Historia de Ana y Silvia Mayorga: una frontera de resentimientos y culpabilidad

“El plan de Silvia era mandarle dinero todos los meses a su hermana para ayudar con la crianza de sus hijos mientras ella se encaminaba lo suficiente para reclamarlos. Pero, el tiempo pasó y nueve años después, Ana, la mayor, había cumplido 16 años”.
Opinión
Periodista copresentadora del programa de noticias de Univision “Aquí y Ahora”
2016-08-05T15:13:48-04:00


Como madre y periodista, hay historias que dejan huellas en nuestras almas. Hace unas semanas conocí a una madre, Silvia Mayorga, oriunda de Managua, Nicaragua, y a su hija adolescente, Ana. Sus historias, muy parecidas a las de miles de otros inmigrantes que cruzan la frontera a raíz del hambre y la necesidad, nos dan mucho de que pensar… sobre todo porque la distancia puede crear sentimientos de abandono, culpabilidad y resentimiento, todo lo cual a veces resulta en un gran dilema al ocurrir el reencuentro en Estados Unidos.

Silvia Mayorga conoció al padre de sus hijos a los 14 años y ya a los 19 había tenido tres hijos con él. Harta del maltrato y abuso físico que sufría a manos de su pareja, se separó; y un par de anos después, decidió abandonar su país y dejarle a su hermana el cuidado de sus tres hijos. Con 22 años, cruzó la frontera y llegó a Texas. Su padre, residente estadounidense, logró sacarla de un centro de detención.

El plan de Silvia era mandarle dinero todos los meses a su hermana para ayudar con la crianza de sus hijos mientras ella se encaminaba lo suficiente para reclamarlos. Pero, el tiempo pasó y nueve años después, Ana, la mayor, había cumplido 16 años.

Ella recuerda que recibía cartas de su hija que le desgarraban el alma, “gracias por brindarnos todo lo que quizás a lo mejor nunca hubiésemos tenido, pero me hubiese sentido más feliz teniéndote a nuestro lado”.

Lo que Silvia desconocía es que su hija estaba siendo abusada sexualmente por un novio y que el propio padre había intentando maltratarla. Silvia cuenta que su hermana sí notó un cambio en el comportamiento de la niña, pero ella “solamente decía que nadie la entendía y que temía mucho que la juzgaran”. Pero el problema era mucho más serio y Ana entró en una depresión profunda, intentó suicidarse y se fue de la casa.

No fue hasta el pasado 31 de enero, cuando Silvia Mayorga recibió una llamada de oficiales de inmigración, que supo que Ana había cruzado la frontera solita. “Qué valiente mi hija”, nos dijo; pero después se enteraría de que las razones que la motivaron a huir de Nicaragua fueron el maltrato y el abuso sexual de un novio y las amenazas de su propio padre. “Usted no sabe lo que yo he pasado”, le contó la niña. “Jamás me imaginé de verdad en dónde radicaba, como el ojo del huracán”, recuerda Silvia.


Ana había guardado parte del dinero que su madre le enviaba todos los meses para poder pagarle a un coyote. El encuentro aún la hace llorar. “Los nervios me invadían. Las lágrimas rodaban. Siempre le dije, ‘si un día te vuelvo a recibir entre mis brazos, te llevaré globos y rosas’, sentí aquella emoción como cuando la traje al mundo”.

Pero Ana ya se había hecho una mujer y Silvia supo en ese momento que restablecer una relación con su hija no sería fácil. Ahora tendría que lidiar con el resentimiento de Ana y, a la vez, manejar sus propios celos hacia su hermana. “El día de las madres esperaba con anhelo una felicitación, pero vi en las redes sociales, por Facebook, que las felicitaciones eran para mi hermana. Me sentí celosa, yo dije, 'guau'. No era lo que yo esperaba”.

Mientras que Silvia reconoce que se perdió lo mejor de sus tres hijos al dejarlos tan pequeños, admite que “también era mas duro mirarlos y saber que no tenia para darles de comer”.

Hoy día, tanto Silvia como Ana reciben ayuda sicológica y esperan que el tiempo sane las heridas. “A veces me siento como que veo en su mirada que me reprocha por haberla dejado; sin embargo, me lleno de fuerza y valor y le digo, no me veas así. No te puedo decir que me equivoqué”.

Por el momento su mayor anhelo es conquistarle el corazón a su hija. “Ella me dice: 'es que yo no soy expresiva, ¿cómo quiere que aprenda a decirle ‘la quiero’, mamá?’ Yo le dije, sí, pero siempre te digo que te adoro, te amo, eres mi vida. Podemos vivir muchas cosas más nueve años”.

En estos momentos, Silvia está haciendo los trámites para traer a sus otros dos hijos de Nicaragua; y Ana está estudiando inglés y tomando cursos para terminar la secundaria.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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