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CityLab Vida Urbana

Los granjeros urbanos han revitalizado Detroit, pero todavía deben luchar contra la burocracia

Frutas y verduras florecen en los lotes vacíos de la ciudad, pero estos agricultores suelen tener problemas legales para mejorar y ampliar sus cultivos.
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22 Sep 2016 – 3:08 PM EDT

DETROIT, Michigan.—En una tarde soleada de verano, un camión de helados se encuentra estacionado cerca de la intersección de las calles Woodrow Wilson y West Euclid en Detroit. Está delante de dos casas abandonadas que han sido clausuradas con tablas de madera. Las casas tienen los patios medio hundidos y delante de ellos el pasto te llega casi hasta las rodillas. Sus puertas llevan letreros diciendo que están en el proceso de ejecución hipotecaria y el traslado inminente al Banco de Tierras de Detroit. Se oye el tintineo del camión a lo largo de la cuadra junto con el de unos carrillones. Cerca, un hombre maneja un tractor cortacésped en círculos por un lote vacante. Otro va dándoles martillazos a clavos en sus escaleras delanteras que están cubiertas de césped artificial.

Alyssa Trimmer ajusta un rociador fijado en la parte lateral de su casa. Va rociando hileras de repollos y tomates en macetas elevadas. Las casas que antes quedaban a cada lado de la casa de Trimmer fueron desmanteladas mucho antes de que ella y su pareja Matt Steiner llegaran aquí desde Pittsburgh, hace cuatro años.

La casa que compraron por 15,000 dólares en 2012 —ahora convertida en granja y hostal que lleva el nombre de The Detroit Homestead — es vecina de cuatro lotes vacíos. Uno de los lotes fue incluido con la casa cuando la compraron. En otro lote no se habían pagado los impuestos desde hace más de una década y el dueño vivía en Ámsterdam. En cuanto la ciudad realizó una ejecución hipotecaria sobre ella, Trimmer la compró en una subasta por un poco más de 1,000 dólares. Si hubiera esperado hasta que la propiedad hubiera revertido al Banco de Tierras de Detroit —la autoridad pública con la responsabilidad de amalgamar y deshacerse de los lotes vacantes o arruinados—, quizás Trimmer hubiera pagado menos. Ella se la jugó con la compra en subasta, pero dice que decidió optar por la seguridad de ser propietaria sin importar el costo. “Fue al final del verano, por lo que pudimos juntar lo que necesitábamos”, explica.

En Pittsburgh había incluso menos espacio para poner raíces. En su último departamento, Trimmer “ni siquiera tenía una escalera de incendio”, dice. Dentro del departamento, Trimmer construyó un jardín hidropónico de hierbas para cultivar albahaca y estragón. Pero como había participado en programas 4-H (una organización para jóvenes que enfatiza la agricultura, entre otras actividades) criando conejos y puercos desde niña, quería más.

Trimmer es arqueóloga y Steiner tuvo una variedad ecléctica de diferentes trabajos, entre ellos mecánico de bicicletas y conductor de bicitaxis. “Mucha de nuestra vida en Pittsburgh consistió en nosotros trabajando como mulas para apenas ganarnos el pan de cada día”, dice Trimmer. Mientras que Steiner arranca malas hierbas de las macetas, me dice que se mudó casi 20 veces a lo largo de una década en Pittsburgh, tratando de huirles a alquileres en constante aumento. “No podíamos darnos el lujo de NO mudarnos a Detroit”, dice Trimmer, ya que aquí el costo de vida es más bajo.

Durante su primer año en Detroit le metieron pala a la hierba para aflojar la tierra compactada. Entonces, a lo largo del tiempo la tierra se volvió lo suficientemente saludable para cultivar frijoles, melones y calabazas de invierno. Ahora su hostal —la inversión inicial que hicieron en la tierra— es su sustento. Trimmer ha establecido un terreno donde cultiva verduras y ha puesto panales de abejas a lo largo del resto de las parcelas, pero, hablando estrictamente, está utilizando estos otros lotes ilegalmente hasta que logre comprarlos de la ciudad. La incertidumbre le da miedo. Si la compra no se da, su trabajo “podría deshacerse completamente”, me recuerda.

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Los granjeros urbanos como Trimmer son una fuerza creciente en Detroit. Se calcula que hay unos 1,400 de ellos y que cultivan alrededor de 400,000 libras de hortalizas frescas en el área metropolitana cada año.

En Detroit no escasea la tierra, pero acceder a ella puede ser difícil para muchos granjeros, quienes están preocupados de que la ola de promoción inmobiliaria los está dejando atrás. El Banco de Tierras de Detroit tiene unas 95,387 parcelas de propiedad a la venta. Sin embargo, docenas de granjeros describen que han estado luchando por ser propietarios de tierra sin éxito. A media que la ciudad se pone a repartir recursos y revitalizar vecindarios arruinados, la pregunta es: ¿por qué les está tomando tanto tiempo a los granjeros urbanos a acceder tierra? ¿Y pueden los mosaicos de jardines comunitarios y fincas prosperar entre proyectos inmobiliarios más grandes?

Hambrientos por tierra

Trimmer dice que llama al Banco de Tierras con frecuencia para averiguar el estatus de los lotes que quedan al lado de su casa y para volver a expresar su interés. También asiste a reuniones de la cuadra para hablar directamente con las autoridades de la ciudad.

“Eso debe de ser suficiente… bueno, por lo menos espero que así sea”, dice. “No es una garantía. Siempre existe la posibilidad de que no salga bien”. A Trimmer le preocupa que otra persona pudiera abalanzarse y llevarse la tierra que ella ha estado cultivando y que tendría pocos recursos legales si lo hicieran.

Según expresan los granjeros, una de las barreras al acceso es una falta de transparencia en cuanto al proceso de adquisición de tierra. En 2012 el Detroit Food Policy Council —el Consejo de Política Alimenticia, un comité consultivo interinstitucional— organizó una sesión para escuchar la opinión pública en un banco alimenticio local. Asistieron más de 200 residentes y muchos estuvieron buscando transparencia en cuanto a las ventas de tierra pública. Basándose en comentarios escritos y públicos, el consejo preparó un reporte que recomendó que la ciudad hiciera que el proceso fuera más transparente, que facilitara una combinación de proyectos (grandes, pequeños y corporativos) y que se les diera prioridad a los compradores que quieren comprar tierra en los vecindarios en que viven.

En un discurso en la sesión para escuchar la opinión pública, Dan Carmody —CEO de Eastern Market, un mercado de agricultores sin fines de lucro— indicó que una parte del embotellamiento administrativo es endémico de un sistema que envía registros en papel a varias agencias para luego ingresarlas a una sola base de datos. “Algunos de estos títulos (…) están tan complicados y enrevesados y enredados, que podría tomar un equipo de abogados unas décadas para desenredar [la propiedad] de una sola parcela”, dijo. “[El dueño podría ser] el segundo primo del tercer sobrino allá en Kentucky que vino [a Detroit] y regresó y ahora está en el norte del estado de Nueva York”.



Cuatro años después, algunos de los residentes siguen sintiendo que están excluidos del proceso. Rastrear los registros de propiedad de tierra sigue siendo difícil tanto para el Banco de Tierras como para los residentes de la ciudad. Antes de que la ciudad entrara en bancarrota, muchas organizaciones entregaron solicitudes para comprar lotes y nunca recibieron respuesta. “La ciudad tenía unos asuntos apremiantes en que estaba trabajando, probablemente. No es difícil determinar que fue una época interesante en Detroit”, dice Craig Fahle, director de asuntos públicos en el Banco de Tierras de Detroit. “Hemos estado examinando bastante de ese tipo de cosas”.

Hace dos años, Brittany Bradd —activista en el vecindario Brightmoor, en Detroit— compró un acre de tierra que planeaba cultivar. Desde entonces ha estado tratando de comprar una propiedad adicional que permanece en limbo. “Algunos lotes sólo son papeleo en cajas”, dice. Otro granjero me explicó que planea visitar al Banco de Tierras en persona: se quiere ir con un recibo en la mano.

Aunque algunos granjeros atribuyen los atrasos a los errores burocráticos, otros los ven como pruebas de que la ciudad está favoreciendo algunos tipos de uso de tierra —y dueños— sobre otros. Ventas notorias de tramos grandes de tierra han resultado ser polémicas, particularmente el proyecto Hantz Woodlands en que 2,000 parcelas se vendieron a un inversionista financiero por 8 centavos por pie cuadrado. El proyecto Hantz apenas fue aprobado por el concejo de la ciudad, el cual tiene que aprobar cualquier compra que excede 10 parcelas. Pero la venta incitó a activistas que pensaron que el promotor se salió con la suya. A medida que la ciudad sigue buscando proyectos grandes de promoción inmobiliaria, algunos residentes se preocupan que se está abriendo a los especuladores y a los absentistas. “Existen un conjunto de reglas para los promotores inmobiliarios, en que más o menos hacen lo que quieren”, dice Greg Willerer, quien administra una finca en el barrio de North Corktown.

En contraste, los granjeros ya están invirtiendo en la tierra y deben ser premiados por agregar patrimonio y ojos que observan, dice Willerer. “Somos muy vigilantes. Estamos aquí afuera trabajando todo el tiempo; nadie se va a meter a esa casa porque estoy allí”, dice. “Estamos aquí vigilando todo el día mientras que trabajamos y eso produce un vecindario más seguro y mejor”.

Investigaciones anteriores —sintetizadas en una reseña de los artículos escritos sobre el tema que fue realizada por el Centro Johns Hopkins para un Futuro Habitable— notaron un vínculo entre los jardines comunitarios y fincas y valores de propiedad incrementados dentro de un radio de 1,000 pies. La relación es particularmente pronunciada es las áreas pobres, según encontraron los investigadores. Además, hay bastante tierra para todos, observa Willerer. “No es como si estuviéramos reprimiendo u obstaculizando el desarrollo”, dice. “En esta ciudad hay más que suficiente tierra para que todos [construyan] cosas: pistas para go-karts, zoológicos interactivos, centros comerciales”.


Un jardín en el distrito Cass Corridor fue desmantelado en 2011 después de que un negocio vecino compró el terreno —que pertenecía a la ciudad— que los agricultores habían cultivado. Se desenterraron a algunas plantas y se sacaron de allí, ya que el terreno fue destinado para ser un estacionamiento cercado. Al expandirse, el negocio vecino —una guardería para perros— generaría impuestos sobre nóminas adicionales para la ciudad. “Seríamos irresponsables si rechazáramos ingresos”, dijo Saunteel Jenkins —presidente del comité planeador— en una entrevista con Crain’s Detroit Business en aquel tiempo. “La realidad es que esta ciudad no se puede recuperar si no encontramos una manera de generar impuestos y los negocios pequeños son los que ayudan a una ciudad a prosperar”.

Hoy día las autoridades de la ciudad describen una relación menos antagónica con los granjeros urbanos de Detroit. “Reconocemos que la seguridad de tierra es una necesidad tanto para los jardines comunitarios como para la gente que se están ganando la vida de la agricultura urbana”, dice Erin Kelly, la arquitecta principal de Paisaje en la Oficina de Planeación y Desarrollo de la ciudad. Kelly dice que para los granjeros, los costos de inaugurar sus huertos están irrevocablemente invertidas en la tierra como tal y trasladarse a un nuevo predio puede ser sumamente complicado.

Fahle reconoce que la distribución de tierra no está sucediendo tan rápido como quisieran los residentes. Atribuye este ritmo a una abundancia de cautela y a un deseo de alinear con la visión a largo plazo del departamento de planeación y desarrollo. “Queremos asegurar de que estemos haciendo esto bien”, dice. “Estamos creando cordura de lo que era locura”.

Mientras tanto, el Banco de Tierras se está deshaciendo de algunas parcelas mediante el programa Side Lot (Lote Adyacente), en que los propietarios que estén al día con sus impuestos de propiedad puedan comprar tierra que quede inmediatamente adyacente a sus casas. Según dicen Fahle, cuando se demuele una casa, el Banco de Tierras les envía una postal a vecinos, quienes entonces pueden pedir una escritura de la propiedad. “Cualquiera que tenga el derecho a comprar un lote adyacente, queremos que lo consiga”, dice Fahle. A partir de julio 2016, Detroit había demolido a más de 10,000 casas con el fin de remover deterioro urbano y el Banco de Tierras había llevado a cabo muchas ferias de lotes adyacentes en toda la ciudad. Esencialmente, el Banco establece oficinas provisionales de campo con un par de laptops e impresoras y compradores potenciales se registran con el tesorero del condado y se van con una escritura. “Un tipo había estado tratando de comprar su lote de la ciudad durante 4 años. Con nosotros le tomó 40 minutos”, dice Fahle. Esos lotes se venden por 100 dólares. Para finales de verano, Fahle espera haber vendido 5,000.

Mark Covington —quien administra la cooperativa comunitaria Georgia Street Community Collective— dice que sus vecinos no se molestan con sus puercos, chivos y pollos. (Jessica Leigh Hester/CityLab)

“Una nueva tipología de vecindarios”

Los activistas y las autoridades están de acuerdo en que la agricultura existente no necesariamente pone en peligro a la planificación a largo plazo. Sin embargo, algunos abogan por el cambio dramático. Están tratando de conseguir políticas tangibles que vuelven a priorizar frutas y verduras frescas y redistribuir el papel que la agricultura pueda representar en una ciudad estadounidense moderna.

Por un lado, existe un deseo antiguo de demarcar entre esferas urbanas y rurales, dice Malik Yakini —cofundador del Detroit Black Community Food Security Network—, la cual administra D-Town Farm. Muchas personas están de acuerdo con la idea de que la “vida urbana es mejor que la vida rural, que la agricultura es trabajo de clases bajas y que no es algo deseable”, dice Yakini. Al participar en un panel sobre la soberanía alimenticia en el Congress for the New Urbanism (Congreso para el Nuevo Urbanismo) en Detroit este verano, Ashley Atkinson —directora del grupo defensor Keep Growing Detroit— lamentó este estigma, diciendo “Aún creemos que la agricultura es para la gente estúpida a la que no se les ocurre otra cosa para hacer”.

Sin embargo, Detroit está experimentando cada vez más con la idea de que áreas urbanas pueden verse más estereotípicamente rurales. Se han dado momentos de acuerdo entre granjeros y la ciudad. El plan Detroit Future City (Detroit, Ciudad del Futuro) es un marco colosal de planificación urbana que se propuso en 2012. Este plan propuso que se reserve alguna tierra para la agricultura, la infraestructura verde y la remediación ambiental. Una ley de agricultura que fue aprobada en 2013 promulgó algunas protecciones para granjeros urbanos y se les permitió organizar mercados en los bordillos de las aceras (banquetas) cerca de sus granjas.

Las organizaciones como el Detroit Food Policy Council (Concejo de Política Alimenticia de Detroit) han sido fundamentales en conectar a granjeros con autoridades de la ciudad. “Se escucharon nuestras voces y [la ciudad] llegó a entender que la agricultura urbana no fue algo que atraía ratas, no era un desastre, que la gente no estaba botando neumáticos aquí… realmente estaban cultivado la tierra”, dice Myrtle Curtis, quien administra la granja Feedom Freedom. Según dice Curtis, los permisos otorgados para usar grifos para fines de irrigación son el resultado de años de conversaciones entre granjeros y agencias de la ciudad. Una ordenanza sobre ganado que actualmente se está desarrollando —la cual fue considerada demasiado divisiva por sus proponentes para agregar a otra legislación sobre agricultura en 2013— podría proteger a granjeros que tienen pollos y chivos contra multas y confiscaciones. También podría establecer regulaciones para contener olores o ruidos ofensivos.

Mediante su club para la gente de la cuadra, “tenemos la oportunidad de estar en la mesa y negociar lo que está ocurriendo en nuestra vecindad”, dice Trimmer. Por ejemplo, conversaciones en curso con promotores inmobiliarios trabajando en la expansión masiva del complejo del Hospital Henry Ford han ayudado a convencer a Trimmer que es posible integrar desarrollo nuevo a comunidades existentes para que esos nuevos proyectos no den por resultado el desplazamiento o que se conviertan en “islas de gentrificación”.


Sin embargo, algunos granjeros y defensores piensan que la ciudad no está haciendo suficiente para ayudarlos. Muchos esperar obtener agua a una tarifa reducida para la agricultura en lugar de pagar las tarifas facturadas a las residencias. Otros se preocupan que perderán acceso a sus tierras que ganaron a duras penas si es que ellas quedan cerca de las huellas de proyectos más grandes, ya que es posible que los promotores hayan negociado y recibido derecho de preferencia al terreno cercano de sus proyectos.

Para salvar la distancia, los granjeros están activamente tratando de conseguir subvenciones de fundaciones y financiamiento respaldado por ciudadanos. Ryan Anderson —cofundador de la granja ACRE en el distrito North Corktown— está lanzando una campaña en Public Equity Detroit. Este es un sitio de crowdfunding parecido a Kickstarter y la meta de Anderson es obtener fondos para financiar acceso al agua, ya que ACRE no está conectada a la red de agua. Según explica Anderson, en temporadas anteriores sus cultivos florecieron con agua de lluvia pero este año una sequía las ha dejado sedientos. “Podría costar hasta 10,000 dólares tener un grifo instalado con un medidor”, dice Anderson. ACRE también es actualmente finalista para recibir una subvención de la New Ideas Initiative (Iniciativa de Nuevas Ideas), la cual es respaldada por la Community Foundation for Southeast Michigan. Ese financiamiento iría para instalar una invernadero llamado “loop house”, el cual consiste en un túnel de tuberías encorvadas que aísla los cultivos, los protege y extiende la temporada de cultivo.

Las autoridades de las ciudades dicen que están siguiendo con la implementación de maneras adicionales de incorporar a los granjeros al tejido permanente de la ciudad cambiante. En lugar de relegar a los proyectos verdes de gran escala a la periferia urbana donde no traspasarán a las áreas más densas, estos tipos de proyectos pueden ser vehículos para crear densidad adicional, según indica Maurice Cox, el director de planeación de Detroit. En Detroit, donde el mercado de viviendas no es lo suficientemente fuerte para impulsar la renovación de todas las estructuras deterioradas, tal vez este sea el único enfoque factible. “Tradicionalmente, la estrategia para el desarrollo es ‘Allí hay un lote, vamos a construir una estructura allí’”, dice Cox. “Pero cuando la economía no funciona para una nueva construcción, esos modelos más o menos se desbaratan”.

Ryan Anderson, copropietario de la granja ACRE, está acudiendo a sitios de crowdfunding para recaudar fondos para mejorías a la infraestructura que pueden ayudarlo a crecer su negocio. (Jessica Leigh Hester/CityLab)

Kelly, la arquitectura de paisajes de la ciudad, ve el potencial de que las granjas puedan ayudar a Detroit entrar en cumplimiento con los mandatos de gestión de aguas de lluvia que fueron establecidos por el Clean Water Act (Ley sobre Agua Limpia ). Según dice Kelly, los paisajes verdes podrían desviar aguas de lluvia para retrasar la llegada de la escorrentía a las aguas recipientes y así reducir el impacto de las inundaciones combinadas del alcantarillado, lo cual ofrecería un alivio al sistema envejecido y recargado. Agrega que las fincas y los jardines también podrían “crear caminos al empleo, creación de riqueza local y entregar mantenimiento a nuestros vecindarios y a nuestra ciudad”. Paisajes vivientes, en la forma de grupos de árboles, parques y agricultura urbana robusta, “podrían ser una fuente de gestión de agua permanente en el futuro”, dice.

Este verano la ciudad ha estado solicitando propuestas para un laboratorio viviente para explorar lo que Cox llama “una nueva tipología de vecindarios” en que espacios verdes se integran deliberada y profundamente a la comunidad. El Fitzgerald Revitalization Project—respaldado en parte por subvenciones de la Fundacion Kresge y la Corporación de Desarrollo Económico de Michigan— convertirá un cuarto de milla cuadrado en un terreno de prueba para proyectos verdes como granjas. Las propuestas ganadoras se seleccionarán en septiembre y se les dará un contrato de arrendamiento de 30 años para todos o bien una parte de 257 lotes disponibles. Dado que las condiciones —vacancia moderada, un gran porcentaje de propiedades no usadas— son iguales en otros vecindarios, “esperamos que podremos replicar este modelo en diferentes sectores de la ciudad”, dice Cox.

Eso no quiere decir que la ciudad aprobará granjas dondequiera en el área metropolitana. “A lo mejor no vendamos la mejor tierra frente al río para una granja comunitaria… no todas las parcelas en que la gente quizás esté interesada estarán necesariamente disponibles para ese propósito”, dice Fahle. Pero Cox dice que los espacios verdes intencionados no están en conflicto con las metas de desarrollo de la ciudad. Ellos “señalan que un barrio está cuidado incluso si uno sólo recorre dicho barrio en auto”, dice. Agrega que un esfuerzo tan obvio “es algo atractivo para las personas que quisieran vivir en ese tipo de ambiente”. A la larga, dice que invertir en esos espacios “es como el desarrollo sin desarrollo”.

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Trimmer espera cultivar la mayor parte de su propia comida con una cantidad sobrante suficiente para dejar algunos alimentos en los portales de sus vecinos. Para cuidar sus plantas contra gatos merodeadores y faisanes hambrientos, fabricó un espantapájaros de tablas de madera y una lata de palomitas de maíz pintada de un nuevo color. Rellenó al espantapájaros con bolsas de plástico y lo vistió de ropa de una tienda de segunda mano. Esto no espantó a las aves: igual decimaron a sus arándanos.
Mientras se prepara para salir una reunión de la comunidad, Trimmer decide dejar al rociador encendido, rociando gotas en un arco a lo largo de la tierra. Empapar completamente a las plantas les da la mejor probabilidad de sobrevivir el verano largo y caluroso de Michigan. “Sólo quiero sacar el máximo provecho de la tierra”, dice.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com, como una serie de tres artículos sobre agricultura urbana en Detroit, los que estaremos publicando en los días siguientes. Puedes leer la primera parte en español aquí, la que examinó la agricultura como una herramienta para la autosuficiencia.


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