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Segunda oportunidad

Sin dinero, casa ni comida: los primeros tres días en libertad son clave para regresar o no a la cárcel

Las primeras 72 horas marcan cómo será la nueva vida. Dónde dormir, a quién llamar, cómo pagar el transporte, a quién pedirle un favor, son algunas de las dificultades que afrontan quienes salen de prisión. Se convierten en momentos tan difíciles que en las primeras dos semanas la posibilidad de morir es altísima, hasta 13 veces mayor que la de cualquier otra persona que no haya estado encarcelada. Estos cuatro testimonios muestran lo complicada que puede ser esta Segunda oportunidad (*).
28 Ene 2020 – 02:34 PM EST
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These four people talk about what the first 72 hours after leaving prison were like. Crédito: Layout David Maris

A Zachary Manuz le quitaron varias hernias tres días antes de salir de prisión. Apenas podía caminar. “Estaba médicamente muy vulnerable. Me sentía muy mal, realmente mal.

Salí como a las 7:30 de la mañana. Me dieron unos jeans azules, unos zapatos sin cordones y una camiseta azul celeste. Solo recibí 15 dólares. Es lo que me tocaba por haber estado en prisión más de una vez.

Si no hubiera tenido familia dentro de las primeras 72 horas, no sé cómo habría hecho. Probablemente habría recurrido a las viejas formas de supervivencia, que son las formas incorrectas”.

Un estudio del Urban Institute Justice Policy Center encontró que solo 39% de las personas liberadas son recogidas por un amigo o familiar. Las demás abandonan los centros de reclusión solos, en autobús o caminando.

Manuz es hijo de españoles, pero solo habla inglés. Ha estado en prisión tres veces, en Arizona. Entró a los 18 años y para el momento de la entrevista, en octubre de 2019, tenía 28. Como ocurre con 11% de la población carcelaria que necesita tratamiento por abuso de sustancias, no llegó a recibir ningún tratamiento mientras cumplía sus sentencias. La segunda vez fue liberado directamente desde la celda de confinamiento solitario, sin transición. Fue arrestado seis meses después.

Las primeras 72 horas son cruciales en el éxito de la reinserción. Cada hora que pasa implica tomar decisiones exigentes y buscar soluciones a situaciones vitales: encontrar qué comer, cómo transportarse, dónde dormir, comprender la nueva tecnología, cumplir con las reglas de la libertad condicional o sobrellevar los problemas de adicción o salud mental.

A un mes de su tercera salida, Manuz cuenta con palabras pausadas, cómo fueron sus primeros tres días en libertad.

“Dentro de las primeras 24 horas, tienes que ir a ver a tu oficial de libertad condicional. Mi novia me recogió en la prisión y fui directamente para allá. Luego fui a buscar los cupones de alimentos. Me aprobaron unos 190 dólares en cupones.

Me asignaron un administrador de casos y luego fijaron las fechas de mis clases que eran más tarde esa semana. Son clases de costura, salud mental, y principalmente sobre abuso de sustancias.

Si no tuviera familia, estoy seguro de que el tercer día también habría sido duro. Todos los días habrían sido mucho peores.

Tuve mucho tiempo en prisión. Siento que la gente me está juzgando de inmediato. Me siento muy antisocial. Tengo mucha ansiedad. No me gusta estar en lugares públicos. Me siento institucionalizado. Es muy difícil funcionar en la sociedad después de pasar la mayor parte de tu vida adulta en prisión.

Las veces anteriores reincidí porque tuve problemas que nunca se abordaron. Tuve problemas de drogas y de salud mental que nunca fueron abordados. Nunca me dieron rehabilitación. Durante mi última sentencia fue la única vez que experimenté unas clases que fueron poderosas y transformadoras. Eran clases de la Universidad de Arizona (ASU) con el profesor Kevin Wright. Esas fueron las únicas clases que alguna vez abordaron mis viejas formas de pensar con otra forma más nueva y mejor. Y me demostraron que era capaz y lo suficientemente inteligente como para sacar buenas calificaciones en una clase universitaria. Nunca pensé que podría pensar de otra manera. Allí me mostraron que mi opinión importa y mi experiencia importa”.

Un cheque de 10 dólares que no puedes cobrar

Kelly E. Orians, codirectora de la organización The First 72+ en New Orleans explica por qué las primeras 72 horas son cruciales en la experiencia de reingreso a la sociedad. “En Louisiana, las personas salen de la cárcel con un cheque de 10 dólares, un boleto de autobús y la ropa que llevan puesta. Para cobrar ese cheque, necesitan una tarjeta de identificación estatal que cuesta 18 dólares. En Louisiana puedes volver a ser encarcelado si no cuentas con una identificación adecuada, por lo que sales de la prisión vulnerable de ser arrestado nuevamente.

En un nivel humano básico, dentro de esos primeros tres días necesitarás comer algo, usar el baño, conseguir algo de ropa y encontrar un lugar para dormir; y recuerda que todo lo que tienes es un cheque de 10 dólares que no puedes cobrar. Las personas desesperadas hacen cosas desesperadas, y cuando liberamos a las personas de la prisión sin dinero, sin lugar para dormir y sin lugar para trabajar, no podemos sorprendernos cuando recurren a actividades ilegales para abrirse camino”.

Un estudio publicado por The New England Journal of Medicine en el que evaluaron el riesgo de morir de las personas liberadas de las prisiones estatales de Washington entre julio de 1999 y diciembre de 2003, encontró que la probabilidad de morir es 13 veces mayor en las dos primeras semanas que para otras personas con las mismas características en el mismo estado.

Las causas de muerte más comunes fueron sobredosis, enfermedades cardiovasculares, homicidio y suicidio. El estudio sugiere que el período de abstinencia durante el encarcelamiento puede llevar a una disminución de la tolerancia fisiológica a las drogas, aumentando el riesgo de sobredosis.

La dificultad de lograr una vivienda estable pasa por contar con fondos suficientes para un depósito, así como encontrar propiedades que acepten inquilinos con antecedentes penales y poco historial crediticio. Mantener las conexiones familiares es difícil desde la prisión. La falta de vivienda, la ausencia de apoyo familiar o económico son una fórmula para la indigencia. Lo confirman las estadísticas: según Prison Policy Initiative los que han estado presos tienen 10 veces más probabilidad de quedar en la indigencia. En Nueva York y Filadelfia de 4 al 11 por ciento de las personas liberadas han vivido en refugios para personas sin hogar en algún momento en los dos años posteriores a la salida de prisión.

Orians explica que en The First 72+ proporcionan vivienda de transición gratuita. También ofrecen ayuda en la superación de las barreras que les impiden obtener un empleo estable o construir un historial de crédito. Afirma que han apoyado a más de 800 personas desde 2014 y han alojado a 76 en sus viviendas de transición.

Jim Vogelzang fundador de la organización Doing His Time, que ofrece en Colorado un programa de asistencia para las primeras 72 Horas ( 72-Hour Fund), explica que “muchas veces las personas son liberadas de la prisión a mediados del invierno con ropas de verano, sin dinero, y llevadas a una parada de autobús. Ellos necesitan comer y dormir. Ahí es cuando son más vulnerables. Si están desesperados, en esos primeros tres días es más probable que vuelvan a sus viejos hábitos, ya sea robo, venta de drogas o lo que sea”.

Esta organización proporciona artículos de higiene personal, ropa, boletos de autobús y asistencia en la gestión de una identificación del estado. Aseguran que de las casi 10,000 personas que atendieron entre 2013 y 2017, menos de 12% ha reincidido, porcentaje muy por debajo del 50% de reincidencia que existe en el estado.

La base del trabajo, afirma Vogelzang, es que fundamentados en la fe cristiana no juzgan a nadie. “Cualquiera que entre por la puerta recibe ayuda, sin importar nacionalidad, género u orientación sexual. Los aceptamos. Les damos artículos para que puedan sentirse humanos y la posibilidad de volver una vez al mes durante seis meses. Pueden construir un guardarropa para tener esperanza. Sienten un poco de amor”.

Otro programa en California, The Ride Home Program –que surge de la alianza entre Three Strikes Project y Anti-Recidivism Coalition–, transporta a personas recién liberadas a residencias de rehabilitación.

Existen organizaciones sin fines de lucro en todo el país que ofrecen apoyo para el reingreso de personas que estuvieron en prisión. United Way 211 cuenta con información sobre servicios de primera necesidad en todos los estados, con posibilidad de traducción a más de 300 idiomas.

¿Cómo se viven esas primeras 72 horas? ¿Qué dificultades se encuentran? Otras tres personas comparten cómo se sintieron al salir en libertad después de haber estado ocho meses o 23 años encerrados.

“Era la primera vez que los veía en 23 años y medio”

Patricia Vildosola tiene raíces españolas y mexicanas. Pasó 23 años y medio en prisión. Salió en junio de 2019. Vive en Los Ángeles, California, en una casa de transición, donde recibe clases de diferentes programas. Trabaja tiempo parcial en las tiendas de ropa de segunda mano de Goodwill.

“Me dejaron en libertad el 4 de junio. Entré al estacionamiento y vi a mi madre, a mi sobrina y a mi cuñado. Fue realmente abrumador. Era la primera vez que los veía en 23 años y medio. Cuando estaba encarcelada tuve algo de contacto con mi familia, pero nunca contacto físico. Todo era por teléfono.

A pesar de que los conocía, fue desgarrador para mí. Yo trataba de no llorar, pero aún así me encontré llorando. Fue un momento muy emotivo el de abrazar mi libertad.

Mi madre me dio un teléfono celular y yo lo miré. No sabía dónde encenderlo. Cada vez que miraba a mi madre, las lágrimas comenzaban a bajar por mis ojos solo por ver cuántos años habían pasado. Esa no era la misma madre que dejé atrás. En ese momento fue cuando me di cuenta de que me había ido por todos esos años. Era desgarrador para mí.

Mi mamá hizo la cena. Le dije que quería comer macarrones con queso caseros.

Hubo momentos en los que sentí que nunca había salido de casa, que entraba en mi vida de siempre. La única diferencia era que todos eran mayores. Despertar por la mañana y poder ducharme en una ducha normal y no escuchar a los guardias ni a las otras reclusas.

Mi cuñado me llevó de compras. Creo que fue a un Walmart. Yo estaba como perdida. No sabía lo que necesitaba o lo que quería. Todos esos esmaltes de uñas, todas estas pestañas.

Luego entré a una casa de reingreso llamada A New Way of Life. Tenía que quedarme 30 días con el personal de la vivienda. Me llevaron a sacar mi certificado de nacimiento y mi identificación. Me ayudaron a buscar el médico y me enseñaron a usar el teléfono.

Es difícil conseguir un buen trabajo. Gano por debajo del salario mínimo. Ahora estoy trabajando para Goodwill. Todavía estoy haciendo un entrenamiento. Solo he trabajado a tiempo parcial. También recibo unas clases cuatro días a la semana.

Cuando fui a prisión, mis hijos fueron adoptados. Debido a todos los años de separación, apenas estamos tratando de reconstruir esa relación. Ha sido a un ritmo muy lento.

Me tomó 23 años y medio encontrarme. Llegué a un lugar en mi vida donde estaba en paz conmigo misma. Antes no había forma de que pudiera darme algo bueno porque no podría darme nada bueno si ni siquiera me amaba. Ahora encuentro mis metas establecidas en mi vida, y me digo a mí misma, ya sabes, no todo fueron años perdidos. Fui a la escuela, fui a consejería sobre drogas y alcohol y obtuve un título de dos años, un título de AA. Hice algunas clases para ser asistente legal. Ahora digo que no importa qué desafío se me presente, pues habrá muchos desafíos que serán buenos”.

“Te sientes solo y perdido”

Arlica Hernández tiene 37 años. Su mamá es de Monterrey y su papá de Chihuahua, en México. Ha estado en prisión dos veces. La primera vez por cuatro años, en 2001. La segunda vez en 2018, por ocho meses. El día que hablamos con ella estaba cumpliendo un año de haber salido. Vive en Peoria, Arizona, donde tiene su propio negocio: una exitosa peluquería en la que atiende, según nos cuenta, entre 1,500 y 3,000 personas por mes, incluyendo a gente que sale de prisión y oficiales de los correccionales. Cuenta cómo fueron las primeras 72 horas, después de que salió de prisión la segunda vez, el 31 de octubre de 2018.

“Cuando sales, te sientes raro. Te sientes diferente, perdido. Te sientes solo. Incluso si tienes a tu madre allí, incluso si tienes a tu familia allí, o si tienes a alguien pensando en ti, igual te sientes solo y perdido. Estás en este gran mundo que tienes que resolver. Da miedo.

La cosa número uno que deberías sentir, es que a pesar de lo que hayas hecho, a quién hayas lastimado o a quién le hayas mentido, en el momento en que sales de esas puertas, ya cumpliste. Ya has sido castigado y has pagado por lo que hiciste mal.

Tienes ansiedad. Es un sentimiento muy duro, duro. No eres la misma persona. La prisión es uno de los peores lugares que visitarás en tu vida. Tú no deseas que nadie visite la prisión. Es inhumano, vergonzoso. Así que cuando sales por la puerta tienes una sensación de libertad, una sensación de que ‘bueno, ahora es tiempo de que yo recupere todo lo que he perdido’. Porque pierdes tiempo, pierdes muchas cosas yendo a prisión. Cuando sales, simplemente te sientes abrumado. Es como, ¡Wow! ¡Tengo un nuevo comienzo!, pero ese nuevo comienzo puede ser demasiado. Especialmente si no sabes cómo asumirlo. Creo que es por eso que tantos reinciden, porque están abrumados. Es que la vida es realmente grande. Solo debes tener personas que crean en ti para mantener tu mentalidad fresca, clara y limpia.

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La primera vez que salí, mi mamá me trajo algo de ropa, algo elástico para que pudiera encajar. Cuando sales de la prisión no sabes realmente de qué tamaño eres. El primer lugar al que quería ir era a la casa de mi madre y necesitaba algo de la nevera.

Me bañé. Eso fue lo primero. Quería limpiarme de toda la prisión, del olor. Quería limpiarlo todo y dejarlo caer por el desagüe. No quería ir a ningún lado. Solo quería estar en la habitación. No quería hacer nada mientras pudiera estar sola en la habitación.

Creo que la prisión para mí fue un momento para sentarme y reflexionar dónde quería estar, qué mensaje quiero enviar en mi vida. Creo que la prisión es como un hospital para Dios. El te está sentando y te dice: “Mira, tienes múltiples oportunidades. Espera, necesitas bajar la velocidad. Necesitas pensar en lo que estás haciendo. Necesitas tomarte este tiempo para reflexionar. Yo siento que la prisión es el hospital de Dios para aquellos que quieren recuperarse. Y para aquellos que no, bueno, siguen reincidiendo. Tienes que querer curarte, seguir adelante”.

“Se sentía realmente bien estar en una cama de verdad”

Hijo de mexicanos, Manuel Ruiz pasó 21 años en prisión. Salió hace siete años. Ahora tiene 46 años y vive en Los Ángeles. Pasó año y medio en programas de transición y todavía participa en InsideCircle, donde es presidente de la junta directiva. Tiene trabajo estable, se casó hace un año y es padrastro de cinco niños. Recuerda con claridad sus primeras 72 horas:

“Cuando salí de la prisión no traje nada conmigo. Lo que tenía de ropa, de zapatos o de valor, se lo dejé a los muchachos allá. La prisión me dio una donación de pantalones cortos y camiseta. Me veía como un vagabundo pero no me importó porque mi madre vino a recogerme con mi sobrino. Tan pronto como salí por la puerta, tenían ropa para mí.

Salí alrededor de las 10 de la mañana, un día de semana. Me llevaron en un autobús a la puerta. Estábamos súper felices. Nos detuvimos para comer algo en Denny's y en un centro comercial para buscar unos zapatos.

Tuvimos una buena cena. Recuerdo que quería una comida casera. Y hablamos de nuestra historia. Mi tía, mi tío, mis padres y mis hermanos estaban allí. Luego, cuando me fui a la cama, dormí con el perro de mi hermano. Simplemente, se sentía realmente bien estar en una cama de verdad.

Al día siguiente fui a la oficina de libertad condicional, a averiguar quién era mi oficial de libertad condicional y ver cuáles eran todas mis condiciones, con quién puedo pasar el rato, qué puedo hacer. Luego fui a una casa de transición Walden House HealthRight 360. Ingresé al programa, donde pasé los siguientes seis meses. Creo que al otro día fui a buscar mi identificación.

Si no hubiera tenido a mi familia hubiera sido mucho más difícil obtener mi identificación. Ellos me ayudaron en esos primeros pasos. Es crucial obtener la documentación. Es volver a la sociedad como persona”.


Este trabajo forma parte del proyecto 'Segunda oportunidad', gracias a la Chan Zuckerberg Initiative.
Coordinación: Tamoa Calzadilla y Olivia Liendo.
Asistencia en la investigación y producción: Ana María Carrano, Alexandra Barrera, Albany Urbaez Tahuil y Carolina Rosas.
Fotografía y composiciones fotográficas: David Maris.
Producción general: Emilce Elgarresta y Stephen P. Keppel.
Redes sociales: María Carolina Hurtado, María Dayana Patiño y Liliana Castaño.


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