La semana de la pesadumbre mexicana

Días de intensidad —y de tristeza colectiva— inusitada en México, que comenzó con la muerte del ídolo Juan Gabriel y se coronó (para peor) con la visita de Donald Trump a la casa presidencial.
Opinión
Periodista y director-fundador de ThinkTank New Media, una compañía de estrategia y desarrollo de contenidos en distintas plataformas. Autor de 2 libros y devoto de la gastronomía, los viajes, la yoga, la música, el cine, el whisky, el mezcal y las buenas conversaciones.
2016-09-02T16:37:38-04:00

El domingo en la tarde comenzó el fuego en las redes. Corría la noticia de la muerte de Juan Gabriel —a causa de un supuesto paro cardíaco— en su casa de Santa Mónica, California. Tras confirmarse, inició el desfile de pésames, lamentos, desgarramientos, por parte de mexicanos —y latinoamericanos— de todos los estratos sociales, géneros, preferencias sexuales y edades.

El 'Divo de Juárez', ese humilde décimo hijo de una pareja de campesinos michoacanos, iniciaba prematuramente una semana que ya es la delicia de los analistas del comportamiento social y antropológico, y del impacto del social media en México. El sollozo era prácticamente unánime para el ídolo popular, compositor, arreglista, cantante y showman, que lo mismo era estándarte de la comunidad gay que bandera de hombres machos. Sí, no sólo era un tema de mérito artístico: Juan Gabriel, con su colorido, sus gestos amanerados y sus estribillos románticos (cursis y melosos, insisten varios) fue el monarca en un país machista.

A JuanGa nadie lo discrimina

El lunes, el compositor había logrado con su muerte anticipada lo que nadie en mucho tiempo: unir a todos los mexicanos. Bueno, a casi todos los mexicanos, porque entonces llegó la voz disonante de un personaje de la intelectualidad nacional, de nombre Nicolás Alvarado, quien externó vehementemente su aversión personal por el artista y cerró un artículo titulado ' No me gusta Juanga', publicado en el diario Milenio, con estas alusiones clasistas: “Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas, su historia no por melodramática sino por elemental, su sintaxis no por poco literaria sino por iletrada…”.

La secuela es conocida: las redes se volvieron a incendiar, acusando al personaje en cuestión —que en ese momento era el director de la televisora universitaria, TV UNAM— de un clasismo y un snobismo (la posdata de su artículo se rubrica en un “Je suis snob”, jactándose del asunto con todo el humor que quiso poner al respecto) inadmisibles para un funcionario público y 48 horas después ya 'lo habían renunciado'.

Peña Nieto recibe a Donald Trump en Los Pinos

Pero México aún no terminaba de lamentar la pérdida de su ídolo, con canciones en el céntrico Garibaldi de la capital del país y en toda Ciudad Juárez, cuando sorpresivamente se informó de una inminente visita de Donald Trump a México.

El miércoles, de manera inesperada e inoportuna llegó el candidato republicano al país, invitado por el gobierno de Enrique Peña Nieto. Sí, el mismísimo dragón de los fuegos del insulto constante y de la adjetivización negativa de los mexicanos (violadores y criminales en su decir), acudía a la residencia oficial de Los Pinos de la Ciudad de México.

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La indignación apagó el duelo. JuanGa a un lado (sus cenizas serán el epicentro de un merecidísimo homenaje en el Palacio de Bellas Artes este lunes), México volvió a hacer estallar las redes con una sola consigna: #NoEresBienvenidoTrump. Y una natural secuela a la consigna: ¿por qué diablos el presidente Peña Nieto había decidido extender una invitación al payaso naranja y recibirlo, con bombo y platillo de jefe de Estado, en uno de los salones oficiales de Los Pinos. Las voces del círculo rojo se enardecieron. Todos, sin excepción, lanzaron sus diatribas sin pausa en contra de la torpeza presidencial. Error histórico, desacierto, traición. Observar la tibieza del inquilino de Los Pinos fue, sin más, el clímax de la tarde más vergonzosa posible para los mexicanos en la historia reciente.

Los medios internacionales se unieron al desconcierto. En algunos, como El País, el cineasta Alejandro G. Iñárritu le sacó punta al lápiz, citando a Martin Luther King: “Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”. Entre la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda, el péndulo tocó al candidato republicano y al presidente mexicano, ejemplos puntuales de ambas cosas.

Y un pueblo entero, sorprendido, humillado, en estupor, enojado ya ni siquiera puso atención a la farsa del final de la semana: el cuarto informe de gobierno de Peña Nieto, con aquel circo de una sola pista entre jóvenes elegidos de un casting prefabricado para que no hubiese ningún cuestionamiento a una figura presidencial que hizo sentir muy solos a todos los mexicanos.


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