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Coronavirus

Lo que los diarios de guerra de mi padre me enseñaron sobre cómo vivir en tiempos de pandemia

La Navidad de 1940 fue la peor de todas las épocas en Reino Unido. La mayor parte de Europa había caído en manos de los nazis y Hitler estaba bombardeando Londres con el fin de someterla. Mi padre, con 20 años, se estaba entrenando para ser piloto de la Fuerza Aérea. (Read this article in English)
27 Dic 2020 – 10:58 AM EST
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Mi padre, Michael Adams, era un estudiante universitario de 19 años en Inglaterra cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en 1939. Dejó sus estudios para convertirse en piloto de la Royal Air Force (RAF, por sus iniciales en inglés) y poco después de cumplir los 21 fue derribado sobre el mar, capturado y convertido en prisionero de guerra.

Afortunadamente, no tengo que preguntarme cómo fue vivir esos tiempos porque dejó atrás su propio relato vívido, escrito a mano en sus diarios.

Me han servido como un recordatorio constante de lo afortunado que soy de no haber participado en ninguna guerra, excepto desde la posición relativamente cómoda de un periodista que ha cubierto algunos conflictos.

Sus diarios también me han hecho pensar en la pandemia de covid-19 que estamos viviendo hoy, y me han ayudado a ponerla en cierto contexto.

Para salvar vidas, se nos pide que usemos mascarillas, que nos lavemos las manos con frecuencia, que nos mantengamos a dos metros de distancia de otras personas y nos quedemos en casa veindo Netflix.

En contraste, pienso en la última Navidad de mi padre antes de convertirse en prisionero. A los 20 años, ya no estudiaba historia en Oxford, sino que estaba aprendiendo a volar en lo que en aquellos días eran aviones bastante rudimentarios.

Nunca se quejó. Después de todo, él era uno de los afortunados. Volvió a casa al final de la guerra en 1945, a diferencia de la gran mayoría de sus amigos de la escuela y la universidad.

Esta pandemia ha dejado sin trabajo a más estadpunidenses que cualquier otro momento desde la Gran Depresión y han muerto más (unos 326,000) de los que perecieron en combate en la Segunda Guerra Mundial.

La llamada 'clase coronavirus 2020' se perdió su graduación y muchos padres están hartos de ver a sus hijos lidiando con el aprendizaje en línea.

Sin embargo, me pregunto qué hemos aprendido de la pandemia.

Mi padre le gustaba decir que aprendió mucho en los campos de prisioneros, donde él y sus compañeros de prisión se enseñaban entre sí todo lo que sabían y leían con voracidad, porque no había nada más que hacer, cuando no estaban cavando túneles para intentar escapar.

En este momento, también pienso en mi madre, ahora de 84 años, que al estallar la Segunda Guerra Mundial fue enviada al campo, lejos de sus padres en Londres, para evitar 'el blitz', los bombardeos nocturnos de Hitler sobre Londres que duraron varios meses desde septiembre de 1940 hasta mayo de 1941.

En este momento de reflexión al final de un año difícil para nosotros en 2020, esta es la historia de mi padre sobre cómo su generación lidió con su propia era de adversidad.

La posibilidad de guerra

En los meses previos a la declaración de guerra, los diarios de mi padre revelan una evolución progresiva en su conciencia desde la posibilidad lejana de la guerra - y su participación en ella - hasta que gradualmente se convierte en una realidad.

En su primer año en la universidad, escribe en ese momento sobre Adolfo Hitler: “la idea de la guerra todavía parecía poco más que una alucinación, un fantasma en nuestras caras por esa figura desordenada con el bigote de cepillo de dientes que recién ahora estábamos aprendiendo a tomar en serio".

Pero gradualmente la realidad asimilándose se fue imponiendo. “La atmósfera era electrizante y mis hermanos y yo comenzamos a pensar y hablar de la guerra como algo que podía trascender los titulares de los periódicos y afectar nuestras propias vidas”.

Señala que "mis estudios reciben muy poca atención". Y añade: "No fue sorprendente, porque era claramente una interrogante si este primer verano nuestro en Oxford sería también el último".

Al final de su primer año se fue en bicicleta a Francia con algunos libros de historia medieval para estudiar. Después de escalar una montaña, escribe que fue "la última visión completamente tranquila de mi infancia". Lo llamó "el fin de la era de la inocencia".

Subió a la montaña y durmió cerca de la cima porque la familia con la que se estaba quedando le dijo que el amanecer era espectacular. Cuando bajó al día siguiente se enteró que Alemania había invadido Polonia.

"Era hora de irme a casa", escribe. Tomó el tren de vuelta a Londres y en su diario describe cómo los soldados franceses se movilizaban en las estaciones de tren que había en el camino.

Unos días antes de que comenzara el nuevo semestre, él y sus amigos fueron a las oficinas de reclutamiento de las diferentes ramas militares.

Eligió la RAF, aunque no sabía nada de aviación. Pero le dijo al entrevistador que encontraba aburrida la idea de marchar en el Ejército y hacer ejercicios con armas, y dijo que no serviría de nada en la Marina porque se mareaba. Le dijeron que esperara una llamada.

Describe la separación de sus amigos. Su diario lo registra como "una ocasión alegre, intercambiamos notas sobre nuestras entrevistas y nos pronosticamos mutuamente carreras distinguidas y llenas de aventuras".

Terminó esperando varias semanas a que lo llamara la RAF.

Londres en ese momento no era divertido. Se aplicaron impuestos a los cigarrillos y la cerveza. El impuesto sobre la renta subió 30%. Había apagones nocturnos. Los cines estaban cerrados y todo el mundo tenía que correr a los refugios antiaéreos cuando sonaban las sirenas.

Al final, mi padre se impacientó y decidió viajar a Egipto, donde vivían sus padres (su padre era banquero y Egipto era una colonia británica en esos días). Su plan era ver si podía acelerar su entrenamiento uniéndose a la RAF en El Cairo.

Entonces, a principios de mayo de 1940 partió. Decidió volar a París por primera vez en su vida, en lugar de tomar el barco y el tren. "Después de todo, me había unido a la Fuerza Aérea, también podría ver cómo era volar", escribe. Desde allí tomó un tren a Venecia y un barco a Egipto.

El 14 de junio escuchó la radio mientras las tropas nazis marchaban por los Campos Elíseos en París, donde había estado seis semanas antes.

Su plan funcionó y lo subieron a un avión de El Cairo a Nairobi, Kenia. Fue un viaje lleno de baches, casi 2,000 millas, en una pequeña libélula De Havilland, saltando desde Jartum en Sudán a Uganda y finalmente a Kenia.


El 12 de agosto de 1940 su diario registra que Hitler lanzó la ‘Batalla de Gran Bretaña’; el mayor combate aéreo de la historia. Durante tres meses, aviones de guerra alemanes y británicos lucharon en los cielos del sureste de Inglaterra. De los 5,000 aviones involucrados, 3,700 fueron derribados y 3,000 aviadores murieron.

Fue esa batalla la que inspiró las famosas palabras del primer ministro de Reino Unido, Winston Churchill: "Nunca en el campo del conflicto humano tantos debieron tanto a tan pocos".

A unas 5,000 millas de distancia, mi padre escuchaba las noticias de Londres en la radio del comedor cada noche. "Había preguntas ansiosas en nuestras mentes sobre el número de reservas, no solo de aviones, sino también de pilotos", escribe.

Entrenando a volar

Expresó su frustración porque su propio curso de vuelo no había comenzado. Se limitó a realizar tareas de guardia en el aeródromo "preguntándome sí alguna vez dejaría de ser un observador distante y me convertiría en participante de estos grandes eventos".

Tres días después, el 15 de agosto, registra que comenzó el entrenamiento: “El cambio le da un aspecto completamente nuevo a la vida. Estoy tan feliz como un rey por tener trabajo que hacer y por sentir que después de todo este tiempo me dirijo a alguna parte", comenta.

Los aprendices tenían que rotar los aviones ya que solo había cuatro biplanos Tiger Moth para los 35 ansiosos pilotos.

A pesar de no tener idea de cómo volar, "me sentí aliviado al descubrir que lo tomé tan fácilmente como cualquiera y fui uno de los primeros en alcanzar la dignidad de 'ir solo'".

En octubre de 1940, después de unos breves tres meses en Kenia, les dijeron que estaban listos para el combate.

Navegaron de regreso a Inglaterra desde Mombasa en 'El Castillo de Athlone', uno de los transatlánticos de pasajeros más modernos de su época. Fueron unas semanas relajantes jugando al póquer en la cubierta, leyendo y escuchando música.

Los pasajeros se turnaban para vigilar los temidos submarinos alemanes, que estaban causando estragos en los barcos de suministro británicos. Pero eso no pareció estropear su disfrute del viaje.

“Hoy en día, el mundo es casi perfecto para 25 aviadores poco proféticos en el Atlántico Sur: un enorme transatlántico, un vasto mar azul y en calma, libros y tumbonas y una ausencia total de la más mínima necesidad de hacer algo”, escribe. "Este es realmente un viaje delicioso y mientras avanzamos a 20 nudos frente a una brisa generosa, solo podría haber una mejora: no hay una mujer a bordo".

Al regresar a Inglaterra a principios de diciembre, lo enviaron de inmediato a entrenar en otro avión más grande, un Oxford Airspeed, sin descanso para Navidad.

'Alas' de piloto

Después del Año Nuevo, completó su entrenamiento y ganó su insignia de vuelo o sus 'alas' del RAF.

Describe al terminar un vuelo de entrenamiento, ver cómo uno de sus compañeros pilotos chocaba el mismo avión que había estado volando antes. El piloto murió, quemado vivo en su cabina, solo una hora antes de completar su entrenamiento y poder unirse a los demás para unos días de licencia.

Claramente en estado de shock, el diario de mi padre se quedó en silencio durante una semana. Cuando volvió a tomar su bolígrafo, describe cómo visitó a sus dos hermanos en Londres, para escuchar sus historias del bombardeo alemán, antes de dirigirse a Escocia y unirse a su nuevo escuadrón para una ronda final de entrenamiento en su avión asignado, el Wellington, un bombardero.

Estaba un poco decepcionado de que no se le asignara como piloto de caza, como el famoso ‘Spitfire’, lo que pensó que era más glamoroso y estimulante, especialmente después de la heroicidad de los pilotos en la Batalla de Gran Bretaña.

“Nuestro papel”, escribió, “era ser lo que considerábamos la tarea mucho más mundana de llevar la lucha al enemigo en los bombarderos primitivos del día, que estaban empezando a avanzar pesadamente por Francia y Alemania en incursiones nocturnas sobre fábricas y astilleros".

No pensó que lanzar bombas fuera una gran estrategia. "No disfruto el trabajo. No creo que sirva de mucho”, escribe, sugiriendo que los objetivos militares carecían de precisión. "No quiero pasar el resto de mis días bombardeando a civiles", añade.

Cumpleaños

El 31 de mayo de 1941, celebró su 21 cumpleaños en Lossiemouth, en el norte de Escocia, aprendiendo la técnica del vuelo nocturno.

Más tarde escribió en sus memorias: “Ahora me horroriza pensar en mí mismo con solo 21 años, con una formación tan rudimentaria a mis espaldas. A cargo de 13 toneladas de valioso equipo, sin mencionar las bombas, y responsable de la seguridad de otros cinco aviadores con tan inexpertos como yo”.

La guerra no iba tan bien. Cuando estaba terminando su entrenamiento nocturno en Escocia, se enteró del hundimiento del HMS Hood, un acorazado británico, con 1,000 hombres. Y luego fue la invasión alemana a Rusia.

En un raro momento de pesimismo, observa: “Debo decir que en la actualidad no veo ninguna forma de alcanzar la victoria, pero confío en que al final lo lograremos. Es ilógico, pero no estúpido, en mi opinión. CÓMO podemos ganar es una cuestión de estrategia y, desde ese punto de vista, una victoria para nosotros es imposible en las circunstancias que prevalecen. El que ganemos es una cuestión de espíritu y, en ese sentido, no creo que podamos ser derrotados".

Se le ordenó que se reportara a la RAF Mildenhall, en Suffolk, para unirse al Escuadrón 149, no lejos de la costa este. Sigue siendo un aeródromo militar, que ahora alberga una base de la Fuerza Aérea estadounidense para reabastecer aviones.

Su entrada en el diario por primera vez insinuaba alguna preocupación personal.

“Parece que estaré en operaciones dentro de una semana más o menos, lo cual es agradable y, digamos, inquietante. De todos modos, aquí vamos".

En su primera noche en Mildenhall, vio cómo 14 aviones despegaban y solo 10 regresaban, otros dos aviones dañados aterrizaron en otros aeródromos, algo de lo cual se enteró más tarde.

Primer vuelo de combate

Su primera tarea fue probar una bomba enorme; era tan grande que no cabía en el avión. La describió como un gran cubo de basura negro.

Resultó que era demasiado grande y pesada. Se estrellaron al despegar. “Milagrosamente” el avión no se incendió, a pesar de llevar los tanques de combustible llenos.

Su siguiente avión también se estrelló -por culpa de él- al aterrizar. Se olvidó de bajar los alerones y colapsó el tren de aterrizaje tratando de girar para evitar otros aviones estacionados en la pista.

Eso le valió una semana de licencia. Se la pasó descansando bajo el sol con amigos, transportando heno en una granja cercana.

Lo describe como algo muy sereno: "Quizás mis anfitriones, mayores y más sabios que yo, sabían, mientras traíamos el heno juntos en aquellas largas tardes de verano, que mis días podrían estar contados".

Cuando regresó, lo pusieron a prueba en su nuevo avión, ‘N de Naranja’. Su comandante quería estar absolutamente seguro de que podía aterrizarlo.

Esa misma noche recibieron sus órdenes de vuelo. Era el 14 de julio de 1941. Iban a ser parte de una gran incursión nocturna en Bremen: 153 bombarderos atacarían patios de ferrocarril y objetivos cercanos.

Su última entrada en el diario señala que uno de sus amigos del entrenamiento nocturno en Escocia se ‘perdió” después de una incursión sobre Alemania. "Una lástima", escribe, "ya que era el tipo más simpático que conocí allí e incluso más joven que yo, tenia tan solo 20 años. Esperemos que sea un prisionero de guerra".

Apéndice

Resulta que su avión fue uno de los que nunca regresó de esa incursión del 14 de julio. Recibieron impactos de artillería sobre Bremen, perdieron algo de combustible y finalmente se estrellaron en un aterrizaje forzoso en el Mar del Norte. Tuvieron suerte, era luna llena y el mar estaba en calma, como un espejo.

Pasaron una semana en una balsa salvavidas antes de que los recogiera un hidroavión alemán. Pasó el resto de la guerra como prisionero de guerra.

(Mi padre volvió a Oxford en 1945 para terminar sus estudios. Tuvo una destacada carrera como periodista. Murió en 2005, a los 84 años).

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