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Cita 13: Decir, o no decir, “escribiré sobre ti”

Cita 13: Decir, o no decir, “escribiré sobre ti”

Después de 12 citas, aprendes que el inicio de las conversaciones siempre es genérico. Supongo que algo en él me atrajo.

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Quedamos de vernos en el Centro de Coyoacán, un barrio tradicional del sur de la Ciudad de México, para tomar un café. Eran más o menos las 17 horas. Yo venía de disfrutar una de mis tantas adicciones: comprar zapatos. Era el lunes del llamado “Buen Fin”, que es algo así como el “ Black Friday” mexicano.

En esos días, el furor burdo por las compras se combinaba con decenas de protestas sociales por todo el país. La Ciudad de México no era la excepción, la mayoría de las plazas principales eran tomadas para exigir justicia por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Lo vi sentado en el kiosco de Coyoacán. Lo identifiqué rápido. Era tal cual como en la foto de perfil de Tinder, algo que agradecí mucho.

Mario es alto, bien parecido, gafas de pasta, sin barba, peinado de niño bueno, o como dice una de mis amigas: “de voy a ver a mi padrino”. Originario de Xalapa, Veracruz, vino a la Ciudad de México para cursar el internado de pregrado de Medicina.

Joven con lentes
Niño bueno, a ver a su padrino...

Bebimos café. Suelo beber café americano, pero ese día acepté tomar un capuchino. Quizá en el fondo quería que pensara que no soy sociópata. Siempre he pensado que los cafés con mucha leche y azúcar son para personas que no van al grano y que tratan de endulzar y maquillar todo.

La voz de esta experiencia

Después de 12 citas una aprende que el inicio de las conversaciones siempre es genérico. Sin embargo, supongo que algo en él me atrajo. De otra forma habría terminado la cita en media hora.

El treceavo Tinderboy me contó sobre su trabajo en el Hospital de la Ceguera. Yo le conté sobre mi trabajo en la revista. El tiempo pasó rápido aunque no recuerdo muy bien los detalles de la conversación. Después de hablar de la vida, de hobbies, de gustos musicales y todas las cosas obvias, solté algo que cambió, supongo, el resto de la cita.

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—Estoy escribiendo sobre las primeras citas con todos los hombres con los que salgo en Tinder. Debo completar 20 —presumí.

—¿Ah, sí? —dio un trago grande al vaso de café como si se tratase de un tequila—, ¿y cuántos llevas?

—Eres el número 13.

El número sirvió para recordar The 13th, una de mis canciones favoritas de The Cure.

Sin embargo, él distaba mucho de ser un dark con boca pintada. Tanto, que me hizo una petición, que cumplí: “Cuando escribas sobre mí escucha La prima estate, de Erlend Øye. Es una de mis canciones favoritas”.

De cierta forma Mario le daba un aire al cantante, aunque no era pelirrojo ni de cabello rizado, y lo más importante: estaba muy lejos de ser alguien feliz.

No creo que esté leyendo estas historias, pero si lo hace, debe saber que es más Robert Smith de lo que a él le gustaría admitir.

La tarde cayó, y pese a que no era una cita que terminaría en un hotel de paso, ni en mi casa o en la suya, hubo algo que me motivó a continuar la cita. Pronto se hizo de noche. Frente a la iglesia de Coyoacán unas 100 personas comenzaron a congregarse en los alrededores y a gritar consignas por los desaparecidos. A mí se me hacía un nudo en la garganta. Creo que a él le pasaba lo mismo. Durante esas horas casi no conversamos. Sólo mirábamos lo que sucedía.

Dos días antes, en una de las protestas, una de las puertas de Palacio Nacional sufrió un intento de incendio. Todo terminó en una persecución policiaca y en detenciones arbitrarias a punta de macanazos.

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Esa noche yo estaba ahí, tomada de la mano de un español que me tenía vuelta loca. Sé lo frívolo que suena esto, pero así fue. En la marcha estaban Julián, Tinderboy siete, acompañado de su novia; y también Pablo, Tinderboy 3, tomando fotos para el periódico donde trabajaba. Preferí hacer como que no los conocía.

Al día siguiente sus fotos estaban en la portada del periódico.

Esa fue la última noche que salí con el español.


Pero volvamos a la cita 13.

La marcha terminó. Esta vez no hubo macanazos, ni persecuciones, ni petardos. Sólo silencio. La plaza quedó desierta en unos minutos. Ese fue el detonante para terminar la cita e ir a casa. Caminamos rumbo al metro.

En el camino preguntó:

—¿Qué traes en esa bolsa?

—Unas botas nuevas.

—Debes saber que siempre compro zapatos sin agujetas.

—Y tú qué, yo siempre compro botas.

Nos despedimos. Quedamos en volver a vernos. La segunda cita parecía prometedora pues era una invitación a escuchar música experimental. Al final, no pude ir. Creo que nunca me perdonó por avisar 10 minutos antes que no llegaría.

Meses después me escribió para decirme que se mudaba a Monterrey para la siguiente etapa de sus estudios.

—No quiero ir a Monterrey.

—No es tan malo como parece— respondí. Le recomendé algunos bares y cafeterías y le aseguré que encontraría lugares interesantes para escuchar música.

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No he vuelto a saber de él pero siempre que escucho La prima estate, lo recuerdo, a él y a sus zapatos sin agujetas.

Aún me pregunto qué habría pasado si no le hubiera dicho que escribiría sobre él. Seguro habría actuado con más naturalidad, quizá habríamos salido una segunda o una tercera vez, o tal vez el final habría sido el mismo.


Para la gente que ama la trama, aún más que el desenlace, el misterio de iniciar historias es adictivo. Eso es algo por lo que Tinder me atrapó: la posibilidad de vivir muchas veces la emoción de la primera cita.

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