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El duro efecto de los simulacros de tiroteos en los niños

De acuerdo a expertos y padres, estas preparaciones cambian las dinámicas de enseñanza y los niveles de estrés de los estudiantes.
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Siempre hay al menos un niño llorando, mientras ellos se amontonan debajo de sus escritorios en la oscuridad. Aun así, Beth Manias, una maestra de lenguaje en los primeros grados de primaria en las afueras de Seattle, trata de actuar de forma optimista y relajada.

"Los hago susurrar acerca de sus dulces, alimentos, libros, películas favoritas o lo que sea, como una distracción", me dijo Manias. Les dice a los niños que están practicando mantenerse a salvo en caso de que haya un oso en el campus. Sin embargo, ella admite que "ellos siempre se dan cuenta de la verdad. Los mayores son más inteligentes, probablemente porque están expuestos a más noticias".

En las escuelas de todo el país, cada vez más niños participan en los ‘simulacros de tiradores activos’ obligatorios. Renunciando a cualquier pretensión de ataque de un oso, a veces un miembro del profesorado desempeña el papel de tirador, moviendo las manijas de las puertas mientras los niños practican se manteniendo en perfecto silencio. Muchos padres, maestros y estudiantes dicen que la experiencia es entre molesta y traumatizante.

Todo esto podría valer la pena, si estuviera claro que los simulacros salvaran vidas.


Los simulacros de tiradores activos comenzaron después de la masacre de Columbine en 1999. Lo que se sabe sobre sus efectos psicológicos a largo plazo proviene de los informes de personas que ahora están en la adultez temprana.

Ryan Marino, médico experto en Medicina de Emergencia de la Universidad de Pittsburgh, recordó que su escuela había adoptado los simulacros durante ese período, después de que se descubriera que un estudiante tenía una ‘lista negra’ y acceso a armas de fuego. Me dijo que los simulacros no parecían reales hasta que tuvo 12 años y un compañero tosió durante uno de los simulacros. "La maestra nos dijo que, si esto hubiera sido real, todos estaríamos muertos".

"Esa experiencia moldeó mi infancia", dijo Marino. "Tener que practicar y prepararme para que un compañero viniera a mi escuela y nos disparara a mí y a mis amigos fue algo que realmente cambió la atmósfera general. En retrospectiva, fue un cambio importante en cómo percibía el mundo".

En las dos semanas posteriores al tiroteo en una escuela secundaria en Parkland, Florida, los nuevas y renovados llamados a realizar semejantes simulacros plantean la pregunta de si hacen algún bien o si podrían estar provocando daños.

El día después del evento, Susan Hennessey, la editora ejecutiva de Lawfare, tuiteó : "Siento una ligera náusea al leer una nota del preescolar de mi hijo acerca de la implementación de simulacros de tiradores activos".


Brian Leff, un escritor que vive Los Ángeles, me dijo que el director de su hija de quinto grado acaba de anunciar que la escuela está contemplando un simulacro de encierro sorpresa. "Ahora mi hija no puede dejar de pensar en cuándo va a suceder y cómo sabrá si es 'real' o no".

La escritora Allison Gibson dice que, en el preescolar de su hijo de 4 años, se les llama ‘simulacros de autocontrol’, porque el objetivo es mantener a los alumnos muy callados. "La primera vez que lo mencionó, cuando tenía dos años, tuve que reconstruir a qué se refería y casi me echo a llorar".

Por supuesto, los simulacros generales de encierro y desastres tienen una larga historia. Una generación de estadounidenses alcanzó la mayoría de edad escondiéndose debajo de escritorios durante simulacros de ataques nucleares. Aunque la idea de semejante maniobra para proteger a una persona de una explosión de una bomba o de un ataque nuclear se convirtió en motivo de bromas, los simulacros en sí tenían efectos insidiosos en el sentido de seguridad de los niños. Algunos maestros informaron que las obras de los estudiantes pasaron a reflejar nubes de hongo radiactivas y, a veces, la muerte del propio estudiante, trayendo una sensación generalizada de peligro en los lugares donde los chicos más necesitaban para sentirse seguros.

A pesar de algunas similitudes con los simulacros de desastres naturales y la guerra fría, los simulacros de tiradores activos también implican exponer a los niños a la idea de que, en cualquier momento, alguien que conocen puede intentar matarlos.

"Es bueno hacer simulacros de emergencia, pero los tiradores activos son un simulacro que nadie debería hacer", dice Meredith Corley, quien dio clases de matemáticas en Colorado tras lo sucedido en Columbine. "Traumatiza a los niños que han sufrido violencia. Lograr que los niños vuelvan a la tarea del aprendizaje después de los simulacros de encierro es una pesadilla. Esa mentalidad no tiene cabida en un ambiente de aprendizaje".

"Yo era demasiado joven para los simulacros de bombas, pero en Kansas City, los simulacros de tornado eran obligatorios", dice Lily Alice, una mujer del Medio Oeste nacida en 1965. "Teníamos tornados de vez en cuando. La diferencia, por supuesto, es que nadie los almacena para utilizarlos contra otras personas, y las predicciones meteorológicas aliviaban un poco el miedo".


Incluso el presidente Trump, quien ha expresado su apoyo a la idea de armar a los maestros, ha advertido de las consecuencias de los simulacros de tiradores activos. Durante una reunión de la Casa Blanca la semana pasada, dijo : "Si soy un niño y tengo 10 años, y dicen que vamos a tener un simulacro de tiradores activos, les digo: '¿Qué es eso?' 'Bueno, es que hay gente que puede entrar y dispararte'. Creo que eso es algo muy negativo... para ser honesto. No me gusta".

Zachary Levinsky, profesor del departamento de Sociología de la Universidad de Toronto en Mississauga, es uno de los pocos académicos que ha estudiado los simulacros de tiradores activos. Alega que, aunque siempre existió cierta violencia escolar, Columbine marcó un cambio de rumbo en la responsabilidad de la prevención: "De alguna manera, se puso a las escuelas en la posición de culpables, como responsables de estas masacres". Esto creó una preocupación institucional por la gestión del riesgo reputacional. Implementar un simulacro de tiradores activos era indicarles a los padres y a la comunidad que la escuela está siendo proactiva: se estaba haciendo algo.

Por supuesto, una exigencia a tomar medidas a menudo no conduce a una toma de decisiones prudentes cuando se trata de reducir los daños. Los simulacros cubren la responsabilidad del administrador y del distrito escolar, y pueden hacer que los padres se sientan mejor sabiendo que sus hijos están en una escuela que está tomando medidas importantes. ¿Pero cuáles son los efectos a largo plazo en la salud y el desarrollo de los niños?

Las investigaciones sobre si los simulacros de tiradores activos realmente previenen el daño son prácticamente imposibles. Los estudios de casos son difíciles de analizar. En Parkland, por ejemplo, la secundaria Marjory Stoneman Douglas tuvo un simulacro de tiradores activos el mes pasado. El propio tirador había pasado esos simulacros. Posiblemente la idea de contrarrestarlos pudo haber sido uno de los motivos por los cuales, al comenzar su ataque, el tirador activó una alarma de incendio.

De cualquier manera, los simulacros de preparación siempre cambian el nivel de riesgo de referencia que las personas perciben. Este aumento puede manifestarse como estrés y ansiedad, por no mencionar que cambia la forma en que los niños comprenden cómo las personas se relacionan entre sí, incluso consideran la violencia como una opción, no de manera abstracta.


Colleen Derkatch, profesora asociada de la Universidad Ryerson en Toronto, estudia cómo evaluamos los riesgos en lo que respecta a nuestra salud. "Mientras más preparados estamos, más aumenta nuestra sensación de riesgo", me dijo. "Y un posible efecto que no hemos considerado es cómo este tipo de actividades de preparación afectan a los niños psicológicamente y podrían aumentar la sensación de estar en riesgo. Realmente expanden las formas en que nos sentimos cada vez más asediados".

Es decir, las actividades de preparación nunca son neutrales. El trabajo de Derkatch relaciona este concepto con la ansiedad generada por una cultura de productos de ‘bienestar’, los cuales aparentemente están destinados a mantenernos sanos, pero también aumentan nuestra conciencia sobre los riesgos para la salud. "Nos dan la sensación de que todos estamos constantemente al borde de la enfermedad", me dijo Derkatch. "La preparación puede ser algo bueno, pero tiene costos y consecuencias muy reales. Para los niños cuyas personalidades se están formando —que están pensando en qué tipo de mundo viven— si ésta es la información que reciben, creo que tendrá un gran impacto en sus futuros".

La idea se extiende al hecho de que es mucho más probable que un niño reciba maltrato de un padre que un disparo en la escuela, pero las ventajas de someter a los niños a simulaciones realistas de maltrato de sus padres tienen límites obvios.

Derkatch tiene una hija de once años que cursa el sexto grado. En su escuela han hecho simulacros de encierro, pero los simulacros son del tipo que se pueden generalizar a cualquier emergencia. Los maestros tienen muy claro que es solo un simulacro, y aseguran las puertas y los niños permanecen en sus asientos. No hay escondites ni barricadas, como muchas escuelas estadounidenses ahora requieren.

Si usted tuviera que mudarse a Estados Unidos, le pregunté a Derkatch, ¿le gustaría que su hija pase por este tipo de simulacros? "No", me respondió ella. "Pero no me mudaría a Estados Unidos. Y las armas son el motivo. Las armas y la atención a la salud".

Por supuesto, ambas están ahora entrelazadas. El presidente Trump y muchos otros republicanos suelen culpar a las ‘enfermedades mentales’ de los tiroteos masivos, a pesar de que la mayoría de los tiradores no tienen enfermedades mentales conocidas o diagnosticables. Las personas con enfermedades mentales son mucho más propensas a ser víctimas que asesinas. A la mayoría los describen más bien, como el tirador de Parkland , como hombres y chicos aislados, problemáticos, enojados, resentidos. Muchos tienen un historial de traumas de la infancia, como haber padecido abuso o descuido. Es raro que un tirador se haya criado en un entorno con múltiples adultos en quienes pudiera confiar, donde se haya sentido seguro.

La sensación de seguridad en la infancia está unida integralmente a la salud física y mental más adelante en la vida, así como al bienestar emocional y la formación de los mecanismos de afrontamiento que le permiten a una persona enfrentarse a la adversidad posteriormente de forma que no implique asesinar. Es este sentido el que se puede debilitar, a veces incluso con las mejores intenciones.

"Los niños perciben el mundo en general como un lugar algo peligroso ahora debido a la forma en que suelen ser estrechamente supervisados en casi todo momento", dijo Derkatch. "Si nos fijamos en las propuestas en Estados Unidos, parece que intentan hacer que las escuelas se parezcan mucho a las cárceles, con perímetros monitoreados y guardias armados y posiblemente maestros armados. Se podría extrapolar las experiencias de los niños que viven en situaciones potencialmente violentas, donde nunca se sabe lo que va a pasar. Eso tiene un profundo impacto en los niños".

"Nunca podré explicarlo bien, pero perder la sensación de seguridad siendo niño, especialmente en la escuela, es algo muy importante", dijo Marino, el médico de urgencias a quien le aterraba toser. "Quien no haya tenido simulacros de tiradores activos en la escuela jamás podrá entender qué se siente".

Este artículo apareció originalmente en inglés en The Atlantic y en CityLab.com.