El caso Trump

“Justo cuando nada debería detenerlo, aparece su peor enemigo: Donald Trump. El millonario narcisista y arrogante muerde su propia cola. Cae en la trampa. Cae en las encuestas. Lo persigue el síndrome de la abstinencia y no puede sobrevivir sin el aplauso. Incluso a costa de su propia credibilidad: ¡menuda paradoja!”.
Opinión
Periodista cubano, redactor de noticias en Univision
2016-08-05T12:20:11-04:00

"Trump no pasa de ser una estrategia para allanar el camino de Clinton a la Casa Blanca". Suena loco, pero la sospecha cobra fuerza entre no pocos teorizantes. Mientras analistas polemizan sobre las dotes presidenciales del magnate, activistas del ardid conspiratorio hacen el pan en las redes sociales y siembran no pocas dudas en una audiencia acostumbrada a digerir barbaridades, desde el avistamiento de ovnis sobre Washington DC, hasta la complicidad del gobierno en los ataques de septiembre 11.

En todo caso, el propio candidato presidencial republicano se ha encargado —orgánica y concienzudamente— de forjar toda suerte de leyendas en torno a sus oscuras pretensiones y nada mejor que su extraviado comportamiento para alimentar las especulaciones, por alucinantes que parezcan. Como si se tratara de un karma, Donald Trump no desperdicia una sola aparición en público para largar sus comentarios: ofensivos, absurdos o mordaces, pero efectivos siempre. Cual encantador de serpientes, consigue que sus afiebrados seguidores aplaudan hasta el delirio, al son de Make America Great Again.

Sin embargo, "el payaso naranja" —como lo bautizó Mike Mills— podría representar algo más que el papel de un celebrity apprentice (aunque su campaña electoral no supere las expectativas de un reality show repetitivo y mediocre). Quienes desafían al personaje suelen pasar por alto los atributos de un actor que llena teatros con su monólogo ¿incoherente?

Es un hecho: este hombre arrastró a casi 13 millones y medio de votantes durante las elecciones primarias. Hace cuatro años, Mitt Romney no llegó a los 10 millones. Hace ocho, McCain tampoco superó la decena. Desde luego, algo inspirador habría en el discurso del empresario, para sacar de la pereza a un electorado que no suele brillar por su presencia en las urnas. Indagar en la naturaleza de tales resortes sería un buen comienzo, antes de que la deformación se torne recurrente en el escenario político estadounidense.

Los catalizadores son múltiples y se han mencionado hasta la saciedad. Entre los de mayor peso, sin lugar a dudas, se encuentra el retroceso de la clase media. Para el Pew Research Center —con sede en Washington— se trata de familias cuyos ingresos sobrepasan los 45 mil dólares anuales (sin rebasar los 125 mil). Arianna Huffington la describe como "el motor de buena parte de nuestra creatividad y de nuestro éxito económico" (como nación). Un informe del Fondo Monetario Internacional señala que el salario real en los hogares norteamericanos no ha hecho sino estancarse en los últimos treinta años. La poderosa institución —que agrupa a 189 países— advierte sobre “perniciosas tendencias en la distribución de ingresos”.

Estudios revelan que los millennials ganan menos que sus padres. Al respecto, el presidente Barack Obama ha dicho: "La creciente desigualdad no solo es moralmente reprobable, sino mala en términos de economía", (porque) "cuando las familias de clase media tienen menos para gastar… pueden adivinar qué ocurre". Pareciera que a buena parte de los políticos, el fenómeno les pasa inadvertido. Aquellos que sufren sus consecuencias, lo colocan en el centro de sus vidas.

Pero, ¿quiénes son los votantes de Trump? Las encuestas lo indican. Estadounidenses de origen anglosajón y sin educación universitaria (constituyen el mayor porcentaje). No tengo datos para demostrarlo, pero intuyo que en sus filas milita buena parte de las familias trabajadoras que han visto caer de manera drástica sus ingresos en lo que va de siglo. La clase media en bancarrota. Millones de hombres y mujeres que crecieron a la sombra del sueño americano, convencidos de que talento, virtud y esfuerzo eran la fórmula del éxito. Necesitan razones para explicar su declive. Quieren respuestas.

El sorprendente giro hacia la izquierda entre los demócratas (con Bernie Sanders como figura visible) tiene su contrapartida de inconformidad republicana. Sin embargo, no por eso la balanza se inclina a la derecha. A Trump le quedan grandes los valores esenciales del conservadurismo. Es sujeto extraño al ejercicio taxonómico. Sus seguidores no pueden asimilar el alza de impuestos, las “gratuidades” y el burocratismo que supone la propuesta socialdemócrata. Pero tampoco les acomoda el abismo en la distribución de la riqueza. Quieren sus empleos de vuelta. Que aumenten los salarios. Que sus hijos vayan a la universidad y que se puedan costear la atención médica. En alguna medida, entienden que los políticos tradicionales no van a resolver el problema.

Esa abulia institucional se convirtió en el mejor aliado del multimillonario neoyorquino, porque allí donde se agranda la brecha de la desigualdad, hierve el caldo de cultivo en que se cuece el discurso alentador del aspirante habilidoso. En Argentina, Chile, Venezuela o España. También en Estados Unidos, si la estabilidad se desmorona.

Pero Trump fue más allá: canalizó emociones. En sus desencuentros con Wall Street no asumió el radicalismo de Sanders: en el fondo tronaba contra los mismos banqueros que le otorgaron jugosos préstamos, compraron acciones en sus empresas o le garantizaron condiciones ventajosas para reestructurar sus deudas (como él mismo reconociera en su momento).

Despotricó contra el libre comercio y el proteccionismo arancelario. Anunció que, bajo su égida, Estados Unidos exigiría “un trato justo” en sus transacciones (no importa si con China o México). Prometió reactivar el sector manufacturero y devolver al país los casi seis millones de puestos de trabajo que la globalización se llevó al Tercer Mundo… Y, sobre todo, hipnotizó a un sector de la sociedad —cansado hasta la médula— con la construcción de un muro.

Un muro en la frontera con la barbarie. El prodigioso Trump remontó los pronósticos más audaces y se coronó campeón en una lid para la que ni siquiera había entrenado. Su olfato de negociante le indicó la ruta: el muro. En realidad fue una idea salvadora. La ira de los inconformes no podría disponer de un mejor blanco: los migrantes. Hace falta un muro para contener la avalancha que proviene del sur. Los que no tienen nada que perder. Los usurpadores de empleos. Artífices de la decadencia. Habría que exorcizarlos para restablecer el orden, el antiguo esplendor. El sofisma funcionó con mecanismo de reloj y, de manera puntual, los rencores subyacentes brotaron a flor de piel ante la seductora impudicia del provocador.

Porque no importa si excluyente, intolerante o racista: la retórica de Donald Trump es un negocio. Como buen emprendedor, identificó el mercado, consumó la inversión y espera el momento de cosechar las ganancias. La prensa que ensalzó sus desplantes, ahora se horroriza ante la posibilidad de que se siente en el despacho oval.

Sin embargo, justo cuando nada debería detenerlo, aparece su peor enemigo: Donald Trump. El millonario narcisista y arrogante muerde su propia cola. Cae en la trampa. Cae en las encuestas. Lo persigue el síndrome de la abstinencia y no puede sobrevivir sin el aplauso. Incluso a costa de su propia credibilidad: ¡menuda paradoja!

Como si de verdad no pasara de ser una estrategia para allanar el camino de Clinton a la Casa Blanca.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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