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Proceso de Paz

Guerra o Paz: la encrucijada de los combatientes del ELN

Un equipo de Univision Noticias viajó al empobrecido departamento del Chocó, en el noroeste de Colombia, para hablar del recién anunciado proceso de paz con guerrilleros del ELN.
15 May 2016 – 9:00 AM EDT

DEPARTAMENTO DEL CHOCÓ, Colombia. - Es principios de abril. El gobierno colombiano y la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la segunda mayor del país, acaban de anunciar el inicio de un proceso formal de diálogos de paz en Venezuela. El representante del gobierno colombiano, Frank Pearl, y el del jefe de la delegación de la guerrilla del ELN en los diálogos, Antonio García, sellan el compromiso con un apretón de manos, aunque queda todo por acordar.

Han pasado sólo unos días del anuncio hecho en Caracas, y a más de 1,600 kilómetros de la capital venezolana, trato de llegar a un área de control del ELN en el occidente Colombia, para averiguar de primera mano la reacción de los combatientes ante el inicio de los diálogos.

Al salir de Bogotá, en la primera etapa del recorrido, el panorama pinta gris: un grupo paramilitar ha decretado un paro armado que paraliza la región del Pacífico y varios policías han sido asesinados. La gente tiene miedo de lo que pueda pasar. Las calles están desiertas. Debemos esperar un día en Quibdó, la capital del departamento del Chocó, porque no hay transporte que nos lleve a la selva.

Lejos de los centros financieros de Bogotá y Medellín, la “otra Colombia” sigue sumida en las arcaicas dinámicas de una guerra interna que comenzó en los años 50 del siglo pasado. Allí, el atraso y la desnutrición, los combates y los bombardeos, son el pan de cada día.


Encuentro con el frente guerrillero "Che Guevara" del ELN en Colombia

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Finalmente, un transportador decide tomar el riesgo, y con él iniciamos nuestro recorrido hacia el sur. A toda velocidad, por una carretera desierta, llegamos a un pueblo minero controlado por los paramilitares y después de lograr pasar desapercibidos, nos embarcarnos por el río hacía la profundidad de la selva al encuentro de los guerrilleros del ELN.

En la gran región que va desde la ladera de la cordillera Occidental hasta el océano Pacífico, y desde la selva del Darién hasta el puerto de Buenaventura, quizás la zona más olvidada del país, la distribución geográfica de la guerra y su intensidad cambian al ritmo de la marea, con ires y venires que, en realidad, poco amainan su permanente erosión del tejido social. Aquí, todos los grupos en confrontación están presentes y, a pesar del paso del tiempo, la violencia suma más muertos casi a diario y parece aferrarse a los ríos y a las selvas, convirtiendo esta rica tierra en un escenario de miedo y abandono.

Los “elenos”

En la región pacífica, el ELN opera a través de su Frente de Guerra Oriental. Después de varias horas de lancha, y ya entrada la noche, llego por fin al sitio del encuentro: un caserío a orillas del río donde espero a recibir instrucciones.

En 1964, en las montañas centrales de Colombia, un grupo de estudiantes, campesinos y sacerdotes cristianos influenciados por la revolución cubana funda el ELN. Su objetivo es hacer una revolución socialista que ponga fin a la larga hegemonía bipartidista en el Gobierno colombiano, con una filosofía revolucionaria fundamentada en el marxismo-leninismo y la Teología de la Liberación.

A diferencia del carácter netamente rural de las FARC, el ELN encuentra afinidad entre los obreros industriales de algunas zonas urbanas y se arraiga con más fuerza en los enclaves petroleros colombianos.

El ELN ha tenido un discurso radical en contra de la explotación del petróleo por parte de las empresas multinacionales, a quienes acusa de vulnerar la soberanía nacional. Así, una porción considerable de su financiamiento proviene tradicionalmente de los impuestos extorsivos que los “elenos” cobran a empresas nacionales y extranjeras que explotan recursos del suelo colombiano.

Las razones de la violencia

Amanece y vemos con claridad dónde nos encontramos: un pueblo olvidado de la “otra Colombia”, un puntico negro entre el verde espeso de los mapas, atascado en el pasado —sin electricidad ni agua potable—. Hay muchas casas abandonadas perdiendo la pelea contra la vegetación. Según la gente que queda en el pueblo, muchos se fueron a buscar futuro en otros lados: abandonaron sus casas y la humedad entró a podrir paredes, puertas y ventanas. El pueblo tiene la apariencia y el olor del desamparo.



Don Pedro, el dueño de la tienda, acaba de volver de Cali. Su esposa sufrió un derrame cerebral y tuvo que ser llevada al hospital más cercano —un costoso viaje de cerca de 150 kilómetros por río y carretera. La emergencia le roba a Don Pedro y a sus hermanos todos sus ahorros. Ahora él vuelve a abrir su tienda mientras su esposa se recupera donde algunos familiares que viven en la ciudad. “Toca volver a empezar de cero, porque, ¿qué más vamos a hacer?”, dice con una sonrisa resignada que revela el blanco impecable de sus dientes.

El tiempo pasa muy lento. En la tarde llega una lancha con una comisión del ELN. Uriel, un comandante alto y delgado, con gestos amables, nos saluda y manda comprar unos Gatorade para sentarse a hablar con nosotros. No hay Gatorade en el pueblo, ni tampoco agua: solo cerveza y no está fría.

Le comento a Uriel que he leído sobre los bombardeos de la fuerza aérea a sus campamentos en la zona. Le pregunto si alguno de los guerrilleros que conocí en otros viajes periodísticos a la región ha muerto. Al parecer no. Uriel se distrae con la cámara que llevo al hombro, la detalla y me pregunta si es la nueva Canon 1Dx, “la que graba 4K”. Contesto que es la nueva 5Ds y me acosa la intriga de saber cómo un guerrillero que hace décadas vive entre la manigua está al tanto del último lanzamiento que Canon hizo hace pocos días.

La pregunta obligada: ¿cómo recibieron el anuncio de las conversacionesde paz entre el ELN y el Gobierno? Uriel responde con franqueza: cree que siempre es bueno darle la oportunidad al diálogo pero es escéptico con lo que pueda pasar. Con voz firme, argumenta que n ada ha cambiado en el país: al persistente hermetismo del sistema político y a la exclusión socioeconómica que aqueja a la mayoría de los colombianos, explica, hoy se le suma la reencarnada amenaza paramilitar —que por esos días probó ser veraz, al paralizar prácticamente medio país con un “paro armado” causando muertes y estragos en varios departamentos.

Desde los años 90, los grupos paramilitares han sido protagonistas de la guerra sucia en Colombia. En ese entonces, un grupo de hacendados y narcotraficantes encabezados, entre otros, por los hermanos Castaño Gil, conformaron las Autodefensas Unidas de Colombia, la segunda generación paramilitar que participa en el actual conflicto armado del país.

Con un prontuario macabro, lleno de masacres, asesinatos selectivos y violaciones de derechos humanos de toda índole, disfrazados de lucha contrainsurgente, 40,000 hombres de las AUC se desmovilizaron durante el Gobierno de Álvaro Uribe, en el 2003. Sin embargo, una tercera generación paramilitar heredó los negocios y la labor criminal de las AUC, bajo el nombre de Urabeños, Águilas Negras, Clan Úsuga, o Autodefensas Gaitanistas. Lo cierto es que, según Naciones Unidas, en 2015 fueron asesinados 105 líderes sociales y de derechos humanos en Colombia y, según varios centros de análisis del conflicto —como la Fundación Paz y Reconciliación—, en lo que va de 2016 la cifra ya sobrepasa la treintena.


La amenaza paramilitar se perfila como un obstáculo enorme para el proceso de desarme de las FARC y el ELN, porque los guerrilleros saben perfectamente que sus enemigos declarados no dudarán en aniquilarlos una vez entreguen los fusiles, como ya lo han hecho en el pasado durante varios de los procesos de desarme.

Por su parte, la población civil de la zona también teme que el desarme de las guerrillas signifique un nuevo reino de terror de los “paras”, que ya están copando los espacios dejados por las FARC en su repliegue. “Todos estos pueblos desaparecerían”, afirma Don Pedro, que es dueño de una tienda. Tras vivir por muchos años en una zona de control guerrillero, cualquier poblador puede ser visto como simpatizante o colaborador de la insurgencia, y ser asesinado por los paramilitares. “Así como están las cosas, si la guerrilla se va, la gente saldrá corriendo”, remata Don Pedro.

Guerra, recursos y medio ambiente

Nuestra conversación se interrumpe varias veces por lugareños que vienen a saludar a los guerrilleros. Al fin y al cabo, son los únicos representantes de una autoridad que han hecho presencia en el pueblo. En muchos casos, las personas vienen con la esperanza de que el comandante les de alguna ayuda para arreglar la casa o pagar la deuda en el mercado. Las finanzas de la gente en el campo son muy precarias, explica Uriel.

“Por esta región pasó el boom de la coca, que acabó con la agricultura, luego vino la minería ilegal, que acabó con los ríos y los suelos, y ahora la gente vive de jornalear, raspar coca, o sacar madera; sobreviven día a día, sin prospectos de futuro. El daño ambiental es grande, la infraestructura nula y las alternativas muy pocas”, apunta.

La guerrilla tiene iniciativas para mitigar el impacto de las actividades de las comunidades sobre el medio ambiente, explica Uriel, pero “cuando se le toca el bolsillo a la gente, la cosa es complicada.”

La guerrilla pone multas de $50,000 pesos a quien bota basura al río y se ideó una regulación para la extracción de madera: debe haber cuotas máximas de tala por familia y sanciones a los que talan árboles y luego, por pereza o borrachera, dejan podrir la madera en el río. Según Uriel, están “presionando” a la compañía que compra la madera en la región para que pague mejor la pulgada (hoy un tronco de 10 pulgadas de diámetro vale cerca de $20 dólares), de tal suerte que los campesinos tengan que talar menos árboles.


El oro es otra cuestión. Los ríos de la región ya están muy erosionados, se ven dragas trabajando río arriba, y el agua baja turbia y contaminada. Es muy fácil comprar una maquina, pues hay mafias que las financian, así que muchos han llevado buldóceres a sus fincas y destruido el suelo. El oro se acaba y solo quedan los cráteres, que ni siquiera son rellenados, pues no es rentable pagar la gasolina que eso implica. Lo más irónico, dice Uriel con un tono de burla, es a dónde va a parar todo ese oro: una gran cantidad termina en las bóvedas de los bancos en forma de lingotes que representan las fortunas de países e instituciones.

Hablar de la subsistencia de los campesinos nos devuelve al tema de las negociaciones de paz y el futuro de los guerrilleros. El porcentaje de ex-guerrilleros que harán política es mínimo, dice. Será una élite dentro de la guerrilla, pero ¿los demás? “No se trata de que empresarios bondadosos ofrezcan un salario mínimo a los excombatientes, sino de transformar la manera en que se organiza la distribución de recursos y la propiedad de la tierra en el país —para todos los colombianos, no solo para los guerrilleros que se desmovilicen.”

A partir del comienzo de la negociación de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC, el ELN replanteó su estrategia, agrandando la tropa regular e incrementando fuertemente su actividad armada y política en varias regiones. Su objetivo, según analistas, era el de presionar al Gobierno para el establecimiento de una mesa de negociaciones propia, que finalmente fue anunciada el 30 de marzo de este año.

La idea de dialogar con el gobierno de Santos se aprobó principios del año pasado, en largos y complicados debates entre representantes de todos los frentes durante el V Congreso de esa guerrilla, cuenta Uriel. El ELN toma decisiones de manera democrática y consensuada, y el Comando Central (“CoCe”) dicta el camino del resto de la organización, razones por la cuales un avance en las conversaciones con los “elenos” puede tardar.

Hoy el ELN cuenta con cerca de 2,500 combatientes en armas y una estructura de milicias que suma otros 7,500 miembros. Sus 7 frentes de guerra (que agrupan a más de 40 subfrentes activos) están presentes en 10 de los 32 departamentos colombianos, y tienen una fuerza importante en zonas de histórica presencia “elena” como son el Catatumbo, el Magdalena Medio, y la frontera con Venezuela. El gran tamaño de la base miliciana del ELN es producto del énfasis que esta organización ha puesto sobre la actividad política y el entroncamiento de la insurgencia con los movimientos sociales.

Históricamente el ELN ha abogado por la nacionalización de los recursos naturales colombianos y por la inclusión de la mayoría marginada en la vida económica y política del país, puntos que cobran relevancia de cara a las conversaciones de paz que están por comenzar. Sin embargo, el Gobierno colombiano ha reiterado que con el ELN y las FARC no se negociarán cambios sustanciales del sistema político y económico del país, posición que antagoniza de entrada con las aspiraciones reformistas de ambas guerrillas.

Los críticos del dialogo aseguran que el ELN financia su actividad con dineros provenientes del secuestro y la extorsión, y que ha utilizado la toma de rehenes como método de presión política, prácticas que violan el derecho internacional humanitario, y que se vuelven obstáculos para la negociación.

El objetivo a mediano y largo plazo sería en todo caso que las reivindicaciones redistributivas de la insurgencia puedan ser encausadas en un ejercicio democrático que por siempre reemplace los combates y los bombardeos por las batallas de ideas en la arena política. Mientras llega ese momento, Uriel y sus hombres seguirán atrincherados en las selvas del occidente colombiano.

Cae la noche y el comandante y su guardia deben partir. Me despido de Uriel con la rara sensación que produce el saber que la persona con quien pasé la tarde conversando sobre la guerra y el futuro de mi país y quien a todas luces tiene mucho que aportar a la reconstrucción de esta nación desgarrada, puede ser destrozado por las bombas de la aviación en cualquier momento.

Un atardecer extraño marca la sombra de las nubes en el cielo azul de la otra Colombia: saco mi teléfono y hago una foto para poner en mis redes sociales. Al bajar la cabeza, veo a lo lejos a Uriel haciendo lo mismo desde su lancha. Caigo en cuenta que no le pedí su “handle” de Instagram.


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