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#MeToo llega al mundo del yoga con una denuncia contra el creador del estilo Bikram

Netflix estrenó la semana pasada un documental sobre los presuntos abusos sexuales que cometió Bikram Choudhury, creador del estilo que lleva su nombre, Bikram Yoga, y que le hizo multimillonario. No es el único: el movimiento #MeToo se acerca al mundo del yoga para denunciar comportamientos nada éticos de destacados gurús.
28 Nov 2019 – 07:45 AM EST
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Bikram Choudhury. Crédito: REED SAXON/ASSOCIATED PRESS

El movimiento #MeToo, el grito de denuncia y solidaridad con las víctimas de abuso sexual que puso patas arriba el mundo de la gimnasia o el del cine llega, dos años después, al yoga. Lo ponen de manifiesto un extenso artículo de investigación que publicó recientemente el The New York Times y el documental estrenado la semana pasada en Netflix.

Titulado ' Bikram: yogi, guru, predator', el filme narra la historia de un narcisista abusador que, por el momento, ha conseguido salir impune: el multimillonario inventor del estilo que lleva su nombre huyó de la justicia de EEUU en 2017 y en la actualidad se refugia en México, a pesar de que está denunciado por violar y abusar sexualmente de varias de sus alumnas y de su asesora legal.

Eva Orner, directora del documental, comenzó sus investigaciones en 2017, unos meses antes de que salieran a la luz los trabajos periodísticos que propulsaron la cascada de denuncias, principalmente contra hombres poderosos, bajo el paraguas del #MeToo. Pero los abusos que cometió Bikram comenzaron muchos años antes. “Esto es una historia que ocurrió antes del #MeToo que se está contando en un mundo post #MeToo. Y [Choudhury] está saliendo impune con ello, lo que es escalofriante,” dijo Orner en declaraciones a The Guardian.



Con sus lucrativos entrenamientos para profesores (que cuestan unos 10,000 dólares por cabeza) y los cobros por los derechos de uso de su técnica (es el creador de una rutina de 90 minutos con 26 posturas que se ejecutan en una habitación a 120 grados), Choudhury amasó una fortuna que podría alcanzar los 75 millones de dólares. Este personaje, famoso por el minúsculo bañador negro que luce en sus clases, sus poses estrambóticas y su flota de 43 coches de lujo, se sitúa en el polo opuesto de la clásica representación del ascético gurú de yoga. Algo que no le ha impedido cosechar una legión de fieles que, a pesar de todo, continúan defendiéndole.

A Choudhury, que sigue impartiendo clases en México, le preceden otras figuras del yoga como John Friend, creador del estilo de yoga Anusara (otro imperio que en su momento de máximo esplendor alcanzó los 1,500 profesores). Cuando salió a la luz que estaba teniendo relaciones sexuales con alumnas, mujeres casadas y empleadas (además de tejemanejes financieros en el filo de la ilegalidad) Friend admitió que su estilo de vida tenía muy poco que ver con lo que defendía cuando sermoneaba a sus alumnos.

Ya en 1991, Swami Satchidananda, que participó en el mítico festival de Woodstock fue acusado de comportamientos sexuales inapropiados contra estudiantes (Satchidananda murió antes de que se aclarase la cuestión). En 1994, Amrit Desai dejó su posición como director de Kripalu Center, en Massachusetts, ante las acusaciones de abuso de autoridad.


Las turbulencias llegan hasta Patthabi Jois, una de las figuras más icónicas en el mundo del yoga, creador del popular y exigente estilo Ashtanga (otras modalidades como Vinyasa, Power o Flow beben de esa fuente).

Jois se convirtió en adalid de la ética más allá de las posturas, de la importancia de la buena intención y de cuidar el cuerpo como un instrumento de trascendencia. Pero una cosa era lo que decía y otra, muy diferente, lo que hacía. El gurú, que murió en 2009 a los 93 años, iba mucho más allá de lo necesario para realizar los ajustes en los asanas o posturas de yoga: rozaba los genitales, se tumbaba sobre ellas e incluso penetraba sus vaginas con los dedos a través de la ropa.

Estas acusaciones, que se remontan a 2010, recibieron este verano la respuesta del nieto de Pattabhi Jois, Sharath Jois, que en un post en Instagram pidió perdón por las conductas inapropiadas de su abuelo.

Jois, que todavía hoy es venerado como medio santo en muchos estudios de yoga, es uno de los maestros que popularizó los ajustes en las posturas de yoga, las manipulaciones que hacen los profesores para ayudar al estudiante a realizar las posturas correctamente y que suelen consistir en toques suaves o apoyo durante una postura difícil. Pero Jois iba mucho más allá. Lo denunció un grupo de ocho mujeres en un artículo en la publicación canadiense The Walrus donde describieron experiencias de tocamientos inapropiados que iban mucho más allá de lo necesario para corregir la postura. “Se ponía encima de mí y se aseguraba de que sus genitales estaban directamente encima de los míos”, describe Karen Rain, quien estudió yoga con Jois en Mysore (India) durante dos años.

“Quiero que estas fotos sean una llamada de atención”, señala Rain a Univision Noticias [la web española Yogaenred tradujo el artículo de Rain en su integridad y su testimonio en español se puede leer aquí].


Las prácticas abusivas no solo son dominio de las élites; los estudios de yoga más humildes también son escenario de prácticas abusivas. Lo destapó la influencer Rachel Brathen cuando invitó a otras yoguinis a compartir anónimamente situaciones de abuso. Recibió cientos de mensajes que luego rescató en su web. Nos encontramos, según escribe Katherine Rosman en The New York Times, “ante una constelación de abusos de poder e influencia, que incluían proposiciones [sexuales] después de clase y en retiros de yoga, besos a la fuerza durante sesiones privadas de meditación y agresiones en la camilla de masaje post yoga”.

La zona gris

“Descartar las alegaciones sobre los tocamientos inapropiados ha sido la actitud del yoga durante décadas”, denuncia Rosman. “Buena parte de la comunidad ha sido muy lenta o reacia a responder, quizás porque los profesores no están dispuestos a desacreditar a aquellos que ven como gurús”. Y tienen mucho que perder cuando han construido sus negocios y marcas asociándose con estas figuras.

Mientras que otros sectores mantienen una conversación sobre el consentimiento y los límites (la gimnasia, escuelas, iglesias), el estudio de yoga “continúa siendo un lugar donde el simple acto de desenrollar una esterilla es una señal para muchos profesores —con buena o mala reputación, y buenas o malas intenciones— que pueden tocar como les parezca”, señala Rosman.

Tras entrevistar a más de 50 practicantes, profesores y propietarios de estudios, la conclusión de la periodista es que "quizá no haya una zona más gris que un estudio de yoga, donde la intimidad física, la espiritualidad y las dinámicas de poder se dan la mano en una pequeña y sudorosa habitación".

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