La tragedia de los Criollitos, los niños beisbolistas de La Guaira que han muerto y desaparecido en el terremoto

La tragedia de los terremotos golpeó una fibra sensible en Venezuela: el beisbol. Aún no se tienen cifras oficiales, pero se habla de que pudieron haber muerto cientos de personas, incluidos niños pertenecientes a la liga de Criollitos de La Guaira

Video Luto en el béisbol venezolano: Mueren niños peloteros del equipo infantil ' Los Criollitos' de La Guaira

En Venezuela, la geografía no se mide solo en costas o cordilleras, sino en la distancia exacta entre las bases de un diamante. Si en México o Argentina el fútbol es una religión invisible pero omnipresente, en esta tierra caribeña el béisbol es el aire mismo. Se respira en los estadios profesionales y, con mayor pureza, en cada rincón abandonado, en las calles polvorientas y en cualquier pedazo de tierra compacta donde un niño sostenga un bate de madera remendado. Desde hace décadas, alcanzar el profesionalismo aquí ha dejado de ser una simple meta atlética; es, para miles de familias, un boleto de ida sin retorno hacia una vida mejor, lejos de las asfixias de la crisis.

Pero esa fábrica de ilusiones quedó sepultada bajo el peso de la tierra. Un doble terremoto de violencia inusitada golpeó el corazón del litoral central y las zonas adyacentes, ensañándose con especial crueldad en los lugares donde los jóvenes entrenaban y perseguían el futuro. Las promesas del mañana hoy yacen bajo toneladas de hormigón fracturado, y la magnitud de la catástrofe humana apenas empieza a vislumbrarse. “Deseo profundamente no hacer tendencia lo sucedido; evidentemente, tenemos muchas pérdidas, pero no tenemos una cantidad exacta”, explica Jhorny Sojo, presidente de Criollitos de Venezuela en La Guaira.

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La confesión, cargada de un dolor contenido, fue hecha por Sojo esta mañana N+ Univisión. Sus palabras reflejan un desconcierto generalizado: cuando el líder deportivo admite que carece de una cifra exacta, es porque la opacidad y el caos postraumático han dejado a toda una región a oscuras. Hasta el momento de redactar este reporte, ninguna autoridad gubernamental ha emitido un balance oficial sobre la suerte de los cientos de niños beisbolistas que murieron al momento del desastre.

El cálculo logístico, no obstante, anticipa una tragedia de proporciones devastadoras. En las instalaciones deportivas regionales de la corporación Criollitos de Venezuela, institución insignia en la formación del béisbol menor, suelen concentrarse hasta mil niños y jóvenes en una jornada ordinaria de entrenamientos y partidos. Lanzar un número al viento en estas circunstancias sería una irresponsabilidad que Sojo prefiere evitar, aunque el olor a polvo en el ambiente augure las peores certezas. Decenas de peloteros llenan las salas de los hospitales de campaña, mientras un grupo indeterminado permanece en las listas de desaparecidos.

El semillero roto de Playa Grande

La Guaira alberga una de las canteras más vibrantes del país, con al menos 1.200 menores inscritos en diversas categorías de Criollitos de Venezuela. Eran los herederos naturales de los grandes nombres que hoy brillan en los máximos diamantes de Estados Unidos. Hoy, la realidad de esos niños se divide en tres escenarios desgarradores: camas de emergencia, el refugio temporal bajo carpas improvisadas en el estadio de Playa Grande, convertido de la noche a la mañana en un campamento de refugiados y desplazados, o el silencio definitivo bajo los escombros costeros.

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“Lo que más lamentamos es que la mayoría de los niños fallecidos son de la categoría semilleros, niños de cinco años. Ha sido algo terrible”, señaló Sojo, visiblemente afectado. La comunidad del béisbol venezolano, una red tan estrecha como solidaria, ha reaccionado de inmediato, volcándose en el apoyo total, pero el daño en la base de la estructura social y deportiva ya es irreversible.

Una tragedia hotelera: el colapso del Eduard’s

La violencia tectónica no distinguió categorías de edad ni estatus profesionales. Mientras el terremoto sacudía las bases del país, los equipos de la Liga Mayor, Samanes de Aragua y Delfines de La Guaira, disputaban un encuentro. La fuerte sacudida interrumpió el juego, sumiendo el campo en el pánico inicial, pero el verdadero golpe de gracia aguardaba fuera de las líneas de cal, justo al terminar el sismo. Al regresar al Hotel Eduard’s, una de las estructuras hoteleras más emblemáticas y concurridas de la zona donde se hospedaban las delegaciones, los jugadores se encontraron con una escena de pesadilla.

El edificio principal se había desplomado por completo con las familias de los peloteros en su interior. Álvaro Espinoza, exjugador de Grandes Ligas y actual coach de tercera base de Samanes de Aragua, relató el trauma del regreso con la mirada fija en las ruinas: "Solo podíamos pensar en los familiares. El hotel se había caído y era allí donde estaban los familiares". Donde antes se levantaban los balcones del Eduard's, hoy solo queda una montaña de cascajo y varillas retorcidas.

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El béisbol menor de Venezuela ha quedado marcado con una cicatriz indeleble. Perdió, en un par de minutos, a sus promesas del futuro y a los mentores que moldeaban el carácter de los próximos héroes nacionales.

A partir de ahora, cada vez que un lanzador se plante sobre el montículo en este país, cada vez que una pelota curve su trayectoria en el aire o un corredor rompa la inercia hacia la inicial, el juego cargará con el peso de los recuerdos. Se recordarán los sueños de cientos de peloteros que se quedaron sin turno al bate, pero que desde hoy, acompañarán cada carrera desde la primera base, pero en un lugar más alto.