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Inmigrantes indocumentados

La inmigrante Wendy González muestra cómo vive con su familia en el albergue Hollis de Queens, donde murió la madre colombiana

Tras un año y cuatro meses de una travesía en la que recorrió mares, montañas y hasta sufrió un secuestro, la inmigrante venezolana muestra lo que hace para sobrevivir con su familia en el albergue Hollis para inmigrantes, en Queens. Este lugar fue noticia el domingo por la muerte de la madre colombiana Leydy Paola Martínez.
Publicado 22 Sep 2022 – 07:18 PM EDT | Actualizado 23 Sep 2022 – 08:53 AM EDT
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“¡Si yo te contara lo que nos costó llegar aquí!”, exclama Wendy González, inmigrante que vive en el refugio Hollis, de Queens, mientras se pasea por su hogar explicándonos cómo es su nueva vida allí. “Pero en Venezuela estamos acostumbrados a salirle con el pecho a la vida y de frente”, dice.

Ese espíritu de lucha, sostiene, hace que se sienta agradecida de estar en ese refugio, aunque esté viviendo en un “minidepartamento”, dentro del edificio de tres pisos en el que viven 200 familias, y que fue noticia esta semana tras la muerte de la madre colombiana Leydy Paola Martínez.

En Hollis, según González, hay reglas muy claras y no se permite que la gente fume, no dejan que se introduzca ningún tipo de bebidas alcohólicas. Tampoco se permite a los inquilinos andar merodeando por los pasillos, ni que se metan en el apartamento de los vecinos. Y los niños tienen que estar con ellos en todo momento. Una persona del edificio es quien les abre su vivienda.

Wendy, ve en esas reglas un orden lógico: “¿Pero tú te imaginas que en este refugio todo el mundo hiciera lo que quisiera? ¡Esto fuera una locura!”.

Así vive la familia de Wendy González en el albergue

Ella se esfuerza por respetar las reglas, y agradecer la ayuda que está recibiendo. Cada apartamento lo entregan con conexión a internet y utensilios de cocina. Tienen su baño privado, dos literas, espacio para guardar ropa. “Aquí lo único que no te entregan por lo menos es un televisor. Y si lo pasas tiene que ser menos de 32 pulgadas”.

Ella consiguió uno, gracias al obsequio de un buen samaritano. “Hay mucha gente buena”, dice. “Aquí todos los días las iglesias traen alimentos. Lo básico: cereal, leche, jugos, y esa ayuda se agradece”.

Sin embargo, Wendy reconoce que no quiere “abusar”. Y aunque dice que aún no le han dado papeles para trabajar, a los dos días de llegar al albergue, le dijo a su esposo: “Vamos a caminar por la zona, para ver qué hacemos para ganarnos la vida”, cuenta la mujer.

Cuando iban en su recorrido encontraron un carrito, y fueron recogiendo botellas de vidrio y recipientes de plástico. “Y mira, gracias a Dios, encontramos quién nos diera algo por eso. Y ahora, como quien dice, tenemos varias personas que nos ayudan con eso. No es mucho, pero nos da para comprar los pámpers de la bebé de dos años, y ropa para el niño".

“Ellos son la razón por la que salimos de Venezuela. Necesitábamos seguridad y comida para ellos”.

La familia de Wendy González sufrió mucha la pobreza

En el 2021 la pobreza en Venezuela llegó al 94% de la población, de acuerdo a la Universidad Católica Andrés Bello, de Caracas. Ese mismo año, el Foro Económico Mundial, dijo que era el país más pobre de América Latina.

Wendy González y su esposo Gian Carlo Rivas, decidieron dejar el país en 2020. Pero, cuando llegaron a Ureña, en la frontera con Colombia, enfrentaron su primer obstáculo: llegó el covid-19.

“Cayó la pandemia. Y entre la guerrilla, los paracos (paramilitares), la frontera cerrada y la falta de empleo, no podíamos pagar el arriendo. Se nos acabaron los ahorros y ahora sí que estábamos sin un centavo. Así es que, no pudimos esperar, y seguimos el viaje. A pie”.

Con la voz entrecortada, González cuenta cómo su viaje tuvo de todo: “Ahorramos para pagar una lancha en Panamá, pero también nos tocó caminar por desiertos y montañas, porque como veníamos tantos inmigrantes, ya nadie nos daba aventones”.

Antes de llegar a Estados Unidos, los retuvieron las mafias

De Colombia a México, dice, les tomó un mes la travesía. Y aunque pasaron frío y hambre, lo más duro fue llegar a México. “Ahí estuvimos tres meses. El triple del tiempo, porque en México nos secuestraron. Sucede que un señor nos regaló el pasaje en bus para los cuatro y, cuando estábamos cerca de la frontera de Arizona, un grupo de hombres armados rodeó el bus y nos bajó a todos. Parecía como una película”.

“A mi esposo le pegaban, porque decían que el coyote no les había dado los $8,000 por nuestra familia. Y nosotros le decíamos ¿Cuál coyote? ¡Si a nosotros un señor nos regaló el pasaje!”.

Al darse cuenta que el tiempo pasaba y que, en efecto, Wendy y su familia no tenían nada de dinero, sus secuestradores les quitaron hasta los zapatos: “Mi pobre hija, siguió el resto del viaje descalza”, comenta.

Por todo lo vivido y sufrido, al llegar al albergue, sintieron una tregua: “Tenemos un techo, una cama y comida para nuestros hijos. Es más de lo que teníamos hace unos meses”.

Reconoce que el albergue no es para todos

Sin embargo, también reconoce que la vida en ese lugar no es para todo el mundo. De hecho, el domingo en ese lugar se quitó la vida la madre colombiana Leydy Paola Martínez.

“Si, puede ser difícil, y lo más difícil es para las personas si están solas, porque ¿cómo van a ir a trabajar sin su pareja que les ayude con los niños? También es duro para los que están acostumbrados a tener su casa y a vivir solos. No tener reglas. Porque eso es un gran cambio. Pero no porque el refugio sea malo, sino porque cambiaron sus condiciones de vida”.

En su caso, dice Wendy González, para ella y su familia, este albergue representa el otro lado de la moneda: “Es una bendición. Lo vemos como algo temporal, sentimos que ya nos van a salir nuestros papeles y vamos a poder trabajar, porque si me preguntas con qué soñamos ahora que estamos aquí, es con tener un permiso para trabajar y seguir adelante luchando”.

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