Ortega y Murillo asfixian la democracia en Nicaragua

“Como sucediera también en los tiempos de Anastasio Somoza, el fatídico binomio se ensaña con los Chamorro, una familia que simboliza la ardua y frustrante lucha de Nicaragua por sumarse a la civilización democrática”.
Opinión
Miembro de la unidad política de Univision Noticias.
2018-12-17T11:14:02-05:00

El funesto binomio de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha desatado su furia represiva contra los pocos medios y ONGs independientes que han sobrevivido a su dictadura en Nicaragua. La semana pasada le ordenaron a la policía allanar y ocupar las oficinas de organizaciones no gubernamentales que documentan las violaciones de derechos humanos que cometen y medios independientes como el Canal 12 y Confidencial, la revista que, bajo la hábil y valiente dirección de Carlos Fernando Chamorro, expone esos atropellos y la sistemática corrupción del régimen.

Da profunda tristeza ver las imágenes de esos policías que, cumpliendo órdenes arbitrarias, arremeten a empujones, bastonazos e insultos contra periodistas, hombres y mujeres, en las sufridas calles de Managua, como en su día hiciera el tiranuelo Anastasio Somoza, claro referente y modelo de Ortega. Porque el orteguismo no es otra cosa que una versión contemporánea y apenas más sofisticada del somocismo que, en lugar de Estados Unidos, tiene como garantes a las dictaduras afines de Venezuela y Cuba y a regímenes que pescan en el río revuelto de la política latinoamericana, como el chino y el ruso. Al igual que en su día hicieran Somoza padre e hijo, Ortega y su esposa ahogan hoy en violencia y sangre los clamores de libertad y democracia de los nicaragüenses.

Como sucediera también en los tiempos de Anastasio Somoza, el fatídico binomio se ensaña con los Chamorro, una familia que simboliza la ardua y frustrante lucha de Nicaragua por sumarse a la civilización democrática en una región y un continente donde eso siempre se paga con enormes sacrificios, sufrimiento y dolor. Carlos Fernando, cuya amistad me honra, es hijo de Pedro Joaquín Chamorro, periodista mártir de la lucha anti somocista, a quien asesinaron sicarios de Somoza en 1978, encendiendo así, inadvertidamente, la llama de la insurrección popular que daría al traste con su oprobiosa tiranía.

Su madre es Violeta Barrios de Chamorro, la primera presidenta de Nicaragua que encabezó, con bastante éxito, la difícil transición de la dictadura marxista que impusieron sandinistas radicales en 1979 hacia una frágil, aunque esperanzadora democracia en 1990. Se dice que el tiránico dúo es responsable de la circulación de un video amañado en el que ahora se intenta desacreditar a doña Violeta y su importante legado político y social. Y también ha hecho blanco de sus arbitrariedades a Pedro Joaquín Chamorro hijo, hermano mayor de Carlos Fernando y periodista como él y como su padre.

Con morbo enfermizo y deliberada crueldad, Ortega se aferra al poder a pesar del creciente rechazo popular y en medio de una grave crisis económica que empuja a Nicaragua hacia el abismo. El verano pasado él y su esposa, que en la peor tradición somocista de nepotismo funge de vicepresidenta, ordenaron reprimir manifestaciones populares, provocando 325 muertos y centenares de heridos, en su mayoría jóvenes estudiantes. Mientras tanto, la inversión extranjera se ha esfumado de Nicaragua al son de 750 millones de dólares, el turismo ha desaparecido y dejado pérdidas adicionales de 500 millones de dólares y el sector privado ha perdido financiamiento debido a la violencia y la incertidumbre.

Cuando me pregunto, al igual que muchos amigos de Nicaragua, cómo es posible que Ortega y Murillo se hayan transformado exactamente en lo mismo que combatieron de jóvenes, es decir, en una pareja fatalmente dictatorial, corrupta y explotadora de un pueblo que merece mejor suerte, a la mente me viene una anécdota que me relató doña Violeta en su casa de Managua años después de concluir su mandato presidencial. “Ahí mismo donde vos estás sentado”, me dijo, “se sentó Daniel Ortega horas después de que perdiera las elecciones en 1990. Se negaba a aceptar la derrota. Y se puso a llorar como un niño por la sorpresa y la rabia de haber perdido. Pero yo lo consolé y le dije: ‘no llores más. Acepta que perdiste. Continúa en la política, haz oposición y aspira a la presidencia de nuevo, democráticamente’”. Ortega aceptó a regañadientes el consejo de doña Violeta. Pero solo de manera parcial y provisional. Acató su derrota, no sin antes encabezar una piñata en la que se repartió con sus incondicionales bienes del estado y de otros nicaragüenses. Hizo todo lo que pudo por obstaculizar la gestión del nuevo gobierno. Y de inmediato comenzó a tramar su regreso al poder con la aviesa intención de no abandonarlo nunca más mientras viviera.

Junto a su funesta pareja, Ortega se ha atornillado en la presidencia sin importarle la suerte que corra Nicaragua en lo político, lo económico y lo social. Tampoco le importan las vidas inocentes que está costando su obsesión por el poder. El joven revolucionario que era se ha transformado en el mismo tirano que otrora combatió. Su caso particular ilustra, además, el principio que enunciara George Orwell según el cual “no se establece una dictadura para hacer la revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura”. A eso, simple y llanamente, se ha reducido el protagonismo político de la pareja que hoy desgobierna a Nicaragua.

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