null: nullpx
Drogas y Adicciones

Una madre gastó más de $110,000 para ayudar a su hijo que cayó en las drogas pero no pudo evitar su muerte

17 Ene 2020 – 12:44 PM EST

Vox es un medio enfocado en artículos explicativos. Esta historia fue publicada originalmente en Vox como parte de la investigación La estafa de la rehabilitación sobre la oscura industria de tratamiento de adicciones en Estados Unidos. Estamos compartiendo historias de rehabilitación de pacientes y familias, con énfasis en el costo del tratamiento y la calidad de la atención. Si desea ayudar a nuestros informes compartiendo su historia, complete esta encuesta.

SOUTH BURLINGTON, Vermont — Kim Blake guarda en su casa una carpeta repleta de papeles. Cada documento representa un intento más de ayudar a su hijo Sean a recuperarse de una década de adicción a las drogas.

Algunos documentos son certificados de graduación de rehabilitaciones. En uno le dicen a Sean que "ya no está solo". Otros son cartas escritas por él mismo que marcan su progreso, que se remontan a su adolescencia, donde escribe sobre cómo mejorar.

Y hay muchas, muchas facturas. Verifiqué todas estas facturas y también que los Blake las pagaron. El costo total: $110,000.

Eso es lo mínimo que Kim y su esposo Tim, el padre de Sean, estiman que gastaron en el tratamiento de las adicciones de su hijo. Los Blake dijeron que también gastaron miles de dólares en otros tratamientos para los que ya no tienen facturas o recibos. (Su proveedor de seguros también realizó pagos adicionales).

A pesar de todo, los Blake agotaron sus ahorros para la jubilación, junto con los fondos universitarios para Sean y su hermano menor.

“Si hubiera sobrevivido, habríamos dicho que era dinero bien gastado. No hay duda”, me dijo Kim entre lágrimas.

Pero ninguno de los tratamientos funcionó. En agosto de 2017, Sean murió de una sobredosis de drogas con alcohol y fentanilo, un opioide sintético. Tenía 27 años.

Sean fue uno de los cientos de miles de víctimas de una epidemia de opioides que comenzó en la década de 1990. Su fallecimiento fue parte de un hito sombrío: el año con más muertes por sobredosis de drogas registrado en Estados Unidos, con más de 70,000 personas fallecidas solo en 2017. Las familias están desesperadas por evitar este destino. En los últimos meses, he hablado con muchos que tienen sus propias historias trágicas de un ser querido muerto por adicción. Cada uno de ellos ha gastado decenas de miles, si no cientos de miles de dólares, en el tratamiento de adicciones.

Historia tras historia, la misma experiencia se repitió una y otra vez: pacientes y familias absorbidos por una industria de rehabilitación estadounidense que en gran medida no está regulada, que es sorprendentemente ineficaz y ruinosamente costosa.

Vox está investigando la industria de rehabilitación de adicciones notoriamente oscura, llamada ’La estafa de la rehabilitación’. Estamos abiertos a recibir testimonios de las experiencias de pacientes y familias, con énfasis en el costo y la calidad de la atención. Si tiene una historia que le gustaría compartir con nosotros, visite nuestra página de encuesta.

El tratamiento de la adicción es un trabajo difícil, pero puede tener éxito y la atención basada en evidencias existe. Para la adicción a los opioides en particular, los estudios muestran que medicamentos como la metadona y la buprenorfina reducen la tasa de mortalidad entre los pacientes a la mitad o más.

Pero los padres con los que hablé descubrieron —como miles de estadounidenses cada año— que gran parte de la industria de rehabilitación de Estados Unidos no brinda atención efectiva y basada en evidencias.

La rehabilitación en Estados Unidos está dominada por un enfoque de 12 pasos, inspirado por Alcohólicos Anónimos, que solo funciona para algunos pacientes y no tiene una fuerte evidencia de efectividad fuera del tratamiento de adicción al alcohol.

Eso a menudo se combina con enfoques que tienen incluso menos evidencia que los respalden. Hay una terapia en la naturaleza, enfocada principalmente en actividades al aire libre. Existe una terapia equina, en la que se supone que las personas se conectan con los caballos. Existe un enfoque de confrontación, que se basa en castigos y en el “amor severo”, el basado en mano dura. Las investigaciones al respecto todavía no están muy desarrolladas y, con el enfoque de confrontación, la evidencia sugiere que incluso puede empeorar las cosas.

“Es una estafa”, me dijo Carol Beyer, madre y fundadora de Families for Sensible Drug Policy en Nueva Jersey. Ella estima que gastó más de $100,000 en tratamiento — incluidos programas de 12 pasos y de “amor severo”— y aún así perdió a sus dos hijos por sobredosis de drogas.

El viaje de Sean Blake, según lo descrito por su madre Kim, lo llevó a rehabilitación más de una docena de veces en instalaciones que generalmente tenían buenas intenciones pero que a menudo estaban abarrotadas o eran ineficaces. No solía recibir medicamentos para la adicción a los opioides. Su trastorno bipolar subyacente no fue diagnosticado ni tratado hasta el final de su vida. Después de que Sean salía de tratamientos residenciales, con frecuencia había poco o ningún seguimiento adecuado.

Me puse en contacto con todas las instalaciones a las que su familia dijo que asistía. A excepción de un médico, los representantes no respondieron o se negaron a comentar por razones de privacidad.

“No podemos discutir sobre clientes o casos específicos”, me dijo Konstantin von Krusenstiern, vicepresidente de desarrollo y comunicaciones en el Retiro Brattleboro en Vermont, uno de los últimos lugares a los que asistió Sean.

“Me encanta estar sobrio”, le escribió Sean a su madre durante uno de sus períodos de rehabilitación. “Es la vida lo que se interpone en el camino”.

Dos años después de la muerte de Sean, la pila de papeles en la carpeta de Kim continúa impactando la vida de sus padres. Su casa en los suburbios —de dos pisos y con un jardín modesto— necesita una nueva capa de pintura y algunas partes han ido deteriorándose, dijo Tim. Pero los Blake me aseguraron que todo habría valido la pena si Sean todavía estuviera vivo.

“El peso de la pérdida es, para mí, lo más importante”, dijo Tim. “El costo financiero es algo intrascendente para mí en este momento”.

Desesperados por respuestas

Sentado en la sala de estar de los Blake, era imposible ignorar la ausencia de Sean. Fotos de él junto a su hermano y sus padres, con su cabello rubio ondulado y una amplia sonrisa, adornaban las paredes. Reliquias y artefactos de cuando estaba vivo (dibujos, pinturas, poemas, ensayos) estaban diseminados por la casa.

Kim no dudó en jactarse del encanto y la inteligencia de su hijo. Cuando Sean era joven, los Blake se iban de vacaciones a la ciudad de Nueva York y sufrían con el laberinto del sistema de transporte público de la ciudad.

Pero Sean no tenía problemas. “Decíamos: ‘Bueno, estamos aquí, y queremos ir aquí’, y él respondía: ‘Bien, entonces tenemos que tomar el tren F a tal y tal, y luego cambiamos’”, recuerda Kim . “Era un niño muy brillante”.

Sean comenzó a tener problemas con el alcohol y la marihuana en la secundaria, y sus padres lo enviaron a tratamiento de adicción ambulatorio dos veces. Esperaban que los tratamientos se ocuparan de los problemas de adicción para siempre.

En el otoño de 2009, después de graduarse de la escuela secundaria, Sean decidió unirse a la Marina y convertirse en cocinero. Pero le fue tan bien en una revisión de admisión que le dijeron que debería ser un electricista submarino, un puesto de mayor habilidad.

A Sean le fue bien en la Marina durante unos meses. Pero una vez que avanzó en el programa de capacitación, y obtuvo más libertad y dinero, nuevamente comenzó a usar drogas, como alcohol, marihuana, cocaína y opioides.

El problema se hizo evidente cuando Sean estuvo de visita el fin de semana de Pascua de 2010, unos cinco meses después de alistarse. La familia se sentó a almorzar, y Sean salió en su bicicleta para comprar drogas. “Estábamos como: ‘¿Qué diablos pasó? Hace dos semanas estabas genial”, dijo Kim.

Tres meses después de eso, Sean, para entonces con 20 años, fue dado de baja de la Marina. Ya había empezado a usar heroína. También comenzó a robarle a su propia familia, incluidos los videojuegos de su hermano pequeño, para obtener dinero para comprar drogas.

Entonces le dieron un ultimátum: entrar en tratamiento o mudarse. Se mudó por un tiempo —pero finalmente volvió y aceptó ponerse en tratamiento en octubre de 2010.

Ese podría haber sido el punto de inflexión. Pero no fue así. “Ese fue el comienzo de este período de ir de rehabilitación en rehabilitación en rehabilitación”, dijo Tim.

Los Blake querían meter a Sean en un programa residencial. Pero en 2010 en Vermont, como sucede en la mayoría de los Estados Unidos en la actualidad, era difícil acceder al tratamiento para la adicción. Encontraron una distinguida instalación que aceptó a Sean rápidamente: el programa juvenil Hazelden Betty Ford en Minnesota, que se centraba en un enfoque de 12 pasos y no ofrecía medicamentos para la adicción a los opioides en ese momento. Costó más de $36,000 en total por una estadía de cinco semanas, pero la familia pensó que era lo mejor en lo que podían poner a Sean.

El plan de salud proporcionado por el empleador de los Blake, con Blue Cross y Blue Shield, finalmente acordó pagar alrededor de $28,000 después de varias apelaciones, dejándolos una deuda de más de $8,000, según las facturas y recibos proporcionados por la familia.

Los Blake dijeron que la cobertura del seguro era irregular. Blue Cross y Blue Shield no siempre aceptaron pagar por los cuidados y podrían requerir apelaciones para hacerlo. Cuando el seguro pagó, los Blake tuvieron que superar un deducible anual de $5,000 y un coseguro del 20%. (Un portavoz dijo que Blue Cross y Blue Shield no pueden hablar sobre pacientes individuales ni revelar si estaban inscritos en un plan con la compañía en un momento determinado).

Durante la década siguiente, los Blake enviaron a Sean a más de una docena de ciclos de rehabilitación, gastando decenas de miles de dólares, con la esperanza de que algo finalmente lo curara. Fueron “10 años de lucha, toda nuestra familia, todos haciendo todo lo posible”, dijo Kim.

A pesar de todo, Sean era muy consciente de lo que estaba pasando. “Necesito un Dios en mi vida”, escribió una vez. “Lo único que quiero de este Dios, en este momento, es que me guíe a la cordura. A medida que pase el tiempo, tal vez quiera que Dios me ayude a perdonarme a mí mismo, que me dé el coraje para hacer lo correcto y me convierta en un hombre mejor. En este momento, necesito que Dios me saque del caos”.

El viaje eventualmente agotaría el dinero que los Blake habían guardado en una cuenta de ahorros para la jubilación y los fondos universitarios de sus hijos. Como resultado, el hermano menor de Sean tuvo que pedir $40,000 en préstamos estudiantiles para terminar la universidad. Ned, el hermano de Sean, dice que le “duele” haberse tenido que endeudar pero, como sus padres, cree que eso palidece si se compara con la pérdida de Sean.

Brendan Saloner, un investigador de políticas de salud de la Universidad Johns Hopkins, dijo que esto es típico: que la “desesperación” impulsa a los miembros de la familia a buscar tratamiento tras tratamiento, intentando encontrar algo que funcione.

“Hemos permitido que este sistema evolucione para que haya muchos tratamientos excelentes que la gente desconoce y muchos otros tratamientos depredadores que básicamente te robarán”, dijo Saloner. Y los padres y otros miembros de la familia, agregó, con frecuencia no saben en qué se están metiendo.

El ciclo de rehabilitación

Los problemas con el tratamiento de adicciones crean lo que los expertos describen como un círculo vicioso: desesperados por algún tipo de cura, las personas entran en el primer tratamiento de adicciones que pueden, pagando lo que sea necesario. Pero luego, con frecuencia, el tratamiento no se mantiene, o no hay un seguimiento serio una vez que el paciente sale, y eventualmente hay una recaída. Entonces, los pacientes o sus familiares buscan otro tratamiento, y el proceso comienza de nuevo. Para algunas familias, esto puede repetirse una docena o más de veces y, al final, la persona que lucha contra la adicción puede morir o seguir sufriendo.

En primer lugar, un gran problema es que simplemente no hay forma de que la mayoría de las personas sepan si un tratamiento es bueno. No hay Yelp para rehabilitación. Las aseguradoras hacen un mal trabajo al comunicar qué programas funcionan. Los acreedores, los grupos industriales y otros reguladores hacen muy poco para verificar la calidad de la atención.

Los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid “tienen más de 4,000 medidas de calidad”, me dijo Tami Mark, economista de salud de la fundación de investigación RTI International. “No hay ninguna para los programas de adicción: cero”.

Los Blake pasaron por este ciclo una y otra vez.

Después de cinco semanas en el programa Hazelden Betty Ford, Sean se peleó por algo menor y fue expulsado en noviembre de 2010. Tim especula ahora que esto fue deliberado por parte de Sean porque quería trasladarse a un lugar que, a diferencia del programa Hazelden Betty Ford en ese momento, lo dejase fumar.

Luego, Sean fue a New Found Life, otra instalación de rehabilitación basada en los 12 pasos, en Long Beach, California. En New Found Life, Sean parecía estar mejor al principio. “Realmente cambió ahí, creo”, dijo Kim.

Pero pasados unos meses, Sean estaría sin hogar y consumiendo drogas en Los Ángeles —y seis años después, moriría de una sobredosis de drogas.

En esos seis años, Sean también fue a Cornerstone en Tustin, California; a Little Creek Lodge en Hamlin, Pennsylvania; al Centro Howard en Burlington, Vermont; al Centro de tratamiento Maple Leaf en Underhill, Vermont; a Brattleboro Retreat en Brattleboro, Vermont; y a Valley Vista en Bradford, Vermont. En algunos casos, Sean regresó a estas instalaciones varias veces.

Cada uno de los tratamientos puede variar entre cientos y decenas de miles de dólares, de acuerdo con las facturas que proporcionó la familia. En algo más de un año, el tratamiento de New Found Life le costó más de $52,000. Little Creek Lodge, que es un programa de vida silvestre, más de $20,000. También había facturas de otras casas de rehabilitación, con sus propios costos adicionales, esparcidas entre unas y otras.

Algunos de los lugares a los que asistió Sean todavía son respetados y, según los expertos en la materia, utilizan modelos de atención basados en evidencias. Incluso en las mejores instalaciones, la adicción puede ser muy difícil de tratar, con muchos altibajos, y el éxito no siempre está garantizado. El propio Sean presentó problemas, dijo Kim, porque estuvo negando su adicción a los opioides durante gran parte de su vida (en gran parte, sugirió, porque la adicción a los opioides fue especialmente estigmatizada en los programas de 12 pasos a los que asistió repetidamente).

Pero muchas de las instalaciones de tratamiento a las que acudió Sean tenían fallas profundas. Una instalación, el Centro de Tratamiento Maple Leaf en Vermont, cerró en 2017 debido a quejas, la falta de consejeros de drogadicción con licencia y una investigación que descubrió que el centro facturó en exceso a Medicaid por $860,000.

John Kelly, un experto en tratamiento de adicciones de Harvard, me dijo que el tratamiento puede tomar muchos intentos durante varios años para que funcione. Lo que no está claro es si esto es principalmente un problema inherente a los trastornos por consumo de drogas, que son, después de todo, afecciones crónicas recurrentes. O tal vez es causado por el sistema de tratamiento de adicciones lamentablemente inadecuado que existe Estados Unidos, que con frecuencia rechaza, por ejemplo, medicamentos probados para el tratamiento de la adicción a los opioides.

“El problema en la industria no es que tengamos algunos actores malos”, dijo Mark, el economista de salud. “Es que una gran parte de la industria de la adicción no proporciona el tipo de atención que sabemos que conduce a la recuperación”.

Ayuda ineficaz

Kim, que ahora es una proveedora de tratamiento de adicciones, tiene cuidado en reconocer que su familia y Sean cometieron algunos errores. Pero también hubo problemas, argumentó, con la forma en que el sistema de rehabilitación trataba a Sean.

Por un lado, la mayoría de los centros de tratamiento a los que acudió Sean se basaron en los 12 pasos, popularizados por Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos. La investigación muestra que el tratamiento de 12 pasos es efectivo para algunas personas con adicción al alcohol, pero la evidencia es mucho más débil para otras drogas, y muchas personas con adicciones a las drogas no obtienen buenos resultados bajo ese régimen. Aunque muchos de estos programas pretenden tratar la adicción como una condición médica, a menudo adoptan una visión moralizadora de la adicción, que alimenta el estigma.

Sin embargo, los programas de 12 pasos fueron lo único que los Blake pudieron encontrar durante gran parte de la vida de Sean y son la base de la mayoría de los tratamientos de adicciones en los Estados Unidos.

Las instalaciones de tratamiento tampoco ofrecían generalmente medicamentos que se consideran el estándar de oro para la adicción a los opioides: buprenorfina, metadona y naltrexona. Si bien Sean luchó con otras drogas, los opioides estuvieron en el centro de su consumo de drogas durante gran parte de su vida.

Aparte de algunos ciclos de naltrexona ( probablemente la menos efectiva de las tres opciones), a Sean le fue difícil obtener y permanecer con los medicamentos, porque algunas de las instalaciones de tratamiento no los ofrecieron, o los desanimaron activamente debido a la perspectiva moralizante y estigmatizante de que el uso de medicamentos es “reemplazar una droga con otra”.

John Brooklyn, un médico especialista en adicciones en el Centro Howard de Vermont, ocasionalmente vio a Sean en los últimos años de su vida. Brooklyn dijo que el estigma contra los medicamentos, perpetuado por los programas y las reuniones de 12 pasos, probablemente dificultó que Sean aceptara tratamientos que podrían haberlo ayudado. “Pensó que debía poder hacerlo por sí mismo”, a pesar de la recomendación de Brooklyn de que Sean tomara buprenorfina o metadona, me dijo Brooklyn. “Estoy enfatizando pensó y debía”.

Finalmente, muchas instalaciones de tratamiento no pudieron detectar y tratar otros problemas de salud mental de Sean, incluido el trastorno bipolar, dejándolo sin tratamiento hasta que finalmente fue diagnosticado unos años antes de su muerte. Kim también especula que Sean tenía trastorno de estrés postraumático al final de su vida, debido a algunos de sus comportamientos erráticos. Sus problemas de salud mental probablemente empeoraron su adicción: si Sean usaba drogas para automedicarse y calmar su mente, no tratar los trastornos subyacentes y solo perseguir su adicción con un tratamiento de 12 pasos era algo así como tratar de curar una herida de bala con una bandita adhesiva.

Sin embargo, una instalación fue la excepción: la cárcel de Rikers Island en la ciudad de Nueva York.

En 2012, después de ir de rehabilitación en rehabilitación sin éxito, Sean se fue a Nueva York. Durante meses, su familia no tuvo noticias suyas. Durante ese tiempo, el joven robaba para poder comprar drogas, a veces incluso a expensas de los alimentos. “Eres lo que comes, y no he comido nada en un día o dos, excepto drogas”, escribió Sean en un ensayo retrospectivo. Los crímenes finalmente lo llevaron a la cárcel de Rikers Island, donde contactó a sus padres.

Rikers es un lugar terrible —por eso la ciudad lo está cerrando— y las cárceles y prisiones en general hacen un trabajo deficiente con la atención médica, especialmente con el tratamiento de adicciones. Pero fue en Rikers donde a Sean se le dijo por primera vez que probablemente tenía un trastorno bipolar y comenzó a recibir tratamiento para ello. Y fue allí donde comenzó a tomar metadona para su adicción a los opioides. (Rikers es una excepción; en períodos posteriores en las cárceles de Vermont, Sean no recibió medicamentos psiquiátricos).

Antes de salir de Rikers, a Sean le quitaron la metadona, un medicamento que podría salvarle la vida, porque en su hogar en Vermont, las clínicas locales de metadona en ese momento eran inaccesibles, con períodos de espera que se extendían por meses o incluso años. Poco después de su liberación, Sean recaería, volviendo a los ciclos de rehabilitación y cárcel.

Para los Blake, cada uno de estos fracasos representaba no solo más desamor, sino también más costos financieros. Como Kim me dijo: “Mi esposo y yo definitivamente cambiamos nuestros planes de jubilación. Ambos trabajamos más de lo esperado”.

Los Blake al menos tenían los ahorros para cubrir los costos, con sus ingresos como médico y maestro. Pero se preguntan qué habrían hecho sin esos ahorros. Tim dijo que las personas que padecen adicciones que no tienen dinero guardado “realmente deben luchar para llegar a fin de mes”. Kim señaló que no es raro que las personas se endeuden para pagar la atención médica.

Es representativo del círculo vicioso: si Sean hubiera obtenido un buen tratamiento desde el principio, quizás ofreciéndole medicamentos para la adicción a los opioides y tratando sus afecciones de salud mental concurrentes, podría haber sido el final de todas las rehabilitaciones. Pero los Blake tuvieron que asumir el costo de una rehabilitación inadecuada tras otra, hasta que Sean murió.

Encontrar una mejor manera

El tratamiento de adicciones puede tener éxito. Lo he visto en mis investigaciones una y otra vez: cuando las necesidades de las personas se satisfacen al momento, cuando se siguen las prácticas basadas en evidencias y cuando el tratamiento es rápidamente accesible, las personas con adicciones de años —e incluso décadas— pueden mejorar.

Parte de este trabajo ahora está sucediendo en Vermont. Desde 2012, John Brooklyn, anteriormente uno de los médicos de Sean, ha ayudado al estado a construir un sistema denominado de “hub and spoke” que, al vincular las opciones de tratamiento existentes con el resto del sistema de atención médica, ha aumentado dramáticamente el acceso al tratamiento de adicciones basado en evidencias en todo el estado. Charlie C., un paciente del sistema, me dijo: “Me salvó la vida. Lo creo, 100%”. Cuando hablé con Charlie por última vez, tenía un trabajo y se iba de vacaciones a Kenia para la boda de un amigo.


Quizás también podría haber ayudado a Sean. La misma clínica de metadona que tenía un período de espera de un año cuando Sean salió de Rikers en 2012 ahora puede ver nuevos pacientes en unos pocos días. Pero esas mejoras de acceso solo se materializaron a partir de 2016.

Sin embargo, la realidad es que fuera de Vermont, en la mayoría de Estados Unidos, los pacientes con adicción a menudo enfrentan los problemas que tuvo Sean. Según el cirujano general, solo una de cada 10 personas con adicción a las drogas recibe tratamiento especializado. Y la mayoría de las instalaciones de tratamiento no ofrecen medicamentos probados para la adicción a los opioides.

Un problema es que gran parte de la industria del tratamiento sigue lo que los expertos llaman un modelo agudo de atención, que sugiere que se puede enviar a las personas con adicciones a las drogas a un centro de rehabilitación durante 28 días y saldrán curados —con poco o ningún seguimiento necesario, más allá de reuniones de Alcohólicos Anónimos o Narcóticos Anónimos. Los Blake también cayeron en esto. “Pensamos: ‘Bueno, todo está bien. Los envías a rehabilitación, están curados y eso es todo’”, contó Tim.

Pero la adicción es una condición crónica y recurrente. Al igual que no esperamos que la diabetes sea tratada por una temporada en un hospital o por una sola inyección de insulina, la adicción requiere atención a largo plazo. De hecho, los expertos argumentan que la atención adecuada puede no requerir tratamientos hospitalarios o residenciales; mientras sea a largo plazo, es probable que el tratamiento ambulatorio sea suficiente en la mayoría de los casos de drogadicción.

“La ciencia es muy clara sobre lo que funciona”, dijo Mark, el economista de la salud. “Hay que mantener a las personas bajo cuidados por un período de tiempo suficientemente largo. Y no está sucediendo —y terminas desperdiciando miles de millones de dólares”.

Para resolver estos problemas, los expertos dicen que se necesita una gran inversión en el tratamiento de la adicción en Estados Unidos enfocado no solo en ampliar el acceso, sino también en asegurarse de que los tratamientos se centren en la atención basada en evidencias, que cumplan con estándares de calidad más altos y que rastreen rigurosamente los resultados de los pacientes.

Por su parte, Kim ahora está en la primera línea de los esfuerzos de Vermont. Ahora que el estado ha desarrollado su sistema de “hub and spoke”, está probando opciones para bajar aún más las barreras para la atención. Kim trabaja en uno de estos lugares, recetando buprenorfina —el medicamento para tratar la adicción a los opioides— a pacientes en un intercambio de agujas, conocido como el Programa de Recuperación Segura.

Kim y el personal del intercambio de agujas me mostraron el programa, hablando sobre las miles de personas atendidas y señalando los montones de jeringas, los materiales que ayudan a que las personas se vinculen con otros tratamientos y un póster que decía que más de 1,000 sobredosis habían sido revertidas por naloxona, el antídoto para sobredosis de opioides, distribuido por la instalación.

Kim me guió a su oficina, donde los pacientes pueden comenzar el tratamiento de adicciones el día que se presentan, a un costo bajo o gratis, dependiendo de la cobertura del seguro.

Cuando le pregunté cómo le habría ido a Sean si el programa hubiera estado disponible para él, Kim no dudó: “Creo que todavía estaría vivo”.

Queremos escuchar sobre ti

Estamos mostrando los problemas con el sistema de tratamiento de adicciones en Estados Unidos y cómo está afectando a las personas, financieramente y de otro modo, todos los días. Ayúdanos a informar sobre el alto costo de la rehabilitación de adicciones compartiendo tu historia con nosotros. También puedes suscribirte a nuestro boletín electrónico para recibir actualizaciones sobre el proyecto (en inglés).

Si tú o alguien que conoces necesita tratamiento para la adicción, puedes buscar ayuda en línea en FindTreatment.gov o por teléfono al 1-800-662-4357. Si necesita más información, Vox elaboró una guía sobre cómo encontrar un buen tratamiento contra la adicción.

En fotos: ¿Cómo se llegó a una crisis de salud pública tan grande por los opioides en EEUU?

Loading
Cargando galería


Este artículo fue traducido al español por César Segovia y editado por Lorena Arroyo.


Publicidad