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Los últimos días de Ricardo Aldape, el reo condenado a muerte al que salvó Bush pero a quien asesinó el destino

Regresó a México como un héroe después de pasar 15 años condenado a muerte en Texas por un crimen que no cometió; incursionó en las telenovelas, pero cumplió su cita con el destino en un accidente de carretera.
17 Dic 2017 – 10:54 AM EST

Los últimos 15 años de su vida Ricardo Aldape Guerra había vivido con una espada que pendía sobre su cabeza; solo era un adolescente cuando lo arrestaron y procesaron por un crimen atroz que, según dictaminó la justicia -recapitulando, en un episodio insólito-, nunca cometió; 15 años en los que había tenido que madurar de un modo áspero, escribiendo cartas y luchando, sin cejar, para obtener su libertad y salvar su vida.

El que este mexicano fuera liberado del corredor de la muerte fue un hito, hasta hoy irrepetible, en la historia de la justicia estadounidense: su abogado defensor, Scott Attlas, no se detuvo en su intento por repeler la pena de muerte y fue hasta las últimas consecuencias para librar de la inyección letal en un penal de Texas a este joven de ojos grandes y oscuros, en cuya inocencia creía a rajatabla. El retorno a México se dio como un héroe y la vida le había vuelto a sonreír, pero hay citas que son impostergables y Aldape no podría escapar de su destino, que lo aguardaba en un tramo de carretera semidesértica.

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El sueño vuelto pesadilla

Ricardo - ' Ricardito', como se refería a él en entrevistas su madre, doña Francisca Guerra - era el hijo menor de una familia de clase media, nacido en Monterrey, Nuevo León, en 1964. Criado en la Colonia Moderna, Ricardo no pertenecía a esa juventud dorada que dominaba en la vida nocturna de Monterrey; tampoco tenía un coche lujoso ni mucho dinero para gastar, pero soñaba con poder adquisitivo y llegar lejos. "Lo que él quería," recordó su padre, don Ricardo, en una entrevista para el periódico 'El Norte' en 1996, en plena batalla por salvar su vida, "era vivir su vida. Por eso fue que se le ocurrió irse de ilegal. Tenía muchos amigos que lo convencieron de irse a Texas y él tenía sueños y ambiciones, y por eso se fue."

Entre esos amigos estaba un joven llamado Roberto Carrasco Flores, con quien se fue a vivir a Houston, instalándose en el barrio La Magnolia. Entraron con visas de turistas pero se quedaron de manera ilegal, haciendo algunos trabajos y sobreviviendo como podían; esto distaba mucho del sueño que tenía de poseer dinero y mujeres guapas, y de ayudar a mejorar el estatus de su familia, que fue el principal argumento que esgrimió para irse apenas terminó sus estudios de bachillerato. Fue ahí donde un domingo, al calor de las cervezas, salieron a dar un paseo en auto.

En esa ocasión Carrasco aceleró más de la cuenta y, al romper el límite de velocidad, llamó la atención de un patrullero llamado James Harris, quien los detuvo. Ricardo Aldape Guerra y sus amigos terminaron enfrentando al oficial, en medio de la confusión salió a relucir una pistola y terminaron asesinando al policía, por lo cual fueron perseguidos en medio de un tiroteo en el que hubo más muertos y que convirtió al caso en la investigación más cara para la fiscalía de Texas.

Muchos llegaron a considerar que el joven Ricardo estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado, aunque la evidencia pesaba en su contra: él mismo se inculpó al huir del auto en el que viajaba con Carrasco Flores e intentar esconderse en un tráiler para transporte de caballos. Si Aldape se hubiera quedado en el auto y cooperado con el oficial de policía habría sido deportado, pero no expuesto su vida, sin embargo entró en pánico, señaló el abogado Attlas y huyó junto con Carrasco Flores, quien portaba un arma y fue quien le disparó al oficial, antes de ser él mismo abatido por los refuerzos.

El caso se volvió polémico por ser el primer regiomontano condenado a la pena capital, a la cual se le sentenció porque las Leyes de Texas son muy especificas y esta se aplica para aquellos que asesinan a un niño, un policía, un médico o un bombero (estos tres últimos dentro o fuera de servicio).

El caso de Aldape también causó conmoción porque quedó demostrada la forma en que se aplica la justicia a un indocumentado en una corte norteamericana. El escándalo creció cuando se dio a conocer que todas las pruebas contra él fueron deliberadamente alteradas y los seis testigos del asesinato en que se vio involucrado fueron amenazados para que falsearan sus declaraciones.

Para obtener un veredicto de culpabilidad, la fiscalía también presentó algunos testigos falso. Infinidad de organizaciones defensoras de los derechos humanos tomaron cartas en el asunto, denunciando múltiples violaciones y fallas en el proceso; por ejemplo, el hecho de que nunca hubo un traductor al español para que Ricardo supiera exactamente de qué se le acusaba. Esto propició que Aldape cayera en contradicciones, que no tuviera un juicio justo y que se encontrara condenado a muerte.

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En el corredor de la muerte

La vida en prisión de Ricardo, según relataron sus padres, fue un periodo espantoso: estuvo en confinamiento solitario como los demás condenados en el llamado 'corredor de la muerte'. Se encontraba en el penal de Huntsville, donde era el único prisionero mexicano sentenciado a muerte. Como no dominaba el idioma inglés, esto contribuyó más a su aislamiento en los primeros meses de su confinamiento, por lo que tuvo que aprenderlo. También comenzó a leer, un hábito que antes no tenía, y escribía cartas tanto a sus padres como a las autoridades mexicanas, para que acudieran en su auxilio, durante y después del juicio, buscando infructuosamente apelaciones para aplazar su fecha de ejecución.

En las cartas que Ricardo enviaba a sus padres, misivas escritas a mano en papel de raya que doña Francisca leía y releía una y otra vez hasta gastarlas y que guardaba en un cofre de madera, el joven sentenciado a muerte les pedía que no se preocuparan por él, que haría todo lo posible para que se hiciera justicia y salir de prisión. " Nosotros rezamos por un milagro," sollozaba doña Francisca. Su marido se había enfermado del corazón y de los nervios, y su única esperanza era que alguien hiciera algo para demostrar la inocencia de su hijo: "Era muy joven, un muchacho muy desubicado, pero no un asesino a sangre fría. Creemos en su inocencia. Él no lo hizo."

La familia suplicó la intervención de Jorge Treviño Martínez, quien fuera gobernador del estado mexicano de Nuevo León y siempre se mostró poco interesado en el caso ya que, como ya iba de salida, nunca movió un dedo para intentar salvarlo de la inyección letal. Poco a poco la angustiosa situación de Ricardo Aldape Guerra desapareció de las primeras planas y los medios lo sepultaron en el más absoluto silencio por más de diez años.

La esperanza que tanto anhelaban los padres y hermana de Ricardo llegó en la forma de Scott Attlas, un tenaz abogado especialista en casos de pena capital, quien tomó el caso y lo convirtió, desde principios de los 90, en un ejemplo de la corrupción de la corte, asegurando que la Pena de Muerte de Aldape fue una medida proselitista del juez para lograr reelegirse.

De este modo, y alegando que el caso había sido procesado de manera turbia e improcedente, Attlas logró que se reabriera el caso y se diera una nueva fecha para juicio, en el que probó que todos los testimonios y evidencias de 1982 eran falsos y que las huellas en el arma pertenecían a Carrasco Flores. Fue una jurado afroamericana quien desistió a condenarlo, lo que hizo que los abogados pidieran una moción del caso en abril de 1997 y Aldape recuperara su libertad.

El 16 de abril de 1997, el entonces gobernador de Texas, George W. Bush, firmó el indulto para Ricardo y el gobernador Benjamín Clariond Reyes viajó en un jet privado para regresarlo hasta Monterrey. Aldape se había convertido en un símbolo de justicia ante los abusos que se comenten en EEUU contra los indocumentados; su humilde hogar se llenó de personas que lo esperaban como a un héroe. Su habitación estaba intacta, tal y como la había dejado antes de irse de "mojado". Hasta una gorra que siempre se ponía estaba a la espera de ser usada nuevamente.

La tan ansiada calma llegó a doña Francisca y don Ricardo: luego de 15 años de intensa batalla e incertidumbre, al fin lograban ver libre a su hijo Ricardo, quien tuvo un caluroso recibimiento en el Aeropuerto del Norte. Era tal la multitud para recibirlo, alrededor de la casa de sus padres, que las calles de acceso a la colonia Moderna tuvieron que ser cerradas por la policía. Mientras tanto, en Texas, los familiares del policía James Harris protestaban frente a la Corte y la cárcel de Huntsville.

Fueron seis veces las que Aldape libró la muerte, la última recibiendo la extensión solo cinco horas antes de la ejecución programada. Este era el verdadero milagro del que habían hablado sus padres y ahora que era libre y una celebridad - se filmó una película en la que Raúl Araiza lo interpretó, y se escribieron libros y corridos famosos en su honor- pensaba vivir al máximo.

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Cita con el destino.

Elisa Salinas, productora de TV Azteca, vio la ocasión de aprovechar la fama del joven y cuando éste fue a visitar la Ciudad de México para presentarse en el noticiero "Hechos", con Javier Alatorre, lo buscó personalmente para ofrecerle un papel hecho a la medida en la telenovela 'Al norte del corazón', que iniciaba grabaciones en el verano y en cuyos roles protagónicos estarían Annette Michel y el cubano Jorge Luis Pila.

Elisa le explicó a Ricardo que la trama giraba en torno a la situación de los indocumentados en Estados Unidos, y él ahora era un ejemplo. Ricardo le dijo, tajante, que no pensaba volver nunca a ese país después de la forma en que había sido tratado por las autoridades. Ella le aseguró que las grabaciones tendrían lugar en México y le ofreció 2,000 dólares por capítulo. Ricardo aceptó el ofrecimiento y se mudó a la capital mexicana.

Más tarde, sería su hermana Elvira quien lamentara ese viaje, pues Ricardo no pudo lidiar con la fama ni con el dinero. Además de no tener aptitudes de actor, aún si solo interpretaba a una variación de sí mismo, Ricardo se había embriagado de libertad: tenía dinero en demasía y las malas amistades no se hicieron esperar, pronto ya estaba consumiendo alcohol y estupefacientes, además de encontrarse viviendo desesperadamente los años que la prisión le había robado. Con la cantidad que recibía como actor, Aldape deseaba comprarse una casa en Monterrey para él y otra para sus padres y casarse en diciembre con su novia, una joven de nombre Gabriela, a la que había conocido al ser liberado.

Las grabaciones de la novela se extendieron y terminarían en octubre de ese año, por lo cual Ricardo solía viajar a Monterrey cuando se lo permitía su agenda para visitar a sus padres. Fue así que a las seis de la tarde del jueves 22 de agosto de 1997 condujo su Jetta último modelo por la carretera a Matehuala, en el estado de San Luis Potosí, pues esta era la vía más corta para llegar a Nuevo León.

Según informó la Policía Federal de Caminos, el joven se trasladaba a alta velocidad cuando, al llegar al kilómetro 187, en el tramo Matehuala-El Huizache, zona semidesértica, se estrelló contra un camión de carga al que no pudo rebasar. Según el peritaje, entre las pertenencias del joven fue encontrado un sobre con marihuana y el reporte de la autopsia arrojó que se encontraba bajo el influjo de las drogas.

Tras el impacto Ricardo, quien aparentemente no sufrió lesiones a la vista, alcanzó a salir por su propio pie del auto siniestrado y pudo dialogar con el Policía Federal de Caminos que tomó conocimiento del accidente y acudió en su auxilio. "No siento nada", le dijo al policía, "estoy bien, de veras". Tras decir estas palabras al oficial Raymundo Nieto, Ricardo intentó sentarse, pero el daño a las vértebras cervicales era intenso y demoledor, finalmente le flaquearon las piernas y cayó fulminado. Fue declarado muerto por los socorristas que llegaron en ambulancia al lugar del accidente.

"Nos duró muy poco el gusto de tenerlo con nosotros", lloró desconsolada Elvira Aldape ante las cámaras al saberse la noticia. "Parece que este era su destino, y no pudo escapar de él."

La ironía impactante del incidente no pasó desapercibida para medios ni la opinión pública, volviéndolo una leyenda: Ricardo Aldape Guerra había librado la muerte mediante una inyección letal, pero no pudo escapar de ella en un simple y burdo accidente carretero, el dolor y el llanto regresaron nuevamente a doña Francisca y don Ricardo, la calma milagrosa por la que tanto habían rezado les duró solo cuatro meses y no alcanzó a compensar la larga pesadilla que vivieron por espacio de 15 años.

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