Salud reproductiva

Rápidas, geolocalizadas y para todos los gustos: así son las citas online en los tiempos del #metoo

Una de cada tres parejas que se casa en EEUU ha tenido un primer encuentro en Internet: al principio todos lo ocultábamos, pero hoy es normal lucir una app en la pantalla del teléfono. Hay decenas de nuevas aplicaciones especializadas: para casados, cristianos, ateos, amantes de la jardinería o mayores de 50 años.
12 Ene 2019 – 3:33 PM EST

En poco tiempo hemos pasado de rellenar un perfil de Meetic o Twoo en secreto a contar anécdotas de las conquistas de Tinder a viva voz. Del flechazo a medianoche (cuando los niños hacía rato que dormían y no había nadie merodeando en la casa) al match (coincidencia) en el transporte público, a la vista de todos, han transcurrido no más de cinco o seis años. El online dating se practica hoy a la luz del día, se cuenta y se comparte entre unas risas… o unos pesares.

Una de cada tres parejas que se casa en Estados Unidos ha tenido un primer encuentro en Internet. Cada app de citas cuenta con cientos de millones de usuarios de todas las geografías. Después de la fusión de Match y Meetic han nacido decenas de nuevas aplicaciones, cada una con una especificidad nueva: para casados, para cristianos, para judíos, para árabes, para mayores de 50, y siempre hay algo más que añadir para estrechar el campo de posibles afinidades.

Conocerse en Internet ya no tiene nada de raro, y a (casi) nadie le da vergüenza confesar que sabe bastante del tema. Hoy en día lo ven normal hasta quienes llevan casados desde antes de la Commodore 64 o los que vivieron su noviazgo en tiempos del sistema operativo DOS.

A propósito de sistemas informáticos, el Android quizá tenga algo que ver con que estas pequeñas vergüenzas cayeran en desuso: la proliferación de smartphones hizo que los logos de las apps lucieran visibles en las pantallas que viajan en nuestros bolsillos y de ahí al dedo deslizándose a izquierda y derecha (para descartar o conservar candidatos/as) hubo apenas un paso. Hasta que los teléfonos inteligentes no se volvieron objetos de consumo masivo, conocerse en un chat era algo que se ocultaba, algo que se disfrazaba con el recurrente cliché “nos presentaron unos amigos en común”, porque hasta el haberse conocido en una reunión de Alcohólicos Anónimos era menos bochornoso. ¿Quién no ha tenido que inventar alguna anécdota compartida para despistar a la familia y evitar las suspicacias de los amigos que desconfiaban de los individuos y las relaciones provenientes de Internet?

A estas alturas, solo unos pocos renegados tecnológicos creen que seríamos más atractivos y perspicaces resistiéndonos a las redes sociales y a toda vida social vía web. La mayoría hemos aprendido a aceptar estas nuevas formas de leer piropos y echar chispas de pasión (o enfado); a su vez, la práctica del cortejo por internet se ha ajustado a las urgencias del turboconsumo.

Así es: la tecnología y la vida que hacemos en (y por) Internet conllevan la fragmentariedad y la aceleración de las relaciones. ¿Para qué quedarse en un solo lugar o con una sola persona si las opciones son infinitas? "Estar conectado es más económico que estar relacionado, pero también bastante menos provechoso en la construcción de vínculos y su conservación", decía Zygmunt Bauman, el pensador que definió los “amores líquidos” (en esencia, aquellos caracterizados por la falta de solidez, calidez y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, y con menor compromiso).

Calidad o cantidad

Aparatos y apps nos ayudan en esta paradójica tarea de estar distanciados y, sin embargo, al alcance desde cualquier lugar, y casi siempre disponibles. Entonces, " cuando la calidad nos defrauda, buscamos la salvación en la cantidad; cuando la duración no funciona, puede redimirnos la rapidez del cambio", apuntaba Bauman. Y al mismo ritmo, siempre podemos apretar la tecla borrar o declararnos ausentes. El chat permite acciones sin repercusión en la vida real y reducir los “riesgos” con los que se nos amenaza desde el mundo de carne y hueso.

Con la segunda ola de apps de conquistas, lo que se impuso fue el filtro y la especialización (decíamos: para gays, lesbianas, cristianos, para amantes del heavy metal y el hobby que al lector o a la lectora se les ocurra). Esto conllevó un necesario reduccionismo: ya nunca conocerás a nadie que te atraiga así, de piel, sin saber por qué, uno de esos con los que no compartes nada más (ni menos) que el irrefrenable impulso de besar, por ejemplo.

Luego llegó la s educción geolocalizada, y lo hizo con Grindr –la aplicación del universo gay masculino–, que facilitaba esto de verse al paso, con alguien que anda cerca. Pronto, este "ligar en movimiento" se hizo imprescindible también entre heterosexuales, porque ¿quién no se ha descargado Tinder (o sucedáneos) al celular y ya lo chequea mientras espera el bus? Esto es, pasar el tiempo descartando caritas en lugar de aburrirse o mirar al que tenemos al lado.


Con bastante gracia hizo su aparición AdoptaUnTio, cuyo logo es una mujer que lleva a un hombre patas arriba en un carro de supermercado, para ilustrar que las chicas son las que eligen, y que ellos solo pueden estar expuestos, esperando a ser metidos en la cesta de la compra por Internet.

Con la cuarta ola del feminismo, y adaptándose a los estándares anti-acoso del movimiento #metoo pero también a la aceleración de la sociedad de consumo, llegó Bumble. Las reglas del juego de la seducción siguen cambiando y el online dating los obliga a ellos a ser más pasivos. En Bumble, son las chicas las que toman la iniciativa, deslizando hacia la derecha los perfiles elegidos y, a partir de ahí, siguen siendo ellas las que tienen 24 horas para decidirse a hablarles (pasado ese tiempo, los galanes se esfuman). La única acción que se les permite a ellos es la de responder en una conversación que siempre tiene que ser iniciada por un perfil femenino. Y vaya un dato nada desdeñable: esta app fue creada por Whitney Wolfe Herd, una mujer de 29 años, cofundadora de Tinder, que se fue de aquella empresa tras interponer acusaciones de haber sufrido acoso sexual.

Así, dirigirse la palabra en tiempos del #metoo tiene sus reglas, también en el universo de las citas online. Eso en cuanto al preludio digital, que habrá que procurar que no se alargue, para no poner la autoestima en cuestión por unas simples charlas virtuales (y tampoco si los carnales encuentros resultan fallidos). Que sea simplemente juego en tiempos de erotismo colaborativo . Y que nada nos quite el deseo de aventuras humanas verdaderas.

Analía Iglesias es periodista argentina residente en España, coautora del libro Lo que esconde el agujero: El porno en tiempos obscenos.

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