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Por qué Trump debería ir a ver 'Hamilton'

El presidente ha criticado en Twitter al elenco del musical de Broadway. Pero la historia del primer secretario del Tesoro podría ayudarle ahora que se prepara para gobernar
20 Nov 2016 – 5:16 PM EST

Dos meses antes de la jornada electoral, se celebró un coloquio sobre Alexander Hamilton en la sede central de la biblioteca pública de Nueva York. El salón no habría estado tan lleno si no fuera por el éxito del musical de Lin-Manuel Miranda pero no hubo versos ni levitas ni hip hop.

Los historiadores Joanne B. Freeman y Brian P. Murphy conversaron durante una hora sobre un episodio que ocurrió casi al final de la breve vida de Hamilton: su intervención durante las disputadas elecciones presidenciales de 1800. El resultado propició un empate entre sus enemigos Aaron Burr y Thomas Jefferson y Hamilton se vio obligado a empujar a sus seguidores a optar por el mal menor.

El mal menor era Jefferson, que había orquestado una campaña de calumnias contra Hamilton y había sido su rival desde el final de la revolución. “Alexander conocía muy bien a Burr y creía que era un oportunista”, explicó aquel día Joanne B. Freeman. “Apoyó a Jefferson porque creía que su interés por ganar el favor del pueblo lo apartaría de hacer algo demasiado estúpido”.

El evento de la biblioteca pública suscitó algunas preguntas sobre la actualidad. ¿Era Hamilton tan proteccionista como Trump? ¿Qué habría pensado al ver a una mujer compitiendo por la presidencia? ¿Por quién habría votado Hamilton en 2016?

Al final de este artículo están las respuestas a estas preguntas. Pero las elecciones ya se han celebrado y merece la pena detenerse en algunos aspectos de de la vida de Hamilton que podrían ayudar al presidente electo mientras se prepara para asumir el poder.

Durante la campaña, leí la trepidante biografía de Hamilton que escribió el historiador Ron Chernow, cuyas páginas inspiraron el musical de Broadway que este sábado fue a ver el vicepresidente electo Mike Pence.


Empecé a leer el libro unos días antes de la convención republicana y a principios de octubre lo terminé. Fue un contrapunto perfecto para una carrera marcada por los ataques personales y me ayudó a entender con más perspectiva lo que estaba ocurriendo a mi alrededor.

A menudo pensamos que el debate público se ha deteriorado en las últimas décadas pero los insultos y las noticias falsas ya envenenaban las campañas a finales del siglo XVIII. Los periódicos eran la voz de sus amos de uno u otro partido, los políticos debatían y conspiraban en las calles y los panfletos eran una versión extensa y detallada de lo que hoy conocemos como tormentas de tuits.

Hamilton fue uno de los hombres más populares de su generación. Nunca llegó a la Casa Blanca pero fue el político más influyente de la época y el hombre que dio forma al Gobierno federal. Su ejemplo podría inspirar al presidente electo en muchos aspectos. También podría ayudarle a corregir algunos de sus errores, que parece empeñado en repetir.

Ni siquiera es necesario que Trump vaya a ver el musical donde abuchearon a su segundo. Éstas son algunas posibles lecciones de Hamilton para Trump.

1. Un ‘dreamer’ puede lograrlo todo

El presidente electo no termina de aclarar qué hará con los indocumentados que no han cometido delitos graves pero sus palabras durante la campaña han despertado el miedo de millones de personas, que no se sienten seguros en el país donde trabajan y pagan impuestos desde hace años. Trump anunció que crearía una fuerza de deportación y que aceleraría las expulsiones durante la campaña. Ahora sus intenciones son más nebulosas pero ni sus palabras ni sus primeros nombramientos ayudan a calmar a ese sector de la población.

Estos meses son especialmente difíciles para los dreamers, los jóvenes que llegaron a Estados Unidos de niños y que estaban protegidos por una acción ejecutiva de Barack Obama que Trump ha prometido derogar.

Se podría decir que Hamilton fue también fue un dreamer. Nació en una isla del Caribe a mediados del siglo XVIII. Su madre descendía de una familia de hugonotes franceses y su padre era el hijo díscolo de un noble escocés. Empezó a trabajar de niño en una firma comercial y allí se habría quedado si no fuera por el artículo que publicó en un periódico sobre un huracán que asiló la isla. Aquel relato cautivó la imaginación de sus vecinos y empujó a un pastor presbiteriano a recaudar dinero entre los terratenientes para enviar a aquel quinceañero a estudiar a Nueva York.

En apenas unos años, Hamilton se destacó primero como estudiante en lo que hoy es la Universidad de Columbia y luego como agitador en los prolegómenos de la revolución. George Washington detectó su valor y lo designó su ayudante de campo. El puesto requería escribir informes y cartas para el general. Era un trabajo importante pero tedioso y el joven Hamilton quería medir su valor en el campo de batalla. No lo logró hasta los últimos días de la guerra en la batalla de Yorktown.

En apenas unos años, Hamilton dejó atrás su vida mísera en una isla caribeña y se convirtió en el hombre de confianza del hombre más poderoso de un país donde estaba todo por hacer. Unos años después, sería elegido congresista y ayudaría a escribir la Constitución. Ningún otro padre fundador ha ejercido una influencia similar en el poder económico de Estados Unidos ni en la forma del Gobierno federal.

Sin Hamilton, Estados Unidos habría sido un país muy distinto. ¿Cuántos talentos similares se perderían si el presidente electo o su fiscal general aceleran los trámites para deportar a millones de indocumentados?

2. Un ‘outsider’ puede ser un agente de cambio

Concluida la guerra, Hamilton se entregó a la tarea titánica de construir un Gobierno eficiente para un país que acababa de nacer. Durante sus años en el Ejército, había sufrido la inoperancia del Congreso y el poder excesivo de cada una de las 13 colonias, cuyos deberes estaban regulados por los llamados Artículos de la Confederación. Cada una de las colonias, convertidas en estados, tenía un voto y eran necesarios nueve para tomar cualquier decisión.

Líderes como Jefferson, Madison o Adams se habían criado en sus lugares de origen y defendían los intereses de sus estados. Hamilton venía de una isla lejana y esa condición de outsider le ayudó a tener una perspectiva más pragmática y menos provinciana sobre las medidas que había que tomar.

Aquel joven enseguida se dio cuenta de que era necesario un Gobierno fuerte que absorbiera la deuda de los estados, recaudara impuestos y ejerciera el control de las aduanas y de la inmigración. Estados Unidos era un país agrario y los habitantes de cada estado apenas se movían de su lugar de nacimiento. La revolución creó un cierto espíritu nacional entre las élites y entre quienes sirvieron en el Ejército pero no eliminó las resistencia al Gobierno federal.

Así fue como nacieron los dos grandes partidos de la época. Los federalistas de Hamilton estaban a favor de un Gobierno fuerte, se miraban en el espejo del Reino Unido y abogaban por un país industrial. Los republicanos de Jefferson defendían los supremacía de los estados, se miraban en el espejo de la Francia revolucionaria y percibían Estados Unidos como una especie de Arcadia rural.

Republicanos sureños como Jefferson o Madison hicieron lo posible por limitar la influencia del Gobierno federal. Entre otras cosas porque eran propietarios de grandes plantaciones con esclavos y querían evitar el final de la esclavitud. Federalistas como John Adams o Robert Morris no habrían logrado imponer su criterio sin el empuje ideológico de Hamilton, que no se debía a los intereses de ningún estado y que construyó un sistema de gobierno muy difícil de desmantelar.

El temor de Hamilton era que estados grandes como Virginia o Carolina del Sur fueran asumiendo más y más poderes hasta desembocar en la secesión. La creación del servicio de aduanas y la federalización de la deuda de los estados eran una herramienta para fomentar las relaciones económicas entre sus habitantes y evitar una guerra civil que llegó varias décadas después.

Hoy el país está más dividido que nunca y Trump se ha comprometido a lanzar un plan de inversión en infraestructuras. Sería un impulso temporal a la economía pero quizá tiene más sentido concentrar la inversión pública en torno a un objetivo más ambicioso como anticipar la llegada a Marte o curar el cáncer o la enfermedad de Alzhéimer. Al igual que Hamilton, el presidente electo es un outsider que no le debe nada a nadie en Washington. Eso puede ser una ventaja para actuar.


3. Un demagogo es muy peligroso

Esta frase resume la filosofía política de Hamilton: “Demasiado poder conduce al despotismo, demasiado poco conduce a la anarquía y ambos eventualmente conducen a la ruina del pueblo”.

Mucho antes de ser designado secretario del Tesoro, el joven líder advirtió en sus escritos contra los líderes que se preguntaban qué agradaría al pueblo y no qué sería más beneficioso para él.

Durante su breve mandato como congresista, Hamilton vio cómo una turba de soldados descontentos asaltaba con bayonetas el edificio donde se había firmado la Declaración de Independencia para llamar la atención contra su situación.

Una turba incontrolable siempre fue la peor pesadilla de Hamilton, cuyo espíritu aristocrático siempre le llevó a desconfiar de la naturaleza impulsiva de los ciudadanos y de su facilidad para sucumbir a la manipulación. “Ésta fue la gran paradoja de su carrera”, escribe su biógrafo Ron Chernow. “Su visión optimista del potencial de Estados Unidos coexistía con un punto esencialmente pesimista de la naturaleza humana. Su fe en sus conciudadanos nunca fue tan grande como su fe en su país”.

Ese espíritu pesimista tenía que ver con los sucesos de la Francia revolucionaria, donde el populacho blandía en sus picas las cabezas de los aristócratas y donde corría la sangre por las calles de París. A Jefferson, que había presenciado esas escenas durante sus años como embajador, le gustaba coquetear con ese espíritu jacobino. Hamilton, que nunca viajó a Europa, temía que en Estados Unidos sucediera algo similar.

A Hamilton le daba miedo que emergiera un demagogo capaz de seducir con dinero público o argumentos falsos a la población. Así percibía por ejemplo al republicano George Clinton, que ejerció como gobernador de Nueva York. El populismo de sus propuestas y los empleos que distribuía entre sus seguidores sacaban de quicio al joven líder federalista, que intentó derrocarlo sin éxito en su estado natal.

La impresión de Hamilton era que la democracia podía degenerar por la influencia de una personalidad fuerte y por la debilidad de los votantes menos ilustrados. Por eso introdujo en el sistema mecanismos como el colegio electoral o la representación en el Senado, que limitan el poder del ganador.


4. El presidente no tiene todo el poder

Hamilton fue uno de los oradores estrella en la Convención de Filadelfia que redactó la Constitución de Estados Unidos. Allí nació un sistema lleno de contrapesos que aísla al presidente de otras instituciones del Estado como el Congreso o el poder judicial.

No todos los miembros de la Convención estaban de acuerdo en las líneas maestras del nuevo sistema. James Madison propuso un presidente elegido por un mandato de siete años y un Congreso con dos cámaras elegidas por un sistema proporcional. Su colega William Paterson propuso en cambio una sola cámara en la que cada estado tuviera un solo voto y un consejo ejecutivo designado por los gobernadores de los estados en lugar de un presidente elegido por la voluntad popular.

Hamilton rompió su silencio unos días después del inicio de la Convención. Al pedir la palabra, pronunció un discurso de seis horas a favor de restringir la influencia popular en el Gobierno y enunció su propio plan. El presidente y los senadores serían elegidos de por vida siempre que mantuvieran “una buena conducta” y habría una Cámara de Representantes elegida cada tres años por sufragio universal.

“Dale todo el poder a la mayoría y oprimirá a unos pocos. Dale todo el poder a unos pocos y oprimirá a la mayoría”, dijo durante una de sus intervenciones antes de advertir contra lo que podía ocurrir: “Los demagogos no siempre son personas despreciables. Los patricios con frecuencia son demagogos también”.

El plan de Hamilton con su espíritu antidemocrático nunca se aprobó pero su desconfianza está presente en el sistema de Estados Unidos. La creación del colegio electoral, los mandatos de seis años de los senadores o los mandatos vitalicios de los jueces del Supremo están diseñados para limitar los poderes del presidente y evitar que una enajenación colectiva otorgue el poder a una persona corrupta o incapaz de ejercer su papel institucional.

El autoritarismo que ha exhibido Trump durante la campaña siembra dudas sobre su cualificación para ejercer el cargo. El sistema diseñado por Hamilton y Madison asegura que su capacidad para tomar decisiones estará limitada por los otros poderes del Estado incluso después de tomar posesión.


5. Cercenar las libertades es una mala idea

Hamilton exhibió un respeto exquisito por las libertades durante la mayor parte de su carrera. Pero en sus últimos años protagonizó un giro autoritario al apoyar las llamadas Leyes de Extranjería y Sedición, aprobadas por el presidente John Adams en junio y julio de 1798 y criticadas entonces como ahora por vulnerar la Constitución.

Las leyes establecieron que un inmigrante debía residir en EEUU durante 14 años para adquirir la nacionalidad y tener derecho a voto y otorgaba al presidente el poder de deportar a cualquier extranjero sin ninguna explicación razonable y sin ninguna audiencia judicial. Si esas leyes siguieran en vigor, un presidente como Trump podría expulsar del país a cualquier persona con el argumento de que era “un peligro para la paz”.

Las leyes impusieron una pena de dos años de cárcel a quien publicara “cualquier escrito falso, escandaloso o malicioso” contra el Gobierno o contra el Congreso.

Hamilton apoyó estas leyes herido por las mentiras de los periódicos republicanos y persuadido por los argumentos de federalistas como Harrison Gray Otis, que clamaba contra la inmigración de países como Francia o Irlanda con estas palabras que suenan familiares: “Estados Unidos no debería desear invitar a hordas de irlandeses salvajes ni a personas de otros lugares turbulentos y problemáticos a venir aquí con puntos de vista que perturben nuestra tranquilidad”.

El propio Hamilton, que había llegado unos años antes de su isla natal, escribió: “Mi opinión es que habría que obligar a una masa de extranjeros a abandonar el país”. Unos años después, cuando los republicanos empezaban a hablar de derogar la ley, se reafirmó en su respaldo: “El influjo de los extranjeros cambiaría y corrompería el espíritu nacional”.

Hamilton se había distinguido por sus puntos de vista progresistas sobre los esclavos, sobre los judíos y sobre la inmigración. Pero su ideología se volvió más reaccionaria en los últimos años de su vida y su defensa de estas leyes es uno de sus peores errores como legislador.


6. Quién era el mal menor en 2016

Alexander Hamilton fue un gestor revolucionario pero nunca fue un político moderno. Aaron Burr en cambio adoptó estrategias inéditas y se distinguió por su astucia en sus campañas: enviaba oradores alemanes a los vecindarios alemanes, reclutaba carruajes para llevar a los ciudadanos menos pudientes a las urnas y hacía mapas que valoraban a los votantes según su propensión a ir a votar.

Hamilton creía que Burr era un político sin principios. “No tiene nada a su favor”, escribió sobre él durante las elecciones de 1800. “Está en quiebra y sus principios públicos no tienen más objetivo que su propio engrandecimiento. Si puede, cambiará nuestras instituciones para asegurarse riqueza y un poder permanente para sí mismo. Es verdaderamente el Catilina de América”.

Hamilton hacía referencia al villano romano retratado por Cicerón en su obra más célebre y lo comparaba con el hombre que lo mataría en un duelo cuatro años después. El empate entre Jefferson y Burr en el colegio electoral le obligaba a elegir entre sus dos grandes enemigos y Hamilton optó por Jefferson porque pensó que sería un presidente más cauto y porque creyó que su adversario sería un peligro para una república joven como Estados Unidos. Decía que su palabra no valía nada y que sus deudas lo harían vulnerable a los sobornos de las potencias extranjeras.


“El nombramiento de Burr como presidente sería una vergüenza para nuestro país en el exterior”, escribió Hamilton a un amigo. “Es lo suficientemente codicioso para quererlo todo, suficientemente atrevido para intentarlo todo, suficientemente malvado para no tener ningún escrúpulo”.

¿Por qué candidato se habría pronunciado Hamilton durante la campaña de 2016? Los dos historiadores reunidos en la biblioteca pública sopesaron su respuesta a mi pregunta durante unos segundos a principios de septiembre.

“Hamilton era un político muy proteccionista y no se habría sentido incómodo con algunas de las cosas que Trump ha dicho sobre el comercio”, dijo el historiador Brian P. Murphy, que no se pronunció sobre sus preferencias en 2016.

“A Hamilton la idea de que una mujer compitiera por la presidencia le parececía una locura”, dijo Joanne B. Freeman. “Pero si dejamos eso a un lado, Hamilton habría apoyado a Hillary Clinton porque Trump encaja en su definición de demagogo. A los ojos de Hamilton, Trump sería Burr”.


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