Migrar no significa necesariamente encontrar la vida que se imaginaba; la aventura literaria de 'Ceniza en la boca' en el cine

Anna Díaz y Diego Rabasa hablan sobre el desarraigo, la separación familiar y la búsqueda de un lugar propio que se desarrolla en la película 'Ceniza en la boca', dirigida por Diego Luna, que invita a mirar la migración más allá de las fronteras.

Migrar no significa necesariamente encontrar la vida que se imaginaba al dejar el país de origen. También implica separarse de la familia, cargar con ausencias, enfrentar conversaciones pendientes y descubrir que el lugar al que se llega no siempre representa la salvación que se había idealizado.

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Esa es una de las reflexiones que plantea Ceniza en la boca, la película dirigida por Diego Luna y basada en la novela de Brenda Navarro, que aborda la experiencia migratoria de una joven mexicana que busca construir su propio camino en España mientras enfrenta las responsabilidades familiares y las consecuencias de una historia marcada por la separación.

Durante una entrevista, la actriz Anna Díaz, quien interpreta a Lucila, y el productor y guionista Diego Rabasa hablaron en exclusiva con N+Univision sobre los desafíos de llevar esta historia al cine y la manera en que la migración atraviesa no solamente a quienes se marchan, sino también a quienes permanecen y a quienes intentan encontrar nuevamente su lugar.

Para Díaz, acercarse a Lucila significó explorar emociones que van más allá de la condición migratoria. Su personaje es una joven que busca autonomía, quiere disfrutar de su edad y construir una vida propia después de haber asumido responsabilidades familiares desde muy temprano.

"Es una chica que sí quiere encontrar su lugar en el mundo, que sí quiere encontrar eso que no sabe ni dónde buscar, pero que es algo fundamental para ella: el hecho de tener autonomía, el hecho de desarrollarse, de ser alguien que empieza a vivir la vida que le corresponde a su edad", explicó.

La actriz considera que la historia permite conectar con experiencias compartidas, incluso entre personas que nunca han tenido que abandonar su país.

"Buscamos disfrutar, buscamos también reír, buscamos generar conexiones. Para mí, eso es lo importante cuando ves un personaje así: empatizas desde un lugar y no tiene que ser vivir las mismas experiencias", señaló.

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Díaz agregó que la soledad, el abandono y el desarraigo son sentimientos que pueden generar empatía desde distintas experiencias personales.

"Al final de cuentas compartimos el abandono, compartimos la soledad, compartimos el desarraigo desde diferentes lugares, pero sabemos lo que se siente y sabemos que a veces lo que se necesita es una comunidad que te acompañe y te sostenga", dijo.

La migración también transforma a quienes se quedan

La conexión de Anna Díaz con el personaje tuvo un componente personal. La actriz contó que su propia experiencia familiar le permitió acercarse a las emociones que atraviesa Lucila, particularmente por la migración de su comentó.

"Mi mamá es migrante desde hace unos siete años. Entonces, esa fue la parte más cercana", comentó.

A partir de esa experiencia, Díaz encontró una conexión con los temas del cuidado, la distancia y las dificultades para comunicarse entre quienes se van y quienes permanecen en el lugar de origen.

"No estamos tan acostumbrados a pensar en el vínculo que sostenemos con las personas que se van y con las personas que se quedan. Hay muchas conversaciones incómodas por miedo a que sean dolorosas, porque no sabemos cómo se siente el otro y también por la culpa que uno carga", dijo.

Para la actriz, uno de los mayores desafíos al interpretar a Lucila fue enfrentarse a la idealización de los lugares y a la expectativa de que cambiar de país puede resolver los problemas.

"Uno se acostumbra a pensar las cosas de la mejor manera para sobrevivir y, cuando estamos en el lugar que no queremos estar, pensamos en el otro lugar como la salvación y lo idealizamos hasta que nos vamos y nos damos cuenta de que es otra cosa", señaló.

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La misma sensación aparece al mirar hacia el país que se dejó atrás. Según Díaz, regresar también puede confrontar a una persona con una realidad distinta de la que conservaba en sus recuerdos.

"Probablemente no haya un lugar, sino que uno construye su propio lugar. Esa es la búsqueda también al final de Lucila y por eso se lleva a su hermano a todas partes, porque donde sea que esté, el lugar va a ser él", expresó.

Llevar la migración al cine desde una historia íntima

Para Diego Rabasa, uno de los principales retos de adaptar la novela de Brenda Navarro fue entender que una película no podía reproducir todos los elementos de una obra literaria y que necesitaba construir su propio lenguaje.

Rabasa conocía el trabajo de Navarro desde antes de involucrarse en la adaptación. Durante su etapa en el mundo editorial, participó en el proyecto que publicó Ceniza en la boca, así como su novela anterior, Casas vacías.

El productor se describió como un admirador de la escritura de Navarro, a la que reconoció por combinar la intimidad de sus personajes con un entorno visual rico.

"Creo que es una novela muy cinematográfica por todo el tránsito que hace el personaje, un viaje geográfico, físico y emocional muy claro. Eso es muy rico en términos dramáticos para una construcción cinematográfica", explicó.

Sin embargo, llevar la historia a la pantalla implicó tomar decisiones sobre qué elementos conservar y cuáles dejar fuera.

"El mayor reto tuvo que ver con cómo lograr que la historia tuviera, en su versión cinematográfica, todos los elementos que incluye la novela. Creo que la respuesta que encontramos fue decir: No es posible, no es posible que tenga todos los elementos que tiene la novela. Más bien, tiene que tener otros y tiene que tener su universo propio", agregó.

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Rabasa explicó que el equipo decidió concentrarse en el recorrido emocional de Lucila, en lugar de desarrollar todos los conflictos sociales y laborales que aparecen en el libro.

"Nos parecía que si esbozábamos todo ese universo desde una perspectiva más macro, íbamos a empezar a perder la posibilidad de acompañar a Lucila en el viaje emocional más íntimo que estaba estableciendo", indicó.

Por eso, la película se concentra en las decisiones y estrategias que desarrolla la protagonista para construir una vida propia, establecer relaciones afectivas y encontrar espacios de independencia.

El productor destacó que el objetivo fue mostrar a Lucila en su complejidad, sin que su condición migratoria definiera por completo su identidad.

La responsabilidad de construir sociedades más hospitalarias

Aunque la historia se desarrolla entre México y España, Rabasa considera que sus temas pueden reconocerse en distintas partes del mundo, porque la migración y el desplazamiento forman parte de la historia de las sociedades.

"La migración es el componente esencial de las sociedades tal y como las conocemos. Lo raro en la discusión alrededor de la migración son aquellas voces que pretenden fincar un relato del mundo hoy", afirmó.

Para el productor, las historias de quienes dejan su lugar de origen para buscar oportunidades en otro territorio también están atravesadas por la pérdida, el abandono, el duelo y las relaciones familiares que llevan consigo.

Más allá de la experiencia de quienes migran, Rabasa considera que la película también invita a reflexionar sobre la responsabilidad de las sociedades que reciben a esas personas.

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"La importancia de la conexión humana en la experiencia de las personas que están llegando a una sociedad y buscando establecerse y formar parte de ella", respondió al hablar sobre lo que le gustaría que reflexionaran quienes nunca han migrado.

En ese sentido, destacó el papel de la hospitalidad y la generosidad para facilitar la integración de quienes comienzan de nuevo en otro país.

"La hospitalidad y la generosidad pueden ser elementos que transformen radicalmente la experiencia de quien está llegando al lugar donde tiene que empezar de cero y que además también pueden transformar a la persona que brinde esa hospitalidad", explicó.

Rabasa concluyó que la migración no debería entenderse como una experiencia ajena para quienes no han tenido que desplazarse, pues las sociedades también están construidas por las personas que llegan y por quienes las reciben.

"Me gustaría que entendiéramos que somos parte de la ecuación, ya sea porque nos vamos, ya sea porque recibimos, ya sea porque nos vamos y ahora somos parte de los que reciben", dijo.

Para el productor, reconocer que la migración es una experiencia humana que seguirá ocurriendo también implica construir mejores condiciones para que cada persona pueda buscar su lugar en el mundo.