null: nullpx
CityLab Vida Urbana

Las dificultades de las comunidades de bajos ingresos para mantener sus iglesias abiertas

A pesar de los muchos esfuerzos de comunidades religiosas y de sus pastores, estos recintos luchan por sobrevivir, especialmente en vecindarios de minorías.
Logo CityLab small
16 Ene 2018 – 03:21 PM EST
Comparte
Después de dirigir el servicio de la víspera de Año Nuevo, el pastor Yoan Mora sale de la Primera Iglesia Cristiana en el vecindario West Side de San Antonio, Texas, el 31 de diciembre de 2017. Crédito: Lynda González

Si algún día se realiza una competencia para encontrar al líder religioso más ocupado de EEUU, un apostador inteligente irá por Yoan Mora, pastor sénior de la Primera Iglesia Cristiana, una pequeña pero vibrante congregación hispanohablante en San Antonio, Texas. Las semanas aquí son intensas: servicios, clases y reuniones los domingos; un programa radial los lunes, miércoles y viernes; servicio y estudio de la Biblia los martes; reuniones caseras de la iglesia en los extremos sureños de la ciudad cada jueves; un programa de capacitación laboral que la iglesia alberga cada sábado, además de otras reuniones organizadas a diferentes horas a lo largo del fin de semana.

Esas son sólo sus responsabilidades principales. Mora también tiene que encontrar el tiempo de escribir sermones, supervisar el mantenimiento físico de la iglesia, dar clases a grupos pequeños, administrar presupuestos y, sobre todo, estar con la gente de todas las maneras en que los pastores necesitan estar con la gente: nacimientos, fallecimientos, enfermedades, celebraciones… en fin, los eventos de la vida de todo tamaño. Ser un pastor es un trabajo a tiempo completo, y más.

Pero ser un pastor no es el trabajo a tiempo completo de Mora. La mayoría de las horas de Mora de día entre semana se dedican a su empleo como contador en una clínica en la parte noreste de la ciudad. También está tratando de completar una maestría en Teología.

Mora cree que vino a este mundo a ser pastor, así que espera seguir en este trabajo. Pero, por ahora, no se puede ganar la vida de esta forma porque la congregación que atiende está en un vecindario de muy bajos ingresos. Los salarios de los pastores se obtienen de los presupuestos de las iglesias, los cuales se obtienen de los presupuestos caseros de los congregantes. Entonces, en una zona de bajos ingresos, incluso cuando una iglesia crece, su presupuesto no crece tanto, más bien se estira. La Primera Iglesia Cristiana no puede pagar a Mora por todos sus esfuerzos, entonces por ahora está tratando de arreglárselas como puede.


Y Mora parece ser un buen malabarista. Ahora en cualquier domingo, la Primera Iglesia Cristiana tiene entre 50 y 60 feligreses, lo cual representa cierto regreso de popularidad. La iglesia fue inaugurada en 1899 y tuvo cierta etapa de popularidad a mediados del siglo XX y entonces un descenso marcado desde los años 80 en adelante. Para el tiempo en que Mora llegó en 2011, la Primera Iglesia Cristiana consistía en cuatro feligreses antiguos que se reunían para el servicio de domingo detrás de puertas cerradas.

Mora sacude la cabeza al contar su recuerdo de aquellos tiempos. “Yo les dije ‘¿por qué no abren las puertas de la iglesia para la comunidad’? Me contestaron: ‘Porque tenemos que ahorrar dinero para el aire acondicionado’”.

***

La Primera Iglesia Cristiana quizás tenga 118 años, pero esencialmente es una emprendimiento nuevo (o más bien un emprendimiento renacido). Debido a eso, en cierta medida es un caso bastante raro: la mayoría de las nuevas iglesias —también llamadas ‘ church plants’ o iglesia planta— no se dan en vecindarios como este. Durante generaciones, el West Side de San Antonio —una vibrante e histórica comunidad mexico-estadounidense que queda al lado del centro de la ciudad— ha sido una zona desfavorecida, con niveles altos de pobreza, desempleo y abandono de la escuela secundaria. Si tal descripción quizás lo haga parecer como un lugar adonde los líderes religiosos dirigirían sus esfuerzos, en realidad los fundadores de iglesias tienden a centrar sus esfuerzos en zonas con mayores ingresos.

Las iglesias no son sólo instituciones de la fe. También son instituciones económicas. Y, por lo general, las vidas de las iglesias parecen estar organizándose según líneas económicas. Las iglesias de todos tamaños proliferan en los suburbios y en las partes más acaudaladas de los núcleos urbanos de EEUU, mientras en vecindarios de bajos ingresos con estancamiento económico, las iglesias tienden a ser muy pequeñas, muy viejas y, en general, no muy activas en sus comunidades.

Sociólogos como Robert Putnam y Ram Cnann han demostrado que la participación religiosa ha tenido su mayor descenso entre las clases bajas. La asistencia a la iglesia se correlaciona con niveles más altos de educación e ingresos. Las familias de clase obrera y de clases pobres tienen menos probabilidad de participar en una comunidad religiosa que cualquier otro grupo socioeconómico. La fe y la práctica religiosa son reflejos de las creencias humanas, pero también son marcadores de las realidades económicas, las cuales incluyen la brecha entre los vecindarios pudientes y los que son desfavorecidos.

Putnam ha argumentado que la participación en los grupos religiosos está relacionada con varios resultados positivos para los jóvenes —entre ellos una mejor salud mental y física, niveles menores de abuso de drogas y altos logros educativos—, en parte porque los grupos religiosos proveen fuertes conexiones sociales y un sentido de identidad. Además, las comunidades de fe proveen ayuda significativa para las familias en apuros, desde asistencia con el alquiler y la comida hasta el cuidado de niños después de la escuela y la tutoría tanto de niños como de padres solteros.

Las comunidades que presumiblemente tengan la mayor necesidad de los servicios de apoyo social que proveen las iglesias son las comunidades en donde las iglesias parecen estar desapareciendo, y donde la actividad por parte de iglesias nuevas no está ocurriendo. En 2016 un estudio del Barna Group de 769 iglesias nuevas encontró [https://www.barna.com/research/church-planters-and-the-cost-of-starting-a-church/] que la mitad de ellas estaban en lugares más pudientes. Brooke Hempell —vicepresidente sénior de investigaciones en Barna Group— observó que el trabajo de las iglesias en lugares que son económicamente desfavorecidos o que son económicamente mixtos presenta un mayor nivel de dificultad. “Las iglesias en las áreas urbanas tendieron a estar sumamente apretadas a nivel económico”, dijo. “No sólo les sale más caro operar, sino que también están atendiendo a poblaciones más necesitadas”.


Así es el circuito de la economía de la iglesia: necesita dinero para atender a la gente, pero en muchos casos obtiene ese dinero de la comunidad que atiende. Entonces los ministros son incentivados a fundar y hacer crecer sus iglesias en lugares en donde la gente pueda permitirse donarles dinero.

Las iglesias —especialmente las nuevas iglesias con liderazgo joven y congregantes jóvenes— parecen ser características de comunidades estables que están ascendiendo socialmente. Las comunidades desfavorecidas que más necesitan los servicios que las iglesias fueron diseñadas (al menos en parte) para proveer simplemente no tienen el dinero para inaugurar y sostener tales iglesias. Por lo tanto, no están recibiendo dichos servicios.

***

Mora sabe que las iglesias pudientes abundan en San Antonio y no le sorprende la brecha entre iglesias ricas y pobres. De hecho, el reto que está enfrentando en el West Side confirma y aclara una de sus creencias fundamentales: Dios llama a las personas como él a ir a los lugares difíciles.

Mora es un ciudadano estadounidense, pero llegó aquí desde Cuba. Su familia se mudó para EEUU al obtener el estatus de refugiados en 2001, dijo. Durante una década vivieron en Nueva Jersey, pero durante mucho tiempo les atrajo Texas. Lisbet —la esposa de Mora— tenía familiares en Corpus Cristi, en donde su papá —quien pasó años en una prisión cubana por predicar el cristianismo— estaba administrando una iglesia, dijo Mora. Los familiares de la esposa de Mora sabían de una iglesia en San Antonio que necesitaba un pastor y en 2011 los Mora —Yoan, Lisbet y sus dos hijas adolescentes— viajaron al West Side para verlo.

“Cuando hice mi primer recorrido por el vecindario, dije ‘¿Esto es EEUU?’”, dice Mora. Recuerda haber visto un letrero que decía ‘ Bienvenidos al Westside’ en el fondo de un puente local. Muchas calles del West Side carecen de aceras; otras simplemente carecen de pavimento. En algunas cuadras, el suministro de casas está muy envejecido: algunas viviendas parecen estar a punto del derrumbe, pero son los hogares de familias de todo tipo de tamaños.

Hasta ahora, una cantidad significativa del crecimiento de la Primera Iglesia Cristiana se ha dado gracias a personas como Mora que son de otros lugares. Los miembros más activos de la iglesia son de Texas, Massachusetts, Nueva Jersey, Hawái, Puerto Rico, México y Cuba: sólo un puñado realmente son del vecindario cercano. Mora y sus líderes voluntarios están trabajando para cambiar eso mediante el programa radial y el programa de capacitación laboral, dos iniciativas que Mora espera que atraerán a las personas.

Sin embargo, Mora sabe que el crecimiento de la iglesia no necesariamente cambiará su propia situación económica. El ingreso medio en 78207 —el código postal en donde está ubicada la Primera Iglesia Cristiana— es menos de 25,000 dólares. Supongamos que algún día la iglesia resultará ser un éxito rotundo, con unos 150 miembros y que 100 de esos miembros sean adultos que ganen el sueldo medio de 25,000 dólares. Pues si todos esos miembros pagan el diezmo completo del 10% de sus sueldos antes de los impuestos (la mayoría de los feligreses dan mucho menos), la iglesia tendría un presupuesto de 250,000 dólares. Ese presupuesto tendría que cubrir a los empleados potenciales, el seguro para el edificio, el mantenimiento para el edificio envejecido y un montón de eventos —entre ellos colectas de alimentos y ropa—, y más cosas.

Si Mora pudiera administrar todo esto, también necesitaría pagarse a sí mismo. Este año, la iglesia incrementó su salario a 1,000 dólares al mes desde los 600 dólares mensuales que ganaba anteriormente. Mora está agradecido, pero sabe lo que esto es insuficiente. “¿Qué se puede hacer con 1,000 dólares al mes? ¿Con una hija de 17 años? ¿Otra de 12? ¡Tres mujeres en la casa!”, dice riéndose.

Mora seguirá con su empleo de contador.

***

A veces, las iglesias en las áreas pobres reciben apoyo de iglesias en vecindarios más acaudalados. En 1899, Primera Iglesia Cristiana era un ministerio de la Central Christian Church (Iglesia Central Cristiana), una iglesia más grande de angloparlantes en San Antonio. Según explica Mora, a principios del siglo XX, la Iglesia Central Cristina consideró a la Primera Iglesia como una iglesia “de misión” —una manera de ayudar a la comunidad hispana en San Antonio después de un influjo de personas migrando desde México— y, por ende, aportó apoyo financiero.

Mora dice que el apoyo financiero de una iglesia acaudalada de angloparlantes no es necesariamente el tipo de ayuda que necesita su iglesia en este momento. “¿Cómo las iglesias grandes pueden ayudar a las chiquitas?”, pregunta retóricamente. “No es sólo a través de enviar dinero. Ayúdennos con empleos. Buenos puestos. Capacítennos para ser exitosos. Tengo varias personas en mi iglesia que están buscando empleo”.

Mora y la Primera Iglesia Cristiana están haciendo lo que pueden para crear esas oportunidades ellos mismos. Durante el último año han estado administrando un programa de capacitación laboral para la gente del vecindario. Cada semana, hombres y mujeres vienen a la iglesia y aprenden oficios como la reparación de unidades de aire acondicionado. Después de unas 40 semanas de capacitación, pueden tomar un examen para recibir la certificación del estado.

Hacer que el programa se expanda no será fácil. El año pasado, Mora aprendió que los empleos de soldadura están disponibles por todo San Antonio, entonces también está inaugurando un programa de capacitación para la soldadura. Tiene un instructor y estudiantes en soldadura, pero le falta un camino hacia la certificación oficial porque según explica Mora, no tiene contactos con las personas que lo puedan ayudar a navegar el sistema.

Recientemente, en un servicio de domingo, la congregación de la Primera Iglesia Cristiana era un poco más grande de lo normal y el ambiente estaba todavía más festivo de lo normal. Cuatro hombres del programa de capacitación en técnico de unidades de aire acondicionado se estaban graduando y sus esposas, hijos y abuelos estaban dispersados por los bancos de la iglesia. Después del sermón, una mujer se paró delante del altar e invitó a los recién graduados a pararse ahí. “Esta es una oportunidad de los estudiantes de tener una nueva vida. ¡Una nueva identidad!” dijo.

Invitó a las familias a seguir viniendo a la Primera Iglesia cada semana y ofreció una oración: “Han abierto las puertas de este lugar porque es un lugar sagrado, un lugar para ayudar”.

Este artículo originalmente fue publicado en inglés en The Atlantic y en CityLab.com.

Loading
Cargando galería
Comparte
Publicidad