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Casi se divorcia y no buscará la presidencia: las revelaciones del libro de Michelle Obama

La ex primera dama lanzó esta semana su libro 'Becoming' en el que habla de cuando era una niña de clase media-baja en Chicago. En sus páginas quedan retratadas cientos de anécdotas, entre ellas, que casi se separó de Barack Obama.
18 Nov 2018 – 8:59 AM EST

En su libro ‘Becoming’, Michelle Obama le habla cerquita al lector, a veces le susurra y deja salir sus más genuinas confesiones, pero en realidad durante las 425 páginas de sus memorias nunca se expone más de la cuenta. Su lectura, apacible, pasa casi sin sorpresas. La sensación quizás sea que de ella sabemos casi todo, que ya todo se ha contado.

Sin embargo, es en el recuento de las anécdotas más anodinas de su infancia, de su matrimonio, de cómo era vivir en la Casa Blanca, y de cómo fue empacar una vida después de ocho años de presidencia para darle el lugar del poder al presidente Donald Trump, en donde el libro reclama su valor. En donde ella, por unos instantes se le presenta al lector como esa mujer que confiesa ser: “Una persona común y corriente que se encontró a sí misma en un camino extraordinario”.

A Michelle Obama la vemos de niña fantasear con que su padre pudiera tener un carro de cuatro puertas y no solo de dos. La oímos convencida de que después de escuchar miles de lecciones de piano que su tía impartía en la planta baja de la casa alquilada en la que vivían sus padres, por ósmosis el conocimiento de tocar una tonada se le había transferido. La vemos ganarse un lugar de respeto entre la tribu de niñitas de su barrio después de darle un puño a DeeDee, aquella que a todas las nuevas atormentaba y a quien venció usando la técnica que su padre le enseñó.

Somos testigos de cómo estudiando ya en la Universidad de Princeton, Michelle Obama no siente ninguna aprensión en confesar que viene de South Side, Chicago, el lugar cuyo más prominente estereotipo era el de un gueto lleno de pandillas. “Yo pertenecía a Princeton tanto como los otros y si yo venía de un lugar como South Side, Chicago, me parecía importante decirlo fuerte”.


Nos confiesa que, aunque todo el mundo celebró como un gran triunfo su mera intención de presentarse a Harvard, la verdad es que logró entrar después de quedar en la lista de espera y tener suerte. “Sin embargo, la gente cercana ya me veía como si hubiera dejado una gran marca en el mundo”, dice con cinismo burlándose de las condescendientes expectativas que había siempre sobre las mujeres negras.

Ya graduada, trabajando en una reputada firma de abogados y de vuelta a Chicago, Michelle Obama aparece impaciente esperando a un joven pasante que está vergonzosamente tarde y que a pesar de estar solo en primer año de la universidad ha sido aceptado por el bufete de abogados por sus extraordinarias capacidades.

“Barack Obama sin haber aparecido ya había creado todo un revuelo en la oficina… Yo era escéptica de todo. En mi experiencia, uno le ponía un traje formal a un hombre negro medianamente inteligente y los blancos se volvían locos”. Luego narra: “Él era tres años mayor que yo... Lo que más me sorprendió era lo seguro que parecía de la propia dirección de su vida. Estaba completamente ajeno a la duda”.

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Michelle Obama está durmiendo en la cama del hombre del que, recientemente y fuera de todo protocolo laboral, se ha enamorado. Inquieta se despierta cuando se da cuenta de que Barack Obama está pasando la noche en vela.

Cuando ella le pregunta qué pasa por su cabeza, el jovencito taciturno le contesta: “Estoy pensando maneras con las que acabar la inequidad”. Ante la respuesta a ella no le queda más que admitir: “Estaba aprendiendo la manera como la cabeza de Barack Obama funcionaba. Se enfrascaba en la resolución de grandes y muy abstractos temas alimentado con un sentimiento casi alocado de que él podría ser capaz de solucionarlos”.

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Michelle Obama deja prontamente claro en el libro que no cree en la política: "El atractivo de estar en un gimnasio o en una escuela secundaria para escuchar promesas y lugares comunes nunca tuvo mucho sentido para mí", sentencia. "El mundo político no era un lugar para la gente buena, no era más que la fea dinámica del rojo contra el azul", se cerciora unas líneas después.

Pero a pesar de su rechazo por lo político, lo que sí deja muy claro es que ella cree y ha creído desde el primer instante en Barack Obama, el optimista irremediable que le sentenció como verdad que con las ventas de su libro iban a poder hacer campaña para el Senado sin tener que tocar las finanzas familiares, el lector incansable de periódicos y libros que en ningún discurso usaba telepronter, el hombre que “cuanta más presión tuviera encima, más calmo parecía”.

A través de una narración más seria y pragmática que lo que podrían anticipar los relatos románticos que le dedica Barack Obama en su Twitter cada tanto, Michelle nos adentra en su romance. Los vemos coquetear la primera vez que ella, para entonces su jefa, lo lleva a un bar y un par de colegas se abalanzan sobre él para conversar. Michelle Obama, celosa, sin embargo, se da cuenta de que es a ella a quien Barack no pierde de vista.

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En sus páginas la ex primera dama cuenta por primera vez públicamente que después de casarse perdió un bebé, que sus dos hijas, Malía y Sasha fueron fruto de la inseminación artificial y luego lleva al lector vertiginosamente a aquel momento en el que su matrimonio estuvo a punto de acabarse debido a que el intenso trabajo de Barack Obama los empezó a apartar. “Gasté tanta energía especulando sobre si iría a casa a cenar o no, que las cenas, con o sin él, ya no eran divertidas”.

Una terapia de pareja, sin embargo, redireccionó la relación y Michelle Obama decidió dejar aquella costumbre de hacer que sus hijas esperaran infructuosamente a que su padre volviera a casa para la cena. “No quería que de ninguna manera ellas creyeran que la vida empezaba cuando el hombre de la casa llegaba al hogar. Ya no esperábamos por papá, era su trabajo que él nos alcanzara a nosotras”.

La Casa Blanca, Trump y la candidatura a la presidencia

Las memorias de la ex primera dama se convierten en un documento en donde se puede repasar la historia reciente del país. El primer debate de Barack Obama en Chicago en su camino hacia el Senado, que hizo que muchos sentenciaran tempranamente que habían visto el primer presidente negro que tendría EEUU.

El discurso durante la campaña en el que Michelle Obama dijo que “por primera vez estaba orgullosa de su país”, lo que hizo que le llovieran críticas y la tacharan de traidora a la patria. La agresiva campaña de Hillary Clinton contra Obama en la carrera hacia la presidencia. La masacre de Sandy Hook en la que murieron 20 niños, que según cuenta Michelle Obama fue de las pocas veces en las que su marido le pidió asistencia moral porque le habían quebrado el ánimo. El triunfo tras dar con el paradero de Osama Bin Laden.

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Tan consiente está Michelle de la trascendencia de su relato que, por supuesto, no quiere sustraerse de hablar sobre el actual presidente. "Donald Trump, con sus insinuaciones ruidosas e imprudentes puso en riesgo la seguridad de mi familia. Y por esto nunca lo perdonaré ", escribe Michelle sobre los señalamientos que hizo el entonces magnate de bienes raíces sobre la partida de nacimiento de Barack Obama.

Más adelante lo tilda de "acosador" y "misógino", de estar haciendo todo lo posible para deshacer el legado que dejó su marido y de reemplazar con crueldad descarada las políticas “cuidadosa y compasivamente construidas por él". "A veces me pregunto", sentencia Michelle Obama, "dónde podrá estar el fondo".

Su repudio hacia el accionar del presidente Trump no es, sin embargo, un motivo suficiente para siquiera plantearse la posibilidad de lanzarse a la presidencia. “Lo diré claramente: no tengo ninguna intención de optar por un lugar en la Oficina Oval”, sentencia Michelle Obama, que a sus 54 años, con sus hijas ya grandes y lejos de la Casa Blanca, dice estar teniendo tiempo simplemente para ser ella misma: “Estoy aún en progreso y espero que así siempre sea”.

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