El cambio climático y los conflictos armados multiplican el hambre en el mundo

El número de personas que tiene dificultades para alimentarse creció por primera vez después de una década de descensos continuados. Estos son los últimos datos de la FAO.
27 Oct 2017 – 4:13 PM EDT

Alrededor del 11% de la población del mundo (aproximadamente 850 millones de personas) sufrió de hambre diariamente durante el 2016, según el informe de Naciones Unidas sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición dado a conocer este mes.

Los números muestran un aumento de 4.5% —o 38 millones más de personas con hambre— con respecto al 2015 y sugieren que este incremento es especialmente significativo porque es el primero que se ha registrado en una década.

En 2005, el hambre global estaba en el 14% de la población mundial. Desde entonces y hasta finales del 2015, el número de personas hambrientas en el planeta había estado cayendo anualmente y esos números habían hecho que los funcionarios de Naciones Unidas se sintieran optimistas y pensaran que la lucha por erradicar el hambre del mundo se estaba empezando a ganar.

Pero entonces llegó 2016 (y también 2017) y la seguridad alimentaria empeoró en África subsahariana, el sureste asiático y Asia occidental, así como en otras latitudes del planeta. Entonces, en sitios como Sudán, país sumido en un terrible conflicto bélico, la población está experimentando severas hambrunas.

El 'mal clima' puede conducir a un conflicto

¿Por qué? Si superpones un mapa de los conflictos del mundo con un mapa de los peores problemas de seguridad alimentaria, hay una conexión muy clara.

La ONU señala que 20 millones de personas corren el riesgo de morir de hambre no solo en Sudán del Sur sino también en Somalia, Yemen y la punta noreste de Nigeria. Todas estas áreas están afectadas por conflictos que afectan la capacidad de las personas para alimentarse.

De manera similar, el deterioro de las condiciones ambientales ha devastado muchas de estas áreas.

El informe de la ONU señala que Afganistán, la República Centroafricana, Sudán del Sur y Yemen todos sufrieron graves inundaciones en el 2016, mientras que Irak, Somalia, Sudán del Sur y Siria todos sufrieron graves sequías.

Lo que probablemente estamos presenciando es una interacción entre el deterioro de las condiciones ambientales que contribuyen a empeorar las tensiones sociales ya existentes y a dañar las formas de subsistencia de millones de personas.

Hemos estado aquí antes; la historia nos muestra que a menudo hay vínculos entre el conflicto y el mal tiempo. Por ejemplo, existe una conexión compleja pero bien establecida entre las sequías y el comienzo de la guerra civil Siria. Parece que las lluvias entrecortadas a comienzos del 2000 pusieron en problemas a las comunidades rurales de Siria y trajeron a las personas a las ciudades donde empezaron a protestar contra la corrupción política en el gobierno de Assad.

Asimismo, existe un vínculo entre las sequías y el genocidio de Ruanda de los años 9. Y si miramos más atrás en el tiempo, es bien reconocido por los historiadores que la Revolución Francesa comenzó como protestas sobre los precios de los alimentos después que las pérdidas de cosechas enviaron oleadas de refugiados sin dinero a las calles de París.

¿Cultivos tolerantes a la sequía?

Afortunadamente, existen soluciones potenciales para paliar ambos problemas. Por ejemplo, en la Universidad de Guelph (Canadá) estamos criando variedades más tolerantes a la sequía de todos nuestros cultivos más importantes. Además, sabemos que es posible promover prácticas agrícolas que fomenten el uso de materia orgánica en los suelos. Esta materia orgánica extra en el suelo actúa como una esponja atrapando la lluvia y aferrándose a ella para cuando más se necesite.

Otra posibilidad es apoyar los proyectos de desarrollo internacionales centrándose en particular en los hogares encabezados por mujeres, para ayudar a los pequeños agricultores a acceder a los mercados y ser más eficientes. Creemos que centrarse en las mujeres es fundamental porque en África, tanto como el 80% de los alimentos son producidos por los pequeños agricultores que son en su mayoría grupos rurales de mujeres.

Por años, los académicos y activistas han advertido que el crecimiento de la población y el cambio climático harán cada vez más difícil garantizar la seguridad alimentaria para las futuras generaciones y que el conflicto por la comidad será casi inevitable.

Pienso que tras una temporada importante donde el hambre fue disminuyendo, el que se produzca un repunte en las personas sin acceso a la comida debe motivar la reflexión: ¿qué pasó? ¿qué se descuidó? ¿cuál fue el gran problema?

¿En adelante recordaremos el 2017 como el año en que empezamos a perder la batalla contra el hambre en el planeta? ¿O vamos a empezar a prestar atención a esta advertencia y tomar las acciones necesarias para ayudar a las comunidades a construir sistemas alimenticios más resilientes a los conflictos y el clima?

Hacerse la pregunta correcta puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte para más de 30 millones de personas.

*Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Conversation.
El autor es Evan Fraser, director del Instituto de Alimentos Arrell en la Universidad de Guelph; Profesor del Canadá Research Chair en Global Food Security de la Universidad de Guelph.

The Conversation


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