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Donald Trump en la planta Carrier en Indianapolis, Indiana, el 1ro de diciembre de 2016.

Por qué el remedio de Trump contra el declive industrial puede ser peor que la enfermedad

Por qué el remedio de Trump contra el declive industrial puede ser peor que la enfermedad

El presidente electo quiere imponer un arancel del 35% a las empresas que se lleven su producción al extranjero. Reagan probó recetas similares sin éxito contra Japón.

Donald Trump en la planta Carrier en Indianapolis, Indiana, el 1ro de di...
Donald Trump en la planta Carrier en Indianapolis, Indiana, el 1ro de diciembre de 2016.

Donald Trump despertó este domingo a quienes le siguen en Twitter con una diatriba contra las empresas que desmantelan sus fábricas y se llevan su producción del país. Es un argumento que el presidente electo ha utilizado de forma recurrente durante la campaña casi siempre de la mano de una posible solución: gravar los productos de esas empresas con un impuesto del 35% sobre su valor.

El presidente electo no lo tendrá fácil para sacar adelante un arancel así. Necesita el voto a favor de las dos cámaras del Capitolio y allí muchos congresistas desconfían de la retórica proteccionista de Trump. Republicanos como Paul Ryan o Mitch McConnell han expresado muchas veces su respaldo a los acuerdos de libre comercio persuadidos de sus beneficios para la economía pese a los problemas que han generado para algunos sectores como el acero o el carbón.

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Trump no suele explicar los detalles de sus propuestas y el arancel no es una excepción. El presidente electo no ha aclarado si se aplicará a todos los bienes importados o si deberán pagarlo las empresas de cualquier sector. Tampoco ha explicado cómo se las arreglará para imponerlo a los productos fabricados en México por empresas de Estados Unidos mientras las cláusulas del acuerdo comercial de NAFTA estén en vigor. Su propio secretario de Comercio, Wilbur Ross, ha dicho que aranceles de dos cifras para países como México o China serían sólo una herramienta de negociación.

Lo que no explican ni Ross ni Trump es el impacto que podría tener un arancel del 35% sobre la inflación y sobre el crecimiento económico de Estados Unidos.

Ese posible impacto se puede examinar con el ejemplo de una multinacional del automóvil como Ford, que despertó la cólera del candidato republicano al anunciar su decisión de trasladar parte de su producción a México. Ford tiene unos 85,000 empleados en Estados Unidos y unos 8,000 en México. En ese país fabricó hasta 326,499 autos entre enero y octubre de este año, según las cifras de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz.

Un impuesto del 35% dispararía el coste de los autos fabricados en México en más de 3,000 millones de dólares. Más o menos el triple del beneficio de la empresa en el tercer trimestre de 2016.

Ford no es la única multinacional de Estados Unidos que fabrica miles de automóviles en México. Empresas como Chrysler o General Motors también tienen instalaciones al sur de la frontera. Un arancel empujaría a sus responsables a subir los precios de sus vehículos, unos precios más altos podrían reducir las ventas y una merma en las ventas podría reducir la plantilla de las empresas y su producción.

“La respuesta no es levantar barreras más altas. A largo plazo no van a funcionar y nos dejarán a todos peor”, dijo esta semana Clifford Winston, analista de la Brookings Institution y autor de varios estudios económicos.

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El ejemplo de Reagan

No es la primera vez que un presidente anuncia la imposición de un arancel. Trump suele citar el ejemplo de Ronald Reagan, que aprobó varias medidas proteccionistas en los años 80 para frenar el desarrollo económico de Japón.

En 1981, por ejemplo, limitó el número de automóviles que firmas japonesas como Toyota o Nissan podían vender en Estados Unidos. La medida no mejoró la situación de las empresas autóctonas y disparó los precios de los vehículos en unos mil dólares.

Tampoco funcionaron las medidas que Reagan aprobó contra las fabricantes de motocicletas japonesas a finales de los 80. El objetivo era salvar a la legendaria Harley Davidson, pero de nada sirvieron aranceles ni detalles proteccionistas. Harley no remontó por las medidas de Reagan. Lo hizo cuando sus ventas se dispararon en Japón.

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El impacto negativo del proteccionismo de Reagan se explica en este artículo de Sheldon Richman, publicado en 1988 por el libertario Cato Institute. Las cuotas y los aranceles subieron los precios en el sector textil y en la automoción.

El Banco Mundial estima que las restricciones de Reagan en 1984 tuvieron el mismo efecto sobre los ciudadanos más pobres que una subida de impuestos del 66%. También dañaron a empresas que perdieron exportaciones y pagaron más por sus bienes de capital. Un ejemplo fueron las fábricas de automóviles, que tuvieron que pagar por el acero más caro por las restricciones a la importación.

El proteccionismo es nocivo para la economía. Al limitar la competencia de otros países, reduce los incentivos de las empresas para gastar en maquinaria y para innovar.

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El espejismo de Trump

El resultado de las elecciones ha acrecentado el interés por el declive industrial de estados como Michigan y Ohio, donde han cerrado muchas fábricas en las últimas dos décadas y donde muchos obreros sindicados han votado por Trump.

El sector industrial empleaba en 1979 a 20 millones de estadounidenses. Esa cifra se había reducido hasta los 12.3 millones en agosto de 2016.

Ese declive, sin embargo, no sólo es el fruto de la firma de NAFTA o de la competencia de países como China. Es también el fruto de cambios que ningún presidente puede alterar.

“Deberíamos desterrar la impresión de que en Estados Unidos ya no fabricamos nada”, me decía a principios de agosto Chad Moutray, economista jefe de la Asociación Nacional del Sector Industrial. “Fabricamos y exportamos más cosas que nunca y eso vale también para Michigan, donde se han creado más empleos industriales que en ningún otro estado desde el principio de la recesión. El problema es que la robótica ha transformado las fábricas y los obreros necesitan una formación distinta. Esa formación debe ser una prioridad”.

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Trump apenas habla de formación pero menciona a menudo los efectos negativos de NAFTA y del TPP, la alianza comercial con varios países asiáticos que Obama ha intentado impulsar. Esa beligerancia no la comparte Moutray, que representa a la asociación que defiende los intereses de la industria y que tiene una visión económica más liberal.

“Los acuerdos comerciales generan ganadores y perdedores pero no deberíamos olvidar que el 90% de nuestros productos los vendemos fuera de EEUU y que necesitamos nuevos mercados para crecer”, dice Moutray. “Rechazar nuevos acuerdos comerciales supondría menos exportaciones, menos empleos y menos oportunidades para nuestras empresas. No creo que sea una buena solución”.

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