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Huracán María

Después del huracán María, Puerto Rico se despuebla

El escritor puertorriqueño Héctor Feliciano cuenta en su segunda entrega que después del paso del huracán María, más de 400,000 personas perdieron sus hogares y ante la lentitud de la ayuda federal, muchas familias han buscado su propio camino estableciéndose en los Estados Unidos.
30 Oct 2017 – 6:41 PM EDT

El huracán María es, según los expertos, el incidente atmosférico que más destrucción ha causado en los últimos sesenta años. Se viaja por Puerto Rico y se observa que sus vientos y lluvias no dejaron una sola región, zona, parte, rincón del país a salvo de daños graves y extensos. Todos los habitantes, todas las instituciones y todos los centros de poder se vieron afectados profundamente por el paso del huracán.

Cumplidas las dos semanas de su paso el país no logra ponerse de pie, aunque algunos puertorriqueños ya comienzan a encontrar su respuesta definitiva a la nueva situación. No se conoce aún la cifra definitiva de muertes, que podría llegar al centenar, y todavía cientos de miles de damnificados continúan sin recibir suministros o ayudas, pero se sabe ya que más de 250,000 viviendas fueron arrasadas o sufrieron daños y numerosas siguen inhabitables. Los árboles y escombros permanecen todavía allí donde cayeron el mortífero 20 de septiembre. Con las aparentes dificultades que representa la reparación del tendido eléctrico, solo el 3% de los tres millones y medio de habitantes de la isla tiene electricidad, un porcentaje poco mayor recibe agua potable y en las telecomunicaciones, cerca de un pequeño 10% tiene acceso a sus teléfonos portátiles o al mundo digital.

A medida que uno se aleja de San Juan, la capital, los estragos causados se perciben con mayor fuerza; allí, la destrucción fue más intensa y más amplia. Se ingresa en el interior y se acerca uno a los municipios que sufrieron las recias complejidades de los vientos y la lluvia por su cercanía al ojo del huracán.


Sobre la costa norte, la que baña el Oceáno Atlántico, el valle del Toa se encuentra a unos 20 kms al oeste de San Juan. Sus tierras fértiles y oscuras las atraviesa el río La Plata, que nace al sur en las montañas de Guayama. Durante largas décadas del siglo XX, estas tierras fueron región de intensos cultivos de caña de azúcar. La llanura baldía, habitada hoy por unos doscientos mil residentes, forma parte de una zona que no siendo aún metropolitana, es ya lugar de construcciones residenciales recientes en donde vive gente que trabaja en la capital o depende de ella para su vida diaria. El valle es hoy una mezcla heterogénea y difícilmente conciliable entre la urbe y los elementos rurales de hace solo unas décadas. Las desigualdades sociales se distinguen a flor de piel.

El miércoles de septiembre en que el huracán cruzó esas tierras ocurrió un hecho insólito, como muchas otras cosas inesperadas aquel día. El caudal del río La Plata desemboca sus aguas en el Atlántico, pero, antes, río arriba, se unen en un embalse entre los pueblos de Naranjito y Toa Alta.

Durante la madrugada y la mayor parte del día 20 de septiembre las lluvias de María no dieron reposo. Pronto, el metro de agua que caía desbordaba las aguas de la represa, comprimiendo las paredes e incrementando el riesgo de causar su rompimiento y una inundación relámpago de toda la región. En medio de la tormenta, los funcionarios de la Autoridad de Energía Eléctrica aprobaron la apertura de las compuertas, que permitiría fluir en orden el exceso de las aguas depositadas. La presión en el embalse disminuyó. Los técnicos, sin embargo, no sospechaban que, río abajo, en el valle, cerca del pueblo de Toa Baja, en donde las aguas dulces de la desembocadura encuentran el mar, los vientos y las lluvias aliñaban un nuevo incidente. Las ráfagas de hasta 350 kms por hora y el desmesurado diluvio que los acompañaba habían comenzado a formar marejadas en el Oceáno de hasta 3 metros de altura. Aquellas alcanzaban ya la costa y comenzaban a ataponar la desembocadura en dirección contraria del caudal del río que, hinchado, desbocado, corría hacia abajo desde la represa. Así, en el valle las dos aguas vinieron a chocar en ese punto del cauce y se creó el desastre. Ninguna pudo seguir su ímpetu natural, uno hacia dentro y el otro hacia fuera, y con el impacto se regaron y dispersaron rápidamente a derecha e izquierda, a lo largo y lo ancho del valle del Toa.

En su trayecto, las aguas se llevaron enredados personas, platanales, caballos y vacas, casas de hormigón y de madera, techos de zinc y coches. También, arrastraron toneladas de barro y tierra que fueron a depositar más allá; sin contar con los objetos que encontraron dentro de las casas. Ocho residentes perecieron ahogados, habiendo que rescatar, en pocas horas, a más de 4,000 mil personas de sus hogares.


En el propio valle del Toa, cercano a la boca del río, se encuentra el municipio de Toa Baja con 89 mil habitantes. En el barrio Ingenio los sectores de Las 26 y Villa Clara resultaron ser entre los más afectados por las inundaciones. Recibieron una cantidad de agua tal que cubrió los primeros pisos de las casas. Sobre las paredes mugrosas de las modestas residencias de dos pisos se distingue claramente la marca del agua, medio metro por encima del piso de abajo. Los residentes todo lo perdieron. En plena madrugada, un gran número de vecinos se vió obligado a subir a sus techos o a abandonar sus casas.


Lo perdido es visible hoy en estos dos sectores pobres, sobre la carretera principal que atraviesa el valle y lleva al mismo pueblo de Toa Baja. Alineados frente a las casas, como si fueran los desperdicios de un basurero portátil, se encuentran acumulados neveras, sofás, sillas, cortinas, televisores, mesas, ropa, espejos, bolsas plásticas. Húmedos aún, ennegrecidos por las aguas, los enseres son inservibles. El conjunto de aquellos montones proporciona una medida de la nueva pobreza de los dueños. Se ahorró por meses y años, se tomó dinero prestado para poder amueblar, equipar la casa. De aquello, ahora no queda nada.

Desde un patio lleno de escombros frente a la ruta, en el sector La 26, que se llama así porque se encontraban aquí las primeras veintiséis casas al lado de la antigua vía del tren, Alfred Kenneth Rosa se exclama mientras sonríe,

-No he podido trabajar porque el mangó le cayó encima.

Señala con la mano una excavadora destruida a medias por un gran árbol, que hace 90 años su bisabuelo sembró. Los vientos lo derrumbaron y cayó sobre su instrumento de trabajo. La inundación vino y remató el daño.


Rosa tiene 50 años, esposa y tres hijos. A pesar de lo ocurrido, hace prueba de buen humor. Reside en la casa de madera de color verde a unos pasos detrás de donde se encuentra conversando. María le arrancó el techo y parte del balcón y en medio de las ráfagas la familia tuvo que salir corriendo a resguardarse en casa del vecino.

En las dos semanas que han pasado ni FEMA, la administración federal encargada de catástrofes y emergencias, ni el personal de la alcaldía han pasado por su casa a traerles ayuda.

Le gusta narrar y nos contó, también, que el agua atascó un caballo ahogado en la ventana de la casa de un amigo. Apestaba y el amigo decidió abandonar el animal muerto allí mismo e irse a vivir a otro lugar.

Buscando la casa del caballo, doblamos, más abajo en la carretera, a la izquierda, por las pequeñas calles que se adentran en el valle.


En Villa Calma, hallamos en las modestas casas, una tras otra, la destrucción, el desorden y la suciedad de los vecindarios pasados por agua. Las calles sin aceras, llenas de baches, apenas diseñadas, son esta tarde parte lodazal, parte charco. En las casas se ven muros derrumbados, balcones caídos, autos destrozados. Dos semanas después del paso del huracán los pisos, las fachadas y las calles llevan intactas las manchas negras de la inundación en donde el fango, el barro seco y la mugre se entremezclan.

El agobio de un periodista capitalino es rabieta de niño malcriado ante la dimensión de los estragos aquí. Uno, si fuera residente del sector, no sabría por dónde empezar. Vivir en Villa Calma es vivir en un chiquero de puercos.

-Me arrepiento de haber regresado….de allá, la alcaldía.

Sentado en unas sillas en la entrada de su pequeña casa sucia y manchada por las aguas así se lamenta Ramón Casiano, de 71 años. Vive en la calle principal, la de la entrada. Acaba de volver al vecindario, junto con su esposa y la familia de su hijo. Vienen del centro de refugiados en el casco del pueblo. Sobre las paredes inmundas del frente él y su hijo nos indican la marca del agua, a la altura de la cabeza de un adulto. El río y el mar entraron y dañaron las posesiones en su interior.

Son las cinco y media de la tarde y hace un día gris. En el vecindario despoblado comienza la oscuridad sin apelación de las zonas sin electricidad y se escucha un silencio chato y denso. Se comprende a la perfección el pesar de Casiano.

Recorrimos las calles aledañas, bordeadas por estructuras simples en hormigón y construidas por sus dueños, familiares y pequeños contratistas para una clase apenas media, muy modesta y trabajadora. Es posible que los jóvenes de este lugar aspiren a mudarse de aquí, acaso, a las casas con facilidades del inmenso reparto de Levittown, a poca distancia.

Desde un balcón, una señora nos informa que los propios vecinos cortaron en pedazos y desatascaron el cadáver del caballo que buscábamos. La familia, por su parte, se fue de la casa.

Vimos más, algunas destruidas, otras, abandonadas, y otras más, destruidas y, también, abandonadas. Sus dueños se refugiaron en los centros de acogida o se instalaron temporeramente en las casas de parientes más afortunados. Bajo una marquesina un coche nuevo inmóvil, tal y como lo dejó el huracán, con los cristales arriba, cubierto de fango por fuera, y lleno de fango por dentro y hasta el techo. Como ha sido el caso a lo largo de la visita a Toa Baja, nos topamos con las posesiones podridas de los habitantes dispuestas en montones en el borde de las calles. Observamos más balcones rotos colgando en el aire, casas sin parte del techo o muy deterioradas y los residentes que continúan su vida familiar en el interior. La destrucción de María combinada con la del río La Plata han sido desoladoras.


Al final de la calle, en el atardecer, según va oscureciendo y en medio de la quietud que nos rodea advertimos una casa que parece estar habitada. Justo detrás, comienzan el valle y sus tierras negras. Tiene dos pisos y las paredes sin pintar. El balcón del segundo se quedó sin baranda. Desde la calle, un pequeño generador alambicado hasta el balcón hace el ruido desagradable de siempre y alimenta una bombilla débil y desganada.

Aquí, el agua alcanzó el segundo piso. Frente a la casa saludamos a un señor que baja unos objetos de un auto.

Amable, se presenta. Se llama Luis Santiago, tiene 57 años. Pronto, nos explica que lo perdió todo en su casa.

Trabaja en Toa Baja para una cadena de supermercados. Transporta clientes hasta sus casas. Nos dice que no cobra desde el huracán y que todavía no sabe cuando empezará. La empresa le teme a las dificultades del tráfico, a los árboles que obstruyen los caminos.

-Vivo por allá, cerca de la iglesia.

Señala en dirección de la carretera , en donde se encuentra una comunidad protestante. La iglesia propone comida, papilla para bebés, albergue y reemplaza a ese estado lejano que no da señales de vida.

Confirma la información que nos dió Rosa, el señor sonriente del sector Las 26, que ni FEMA ni la alcaldía se han presentado por allí.

Desde el paso del huracán vive con su esposa en esta, la casa de su hija. Tiene cinco hijos adultos. Con el fin de María, tres de ellos han encontrado su propia respuesta definitiva a los destrozos de María estableciéndose en los Estados Unidos.

Desde hace unos días viven con sus familias en Florida, en Pennsilvania, a cientos de kilómetros unos de otros, y sin planes de regreso. Son todos gente laboriosa, necesaria, que Puerto Rico pierde por causa de María. Trabajaban en los alrededores de Toa Baja, una en una panadería, otra era dependiente en una cafetería, la otra, ama de casa. El quinto residía allá desde antes. La mayor, la dueña de la casa inundada y sin baranda, se queda en Villa Calma con su esposo y su familia.

Santiago, el padre, repite que sus cuatro hijos trasterrados lo incitan y siguen insistiendo para que se mude con ellos allá. No se convence aún. Dice que no ha tomado una decisión definitiva. Lo hará más tarde, junto con su esposa. Al contrario de sus hijos jóvenes, Santiago no sabe aún si, para él, es esa la mejor respuesta, propia y clara, a la catastrófica situación de su país.

En fotos: Así está el municipio de Mayagüez después del paso de María

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