesté antes de cerrar la puerta de su habitación e irme a dormir. ”Es un caso más de hombre heteroflexible”.


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