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CityLab Vida Urbana

La epidemia de hambre oculta entre los adolescentes

La inseguridad alimentaria se ha normalizado entre los adolescentes estadounidenses, quienes también son especialmente vulnerables a sus riesgos.
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16 Sep 2016 – 1:18 PM EDT

Hace algunos años, Susan J. Popkin estaba investigando las intervenciones de salud sexual en las viviendas públicas de Washington DC. La veterana experta en vivienda y pobreza se enteró a través de los padres que algunos adolescentes de la comunidad estaban intercambiando básicamente sexo por comida. "Nos sorprendió mucho oírlo", dice ella.

El problema del hambre infantil es grande: uno de cada cinco niños estadounidenses vive en hogares con inseguridad alimentaria, según el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés). Pero la mayor parte de los recursos e investigaciones están dirigidos a los niños más pequeños. Los adolescentes en el extremo superior del espectro etario a menudo son ignorados. "Es fácil formar a los niños pequeños y darles una mochila llena de comida", dice Popkin. "Pero realmente no se puede hacer eso con los adolescentes. Muchos no quieren ser vistos en esa situación. Creo que a menudo se les considera demasiado difíciles".

Pero en cierto modo, los adolescentes son particularmente vulnerables a los riesgos de inseguridad alimentaria, a medida que adquieren responsabilidades de adultos, sienten las poderosas presiones sociales y adoptan un comportamiento impulsivo. Un nuevo informe del Urban Institute y Feeding America destaca ampliamente este tema poco estudiado, y encuentra que el alto y frecuente riesgo del hambre está empujando a los adolescentes estadounidenses hacia consecuencias peligrosas. El informe estima que casi 7 millones de jóvenes entre las edades de 10 y 17 años luchan con la inseguridad alimentaria en Estados Unidos, una cifra que probablemente ha aumentado desde la recesión, aun cuando la economía ha mejorado.

En encuestas cualitativas basadas en grupos de jóvenes de todo el país, los investigadores encontraron temas alarmantemente consistentes: la inseguridad alimentaria está muy extendida entre los adolescentes, el estigma que la acompaña les impide a muchos de ellos pedir ayuda, y los adolescentes a veces adoptan comportamientos arriesgados —incluyendo el hurto, la venta de drogas, y la venta de sus propios cuerpos— sólo para alimentarse.

Quizás lo más sorprendente acerca de los resultados del estudio es cuán normalizada está la inseguridad alimentaria. "Ni un sólo niño dijo, 'Oh, eso no sucede aquí'", dice Popkin, miembro del Urban Institute y autora principal del informe. "No fueron sólo niños sin hogar, o niños que viven en la pobreza. Esta realidad fue algo de lo cual los niños estaban conscientes donde quiera que vivieran, incluso aunque ellos mismos no padecieran inseguridad alimentaria, incluso aunque tuvieran alojamiento seguro".

También hay que señalar que incluso los adolescentes que no "parecen" hambrientos pueden padecer inseguridad alimentaria: ambas circunstancias son consecuencias de las desventajas económicas. La investigación ha descubierto que los adolescentes estadounidenses de hogares con inseguridad alimentaria pueden ser más propensos a padecer obesidad que sus compañeros que no padecen de hambre.

Para comenzar a cerrar la brecha investigativa, Popkin y sus colaboradores reunieron aproximadamente 200 adolescentes entre las edades de 13 a 18 años en 20 grupos focales separados de 10 comunidades estadounidenses. En ellos conversaron sobre sus experiencias con el hambre, lo que ellos y sus compañeros hacen para combatirlo y cómo podrían involucrarse mejor con programas de asistencia alimentaria.

Los niños procedían de un amplio sector formativo: algunos vivían en viviendas públicas, otros en viviendas rentadas a precio de mercado. Algunos venían de comunidades rurales en el medio oeste y el sur (donde existen las mayores tasas de inseguridad alimentaria, según una investigación de Feeding America), mientras que otros provenían de los grandes y pequeños centros urbanos de la costa. Aproximadamente la mitad provenía de condados donde ya se sabía que la inseguridad alimentaria infantil era elevada, y la mayoría provenía de condados con tasas de pobreza más altas que el promedio.

Popkin y su equipo descubrieron que los adolescentes no son realmente menos sensibles que los niños más pequeños a la dura realidad del hambre. De cierta forma, la etapa de desarrollo los hace incluso más vulnerables a medida que adoptan funciones de cuidado de sus hermanos, amigos, e incluso de los padres. En el informe, una chica que vivía cerca de Champaign, Illinois, describe cómo les da prioridad a sus hermanos menores cuando la comida se agota: "Los niños más pequeños aún están creciendo, por lo que no deberían preocuparse por tener hambre", dice ella. "Los niños más grandes deben asegurarse de darles a los niños más pequeños en primer lugar".

A diferencia de sus compañeros más jóvenes, los adolescentes también están muy conscientes de las dificultades alimentarias que enfrentan sus familias, tales como la falta de tiendas de víveres, las limitadas opciones de transporte, y el alto precio de opciones saludables. "Todas las cosas saludables son caras, mientras que toda la comida chatarra es barata", apunta una chica que vive en una vivienda pública en el este de Oregon. "Por eso es que la mayoría de los estadounidenses padecen de sobrepeso".

Ven los sacrificios que sus familias y comunidades hacen para comprar alimentos regularmente. Una chica en la zona rural de Carolina del Norte habla sobre los recortes a los servicios que su familia se impone para poder comprar alimentos: "Eliminábamos una cosa durante una semana: el cable, la calefacción, la energía", dice ella.


E inventan todo tipo de formas para conseguir lo suficiente para comer, a veces dependiendo de vecinos, amigos y miembros de la familia ajenos a sus hogares para arreglárselas. A menudo, estas estrategias reflejan el estigma asociado a la inseguridad alimentaria. Un chico de Chicago dice que a veces crea razones para comer en casa de un amigo: "Invento una excusa", dice. "'Es demasiado tarde… me tengo que quedar a pasar la noche'".

Aunque no es la norma, a veces trazar estrategias para conseguir alimentos puede llevar a un comportamiento criminal, especialmente en las comunidades con índices de pobreza extremadamente elevados. Los niños les dijeron a los investigadores haber hurtado o robado en tiendas, o deslizado unos cuantos artículos extra en sus bolsas en las estaciones de autoservicio. Y en las diez comunidades, los adolescentes dijeron que sabían de algunos compañeros que utilizaban el sexo para subsistir. Un chico de la zona rural de Carolina del Norte explica: "Cuando venden el cuerpo, lo hacen de una forma más discreta. Es como si yo tuviera relaciones sexuales con usted, y usted me comprara la cena esta noche... así es como las chicas intentan resolver la situación ... Eso es mejor que aceptar dinero, porque si aceptan dinero, las van a etiquetar de prostitutas".

Aunque su informe es principalmente un primer paso en un importante terreno investigativo, los autores también profundizan en las implicaciones de las políticas federales, incluyendo el ajuste de los beneficios de los cupones para alimentos (SNAP) para que los jóvenes mayores obtengan la cantidad de comida proporcional a sus edades, experimentando con soluciones para mantener a los niños alimentados cuando se reducen los almuerzos escolares en verano, y elaborando mejores programas de apoyo al empleo juvenil.

A nivel estatal y local, Popkin dice que los adolescentes que adoptan comportamientos criminales o peligrosos, sobre todo cuando se trata de sexo, deben ser tratados con cuidado y sensibilidad. "Necesitamos más programas de desvío y apoyo, en lugar de acusar a estas chicas como delincuentes juveniles", dice ella.

Y si su fase evolutiva hace a los adolescentes especialmente vulnerables a los riesgos de la inseguridad alimentaria, también puede hacerlos agentes de cambio especialmente fuertes. Popkin señala un programa muy exitoso de cosecha gratuitas de alimentos enfocado en los adolescentes, ideado por un grupo de jóvenes de Portland, con la ayuda de investigadores y organizaciones locales de alimentos (el corto video previo documenta su creación). Los adolescentes planifican y coordinan la distribución de alimentos mensualmente en bolsas para los miembros de la comunidad. Los eventos se realizan en un espacio dedicado que también puede albergar eventos como noches de cine y clases de cocina, lo cual ayuda a reducir el estigma. Los propios adolescentes adquieren conocimientos y habilidades de liderazgo, dice Popkin. "Lograrán grandes cosas", dice ella. "Queremos aprovechar toda su energía", explica. Y no seguir ignorando el problema.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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