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Psicología

Renos voladores y un abuelo en el Polo Norte: los niños usan la lógica para creer en Santa Claus

Es cierto que tienen una capacidad infinita de imaginar y que son ingenuos, pero a fin de cuentas se valen de los mismo medios que los adultos para formar sus criterios: el contexto y las fuentes de información. La Navidad no es la excepción.
25 Dic 2017 – 10:40 AM EST

Durante la Navidad a muchos niños se les cuenta acerca de un hombre que vive eternamente, reside en el Polo Norte, sabe lo que todos los niños en el mundo desean, conduce un trineo tirado por renos voladores y entra a las casas a través de una chimenea que la mayoría de los niños no tiene.

Dado los muchos absurdos y contradicciones de esta historia, es sorprendente que incluso los niños pequeños la crean. Sin embargo, la investigación de mi laboratorio muestra que el 83% de los niños de 5 años cree que Santa Claus es real.

¿Una ventaja evolutiva?

En la raíz de esta paradoja hay una pregunta muy básica sobre la naturaleza del niño pequeño como un ser intrínsecamente crédulo, es decir, que cree todo lo que se le dice aunque sea un ser racional.

El destacado autor y etólogo Richard Dawkins, en un ensayo de 1995, propuso que los niños son intrínsecamente crédulos y propensos a creer en casi cualquier cosa. Incluso sugirió que creer era una ventaja evolutiva para los niños.

Lo ilustró bastante con un ejemplo de un niño pequeño que vivía cerca de un pantano infestado de cocodrilos. Su punto era que el niño que es escéptico y propenso a evaluar críticamente los consejos de sus padres para no nadar en ese pantano, tiene muchas menos posibilidades de sobrevivir que el niño que sin pensar sigue los consejos de sus padres.

Este punto de vista de los niños pequeños que creen fácilmente es compartido por muchos, incluido el filósofo del siglo XVIII Thomas Reid, y los psicólogos del desarrollo, que argumentan que los niños son muy parcializados a la hora de confiar en lo que las personas les dicen.

¿Son muy diferentes de los adultos?

Sin embargo, la investigación de mi laboratorio muestra que los niños en realidad son consumidores racionales y reflexivos de información. De hecho, usan muchas de las mismas herramientas que los adultos para decidir qué creer.

Entonces, ¿cuáles son algunas de las herramientas que utilizan los adultos para decidir qué creer y qué pruebas existen de que los niños las poseen también?

Me concentraré en tres: una es la atención al contexto en el que está incrustada la información nueva. La segunda es la tendencia a medir nueva información contra la base del conocimiento existente. Y la tercera es la capacidad de evaluar la experiencia de otras personas.

Veamos primero el contexto. Imagínese leyendo un artículo sobre una nueva especie de pez, llamémosle “surnits”. Imagine que está leyendo este artículo en dos contextos muy diferentes: uno, su médico llega tarde y usted está en la sala de espera leyendo el artículo la National Geographic, la revista oficial de una sociedad científica.


En otro contexto, se encuentra con un informe de este descubrimiento mientras hace cola en la tienda y examina The National Enquirer, un tabloide de supermercados estadounidenses. Sopongo que el contexto que rodea su introducción a esta nueva información guiaría su juicio sobre el estado real de este nuevo pez.

Esencialmente hicimos esto con niños. Les contamos sobre animales de los que nunca habían oído hablar, como los surnits. Algunos niños escucharon acerca de ellos en un contexto fantástico, en el que les dijeron que dragones o fantasmas los atrapan. Otros niños aprendieron acerca de los surnits en un contexto científico, en el que se les dijo que médicos o científicos los utilizan en sus trabajos.

Los niños de apenas cuatro años eran más propensos a afirmar que los surnits realmente existían cuando escucharon sobre ellos en el contexto científico versus en el contexto fantástico.

La clave: el conocimiento y la experiencia

Una de las formas principales en que nosotros, como adultos, aprendemos sobre cosas nuevas es al escuchar sobre ellas de los demás. Imagínese escuchando acerca de un nuevo tipo de pez de boca de un biólogo marino en comparación con su vecino, que a menudo lo entretiene con reportes de secuestros alienígenas. Su evaluación de la experiencia y confiabilidad de estas fuentes, presumiblemente, guiará sus creencias sobre la verdadera existencia de este pez.

En otro proyecto de investigación, presentamos a niños pequeños animales nuevos que eran posibles (por ejemplo, un pez que vive en el océano), otros imposibles (por ejemplo, un pez que vive en la luna) o improbables (por ejemplo, un pez tan grande como un automóvil). Luego les dimos la opción de averiguar por sí mismos si estas entidades realmente existían o de preguntarle a alguien. También escucharon informes de un cuidador de zoológico (un experto) o un chef (un no experto).


Descubrimos que los niños creían en las posibles entidades y rechazaban las imposibles. Los niños tomaron estas decisiones comparando la información nueva con su conocimiento existente. Para los animales improbables —que podrían existir pero eran raros o extraños— los niños tenían muchas más probabilidades de creer en ellos cuando el cuidador del zoo afirmaba que eran reales que cuando lo hacía el chef.

En otras palabras, los niños usan la experiencia, al igual que los adultos.

Mucha "evidencia"

Si los niños son tan inteligentes, ¿por qué creen en Santa? La razón es simple: los padres y otros hacen todo lo posible para apoyar el mito de Santa. En un estudio reciente, encontramos que el 84% de los padres informaron que llevaron a su hijo a visitar a más de dos imitadores de Santa durante la temporada de Navidad.

El duende en el estante, originalmente un libro ilustrado sobre duendes que informan a Santa Claus sobre el comportamiento de los niños en Navidad, es actualmente una franquicia multimillonaria. Y el Servicio Postal de los Estados Unidos ahora promueve un programa de “Cartas de Santa” en el que proporciona respuestas personales a las cartas de los niños a Santa.


¿Por qué nos sentimos obligados a ir tan lejos? ¿Por qué el tío Jorge insiste en subir al tejado en Nochebuena para zapatear y sacudir cascabeles?

La respuesta es simple: los niños no son irreflexivamente crédulos y no creen todo lo que les decimos. Entonces, los adultos debemos abrumarlos con evidencia: las campanas en el techo, los Santas en vivo en el centro comercial, la zanahoria a medio comer la mañana de Navidad…

Cómo evalúan los niños

Dado este esfuerzo, sería esencialmente irracional que los niños no creyeran. Al creer en Santa Claus, los niños, de hecho, ejercen sus habilidades de pensamiento científico.

Primero, evalúan las fuentes de información. Como lo indica la investigación en curso en mi laboratorio, es más probable que crean en un adulto que en un niño sobre lo que es real.

En segundo lugar, usan evidencia (por ejemplo, el vaso de leche vacío y las galletas a medio comer en la mañana de Navidad) para llegar a una conclusión sobre la existencia. Otra investigación de mi laboratorio muestra que los niños usan evidencia similar para guiar sus creencias sobre un ser fantástico —la bruja Candy, por ejemplo, que visita a los niños en la noche de Halloween y deja juguetes nuevos a cambio de dulces—.

Tercero, la investigación muestra que, a medida que la comprensión de los niños se vuelve más sofisticada, tienden a involucrarse más con los absurdos del mito de Santa Claus, como cómo un hombre gordo puede caber a través de una pequeña chimenea o cómo pueden volar los animales.

¿Qué decirles?

Algunos padres se preguntan si están perjudicando a sus hijos al involucrarse en el mito de Santa. Tanto filósofos como blogueros han montado argumentos contra la perpetuación de la “Santa mentira”, algunos incluso afirman que podría llevar a una desconfianza permanente hacia los padres y otras autoridades.

Entonces, ¿qué deberían hacer los padres?

No hay evidencia de que la creencia, y eventual incredulidad en Santa, afecte la confianza en los padres de manera significativa. Además, no solo los niños tienen las herramientas para descubrir la verdad, sino que involucrarse con la historia de Santa puede darles la oportunidad de ejercer estas habilidades.

Entonces, si crees que sería divertido para ti y tu familia invitar a Santa Claus a tu casa en Navidad, deberías hacerlo. Tus hijos estarán bien. E incluso podrían aprender algo.


*Jacqueline D. Wooley es profesora y directora del Departamento de Psicología de la Universidad de Texas en Austin

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