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CityLab Vida Urbana

Cómo la inmigración del siglo XIX construyó los parques de Nueva York

Según historiadores, el Central Park fue concebido como un espacio para aligerar tensiones entre la clase alta y los recién llegados.
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18 Jul 2016 – 11:45 AM EDT

En 1811, cuando los comisionados de la ciudad de Nueva York crearon el diseño original de sus calles, no incluyeron muchos parques. A diferencia de París y Londres, Manhattan era una isla, por lo que no necesitaba el mismo diseño de espacios abiertos para el ocio, el comercio y la circulación de aire puro, argumentaban en la época.

Pero en las décadas subsiguientes, la concepción neoyorkina de los parques urbanos sufrió una transformación. Catherine McNeur, profesora de Historia de la Universidad Estatal de Portland y autora de Taming Manhattan: Environmental Battles in the Antebellum City documenta este cambio en un nuevo artículo publicado en la revista académica Journal of Planning History. En el resumen del texto, sostiene lo siguiente:

Por allá por 1850, los políticos, periodistas y arquitectos paisajistas creían que el Central Park podía funcionar como un bálsamo social en una ciudad con un creciente número de crímenes, de pobreza y donde se profundizaban las divisiones entre las clases.

¿Qué hizo que cambiaran de opinión? Dos olas migratorias que tuvieron lugar entre 1820 y 1850, las cuales afectaron las condiciones socioeconómicas de la ciudad. Las transformaciones demográficas del Nueva York del siglo XIX sirvieron de estímulo para que los legisladores, arquitectos y residentes reconfiguraran el modo en que concebían su entorno.


El auge de los parques: una respuesta a la primera ola de inmigrantes

El Canal de Erie, construido por trabajadores inmigrante s, se inauguró en 1825. Inmediatamente, el comercio floreció en la ciudad, atrayendo nuevos residentes que buscaban ganarse la vida, los que llegaron de dentro y fuera del país. El influjo de estos nuevos pobladores levantó suspicacias en la sociedad y preocupó a sus élites. Para las clases altas, los parques se convirtieron en espacios donde restablecer el status quo, como explica McNeur a CityLab vía correo electrónico:

Se fue haciendo cada vez más difícil saber quién era parte de la sociedad neoyorkina y quién no. Como la ciudad, en gran medida, crecía anónimamente, había mucha confusión y miedo de los estafadores, pues uno no tenía forma de saber la jerarquía social de cada quien. El auge de los parques en la década de 1830 reflejó justamente esto, la forma en que los neoyorkinos pudientes buscaban asegurarse espacios exclusivos para ir de paseo y relacionarse con personas que ellos veían como sus iguales.

Como resultado de esto se crearon el parque Gramercy y la plaza de Union Square . No fue nada difícil para los legisladores y constructores ocuparse de estos proyectos. Los dirigentes de la ciudad esperaban que los parques de lujo sirvieran para evitar que los ricos de Manhattan se movieran a Brooklyn, y anticiparon un aumento de los impuestos en las zonas aledañas a estos parques. El mecanismo a través del cual fueron financiados estos, indica McNeur, también benefició a los ricos:

Si bien Union Square nunca fue previsto como un espacio privado - como sí fue el caso del parque Gramercy-, los parques públicos creados por el gobierno de la ciudad, para la década de 1830, fueron construidos bajo una estructura financiera que esencialmente los convertía en espacios privados, explícitamente diseñados para el beneficio de agentes inmobiliarios, terratenientes locales, e ingresos fiscales del propio gobierno. La forma en que la ciudad financió los parques públicos sentó las bases de la desigual distribución de los espacios verdes en el paisaje urbano.

El Central Park nació tras la segunda ola de inmigración

Durante la década de 1840, grandes poblaciones de alemanes e irlandeses huyeron de la inestabilidad política y la hambruna que arreciaba en sus países, e hicieron las maletas para partir hacia Nueva York. Esta hornada de inmigrantes, que reunía prácticamente a los más pobres de sus respectivos países, tuvo un impacto significativo en la nueva ciudad. Su pobreza era visible, escribe McNeur, y por tanto considerada a menudo una amenaza al carácter y la salud de la urbe:

En la medida en que crecía el número de traperos cribando entre la basura no apilada de la ciudad, los chillidos de los vendedores ambulantes resultaban más cacofónicos. En las afueras, aumentaba la cantidad de barrios pobres de casas de madera, al tiempo que ganaba fama el vecindario de Five Points, notablemente marginal. En este contexto era imposible ignorar ya la pobreza de los inmigrantes. Con funcionarios de salud culpando de los brotes de cólera y otras enfermedades al estado indigente de las casas de los recién llegados, parecía como si estos últimos amenazaran realmente con esparcir la enfermedad, pues se les veía andar libremente por las calles. Políticos del estado describían las casas del vecindario como “rezumantes de contaminación” y “apestadas a inmundicia”. Y todo esto, aparejado a la subida del índice de criminalidad, lo que alimentaba la idea de que los pobres infectaban el cuerpo urbano no solo biológicamente, sino también política y moralmente.

El Central Park, entonces, fue concebido a manera de antídoto, un escenario para que los neoyorkinos resolvieran los problemas de los que culpaban a los inmigrantes. Quienes primero apoyaron su construcción argumentaban que los inmigrantes y residentes pobres de la ciudad podrían usar el nuevo espacio para “civilizarse”, mientras compartieran con los ricos, más cultivados que ellos, las áreas del Central Park.

“Los elementos sociales y artísticos más elevados de la naturaleza del hombre permanecen en estado latente dentro de él”, sentenció Andrew Jackson Downing, arquitecto paisajista y editor en el Horticulturist , quien es citado en el artículo de McNeur. “Cada trabajador es un posible caballero, no por la posesión de dinero o ropa fina, sino a través de la influencia refinadora de la cultura intelectual y moral”. Por eso cuando el también arquitecto paisajista Frederick Law Olmsted bocetó e implementó este significativo y notorio proyecto de parque, tenía clara conciencia del Central Park como un espacio democrático y para todas las clases.

Esta concepción no dio resultado del todo. La idea del parque, tan aparentemente noble, fue planeada, ejecutada y mantenida “verticalmente”, sostiene McNeur. Esto quizás se deba a que incluso las élites más progresistas de la época miraban al Central Park como un lugar donde los pobres podían ser regulados, y no como un espacio donde ellos pudieran coexistir en igualdad de condiciones. Sus fundadores (Olmsted incluido) y los funcionarios de la ciudad se aseguraron de que las clases bajas fueran especialmente vigiladas, de manera que siguiera siendo un lugar en que las élites se sintieran cómodas, práctica que continúa en nuestros días. Si gente pobre y de color en Estados Unidos accede a espacios públicos, puede terminar castigada por estar en ellos. La idea romántica de que los parques son para todos, nacida con la creación del Central Park, aún no se ha materializado significativamente.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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