¿Se trata de hechos aislados o de una posible amenaza mayor? La muerte y desaparición de científicos ligados a áreas estratégicas como la energía nuclear, la defensa y la tecnología aeroespacial ha encendido señales de alerta en Estados Unidos. Entre 2022 y lo que va de 2026, al menos 11 especialistas han estado involucrados en incidentes que, aunque oficialmente no están conectados, comparten un elemento en común: el misterio.
Muertes y desapariciones de científicos encienden alertas en EEUU
Entre 2022 y 2026, al menos 11 científicos vinculados a proyectos sensibles han muerto en circunstancias extrañas o han desaparecido sin dejar rastro. Los casos, aún sin conexión oficial, generan inquietud sobre la seguridad nacional en Estados Unidos
El primer caso que despertó dudas ocurrió en 2022. Amy Eskridge, investigadora enfocada en tecnología antigravedad, murió en lo que fue catalogado como un suicidio. Sin embargo, colegas cercanos señalaron inconsistencias en las circunstancias de su fallecimiento, lo que alimentó cuestionamientos sobre lo ocurrido.
Un año después, el 30 de julio de 2023, murió Michael David Hicks, científico del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA. Hasta ahora, las causas de su muerte no han sido esclarecidas públicamente. La incertidumbre se repitió en 2024 con el fallecimiento de Frank Maiwald, ingeniero también vinculado a la NASA, quien murió el 4 de julio en circunstancias que siguen sin explicación oficial.
Todo comenzó en 2022 con la muerte de Amy Eskridge quien aparentemente se suicidó, un año después el científico de la NASA Michael David Hicks también perdió la vida. Pero fue en 2025 cuando la situación dio un giro aún más inquietante: comenzaron las desapariciones.
El 8 de mayo de ese año desapareció Anthony Chávez, investigador del Laboratorio Nacional de Los Álamos, uno de los centros más importantes en investigación nuclear de Estados Unidos. Su caso marcó el inicio de una serie de incidentes similares.
Poco más de un mes después, el 22 de junio, Mónica Jacinto Reza, ingeniera aeroespacial de la NASA, desapareció mientras realizaba senderismo. De acuerdo con reportes, una amiga que la acompañaba la perdió de vista durante el trayecto, y desde entonces no se ha tenido información sobre su paradero.
En 2025 a las muertes se suman las desapariciones de científicos del Laboratorio Nacional de Los Álamos y de la ingeniera aeroespacial de la NASA, Monica Jacinto Reza.
La secuencia continuó apenas cuatro días después. El 26 de junio, Melissa Casias, también empleada del Laboratorio Nacional de Los Álamos, fue vista por última vez caminando sola en una carretera en Talpa, Nuevo México. Su desaparición incrementó la preocupación, no solo por la cercanía temporal con otros casos, sino por el perfil profesional de las víctimas.
El 28 de agosto se reportó otro caso: Steven García, contratista del gobierno con autorización de seguridad de alto nivel, salió de su casa en Albuquerque y nunca regresó. Su trabajo, vinculado a áreas sensibles, elevó aún más las sospechas en torno a estos incidentes.
Ese mismo año, el 16 de diciembre, ocurrió un hecho distinto pero igualmente alarmante. Nuno Loureiro, director del Centro de Ciencia de Plasma del MIT, fue asesinado a tiros en su casa. El ataque fue perpetrado por Claudio Neves Valente, quien previamente había protagonizado un tiroteo en la Universidad de Brown que dejó dos muertos y 13 heridos.
Aunque este caso tiene un responsable identificado, su inclusión en la serie de eventos mantiene abiertas interrogantes sobre posibles conexiones más amplias. Nuno Loureiro, director del Centro de Ciencia de Plasma del MIT fue asesinado por el mismo individuo que realizó el ataque en la Universidad Brown.
En 2026, la tendencia no se ha detenido. Han muerto Carl Grillmair, astrofísico del Instituto Tecnológico de California, y Jason Thomas, biólogo vinculado a la farmacéutica Novartis. En ambos casos, la información pública sobre las causas de muerte es limitada.
A esto se suma la desaparición de William McCasland, excomandante del Laboratorio de Investigación de la Fuerza Aérea en la Base Wright-Patterson, quien se encontraba retirado al momento de su desaparición. Su historial en proyectos estratégicos vuelve a poner sobre la mesa la relevancia del perfil de las personas involucradas. La desaparición más reciente es de William McCasland del Laboratorio de Investigación de la Fuerza Aérea en la Base Wright-Patterson ocurrida en febrero de 2026.
Hasta ahora, las autoridades estadounidenses no han confirmado ninguna relación directa entre estos casos. Sin embargo, la coincidencia en el tipo de trabajo de las víctimas, muchas de ellas con acceso a información sensible, ha generado preocupación.
Expertos señalan que, aunque cada caso podría tener explicaciones independientes, la acumulación de incidentes en un periodo relativamente corto plantea interrogantes legítimas. ¿Se trata de una serie de coincidencias trágicas o de un patrón que aún no ha sido identificado?
El caso ya llegó a Washington donde el Comité de Supervisión del Congreso abrió una investigación, por su parte el FBI investiga una posible conexión entre estos incidentes y la NASA colabora.
Por ahora, las respuestas son escasas. Lo que sí es claro es que estos casos han puesto bajo la lupa la seguridad de quienes trabajan en áreas clave para el desarrollo tecnológico y militar. Mientras las investigaciones continúan, la incertidumbre persiste y la pregunta sigue abierta: ¿qué está pasando con estos científicos?









