Con el paso de las horas, en la zona norte-central de Venezuela se profundiza un patrón que deja al descubierto la desigualdad en la respuesta humanitaria tras los sismos: l a ayuda llega poco, tarde y de forma desordenada a los sectores centrales de La Guaira, mientras que en las comunidades más apartadas escasea o simplemente no existe.
Miles de muertos, falta de hospitales, comida y crisis en las calles: a una semana del terremoto en La Guaira, la crisis no parece tener fin
Mujeres y hombres en La Guaira, la zona más afectada por los sismos, enfrentan una situación extrema al perderlo todo, en algunos casos, y quedarse sin sustento para llevar alimento a sus familias. La ayuda internacional ha comenzado a llegar, pero además de ser insuficiente, se está entregando de forma desorganizada
En el centro de La Guaira, los civiles se agolpan desde tempranas horas alrededor de los camiones que distribuyen alimentos. La entrega ocurre sin orden ni control. Las personas corren hacia los vehículos, se empujan entre sí y tratan de alcanzar las provisiones antes de que se agoten. La comida cae desde las plataformas de los camiones en medio de la desesperación; en algunos casos, incluso es arrojada por los repartidores.
Autoridades del Programa Mundial de Alimentos (PMA) alertaron sobre la falta de coordinación en la entrega de ayuda en las zonas afectadas. El director adjunto del programa de Naciones Unidas, Andrés Rodríguez, comentó a la agencia EFE: “Hemos visto muchas imágenes en las que llega un camión y comienza a lanzar cosas a la gente, y realmente creemos que hay que hacerlo de una manera más organizada, no solo por la logística”.
La falta de organización genera el caos
La falta de control por parte de las autoridades y entre los propios voluntarios provoca que organizaciones sociales, religiosas, privadas y civiles recorran las calles para repartir ayuda, lo que termina generando nuevas aglomeraciones.
Pero el colapso no se debe solo a la desorganización. La cantidad de alimentos que llega es insuficiente frente a la magnitud de la crisis, a pesar de que distintos países han comenzado a enviar suministros. Los víveres de primera necesidad no alcanzan para la demanda de personas que lo perdieron todo y ahora viven al aire libre, en calles, parques y otros espacios públicos.
La escena se repite con el agua: en las carpas de rescate se entrega en cantidades limitadas, obligando a los sobrevivientes a hacer fila durante largos períodos para recibir una ración.
Comunidades alejadas en el olvido
El escenario empeora al salir de La Guaira y avanzar hacia los sectores más alejados. Allí, la ayuda es escasa. En Pueblo de Carayaca, Puerto Carayaca, Arrecife, Picure y Las Salinas, los residentes han denunciado que la ayuda llega poco o no llega. La ausencia de información se ha convertido en otra forma de abandono. Algunas organizaciones han comenzado a trasladarse a la zona para llevar alimentos por su propia cuenta.
Ante la escasez, algunas personas con motocicleta se trasladan varias veces a la zona central de La Guaira para abastecerse de ayuda y llevarla a sus familiares.
Las Tunitas ocupa una posición intermedia en este mapa de emergencia. Allí, los habitantes piden ayuda de forma constante, y medios locales han documentado sus reclamos. Una madre del sector Cuarto de Loma solicitó alimentos e insumos para niños, como pañales. En otra entrevista, una mujer de la tercera edad sostenía una cartulina verde con el mensaje: “Necesitamos agua. Por favor, ayuda”.
En la zona también se han reportado derrumbes de edificios comerciales y residenciales. Muchos habitantes han tenido que dormir al aire libre por temor a las réplicas. A pesar de ello, sigue sin haber una comunicación clara sobre cuándo llegará asistencia de forma continua.

La falta de servicios básicos golpea por igual a toda la parroquia. El agua potable dejó de llegar desde el sismo. En Catia la Mar, las carpas de rescate reparten agua, pero en cantidades limitadas; en Pueblo de Carayaca y sectores cercanos, el suministro es a cuentagotas. Los pobladores se ven obligados a buscar agua en cualquier fuente disponible, sin garantías sanitarias ni de seguridad. La electricidad también se interrumpió en toda la zona, y las telecomunicaciones quedaron severamente afectadas.
En las comunidades más apartadas, la desconexión es casi total. Los teléfonos celulares no funcionan y los residentes de Arrecife y Las Salinas no pueden comunicarse con familiares en otras ciudades.
El contraste entre las distintas áreas de la parroquia es cada vez más evidente. Catia la Mar, por su ubicación estratégica en la entrada de la zona afectada, concentra la mayor parte de los recursos. Los camiones pueden entrar con mayor regularidad, aunque la carga sea insuficiente y su distribución siga siendo caótica. Vista al Mar, cercana a Las Tunitas, ha recibido la visita de rescatistas en dos ocasiones. Pero más allá de esos puntos, la ayuda disminuye rápidamente hasta desaparecer. En el pueblo de Carayaca, los habitantes reportan que la asistencia no está llegando. Organizaciones civiles han comenzado a trasladarse a la zona para llevar alimentos y, en algunos casos, ropa.
Lo que comenzó como una catástrofe ha escalado hacia una verdadera crisis de derechos humanos. La carencia de servicios esenciales, luz, agua y conectividad, no es un simple fallo técnico, sino un impedimento crítico para la supervivencia básica. La gestión improvisada de la ayuda humanitaria, lejos de mitigar el impacto, prolonga el sufrimiento de una población que hoy enfrenta una doble tragedia: el embate de la naturaleza y el peso de una negligencia operativa que los mantiene a la deriva."







