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La adicción crea un deseo que a menudo es más fuerte de lo que cualquier persona podría superar por su cuenta.

Esta es la verdadera razón por la que algunas personas se vuelven adictas a las drogas

Esta es la verdadera razón por la que algunas personas se vuelven adictas a las drogas

Un científico que ha analizado el funcionamiento del cerebro durante años explica que la adicción tiene un importante componente biológico y genético. A diferencia de lo que muchos creen, no se trata de una debilidad moral, sino de una enfermedad.

La adicción crea un deseo que a menudo es más fuerte de lo que cualquier...
La adicción crea un deseo que a menudo es más fuerte de lo que cualquier persona podría superar por su cuenta.

¿Por qué lo hacen? Esta es una pregunta que a menudo se hacen amigos y familias de aquellos que son adictos. Es difícil explicar cómo se desarrolla en el tiempo la adicción a las drogas. Muchos creen que se trata simplemente de la constante búsqueda del placer. Pero el placer derivado de los opioides como la heroína, o los estimulantes como la cocaína, disminuye con el uso repetido. Además, algunas drogas adictivas, como la nicotina, no producen ninguna euforia notable en los usuarios habituales.

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Entonces, ¿qué explica la persistencia de la adicción? Como investigador de las adicciones durante los últimos 15 años, he estudiado el cerebro para tratar de entender cómo el uso recreativo se vuelve compulsivo, lo que hace que personas como tú y yo tomen malas decisiones.

Mitos sobre la adicción


Hay dos explicaciones populares para la adicción, ninguna de las cuales se sostiene luego de un análisis profundo. La primera es que usar drogas compulsivamente es un mal hábito, uno en el que los adictos solo necesitan 'darse un toque'.

Sin embargo, para el cerebro, un hábito no es más que nuestra capacidad para llevar a cabo tareas repetitivas –como atar los cordones de los zapatos o cepillarse los dientes– de manera más y más eficiente. Las personas no suelen quedar atrapadas en un ciclo interminable y compulsivo de atarse los cordones de los zapatos.

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Otra teoría afirma que superar la abstinencia es demasiado difícil para muchos adictos. La abstinencia, esa sensación muy desagradable que ocurre cuando la droga sale de tu cuerpo, puede incluir sudores, escalofríos, ansiedad y palpitaciones del corazón. Para ciertas drogas, como el alcohol, la abstinencia está acompañada, incluso, de un riesgo de muerte si no se maneja adecuadamente.

Los síntomas dolorosos de la abstinencia se citan con frecuencia como la razón por la cual la adicción parece inevitable. Sin embargo, incluso con la heroína, los síntomas de abstinencia generalmente desaparecen después de aproximadamente dos semanas. Además, muchos medicamentos adictivos producen síntomas de abstinencia variables y, a veces, leves.

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Esto no quiere decir que el placer, los hábitos o la abstinencia no estén involucrados en la adicción. Pero debemos preguntarnos si estos son componentes necesarios de la adicción, o si la adicción persistiría incluso en la ausencia de ellos.

Placer versus deseo

En 1980 los investigadores realizaron un sorprendente descubrimiento: la comida, el sexo y las drogas parecían causar la liberación de dopamina en ciertas áreas del cerebro, como el núcleo accumbens.

Esto sugirió a muchos en la comunidad científica que estas áreas eran centros de placer del cerebro y que la dopamina era nuestro propio neurotransmisor de placer interno. Sin embargo, esta idea ha sido desacreditada desde entonces. El cerebro tiene centros de placer, pero no son modulados por la dopamina.

Entonces, ¿qué está pasando? Resulta que en el cerebro «gustar» y «querer» son dos experiencias psicológicas separadas. «Gustar» se refiere al deleite espontáneo que uno puede experimentar al comer una galleta de chocolate. «Querer» es ese deseo vibrante que sentimos cuando miramos el plato de galletas en la mesa durante una reunión.

La dopamina es responsable de «querer», no de «gustar». Por ejemplo, en un estudio, los investigadores observaron a ratas que no podían producir dopamina en sus cerebros. Estas ratas perdieron el impulso de comer, pero aún tenían reacciones faciales placenteras cuando se les colocó comida en la boca.

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Todas las drogas adictivas desencadenan una oleada de dopamina –una oleada de «querer»– en el cerebro. Esto nos hace desear más drogas. Con el consumo repetido de drogas, el «querer» crece, mientras que nuestro «gusto» por la droga parece estancarse o incluso disminuir, un fenómeno conocido como tolerancia.

En mi propia investigación, observamos una pequeña subregión de la amígdala, una estructura cerebral en forma de almendra mejor conocida por su papel en el miedo y la emoción. Descubrimos que activar esta área hace que las ratas tengan más probabilidades de mostrar conductas adictivas: concentrando más su foco, aumentando rápidamente su consumo de cocaína e incluso mordisqueando compulsivamente un dispensador de cocaína. Esta subregión puede estar involucrada en el «querer» excesivo, también en los humanos, influyendo en nosotros para tomar decisiones riesgosas.

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Adictos involuntarios

La reciente epidemia de opiáceos ha producido lo que podríamos llamar adictos «involuntarios». Los opiáceos –como la oxicodona, el percocet, la vicodina o el fentanilo– son muy efectivos para controlar el dolor que de otro modo sería intratable. Sin embargo, también producen oleadas de liberación de dopamina.

La mayoría de las personas comienzan a tomar opiáceos recetados, no por placer, sino por la necesidad de controlar su dolor, a menudo por recomendación de un médico. Cualquier placer que puedan experimentar está relacionado con el alivio del dolor.

Sin embargo, con el tiempo los usuarios tienden a desarrollar tolerancia: el medicamento se vuelve cada vez menos efectivo y necesitan dosis mayores para controlar el dolor. Esto expone a estas personas a grandes oleadas de dopamina en el cerebro. A medida que el dolor disminuye, se encuentran inexplicablemente enganchados a una droga y se ven obligados a tomar más.

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El resultado de esta ingesta regular de grandes cantidades de drogas es un sistema hiperreactivo «que quiere». Un sistema sensibilizado «que quiere» desencadena intensos episodios de antojos cada vez que se presenta la droga o se expone a señales de la droga. Estas señales pueden incluir desde los implementos relacionados con las drogas, emociones negativas como el estrés o incluso personas y lugares específicos. Las señales de la droga son uno de los desafíos más grandes de un adicto.

Estos cambios en el cerebro pueden ser duraderos, si no permanentes. Algunas personas parecen tener más probabilidades de sufrirlos. La investigación sugiere que los factores genéticos pueden predisponer a ciertos individuos, lo que explica por qué un historial familiar de adicción conduce a un mayor riesgo. Los factores estresantes de la vida temprana, como la adversidad infantil o el abuso físico, también parecen poner a las personas en mayor vulnerabilidad.

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Adicción y elección

Muchos de nosotros solemos consumir drogas adictivas, como el alcohol o la nicotina. De vez en cuando, podemos excedernos. Pero en la mayoría de los casos, esto no califica como adicción. Esto es, en parte, porque logramos recuperar el equilibrio y elegir recompensas alternativas como pasar tiempo con la familia o pasatiempos agradables, sin drogas.

Sin embargo, para aquellos susceptibles al «querer» excesivo, puede ser difícil mantener ese equilibrio. Una vez que los investigadores descubran qué hace que un individuo sea susceptible de desarrollar un sistema hiperreactivo «que quiere» , podemos ayudar a los médicos a administrar mejor el riesgo de exponer a un paciente a fármacos con un potencial adictivo tan potente.

Mientras tanto, muchos de nosotros debemos replantearnos cómo pensamos sobre la adicción. Nuestra falta de comprensión de lo que predice el riesgo de adicción significa que podría afectarnos con la misma facilidada usted o a mí. En muchos casos, los individuos que sufren de adicción no carecen de la fuerza de voluntad para dejar las drogas. Ellos conocen y ven el dolor y el sufrimiento que crean a su alrededor. La adicción simplemente crea un deseo que a menudo es más fuerte de lo que cualquier persona podría superar por su cuenta.

Es por eso que las personas que luchan contra la adicción merecen nuestro apoyo y compasión, en lugar de la desconfianza y la exclusión que nuestra sociedad –con demasiada frecuencia– proporciona.

*Mike Robinson es profesor asistente de Psicología en la Universidad de Wesleyan

The Conversation
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