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Medios de Comunicación

Carlos Slim se enriquece (aún más) con las críticas de Trump al New York Times

Las peleas del presidente con el diario han hecho que las suscripciones digitales del periódico se hayan multiplicado. Hoy superan los dos millones y son segunda fuente de ingresos de la compañía.
25 Dic 2017 – 10:02 AM EST

Hasta hace menos de un mes, el magnate mexicano Carlos Slim era el mayor accionista individual de la casa editorial que publica el diario más influyente del mundo occidental: The New York Times. Con 27.8 millones de acciones clase A –el 17.4% del total–, acumuladas en los últimos diez años, Slim era el mayor accionista individual del periódico.

Pero el pasado 19 de diciembre Bloomberg dio a conocer una operación mediante la cual Slim se deshace de más de la mitad de esas acciones a cambio de 250 millones de dólares. Con ese dinero, el empresario recupera todo lo que había invertido en el periódico (y más) y conserva todavía más del 8% de su capital bursátil.

La historia comenzó el 4 de septiembre del año 2008, cuando Slim –que se había convertido ese año en el hombre más rico del mundo, según Forbes– sorprendió a los medios financieros del mundo al anunciar la compra de un poco más de nueve millones de acciones clase A (el 6.4% del total) de The New York Times, en una operación valorada en 128 millones de dólares. Consultado sobre los motivos de la compra, Slim aseguró que la misma no tenía ningún valor estratégico, y que se trataba solamente de una apuesta financiera. La verdad, sin embargo, es que muy poca gente le creyó.

Ese mismo año Slim había adquirido, por 18 millones de dólares, un paquete de acciones de la compañía Independent News & Media (INM), propietaria, entre otros, del diario The Independent, de Londres. Y según el diario digital español El Confidencial, el magnate había entrado en conversaciones con el Grupo Prisa para adquirir la unidad de televisión por paga Digital Plus. La operación nunca se realizó, pero en el ambiente quedó la sensación de que Slim estaba interesado en invertir parte de su capital en medios de comunicación alrededor del mundo.

Lo de la apuesta financiera podía tener sentido. Slim hizo buena parte de su capital comprando activos con precios a la baja, para venderlos cuando subían de precio, y en ese momento los precios de las acciones de los medios de comunicación, en especial de los medios escritos, estaban cayendo aceleradamente. Cuando compró el paquete de acciones del diario The Independent, los precios habían caído 50% con respecto al pico alcanzado un año antes. Y cuando compró las acciones de The New York Times su cotización en bolsa era la más baja de los últimos 12 años.

Pero a diferencia de sectores como las telecomunicaciones, donde Slim hizo la mayor parte de su capital valorizando activos que compró muy baratos, al sector de la prensa escrita no se le veía un futuro muy halagüeño. En diciembre de 2008 una de las mayores empresas editoriales de Estados Unidos –dueña, entre otros, de Los Angeles Times, el Chicago Tribune, el Orlando Sentinel y el Hartford Courant– se acogió a las leyes de protección contra la bancarrota, y lo mismo estaba pasando con otros grandes medios. Se temía, incluso, que lo mismo pasara con el Times.

El magnate, sin embargo, no se amilanó, y en febrero de 2009 volvió a sorprender al mundo financiero al anunciar un préstamo a seis años de 250 millones de dólares a The New York Times. Y más que el préstamo en sí, sorprendieron sus condiciones: una tasa de interés de 14% anual más un paquete de opciones (o warrants) para adquirir 15.9 millones de acciones más al término del préstamo a 6.36 dólares por acción (que era la cotización vigente por los días en que se hizo la operación).

La decisión de The New York Times Company de pactar el crédito en esas condiciones reflejaba no solo la situación del mercado financiero (ya en plena crisis), sino la urgencia que tenía la casa editorial de conseguir el dinero. A septiembre de 2008 la empresa solo tenía 46 millones de dólares en efectivo y 1,100 millones de dólares en deuda de corto plazo. En ese contexto, la operación con Slim parecía una jugada desesperada. Pero a la postre resultó ser una jugada ganadora.

Como era de esperar, el préstamo desató nuevamente los rumores sobre las intenciones de Slim, y obligó a un nuevo pronunciamiento del magnate. A través de su yerno y vocero, Arturo Elías Ayub, manifestó que no tenía ninguna intención de participar en el manejo del diario. Según este, “nosotros consideramos cualquier inversión que tenga sentido desde el punto de vista financiero, sea un periódico… o un banco”. Eso, en plata blanca, significaba que Slim tenía plena confianza en la administración del periódico y en su capacidad de recuperación. Y como en muchas de sus inversiones, parece que no se equivocó.

En medio de las dificultades generadas por el recrudecimiento de la crisis financiera y, a pesar de tener que hacer algunos recortes a su nómina –no tan drásticos, en todo caso, como los de otras publicaciones–, The New York Times Company se las arregló para sanear sus finanzas sin afectar la calidad de sus publicaciones, en especial la de su periódico insignia. Pero no solo eso. La crisis sirvió como un revulsivo que llevó a la compañía a repensar todo su modelo de negocios. Sin descuidar la edición en papel, la estrategia digital se convirtió en prioridad, y la búsqueda de suscripciones para su sitio web desplazó en importancia a la que siempre fue la gallina de los huevos de oro para la compañía: la publicidad.

En marzo de 2011 la compañía introdujo un muro de pago, que limitaba la cantidad de artículos que los usuarios de su sitio web podían leer antes de exigirles el pago de una tarifa para permitirles el acceso a su contenido online. El número de artículos se fijó en 20 y la tarifa elegida fueron 15 dólares trimestrales ( luego lo cambiarían un par de veces más hasta llegar a solo cinco artículos libres). Era una apuesta muy arriesgada, porque los usuarios de internet estaban acostumbrados a consumir contenidos sin tener que pagar ni un centavo. Pero no tardó mucho en mostrar sus beneficios y el número de suscriptores online empezó a crecer aceleradamente.

El cambio de modelo generó tensiones internas que a la postre terminarían por costarle el puesto a la entonces directora ejecutiva (CEO) del periódico, Janet Robinson. En su reemplazo llegó Mark Thompson, un periodista inglés que había liderado la transición de la BBC de Londres a un mundo crecientemente digital y que, a pesar de no tener experiencia en la gestión de publicaciones impresas, llegó con un mantra que se acomodaba perfectamente a los nuevos vientos que soplaban en The New York Times: “suscriptores primero”. Thompson empezó a trabajar en el periódico en noviembre de 2012.

Ya para entonces la empresa había pagado el préstamo de Slim. Pero el magnate mexicano conservaba sus opciones o ‘warrants’ y el precio de las acciones de la compañía empezaba a mostrar signos de recuperación. Por eso, a mediados de enero de 2015 Slim no dudó en hacer efectivas las opciones y adquirió las casi 16 millones de acciones a las que tenía derecho, por un poco más de 100 millones de dólares (a un precio de 6.36 dólares por acción, que era prácticamente la mitad de la cotización que tenían en bolsa en ese momento). Con esa compra, Slim llegó a ser el dueño del 17.4% de todas las acciones clase A de la compañía.

Como muchas otras empresas, The New York Times Company tiene dos tipos de acciones: clase A y clase B. Las primeras se negocian en bolsa y sus poseedores solo tienen derecho a elegir 4 de los 13 miembros del consejo directivo de la casa editorial. Las segundas son propiedad de un fideicomiso privado de los descendientes de Adolf Ochs (incluidos los publishers entrante y saliente del periódico, Arthur Ochs Sulzberger Jr. y su hijo Arthur Gregg Sulzberger), que han manejado el periódico desde finales del siglo XIX.

A pesar de haber llegado a tener el 17.4% de las acciones clase A de la empresa, Slim no intentó colocar representantes suyos en la junta directiva, lo que, de acuerdo con fuentes de su conglomerado, confirmaría que la intención de Slim no era llegar a controlar el periódico más influyente de Estados Unidos, sino buscar una rentabilidad financiera. Y, como la mayoría de los inversionistas de riesgo, solo estaba esperando el momento para rentabilizar su inversión.

Ese momento llegó este año con la consolidación del modelo de negocios impulsado por Thompson, con ayuda, según la mayoría de los expertos, de la pelea del diario con el presidente Donald Trump. Desde la llegada de Thompson hasta hoy las suscripciones digitales del diario se han multiplicado en más de cinco veces, hasta superar los dos millones, y son hoy la segunda fuente de ingresos de la compañía. Y el crecimiento ha sido especialmente acelerado en los últimos meses, gracias en buena medida a la campaña emprendida por la compañía para contrarrestar las críticas frecuentes por parte del presidente Donald Trump, quien no deja de hablar del “fallido The New York Times” y resaltar las que llama “ Fake News”.

A comienzos de noviembre de 2016, días antes de la elección de Donald Trump, las acciones de The New York Times se cotizaban en 10.80 dólares. El 6 de diciembre de este año, el precio de cada acción en la bolsa de valores era de 18.65 dólares (tres veces el valor al cual adquirió Slim el último paquete de acciones). Con esa venta libró su inversión. Si no vendió todas sus acciones debe ser porque piensa que todavía no han llegado a su máximo valor y, sin riesgo a perder, puede apostar un poco más. Y en eso Donald Trump todavía le puede ayudar mucho.


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