Hombres, no príncipes

También los hombres tienen que lidiar contra los estereotipos establecidos de belleza.
Univision
13 Ene | 2:16 PM EST

Por Alma Delia Murillo


Me gusta mirar a los hombres cuando viajo en metro.

Lo hago desde que era niña, discreta pero detalladamente siempre encuentro la manera de exprimir uno o dos rostros y guardarlos en mi memoria.

Rostros de hombre.

Esta afición ha transitado conmigo por los aeropuertos, los pasillos de los aviones, los embotellamientos, las filas para realizar algún trámite burocrático. Sólo lo hago en espacios como esos, no en las fiestas, no en las comidas familiares, no en la oficina.

Me gusta mirar a los hombres cuando hay muchos y diversos, cuando son desconocidos unos a otros y no están tratando de impresionar ni seducir a nadie.



Los modelos equívocos de galanes atractivos

Invariablemente encuentro un rasgo de fragilidad, de vulnerabilidad. Un acento mínimo, simpático, obvio o aplastante pero lo encuentro. Puede ser una manchita en la chamarra, un dobladillo deshilachado, una calvicie naciente, una mirada que brilla de agotamiento o hasta una juventud tambaleante.

Así que los miro y por más que intento, me doy cuenta de que ninguno encaja en los modelos de catálogo de masculinidad que formaron mi imaginario de galanes atractivos.

Hay que tener mal calibrada la conciencia para no darse cuenta de que también hay arquetipos de belleza masculina machacando el deseo de las mujeres y la identidad de los hombres. No sólo nosotras debemos pelear batallas de aceptación y reconciliación con barrigas, pelos, rostros imperfectos, arrugas y pieles ajadas.
Porque la verdad es que ni el autobús ni el avión van repletos del prototipo soñador con ojazos castaños y pestañas de abanico, rostro suavemente barbado y sonrisa de porcelana a partir de cuyo molde se diseñaron todos los príncipes de las películas infantiles. Tampoco es que la fila de la ventanilla para tramitar la licencia de manejo sea una pasarela de ejemplares del prototipo cabronazo, me refiero al macho cabrío que daría el casting perfecto para hacer de héroe, gladiador o dios invencible del Olimpo con unos brazos fuertes y perfectos, de espaldas tan anchas como para hacer de ellas una trinchera en la que refugiarse a mitad de una guerra y una sobredosis de testosterona que lo haría partir en dos a un gigante en la arena como hizo Russell Crowe o cargar un piano de cola como hizo Jean Valjean.

El modelo ‘hombre interesante’ tampoco viaja por decenas en los vagones del metro de este ni de ningún país, una no camina entre tipos con rostros a lo Johnny Depp, George Clooney o Robert Redford cuya inteligencia suprema o jugosa cuenta bancaria reemplaza la testosterona excesiva del modelo anterior.

Así que me gusta mirarlos y constatar que no todos son altos ni fuertes ni con cara de chico malo, dulce príncipe o señor de mundo.

Y me pregunto ¿cómo harán los hombres para no desaparecer bajo el mandato de la estirpe de guapos, buenos proveedores, fieras sexuales o aguerridos machos a la que están llamados a formar parte?

Supongo que igual que nosotras, intentándolo, recurriendo a la terrible pero inagotable autenticidad, asumiendo que somos quienes somos y que eso es bastante.

Por eso es que me gusta mirarlos y mirarme en el espejo del otro, de lo otro. Porque aunque algunas veces el reflejo se llena de ilusiones, otras ocurre el milagro que nos permite contemplar una imagen clara, única, humana.

Si no asumimos que querer un príncipe es tan obsceno como querer una princesa, entonces el discurso de la equidad y la aceptación es pura verborrea.

Me gusta decir hombre, pensar hombre y que mi cabeza sea un collage inasible de lo auténtico y no un exánime modelo de lo predefinido.