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CityLab Medio Ambiente

Cómo sobrevivir una ola de calor

Un par de pistas al respecto: la edad y tener lazos sociales son dos aspectos claves.
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29 Jul 2016 – 11:16 AM EDT

La ola de calor en 1995 que mató a aproximadamente 739 personas en Chicago fue un evento aterrador pero instructivo. “En aquel tiempo las agencias de salud pública consideraban a las olas de calor como una pequeña molestia”, dice el sociólogo y escritor Eric Klinenberg. En 2002 Klinenberg publicó Heat Wave: A Social Autopsy of Disaster in Chicago (Ola de calor: una autopsia social de un desastre en Chicago), una crónica de la horrorosa cascada de errores políticos y sociales que Chicago sufrió durante tres días de implacable calor, en julio de 1995.

Según dice Klinenberg, cuando las temperaturas empezaron a subir, “el alcalde estaba en su casa en la playa”, al igual que varios otros funcionarios importantes de la ciudad. “Nadie sintió la obligación de regresar y manejar la crisis”.

El año pasado, la revista Chicago Magazine recopiló una horrible historia oral en conmemoración del vigésimo aniversario del suceso, la cual ofreció una oportunidad para apreciar las razones por las que no se ha vuelto a repetir (por lo menos en EEUU). Actualmente las olas de calor inminentes se acompañan de abundantes avisos para asegurar la salud pública. Los centros comunitarios con aire acondicionado se mantienen abiertos y los medios suelen hacer una fuerte cobertura sobre estos extremos cambios de clima. Hoy día esa cobertura es mucho más sustancial que los reportes jocosos de años anteriores donde se bromeaba que se podían freír huevos en las aceras. “Muchas más ciudades ahora entienden lo peligroso que puede ser el calor”, dice Klinenberg.

Por desgracia, el autor dice que esas son las únicas buenas noticias que se pueden reportar. En el futuro los residentes de ciudades tendrán que lidiar con días todavía más calurosos. Además, las instituciones e infraestructura que en Chicago en 1995 colapsaron estarán a prueba durante olas de calor más largas, intensas y frecuentes. “Desde los años 90, los asuntos subyacentes que hacen que las olas de calor sean tan mortales se han vueltos más extremos”, dice Klinenberg.

A nivel climatológico, durante la semana que viene y la próxima una buena parte de Norteamérica estará disfrutando (o soportando) las temperaturas más altas del verano. Por lo tanto, es un buen momento para repasar las estrategias básicas para evitar ser una víctima del calor urbano.

La edad no ayuda

Quizás sea demasiado tarde para algunos de nosotros, pero la mejor defensa contra enfermedades provocadas por el calor es un sistema cardiovascular joven y saludable, así como bastante hidratación y sudor. Los ancianos tienen mucha más vulnerabilidad ante los efectos de calor a largo plazo que los jóvenes: a los corazones envejecidos les cuesta trabajo lograr el incrementado flujo sanguíneo que es necesario para la termorregulación, aparte de que los viejos sudan menos.


Haz amigos

La vasta mayoría de las víctimas de la ola de calor en Chicago tenían más de 60 años. Pero tal como reveló la obra de Klinenberg, el factor de riesgo crítico fue el aislamiento social. Los más altos índices de mortalidad fueron con ancianos que vivían solos sin familia o amigos que estuvieran cerca. Los hombres tenían dos veces las probabilidades de morirse que las mujeres, quienes tienden a tener redes sociales más robustas.


Sé un buen vecino

También importa tu vecindad: una razón por la que sólo un 2% de las víctimas en Chicago fueron latinos fue porque la comunidad latina de la ciudad estaba mayormente concentrada en áreas densamente pobladas. Por su parte, las victimas afroamericanas tendían a vivir en áreas empobrecidas de la ciudad que tenían altos índices de casas vacías y servicios públicos limitados. Estas personas fueron abandonadas mucho antes de morir solas. En cambio, en comparación con la gente de vecindarios de blancos pudientes, les fue más o menos igual a los residentes de vecindarios afroamericanos de bajos ingresos cuando dichos barrios eran muy poblados y tenían “infraestructura social” funcional. También existen investigaciones que sugieren que la resistencia comunitaria después de sobrevivir una tormenta puede fortalecer los lazos existentes entre los miembros de la comunidad. “Al final no se trata del tiempo”, dice Klinenberg. “Se trata de la sociedad. Se trata de la forma que nos tratamos mutuamente”.


Si puedes, sal de la ciudad

Durante el agosto brutal de 2003, la ola de calor más mortal de la historia mató a miles en toda Europa Occidental, entre estos unos 15,000 en Francia. La mortalidad fue particularmente alta en París, donde el llamado efecto de isla urbana de calor evitó que descendieran las temperaturas por la noche. Un estudio realizado en 2012 que utilizó la toma de imágenes térmica para comparar temperaturas en París con las de un suburbio cercano encontró que una diferencia de medio centígrado en la temperatura mínima promedia en las noches aumentó en más del doble el riesgo de muerte entre los residentes mayores de la ciudad.


Tener electricidad es clave

Durante esas temperaturas terribles en Chicago, muchos residentes de bajos ingresos no tenían aire acondicionado en sus casas. Además, una fuerte demanda saturó la red eléctrica y dejó a 49,000 casas en la ciudad sin electricidad en distintos momentos. Los apagones provocados por el uso aumentado de aire acondicionado y tormentas veraniegas se volverán cada vez más comunes en nuestro mundo cada vez más caluroso y la infraestructura eléctrica del país sigue siendo vulnerable.


El cambio climático desempeñó un papel secundario en el apagón en septiembre 2011 que dejó a todo San Diego sin electricidad durante 12 horas, ya que fue causado por un incendio no controlado en Arizona que dejó fuera de servicio a una línea de transmisión en un día con temperaturas de 113 grados Fahrenheit (45°C).

Pero, tal como nos recuerdan quienes critican el apetito estadounidense por el aire acondicionado, este fresco artificial es más bien un problema que una solución. “Al hacer que nuestro mundo sea más fresco temporalmente, el aire acondicionado lo está volviendo más caluroso de manera permanente”, escribe Stan Cox, autor de Losing Our Cool: Uncomfortable Truths about our Air-Conditioned World (Malos aires: verdades incómodas sobre nuestro mundo climatizado). Este cita no sólo la cantidad enorme de energía que se consume con el aire acondicionado (alrededor de un 5% de la producción doméstica anual de electricidad), sino su impacto distorsionador en el ambiente construido.


Durante el último medio siglo, las ciudades estadounidenses han asumido una forma termodinámica inestable y han llegado a parecer colecciones de cajas llenas de aire fresco todas amontonadas en islas de calor hechas de concreto. Si apagaras el aire acondicionado, los edificios de oficinas se volverían inhabitables, los vehículos estancados en tráfico se convertirían en cámaras de tortura y los edificios de departamentos serían trampas mortales.

Desenganchar a los estadounidenses de su aire acondicionado y construir ciudades que aguanten mejor el calor será una tarea enorme. Pero hay muchos cambios relativamente modestos —desde construir techos frescos que reflejen la luz del sol a expandir el follaje urbano de árboles— que pueden reducir temperaturas en unos cuantos grados críticos.

Y, tal como dice Klinenberg, necesitaremos solucionar esto: vivir en áreas urbanas más densas con un uso menos intensivo de recursos es la manera sustentable de proceder. “Es una de los paradojas del cambio climático”, dice. “Necesitaremos más ciudades y ciudades más grandes, pero mientras que haya más personas [quienes] viven en la ciudad, más calurosas serán”.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.


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