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Correr la maratón de Boston en huaraches

Irma Chávez y Arnulfo Quimare, indígenas rarámuris, hablan de cómo fue correr las 26 millas de la Maratón de Boston con sus trajes tradicionales y sus zapatos de suela de neumático.
20 Abr 2016 – 07:20 PM EDT
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Arnulfo Quimera y Ayrma Chávez indígenas Tarahumara que corrieron la Maratón de Boston. Crédito: Cortesía Ayrma Chávez

Irma Chávez Cruz y Arnulfo Quimare no se entrenaron para correr las 26 millas de la Maratón de Boston. No lo hicieron porque un indígena rarámuri (tarahumara) no se entrena para una carrera, se entrena para correr toda la vida.

No tenía sentido entonces cambiar sus rutinas, afianzadas desde niños, de recorrer seis millas entre despeñaderos y piedras solo porque la Gran Carrera de Boston los estaba esperando. Correr aquí o allá al final para ellos es simplemente correr.

“La primera vez que corrí tenía 5 años, mi papá me puso al lado de los demás corredores rarámuris y me contó la leyenda de un venado y un conejo que competían por ser el hermano mayor de la tribu. A pesar de que el venado estaba convencido de ganar por su superioridad en tamaño y rapidez, terminó siendo el pequeño conejo el que llegó a la meta”, cuenta Irma detrás de la bocina para luego añadir: "Rarámuri, la forma como se bautizó a mi pueblo, significa 'Los de los pies ligeros' y es una realidad, y no un mito, eso de que podemos mantenernos por días corriendo detrás de un venado hasta cazarlo”.


Lo que sí hizo Irma, dos meses antes de su viaje, fue mandar a hacer un traje especial que, lejos de las tecnologías dryfit y las lycras inteligentes, consistía en una blusa y falda rotonda de vistosas flores moradas que estrenaría ese 18 de abril.

Su única solicitud especial para el vestido con el que correría en Boston fue que el traje fuera más liviano de lo habitual. La falda tradicional de las mujeres de su pueblo, al tener tantas capas para darle volumen, suele ser muy pesada y, aunque cada poro de su cuerpo estuviera entrenado para correr desde los tiempos inmemorables de sus antepasados, ésta iba a ser la primera vez que iba a correr sobre asfalto liso y en una ciudad extraña.


Irma y Arnulfo corrieron la maratón vestidos con trajes tradicionales. Él con blusón y taparrabo blanco bordados, ella con un traje floreado y ambos con sus huaraches, una especie de alpargatas de cuero que pueden ser abiertas o cerradas y que tienen una suela hecha de neumático. “Antes de empezar la carrera ahí parada entre tanta gente me decían que cómo iba a correr así y yo respondía cómo más voy a correr si así he corrido toda la vida”.

Para ellos correr no es una cuestión de ejercitarse, de perder kilos o de competir. Es sí la forma más pura de movimiento, la manera más efectiva que desde niños encontraron para visitar a sus amigos, allá, arriba en la sierra, la estrategia para ganar prestigio entre los de su pueblo por sus pies rápidos.


Por eso, los tenían sin cuidado los costosos tenis, ultra probados y científicamente avalados para correr que llevaban todos los que los circundaban por las calles de Boston. Lejos de los intereses de la ciencia y de las grandes marcas de running, a los de su pueblo, correr con huaraches y con los talones casi levantados, como si levitaran mientras toquetean el suelo, les ha bastado para recorrer distancias insondables. A ellos este calzado les fue suficiente para resistir las 26 millas.

“Fue duro el pavimento porque estaba caliente y me parecía muy pesado. Yo prefiero la montaña y los caminos pedregosos. También me hizo mucha falta el pinole (bebida de maíz) que quita la sed y el hambre”, cuenta Irma ya de vuelta a Chihuahua, México.

Arnulfo, que ha llegado a correr 16 horas seguidas, consiguió un tiempo de 3 horas y 38 minutos. Pero aunque el tiempo de Irma estuvo muy lejos del de los etíopes Lemi Berhanu y Atsede Baysa , que ganaron la maratón Boston 2016, para ella llegar a la meta era ya su mayor triunfo.

“Mientras corría, oía gritar ¡arriba México! y me llenaba de felicidad. Veía a unos que corrían delante de mí con prótesis en las piernas y casi se me salían las lágrimas y pensaba también en todas las mujeres que han creído que nunca van a poder hacer lo que quieren y me daban ganas de seguir corriendo, por ellas”.

Así, con el mismo ahínco con el que corrió en Boston, lo hizo Irma en su primera carrera de la vida. Esa primera vez cuando tuvo que correr al lado de una mujer de su pueblo que la duplicaba en tamaño y peso, y que, como si ella fuera el conejo de la fábula de su padre, tuvo que perseguirla hasta las tres de la mañana para finalmente vencerla. Para Irma, para Arnulfo y para cada rarámuri correr es la vida.

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