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¿Cómo es elegir un bikini tras años de usar trajes de baño enteros?

Caí en cuenta de que mis trajes de baño enteros me mantienen en el grupo de mujeres más preocupadas por 'taparse' las realidades que por disfrutar, lo cual a estas alturas de mi vida es más vergonzoso que haber perdido mi sexy silueta de juventud. Así que me fui a comprar un bikini.
18 Jul 2016 – 9:22 AM EDT

Hace algunos meses que llegué a vivir a esta ciudad tropical (conocida como Miami and The Beaches), con dos trajes de baño enteros en la maleta y sin intenciones de aventurarme en el futuro próximo a la compra de un bikini. ¿La razón? En los últimos años he subido de peso y no es algo que quiera presumir, sino todo lo contrario.

Sin embargo, una de las diferencias culturales que más gustosamente he notado es la poca inhibición que existe en general aquí entre las mujeres latinas con curvas para mostrar su cuerpo. La ropa ceñida, los escotes pronunciados o los vestidos cortos de estas costas se posan sin distinción en cualquier mujer que quiera portarlos, sea del tamaño que sea.

Esa vergüenza femenina que hace que en mi país, México, muchas de las mujeres que hemos perdido nuestra alguna vez delgada silueta, nos esforcemos por ocultar los excesos de nuestro cuerpo debajo de capas y capas de tela, o de enormes prendas sueltas, aquí no procede. Supongo que lo primero que no abona a esta sensación general es el clima tropical pero se trata también de una actitud que yo leo como aceptación entre las mujeres que conforman mi entorno, que me parece emocionalmente saludable y que decidí adoptar de forma consciente en cuanto la detecté en el aire miamense.

Por eso ahora que ha empezado la temporada más calurosa y apetece más ir a tomar el sol a la playa, caí en la cuenta de que mis trajes de baño, enteros y pudorosos, además de no favorecer al bronceado, me mantienen en el grupo de mujeres más preocupadas por 'taparse' las realidades que por disfrutar, lo cual a estas alturas de mi vida —también lo sé— es más vergonzoso que haber perdido mi sexy silueta de juventud. Por eso decidí lanzarme a comprar un bikini aún a sabiendas de que se trataba de una empresa sumamente complicada (buscar sentirse cómoda en una prenda que deja al descubierto imperfecciones o cambios del cuerpo que nos hacen sentir inseguridad, es de las cosas más difíciles que hay, sé que muchos me entienden).

Lo mejor —pensé— será ir sola. Seguramente me tardaré horas en encontrar algo que me haga sentir cómoda. No voy a someter a mi significant other (que por fortuna también es mi marido) a esa tortura, porque además sé que en algún momento me voy a desesperar y a enojar y a poner de malas... Mejor voy sola. Sin embargo, él insistió en acompañarme y al final tengo que admitir que se lo agradezco porque me sirvió para entender algo importante: en la dura empresa de soltar la obsesión por no dejar ver nuestros 'defectos', ayuda mucho mirarse a través de los ojos de alguien que te conoce bien, que te sabe esos 'feos' que te empeñas en ocultar y que idealmente te quiere no por encima de ellos sino por ellos mismos. (En serio, se necesita a alguien mucho más benevolente que uno para salir con bien).


Ir acompañada ayuda también a presionarse para no exceder un tiempo límite. La consideración al tiempo de alguien más es súper útil para no eternizarse en la autotortura y en el maltrato. A mí me sirvió para ser más asertiva en mis elecciones y para descartar, de una, toda opción que me hizo dudar mínimamente.

Planeé pues, metódicamente la empresa y al llegar al mall enuncié los límites: teníamos 2 horas, 3 tiendas y la oportunidad de probarme 7 modelos distintos. Él, que es un tipazo, apenas hacía gestos de incredulidad. (Tuvo razón: al final nos tardamos casi una hora más).


Entramos a la primera tienda y fui directo a ver los racks que tenían sets separados de sujetadores y bragas para empezar por lo obvio. "Necesitamos una parte de abajo negra... ancha", dije. "¿Qué talla?", me preguntó. "Pues grande", contesté bajito.



Por considerarla más fácil, le dejé esa encomienda a él, y me dí a la tarea de buscar posibilidades para la parte superior (que combinaría de cualquier forma, ya se sabe que el negro va con todo). Así, me encontré un top muy lindo verde oscuro con palmeras ocre; otro, floreado y colorido; uno más, azul aqua y dos tank tops, una con un diseño diagonal de rayas rosas, blancas y negras y otra negra, de cuello halter, muy favorecedora.


Él me extendió las dos opciones más neutrales que encontró (según indicaciones, admito) y yo, decidida me dirigí con una canasta llena de prendas al probador, sólo para salir de allí casi 20 minutos después toda confundida. Ninguna opción era totalmente de mi gusto, salvo las tank tops, pero esas me hacían sentir que estaba haciendo trampa. Medio consciente de que los ojos de mi acompañante serían más objetivos que los míos lo consulté con respecto a esas opciones. Él tampoco estaba de acuerdo en comprarlas pero sus razones eran muy distintas a las mías. "La de rayas no hace lucir el color de tu piel, no me gusta", dijo categórico. "¿Y la negra?", pregunté. "La negra tiene un corte raro, desdibuja tu cintura, y tu cintura está muy bien".


Salimos de esa tienda y fuimos directamente a la segunda de la lista. Ahí decidí cambiar la estrategia. El encargo para él esta vez fue más abierto: elige un par de bikinis que te gusten. Mientras él se fue a su misión, yo buscaba por mi lado, indecisa, confundida, revolviendo tallas, colores y modelos, totalmente perdida entre mis gustos y mis prejuicios. Terminé por tomar un traje completo que me gustó mucho, era el último que quedaba de ese modelo: azul oscuro con lunares, de tiro largo, corte vintage y ostentaba en la etiqueta una talla M (aunque parecía amplio). Sí, estaba a punto de tirar la toalla cuando apareció mi acompañante con su contendiente en la mano y una sonrisa grande en el rostro.

"Wow, está lindo —dije abandonando el entero entre otros colgados, como si nunca lo hubiese considerado—, ¿pero no lo ves muy llamativo?". El color era lo que más le gustaba. También a mí. Lo tomé sin darme tiempo a dudarlo y me fui a meter al probador pensando si acaso lo que me intimidaba era vestir un color que evidentemente atraería miradas.

El problema no son las miradas en sí, sino que una al sentirse insegura tiende a interpretarlas como horribles críticas que en realidad suelen vivir sólo en nuestra cabeza, en el duro juicio que hacemos sobre nosotras mismas; porque a los 38 o a los 43 años ya no importa tanto cómo se ve esa lonja, esa panza o esa celulitis, sino el peso de nuestra incapacidad (por la razón que sea, llámese enfermedad, falta de voluntad, de interés o de disciplina) para deshacernos de ella.


Y lo que yo estoy aprendiendo al respecto es que la solución no es ocultarlas. Eso sólo logrará que nuestra mente perciba una realidad alterada y despistada entre lo que vemos y lo que no queremos ver. Lo que hay que hacer es —no hay de otra— vernos. Y aceptarnos, y quizá entender que todo lo que no nos gusta también es parte de uno, y que eso no nos debería quitar ni el sueño, ni el derecho a disfrutar de la vida vestidas con la ropa que nos gusta y no con la que 'nos queda', y mucho menos el derecho a sentirnos guapas (o hasta muy guapas) sin necesidad de esconder nada.


Todo esto pensaba mientras me miraba al espejo por primera vez en años, disfrutando de portar un bonito bikini a pesar de mi cuerpo imperfecto. Satisfecha y aliviada, salí del probador con el traje en la mano y le dije a la chica encargada "me llevo éste", ante la mirada cómplice de mi significant other.

Por cierto, mi bikini nuevo no es negro ni discreto. Es de un magenta casi morado. Está lleno de lunares blancos que le dan una onda retro al estilo de los que usaban las pin ups de los años 50.

Y me veo bien guapa con él.


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