Bastaría darse un salto por Canadá o cualquier país europeo para comprobar que sus aeropuertos, puertos, carreteras y puentes suelen hallarse en mejores condiciones que los nuestros. Bastante mejores. Cero o pocas autopistas con baches o pavimento deteriorado. Puentes reforzados con metales frescos y cercados a prueba de suicidas. Salas de espera amplias y confortables en aeropuertos y estaciones de trenes rápidos en las que proliferan los jardines interiores y el arte. En fin, la vida muelle contemporánea que se inventó en Estados Unidos, pero que este país ha ido dejando atrás por la falta de visión de nuestros dirigentes políticos y la indiferencia y el conformismo de nosotros, los votantes.
Un raro triunfo para la nación
"La Casa Blanca y líderes del Partido Demócrata presentan la adopción del plan de infraestructura como un gran logro del presidente Biden. Eso se entiende si tenemos en cuenta que la agenda de gobierno del mandatario se había estancado y con ella su popularidad; y que los votantes de Virginia le pasaron la cuenta eligiendo a un gobernador republicano por primera vez en 12 años".

Un viaje por la Interestatal 95 se ha vuelto una aventura suicida. Atravesar cualquiera de los 4,675 puentes de Iowa es jugarse la vida. Si se tiene la necesidad de recalar en los aeropuertos de Nueva York o de Newark, la sensación es la de estar uno en lugares en pleno zafarrancho de combate. Los sistemas eléctricos de Alabama, Luisiana y West Virginia les tienen tanto miedo a las tormentas que se apagan tan pronto surge la primera amenaza de lluvias con vientos. California y otros estados occidentales libran cada año una lucha costosa y extenuante con la sequía y sus secuelas destructoras, como los incendios forestales. Y muchas de las 14,748 plantas para el tratamiento de agua en la nación se cascan con tanta frecuencia que las advertencias de hervir el líquido vital suman miles cada año.
Por eso el plan de infraestructura de $1 millón 200 mil millones que aprobó el Congreso de forma bipartidista era cuestión de legítima defensa para el país y para nosotros, sus habitantes. Financiará la construcción y reparación de carreteras y puentes, la creación de miles de estaciones de carga eléctrica para vehículos, nuevos autobuses escolares que no contaminen el medio ambiente ni enfermen a nuestros hijos y nietos, la renovación de plantas para tratar el agua, la mitigación de incendios de maleza y la expansión de internet rápida a comunidades rurales y otras partes del país que todavía carecen de ella. Y encima creará cientos de miles de empleos, muchos de los cuales ni siquiera requerirán títulos universitarios.
Los políticos que tuvieron suficiente imaginación para apoyar el plan de infraestructura merecen nuestro reconocimiento. Pero se ganaron mención especial los 15 republicanos del Senado, incluyendo su líder, Mitch McConnell, y los 13 de la Cámara baja que le dieron su visto bueno, soslayando la estrategia sectaria de su partido que consiste en oponerse sistemáticamente a todo lo que proponga el presidente demócrata Joe Biden. En cambio, los republicanos y seis demócratas que votaron en contra se ganaron una sonora trompetilla. En el momento en que estuvo en juego el bienestar y el progreso de los millones de personas a las que representan, fallaron de manera colosal. Les pudo más el oportunismo, el fanatismo y la ceguera ideológica. Un buen ejercicio para los votantes sería tomar nota de cómo votaron sus senadores y representantes sobre el imprescindible plan de infraestructura.
Los republicanos que apoyaron el plan de infraestructura merecen especialmente nuestro apoyo porque se han convertido en blanco de los dardos envenenados de sus correligionarios fanatizados. Antes de producirse el voto, el representante republicano Madison Cawthorn, de Carolina del Norte, amenazó a sus colegas de partido diciendo: “Voten por la legislación de infraestructura y les haré la guerra en la primaria”. Una vez celebrada la votación, el representante republicano Matt Goetz de la Florida declaró: “No puedo creer que los republicanos les dieron a los demócratas su legislación socialista”. Y la inefable representante Marjorie Taylor Greene, republicana de Georgia, calificó de “traidores al partido” a los 28 republicanos que dijeron sí a la medida.
La Casa Blanca y líderes del Partido Demócrata presentan la adopción del plan de infraestructura como un gran logro del presidente Biden. Eso se entiende si tenemos en cuenta que la agenda de gobierno del mandatario se había estancado y con ella su popularidad; y que los votantes de Virginia le pasaron la cuenta eligiendo a un gobernador republicano por primera vez en 12 años. Yo, sin embargo, prefiero verlo como un triunfo de la nación. Un indicio de que el bipartidismo no ha muerto del todo a pesar de que ambos partidos se han acostumbrado a ejercer la oposición como si ésta fuera un artículo de fe, con el único objetivo de recuperar el poder a toda costa, incluso al precio de ignorar las necesidades básicas de la mayoría de los estadounidenses.
Pero ojo. Que el bipartidismo no haya muerto no significa que no esté herido de muerte. Sigue moribundo y a las puertas del cementerio. Lo comprobaremos a medida que se intensifique el debate legislativo sobre “Build Back Better” (Reconstruyamos Mejor), el ambicioso plan de inversiones sociales que propone la Casa Blanca. El país también lo necesita, aunque solo si se adopta de forma responsable, con el debido cálculo de lo que costaría a los contribuyentes. Lamentablemente, muchos legisladores lo verán solo como otra oportunidad de torpedear políticamente a aquellos colegas suyos que lo apoyen.
Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.








