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Coronavirus

Qué hace que los ancianatos sean una bomba de tiempo y caldo de cultivo para el coronavirus

Los adultos mayores son de los más vulnerables al covid-19. En Estados Unidos, 1,5 millones viven en centros de cuidado donde, lejos de estar en resguardo, han quedado más expuestos al virus. Explicamos las razones.
16 Abr 2020 – 11:56 AM EDT

Ahí donde justamente habitan los más frágiles ante el covid-19, el virus ha hecho de las suyas sin clemencia: los ancianatos. La crisis sanitaria ha revelado las costuras de centros de asistencia a los que muchas familias han encomendado a sus seres queridos, desconociendo una serie de fallas sistémicas que han quedado en evidencia y contribuido a la tasa alarmante de casos puertas adentro, especialmente en los últimos días.

Una cifra que, además, sigue siendo un enigma. No hay data oficial. Hasta el día de hoy todavía hay estados como Florida que se niegan a divulgar cuáles centros han sido impactados por el virus.

Pero el lunes pasado fueron hallados 17 cuerpos en un ancianato en Nueva Jersey en una localidad donde ya se han registrado 67 fallecimientos en centros de cuidado de adultos mayores. También esta semana se supo que en otro centro 45 ancianos murieron por el virus en un suburbio de Richmont, Virginia.

“Es un escándalo no decirle al público qué centros tienen el virus. Incluso el personal a veces no lo sabe. Lo esconden porque es malo para el negocio y es simplemente horrible”, dice a la agencia de noticias The Associated Press (AP) , Charlene Harrington, profesora de la Universidad de California.

“No solo está subreportado, sino que no estamos ni cerca del pico y sigue aumentando”, explica Chris Laxton, director ejecutivo de la Society for Post-Acute and Long-Term Care.

Un conteo realizado por AP en función de los estados que sí han divulgado algunas cifras, revela que al menos 1 de cada 5 de los 15,000 ancianatos del país han tenido casos, con un total de 4,800 muertes -aunque posiblemente sean muchas más debido a la escasez de las pruebas de detección. Las cifras cambian cada día.

“El sueño de todo virus”


Cuando Ronald Mitchell habló por teléfono con su madre de 62 años quien reside en Canterbury Rehabilitation & Healthcare Center, en Richmond, y había dado positivo para el covid-19, la notó desorientada y fue testigo de cómo la señora tuvo que esperar por hora y media en la línea para que una enfermera fuera a atenderla.

Al quejarse, le dijeron que solo había dos enfermeras para atender a 40 pacientes por vez en el ala donde estaban los diagnosticados con el virus. Su madre ahora está conectada a un respirador en el hospital. Fue allí donde 45 adultos mayores han muerto. “Es el peor sentimiento del mundo”, cuenta Mitchell a The Associated Press.

Kim Thompson no lo podía creer cuando la llamaron la madrugada para decirle que su madre había muerto. Dos días antes habían hablado por FaceTime y se veía bien. Desde entonces no había recibido ninguna notificación del centro. “Es negligencia”, dice a la agencia de noticias.

El 18 de marzo se detectó el primer caso positivo en ese centro. Algunas enfermeras se vieron obligadas a renunciar para poder mantener sus otros trabajos; otros cuidadores cayeron enfermos. No había suficiente personal para cumplir con las mínimas tareas.

Hubo que esperar dos semanas para realizar pruebas a todos los residentes. Cuando pudieron hacerlas, más de la mitad estaban contagiados y de esos una gran parte (53 de 92) no mostraba síntomas.

“Un ancianato público es el sueño de un virus. Es el mejor lugar para que un virus esté. La gente está cerca, su sistema inmune está comprometido”, dice a AP, Jim Wright, el director médico de esa entidad que ya antes de la pandemia, tenía 1 de 5 estrellas en el rating de Medicare.

En efecto, los ancianatos han sido incubadores de brotes de covid-19 en el país, lo que no es producto del azar: más allá de un mal manejo de la crisis y retrasos en las pruebas de detección, según The Guardian, muchos centros buscan aumentar sus ganancias pagando salarios tan bajos a los cuidadores que estos se ven en la necesidad de tener varios trabajos simultáneamente, lo que posiblemente ayudó a esparcir el virus entre centros.

Ese mismo personal que en muchas ocasiones tiene que atender prácticamente desprotegido a los pacientes contagiados por falta de equipos protectores como guantes, máscaras y otros. Ese mismo personal que denuncia no recibir su salario cuando lo obligan a guardar cuarentena por haber estado expuesto al virus.

“Los cuidadores viven en miedo. Algunos están enfermos, pero siguen trabajando porque esto es todo lo que tienen y no tienen medios para simplemente irse. No tienen otra opción”, dijo a The Guardian una asistente de enfermera que trabaja en Ambassador, una residencia de ancianos en Detroit donde ha habido casos confirmados.

70% de los ancianatos de EEUU son privados y, en consecuencia, un negocio con fines de lucro. La mayor parte de su ingreso proviene de los reembolsos de Medicaid, que varían entre estados y -según dicen- solamente cubren los costos, por lo que ahorran en salarios o equipos médicos, lo que indefectiblemente afecta la calidad de la atención de sus residentes.

Pero un reportaje publicado por Kaiser Health News reveló en 2017 que una gran mayoría de estos ancianatos usa arreglos financieros para sacar más ganancias de las que aparecen en sus libros contables.

El precio del letargo


La respuesta tardía de las agencias públicas también ha perjudicado a los ancianatos. Casi dos semanas después de que se registrara la primera muerte por covid-19 en un centro fue que se ordenó prohibir la entrada de visitantes.

Hubo que esperar casi un mes, tiempo para el cual ya muchos ancianatos reportaban decenas de trabajadores y residentes covid-19 positivos- para que los Centros para Medicaid y Medicare (CMS por sus siglas en inglés), encargados de regular e inspeccionarlos, recomendaran a los ancianatos separar a aquellos contagiados de los sanos y designar personal exclusivo para cada grupo. Y tal y como advierte Politico, de nada valen esas normativas si no se sabe realmente quién está infectado.

No hay que olvidar que la socialización forma parte fundamental de los ancianatos y esa premisa influye en su funcionamiento: los residentes comen juntos, se congregan para actividades grupales. Un hábitat casi perfecto para un virus extremadamente contagioso que, además, se transmite antes de que aparezcan síntomas (si es que llegan a aparecer).

Sin poder recibir visitas, con fallas en la atención que reciben y a merced de un sistema que parece no protegerlos lo suficiente, los adultos mayores encaran una muerte solitaria que, quizá, en muchos casos, hubiera sido prevenible.

Fuerzas unidas en la emergencia: el angustioso traslado de pacientes de covid-19 en Nueva York (fotos)

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