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El déficit democrático en la frontera del siglo XXI

Es necesario consultar a los fronterizos para generar soluciones a los flujos, legales e ilegales, y permitir que su visión sea parte de la solución.
Opinión
Director del Mexico Center y fellow en el Baker Institute para Políticas Públicas de la Universidad de Rice, en Houston
2016-07-09T21:20:18-04:00

Las fronteras son espacios complejos, porque son espacios de encuentros y desencuentros –de intercambios y conflictos, de hibridación cultural y exigencias de lealtad nacional, de acceso económico y negación de oportunidades, etc. En este sentido, la frontera México-Estados Unidos es singularmente compleja. En ella se encuentra no sólo una línea que divide dos países sino que divide dos culturas, dos sistemas políticos distintos y dos niveles de desarrollo económico dispares.

Muchos libros y miles de artículos se han escrito sobre la complejidad de la frontera, incluyendo la migración, la seguridad, la salud, la cultura, las condiciones económicas, el comercio, el medio ambiente y los recursos naturales, etc. Pero no todos entienden cómo se vive en la frontera como quienes habitan en ella. Esto es porque siempre ha habido una gran confusión entre lo que pasa por la frontera y el impacto que éstos flujos tienen sobre las zonas fronterizas, es decir, la habitabilidad de los espacios transfronterizos. Los flujos por supuesto utilizan la frontera, pero generalmente viene de lejos y van a otras partes de México o Estados Unidos –ya sea productos manufacturados o agrícolas, drogas ilegales o migrantes. Los productos manufacturas o agrícolas vienen de los grandes sectores industriales y agrícolas de los corredores productivos nacionales y fluyen norte y sur. Las drogas ilegales se cultivan, producen y consumen lejos de la frontera. Los migrantes vienen de Centro o Sudamérica y van a los grandes centros urbanos de los Estados Unidos. Pero en la frontera todos estos flujos se encuentran por ser el paso obligado.

Pocos, sin embargo, se preguntan qué es lo que piensan los fronterizos de su región, sus ciudades y sus espacios, y los múltiples flujos que los afectan día a día. Pocos consideran que los fronterizos tienen su propia visión de la frontera, de ellos mismos y de sus vecinos, y esta visión no siempre coincide con lo que piensan quienes viven lejos de la frontera. La encuesta Conkrite News, Univisión, Dallas Morning News 2016 retoma por primera vez desde el año 2001 lo que los fronterizos piensan de sí mismos. Y hay revelaciones importantes.

Los fronterizos, por ejemplo, tienen un mayor aprecio de sus vecinos al otro lado de la línea fronteriza que la imagen que tienen los públicos nacionales. Mientras que los estadounidenses en general tienen una mala imagen de México y piensan que ese país es una carga para los Estados Unidos y solo un 22% tiene una buena imagen de México, quienes viven en la frontera tienen una mejor imagen los unos de los otros –alrededor del 80% tienen una buena imagen de sus vecinos. Evidentemente, los fronterizos no se ven los unos a los otros como una carga sino como un valor añadido a la vida cotidiana de la región. Ellos conciben la frontera y sus diferencias como una ventaja y no como un elemento que sustrae de la prosperidad y de la seguridad de la frontera.

Al mismo tiempo, mientras que el público estadounidense apoya en mayores números el reforzamiento de la frontera, quienes viven en la frontera viven el aparato de seguridad como una carga sobre su calidad de vida, que vulnera la intimidad transfronteriza y que, mientras que entienden su necesidad, buscan que las fuerzas del orden ejerzan su poder de una manera digna sobre los usuarios cotidianos de la frontera. Más del 80% de los fronterizos quieren ver que las autoridades faciliten y no impidan el cruce transfronterizo.

La frontera en general ha sido objeto de políticas represivas. En los últimos diez años se ha pasado de 11,000 a 21,000 agentes de la patrulla fronteriza, se han construido 700 millas de muro fronterizo, se han incrementado los castigos a migrantes, se ha expulsado a millones de migrantes del país, y se han recrudecido las violaciones a los derechos humanos y procesales, se ha desplegado la tecnología más sofisticada para detectar contrabando de drogas ilegales, etc. Todas estas medidas van dirigidas a los flujos transfronterizos, y se implementan sin tomar en consideración el impacto sobre los casi quince millones de personas que viven sobre la línea fronteriza y que tienen que pagar un precio muy alto por estas medidas. Es por esto que los fronterizos a menudo ven a las fuerzas del orden fronterizo y los gobiernos centrales como hostiles a la frontera –60% de los fronterizos mexicanos y casi 50% de los fronterizos estadounidenses piensan que los gobiernos no han manejado bien la frontera y más del 70% en ambos lados creen que el muro fronterizo no es necesario.

Además, los fronterizos tienen su propia visión de la frontera hacia el futuro. Quieren ver una frontera más humana, más abierta, más próspera y aunque quieren una frontera en orden, porque en ambos lados ha subido la preocupación por la inseguridad, no coinciden con la visión de las autoridades que pretenden imponer el orden cerrando la frontera. En este sentido, hay un enorme déficit democrático en la frontera, precisamente porque a los fronterizos no se les ha preguntado su visión de la frontera en el siglo XXI y no se les han dado los canales para que expresen y articulen su propia visión regional.

Ha llegado el momento de cerrar este déficit democrático en la frontera y tomar en cuenta las opiniones de los fronterizos en el diseño e implementación de políticas públicas hacia la frontera. Más del 50% de los fronterizos, por ejemplo, consideran que los problemas de la frontera deben ser resueltos por ambos gobiernos conjuntamente.

Es necesario consultar a los fronterizos para generar soluciones a los flujos, legales e ilegales, y permitir que su visión sea parte de la solución. Sin tomarlos en cuenta, las quince millones de personas que viven en la frontera serán arrollados no sólo por los flujos que pasan por la zona sino por las políticas de los gobiernos que insisten reprimir los deseos de los habitantes de la frontera y en cerrar en vez de administrar y ordenar la frontera para beneficio de todos.

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